Hace algún tiempo, sin mucha elección y casi sin quererlo, le preguntaba a una chica: -¿oye, cómo te trata toda esta gente, he visto que cada vez invitan a menos gente morena a la “escena independiente”?
Ni siquiera dió un vistazo, ella lo sabía pero lo único que pudo hacer fue contradecir su propio discurso sobre los privilegios, el mismo discurso que la había sacado del Estado de México y la tenía vendiendo su obra en la San Miguel Chapultepec; en su monólogo llegó a la conclusión de que “realmente los privilegios de clase y raza entre hombres y mujeres (que se dedicaban al arte) ya ni siquiera existían y mucho menos entre mujeres…”
Me pasaba seguido, estaba siendo suficientemente ingenuo al hacer esa pregunta (que para mí, era la antesala para una acalorada conversación sobre el “feminismo blanco”); le estaba dando algo que ella no quería hacer entrar en su mente.
Creí haber encontrado a alguien en ese lugar con quien expresar mi asco sobre esos whitexicans emprendedores, que habían encontrado un producto en su lucha por las libertades y la dignidad de mujeres.
No me malinterpreten, no la culpo a ella. En realidad me considero afortunado de un día haber salido de esos lugares y mantenerme lejos de esa gente que insiste que son amigos tuyos. Sin importar cuánto tiempo me haya tomado, me da una especie de tranquilidad; ahora estoy sentado en el metro con los ojos cerrados, fingiendo que duermo, esperando que todo se resuelva de cualquier forma (como todos los demás).
Había pasado varias horas bebiendo en una fiesta de chavos, era jueves por la noche en la colonia Santa Maria La Ribera. Todo iba en orden pero yo tenía un presentimiento que me incomodaba, como si estuviera en una trampa. Era una reunión de «artistas» (escritores, cineastas, y un largo etcétera…) que se lamían entre ellos mismos de arriba a abajo, pero ese no era el problema. Me aparté unos minutos. Fui a echar una meada. Al regresar miré a toda esa gente y me di cuenta de que yo era el más moreno. Me di cuenta que no era uno de ellos. Tomé mis cosas y me largué ¿Alguna ves les ha pasado?
“La guerra sólo se acaba con la
vida, quizá sea mejor ir por una tregua”, dijo mientras se
columpiaba al filo de la azotea. A su manera estaba feliz con esa
resolución, aunque eso implicaba soportarse: cosa nada fácil, pues
estar consigo mismo era un suicidio constante, que consistía en
periodos de hasta doce horas sin hablar con alguien, y en ocasiones
sólo decía “buenas noches” a algún matadito que se quedaba en
la oficina hasta tarde.
Por las mañanas, no podía ocultar su
emoción cuando algún oficinista le daba como limosna un comentario
sobre el partido de la noche previa; por eso no se perdía ni un
juego. Qué absurdo le parecía su trabajo. La seguridad de su
inutilidad le era pavorosa. ¿Quién necesita a alguien en la entrada
de un edificio? Además, muchos ni volteaban a verlo, a pesar de que
siempre buscó el tono más amable para decir “buenos días”.
Cuando le respondían el saludo, recogía con sus ojos las palabras
como los perros recogen un hueso; pero al igual que éstos, engullía
todo de una dentellada, y esperaba a que pronto llegara alguien igual
de bondadoso.
Luchó contra los pensamientos que lo
mordían. Ni la tele, ni el radio, ni el periódico, ni el caudal de
mujeres hermosas desfilando por la acera en horas pico tenían tantos
tentáculos como su pasado; en lapsos éstos lo horadaban. Unos
minutos de tranquilidad seguían a horas de sufrimiento. Y es que
nunca se resignó a la soledad a pesar de estar acostumbrado a ella.
Solía hablarles a las plantas, los muebles, el edificio y hasta a
los anuncios espectaculares, que afortunadamente nunca le
contestaron.
