Takeshi Edmundo López
Sale de mi garganta el recuerdo de las aves, aquél que a los alacranes arrulla y clama el territorio de los lobos. Pareciera un presagio arrancado de la pupila de un arúspice, pero es un archipiélago náufrago, inaudito. Uno quisiera que así nada más se desnudaran los ojos como lámparas encendidas, que brotaran capullos de aves en parvadas. No saben que se horadan las venas, sientes un cárcamo socavando tus entrañas y la aorta te florece en llamas y estás solo y deambulas embrutecido de derrotas y callas para no incendiar la casa. A veces hay que poner la cara al polvo y en el sigilo de una vela hacer una canción crepuscular para abrir las jaulas, mirar la sinfonía de las alas, llorar de tanto azul derramado y clavar el sol en las ventanas. Aparentar ser un tótem siendo casa de cristales y romperse irreparablemente con la lluvia. La luz ramifica en las paredes y canta la canción de los matices, nosotros con las bestias dormidas en la hierba portentosa, intentamos no arrancar caparazones ni lapidar a los beodos de sí mismos. Parado estoy en la línea invisible de la espuma y la arena.