Testimonio

Takeshi Edmundo López

Sale de mi garganta el recuerdo de las aves,

aquél que a los alacranes arrulla

y clama el territorio de los lobos. 


Pareciera un presagio arrancado

de la pupila de un arúspice,

pero es un archipiélago náufrago,

inaudito. 


Uno quisiera que así nada más

se desnudaran los ojos

como lámparas encendidas,

que brotaran capullos de aves en parvadas. 


No saben

que se horadan las venas,

sientes un cárcamo

socavando tus entrañas

y la aorta te florece en llamas

y estás solo

y deambulas embrutecido de derrotas

y callas para no incendiar la casa.


A veces hay que poner la cara al polvo

y en el sigilo de una vela

hacer una canción crepuscular

para abrir las jaulas,

mirar la sinfonía de las alas,

llorar de tanto azul derramado

y clavar el sol en las ventanas.


Aparentar ser un tótem

siendo casa de cristales

y romperse irreparablemente con la lluvia.

La luz ramifica en las paredes

y canta la canción de los matices,

nosotros con las bestias dormidas

en la hierba portentosa,

intentamos no arrancar caparazones

ni lapidar a los beodos de sí mismos.


Parado estoy en la línea invisible

de la espuma y la arena.

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