Unas veces, perseguía a su sombra a
una triste cantina, donde el inútil vaivén de las meseras se
confundía con el de las reses colgadas en la carnicería, luego él
entraba a ese rancio vals de cadáveres hasta que el anís las volvía
mujeres otra vez. Ya para
entonces su voz era un flujo, y a cada palabra le nacían alas, pero
se achicharraban, y caían en el inmundo suelo de la cantina a causa
de los sordos y ardientes oídos de la mesera, que aprendió desde
joven a reír y embriagarse para dejar de aspirar el aullido etílico
de sus clientes; cuando el alcohol no empañaba la verdad, lamía de
sus labios la esperanza que escurría de sus ojos.
El anís también lo elevaba hasta el
último piso del edificio para empezar otra vez el ritual: igual que
las gárgolas, pendía de la orilla acariciando el precipicio aunque
sin saltar. Nunca pudo: ni cuando descubrió marcas en las nalgas de
su esposa, que también fue el primer día de su carrera de portero.
No le bastó conseguir un trabajo para detener las andanzas de
Pamela. Al contrario, después de quitarle el primer pago, ella lo
echó de su departamento. No tuvo más opción que mudarse al cuarto
del conserje, que servía como corona del viejo edificio que cuidaba.
Las edificaciones, al principio, se
construyeron para proteger a los hombres, ahora ellos son quienes
necesitan protegerlas. Al razonar lo anterior se convencía más de
lo estúpido de su empleo; Pamela también lo sabía. Además, cómo
un hombre tan diminuto podría cuidar a una mole de 14 pisos.
Prefería estar la mayor parte del tiempo en la azotea, pues era la
única forma de superioridad que conocía: desde ahí, todos allá
abajo eran diminutos. Al final, su obligación de cancerbero tísico
lo hacía bajar nuevamente a la entrada del edificio, y vigilar que
la gente entrara y saliera correctamente por la puerta.
Una vez abajo, su mirada melancólica
trepanaba el vidrio, parecía un niño que veía a su padre alejarse
para no volver. Salía a la acera para borrar su tristeza, pero desde
ahí veía hacia adentro con el mismo quebranto con el que antes miró
hacia afuera. Le daba igual estar de un lado que del otro, porque
siempre supo que el lugar donde se encuentre no basta para cambiar su
existencia.
Al asomarse de la azotea imaginaba que
si su cuerpo quedara contra el pavimento alguien notaría su
existencia. Su pesadilla más recurrente consistía en que con el
paso de los días nadie recogía su cadáver. Solamente lo orillaban
al igual que a un perro muerto; los peatones y los automovilistas con
indiferencia lo veían de soslayo para después continuar su camino.
Él seguía consciente, sin embargo no podía moverse ni hablar: eso
nadie lo notaba; todo lo anterior contribuía a que no se tirara de
la azotea.
Una mañana al salir de su cuarto de
azotea, vio a Pamela en ropa interior frente a él. No podía estar
más hermosa (ni siquiera el día que la conoció, cuando el vestido
de enfermera lo cautivó al instante. Él se enamoró tanto que pidió
un baile privado y ni siquiera le había visto la cara. Esa misma
noche, empeñó su cadena en el infame table con tal de
estar unas horas, en el hotel de enfrente, junto a la enfermera).
Y allí estaba ella otra vez frente a él. Con una piel de lona que
se extendía por varios metros en el anuncio espectacular que posaba
justo enfrente de la ventana de su cuartucho.
¿Cómo fue que de todos los miles de
espectaculares que crecían todos los días en lugar de árboles,
fueron a poner el de Pamela enfrente de él? Del interminable desfile
de anuncios gigantes, un mercadólogo infame y un destino socarrón
se confabularon para que su exesposa posara en ropa interior frente a
él. En realidad lo que más coraje le daba era enterarse que saltara
del table al estudio fotográfico.
Cómo iba a soportar todos los días
ese suplicio. Se lo preguntó, mas era un melancólico por
naturaleza; los de esa clase siempre se descubren por su ojos
lastimeros y ensimismados. Ven un mundo distinto, las diversas
tonalidades se marchitan al cruzar sus pupilas, las risas de los
niños se vuelven alaridos y las caricias lijan sus pieles
translúcidas. Así llegó a la conclusión de que Pamela no lo
trastornaría, sino todo lo contrario. Al fin y al cabo el verla
diario le daría la sensación de no haberla perdido del todo.
Entonces, en un abrir y cerrar de ojos
su anterior desprecio hacia ella se tornó en devoción. Antes del
amanecer se le podía ver pegado a su ventana. El miedo se evaporó,
y después se acostumbró a recibir al día mirando a la vinílica
Pamela. Por las noches iba por las cervezas más caras del expendio,
y se emborrachaba, como cuando lo hacía con ella, con las mismas
canciones y el mismo sinsentido.
Movió su cama de lugar, y le dio más
altura con la ayuda de unos tabiques en cada pata, todo para mirar
directamente a Pamela sin tener que moverse de su lecho. Al fin tuvo
la luna de miel que siempre quiso: no aspiraba a más que dormir con
ella una noche completa, sin que ella tuviera que levantarse en las
madrugadas luego de una llamada. Gracias a la comunión de su mano
con sus recuerdos logró transfigurar su cuerpo por el de ella y así
traerla otra vez a su lado; se tocó su velludo pecho con la misma
lascivia contenida que él disfrazada de ternura, y que ella le reprochaba.
Como la estaba pasando tan bien con ella,
prefirió quedarse ahí tumbado todo el día, por lo que descuidó su
trabajo. Nadie lo miraba cuando estaba ahí, no obstante, su ausencia
era más notoria que su presencia, así que comenzaron a quejarse,
pues les era molesto que no hubiera nadie a quien ignorar, nadie que
les recuerde que ellos son menos miserables.
Luego de un par de días de quejas,
subió el jefe de los veladores. Iba dando golpecitos eventualmente
con su tolete en los peldaños que subía. De esta manera, advertía
cual cascabel su inminente mordida. Por otra parte, en su cuarto,
nuestro héroe seguía en su ardua y titánica labor. Moldeaba con su
mano los recuerdos, dándole vida otra vez al cuerpo de Pamela, que
cambiaba constantemente de materia: de carne a plástico y finalmente
a humo.
El tolete asomó su nariz por la
puerta; rompió sin esfuerzo la madera podrida. Luego la puerta dio
un último estertor al ser partida de una patada. Para entonces,
estaba de pie a un costado de la cama, en la espera de que cruzara el
umbral aquel negro tolete que lo separó nuevamente de Pamela. Como
la vez que unos judiciales entraron en la madrugada para llevársela
a rastras sin que él pudiera evitarlo. Dicen que bajo situaciones
extremas la gente realiza acciones extremas; es mentira. No existen
brazos tan fuertes para pelear contra cinco cerdos con sus
respectivas .45. Y los brazos de él ni siquiera eran fuertes.
Esta vez no bastaron cinco judiciales,
sólo un gordo simiesco pudo llevarlo a rastras, nuestro héroe con
su pantalón a los tobillos no logró defenderse. No le fue posible
sacar sus pertenencias. Ahora estaba en la calle otra vez, como
cuando Pamela lo dejó. Pensó una vez más en suicidarse, pero
recordó que ya estaba muerto. Si esta clase de infierno es terrible,
no quiso arriesgarse a otro peor. Un “más vale malo por
conocido…” hacía eco en su cabeza mientras caminaba hacia un
letrero que decía “Se solicita velador”.
“Toda la historia de la literatura es modificar los textos ya escritos” Vila-Matas
Escribir sobre las grandes obras literarias siempre ha sido algo muy complicado: primero, porque los críticos, investigadores, eruditos y académicos descifraron, decodificaron e interpretaron acertada y absolutamente todo. Al final, terminas enterándote de que el autor tenía miles de referencias bíblico-pedófilas, amaba la guerra, era nazi, cojo, reaccionario, le pegaba a su mujer y, aparte, ha sido sobrevalorado, lo cual te frustra, dado que era tu ídolo.
En segundo lugar, los fanáticos y puristas del ínclito escritor te atacarán, ya sea que exaltes las virtudes o menciones sus debilidades: si no tienes las credenciales que te acrediten para realizar una crítica, serás considerado un entusiasta descarriado, y, por supuesto, sin autorización; así que nadie te tomará en cuenta.
En tercer lugar, tus amigos, también ingenuos entusiastas, te criticarán por perder el tiempo en temas tan trillados y complejos que ya trataron las mejores plumas; dedicando mamotretos enteros, y hasta capítulos que explican sólo el título de la obra. No faltará quien te diga: “Mejor busca escribir notas periodísticas para que te alivianes”.
Si eres tenaz o bruto y no escuchas el consejo del hipotético amigo antes mencionado, todo te inclinará al precipicio de los autores underground,que fueron soslayados en su tiempo, pero gracias a la innata curiosidad de un bondadoso investigador que los rescata puedes leer a alguno en una modesta edición, que encontrarás resguardada en un recóndito acervo bibliográfico.
Después de obtener todos los permisos y trámites para acceder a ese ejemplar, llega otro descubrimiento: lo único fabuloso de aquel autor era su anonimato. Entonces, te darás cuenta de que no eres mejor que los melómanos que buscan las versiones más extrañas de las canciones menos conocidas para paladear tus palabras cuando respondes: “No la conozco. Nunca había oído esa rola”.
Algunos eligen el camino de la sinrazón, y continúan escribiendo sobre ese autor desconocido, por tanto, con seguridad, en unos años alguien en la misma situación retomará el trabajo, hasta que un día esa condena recaiga en un empresario que lo reedite y lo venda al por mayor a todos los snobistas del futuro. Por fortuna, para entonces estarás muerto, pero… ¡Imagina eso!, te cagarías del coraje, como los que dicen: “Bahhh, yo oía a Pink Floyd desde que era morro, y nadie lo conocía. Ahora, cualquier pendejo lo escucha”.
En caso de que tu espíritu sea como el mío, te aconsejo no rescatar a ningún escritor del olvido, sea bueno o malo. Mejor guarda esos nombres para impresionar a hipsters o damas cultas. ¿Bastará con que te recuerde el dicho “no le des margaritas a los cerdos”? Sé paciente, y mejor que alguien te rescate a ti, o por lo menos que te regale una mención en alguna revista de culto para que trasciendas.
Por otra parte, si persigues a la innovación y la originalidad, es momento de que te preguntes sobre qué escritor conocido no se ha escrito nada. Deja de lado si éste es bueno o malo en su oficio; lo importante es tu texto. De esa manera, no sólo rescatas, sino que regeneras una obra mediante sólidos argumentos para revalorizarla, y no te estancas en la clásica escritura interpretativa que opaca los múltiples sentidos literarios. Además, considera el reto de defender lo indefendible, ¿no te gustaría el mote de Novo Sócrates? En caso de que tu capacidad argumentativa sea débil o el texto sea insalvable, siempre habrá otro camino: reescribirlo.
Redactar un texto concienzudo, analítico, sensato, pero sobre todo con calidad literaria, acerca de una obra que el stablishment considera de poca monta no es poca cosa. Queda una vasta agenda de autores mexicanos que no se han estudiado lo suficiente, y te invitamos a reescribirlos o revalorarlos, entre ellos, Carlos Cuauhtémoc Sánchez, Guadalupe Loaeza, Ángeles Mastretta, Elena Poniatowska, Héctor Aguilar Camín, Enrique Krauze… En fin, la lista es larga.
Sin duda, los academicistas, intelectuales y reaccionarios fingirán no entender la originalidad de esta nueva empresa. Nos despreciarán, mas el sendero a la autenticidad no es sencillo. Como era de esperarse, se han unido a nuestra causa muchos jóvenes artistas cansados de las formas monolíticas. Algunos aseguran que debemos llamarnos infrarregeneracionistas, otros prefieren realrrevaloristas. Aunque nadie está seguro de esos prefijos. Yo supongo que el nombre más adecuado sería reescribistas-revaloristas, pues describe fielmente nuestro trabajo, y así no nos llevamos ningún rescate entre las patas.
Primer texto reescribista-revalorista A manera de ejemplo, publicamos la primera obra de este nuevo género, que versa sobre el título de la novela del maestro Paulo Coelho, llamada El aleph, y esperamos que te conmine a participar en esta vanguardia tardía.
La celebración de mi cumpleaños comenzó tarde el viernes, pero terminó hasta el domingo en la mañana, después de la pelea de McGregor. La verdad es que fue muy divertido, especialmente el viernes que fuimos de pub en pub, fumamos marihuana junto al hermoso río Wensun y jugamos con los cisnes, hubo un momento incómodo en la fiesta de regreso en el depa, cuando un tipo se quería madrear a Red, pero lo sacamos del edificio y todo continuó con más cerveza, y otras ambrosías. No sé cómo, pero terminó en mi fiesta una pelirroja que resultó ser stripper. Como es tu cumpleaños, vine a hacerte un lap-dance-me dijo. Nunca supe exáctamente quién la invitó, creo que sólo se nos pegó al salir del Mischief. El baile no estuvo mal, nos mostró sus pezones perforados y la chava quería hacer un trío cumpleañero conmigo y con mi roomie pero yo decliné.
Así que hubo un poco de todo el día de mi cumpleaños, incluso recibí una llamada muy bonita por skype, pensé en eso todo el fin de semana. Pad pasó los siguientes dos días preocupado y arrepentido de haberse cogido a la stripper, fue muy gracioso hacerle creer que tiene SIDA. El sábado continuamos con la fiesta, Cook me regaló medio gramo de MDMA, y Red se nos unió con Benzedrina y perico. Salimos temprano a pescar, llevamos también cervezas, marihuana y comida. En dos cochecitos cupimos los siete más las cañas de pescar y el equipo.
Liam nos enseñó el mejor lugar para encontrar peces, él y Collie se dedicaron a arreglar las redes y las cañas mientras los demás pusimos el campamento y preparamos la comida. Comenzamos a beber y fumar. AJ empezó a contarnos sus historias de cocainómanos, nos hablaba de un amigo que prácticamente se quedó sin nariz y nos mostró unas fotos asquerosas, todo mientras casi todos se metían unas rayas de perico, a mi por fortuna no me gusta la coca y me dediqué a fumar y beber cerveza, leer a Kerouac y poner buena música desde mi ipod en la bocina.
Pesqué unos tres peces junto al río, antes de ponerse el sol regresamos al campamento y ya estaban listas las hamburguesas, no cocinamos ningún pescado porque es ilegal y tienes que regresar al pez al agua. Comimos hamburguesas y hotdogs, bebimos más cerveza, unos continuaron con la coca, otros empezaron con el eme, yo me abstuve de ambos, el MDMA sí me gusta pero en pequeñas dosis, así que terminé regalando prácticamente todo mi regalo. Para cuando llegaron las chicas, ya se estaba poniendo el sol y Pad, AJ, Megan,Liam y Collie estaban súper enfiestados, Lucy y yo éramos los únicos sobrios, y por sobrios quiero decir sólo pachecos.
Chive la irlandesa y Kat la argentina se nos unieron, Kat le entró al eme luego luego, Chive se esperó un poco pero al final también lo hizo. Esuchamos música magnífica junto al río, recuerdo bailar mucho al ritmo Fatboy Slim y, a pesar de que yo no estaba en nada, también podía sentir toda esta alegría y unión que te otorga el MDMA, bailamos y bebimos y cantamos hasta entrada la noche. En algún momento, poco antes de irnos, Chive me tomó de la mano y me llevó detrás de unos árboles, aquí hay luciérnagas-me dijo mientras me introducía poco a poco al bosque, empecé a pensar que ya estaba muy puesta y nos íbamos a perder, pero de inmediato, después de unos minutos de oscuridad absoluta, llegamos a este sitio con un montón de puntitos luminosos, que se movían.
Vimos las luces en silencio un par de minutos, noté que todavía me tenía tomado de la mano y pensé en soltarla, pero no quise ser grosero, así que sólo le dije: i think we should go back, they are about to leave. La solté y empecé a caminar de regreso, ella me siguió y en el camino seguimos platicando, riéndonos de chistes que ya no recuerdo. Kat nos encontró a medio camino de regreso al campamento, sus ojos de pantera, con las pupilas enormes por las drogas, brillaban con malicia bajo la luna. No sé qué me da Kat que, aún cuando siempre platicamos alegres y bromistas, siempre siento que me observa con maldad. En el camino de regreso salió al tema que Red traía Benzedrina y yo nunca la he probado, las chicas me convencieron de hacerlo. Al llegar al campamento le gritaron a todos “El cumpleañero no conoce la benzedrina! dénle benzedrina!” Resultó ser que todo el mundo ahí conocía esa sustancia excepto yo, así que Red preparó unas líneas.
Obvio fui el primero en esnifar, seguido por Chive y Kat, luego Red.. No sé quién más porque la droga empezó a surtir efecto.
La benzedrina llega a tu cerebro más rápido que cualquier otra sustancia que puedas esnifar, casi me voy al suelo cuando sentí el latigazo. Chive no dejaba de observarme y sonreir, ya te pegó ¿verdad? Traté de responderle pero las palabras no salían, y creo que estaba hablando en español. Todos rieron y Kat tenía que ser mi intérprete. La música se derretía entre los vértices del pasto cuando nos subimos a los coches, no sé si Liam, quien manejaba, estaba tan drogado como nosotros, espero que no, súbete al frente me dijo, te va a gustar.
La benzedrina y la velocidad se llevan muy bien, escuchábamos a los Pixies a todo volumen mientras Liam le daba al acelerador, yo sacaba la cabeza por la ventana y quería lamer las gotas de rocío que detectaba en la noche veraniega, el camino era una serpiente de colores cromados y la música sonaba con un eco muy curioso, entre abismal y simpático. Escuchamos a The Who y a Pink Floyd y cantamos camino a Roys: Teenage wasteland!! It’s only teenage wasteland!! Sonaba a todo volumen cuando nos estacionamos junto al pub.
Llegamos justo a tiempo para ver la pelea, el bar estaba casi lleno a pesar de ser casi las cinco de la mañana, todos mis amigos se veían destruidos pero felices, bebimos unas pintas y volvimos a brindar por mi cumpleaños, a pesar que había sido hace ya dos días. Todos en el lugar apoyaban a McGregor obviamente, a mi me gustó la pelea, temía que todo fuera a ser por puntos y Mayweather sólo corriera como con Paquiao, pero fue divertido, todos se decepcionaron mucho, un par de tipos se empezaron a dar de trancazos afuera del pub y salimos a ver otra pelea, muy mala por cierto.
Liam se fue en su coche con las chicas y en el otro auto se fueron Red y otros más, Paddy, AJ, Collie y yo caminamos a mi depa, llegando fumamos un último spliff celebratorio y me fui a dormir. El domingo por la tarde nos volvimos a reunir varios, casi todos menos las chicas ni Collie, nos pusimos a crudear junto al río, entre los pubs Mischief y el Ribs o’Beef, entre los cisnes y los patos, viendo a las parejas navegar el río en un hermoso y soleado día inglés.
Al fin tengo algo en la vida: La proyección de mis dientes desencajando las yugulares de mis contemporáneos creyentes del arte por el arte, del aura y de la escritura cuneiforme, codificada, monomaniaca, o no sé qué mamadas sublimes o "irreverentes" del mundo moderno, pos-moderno y últimamente vintage.