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Justiciero de las Lomas

Erick García

La injusticia debe indignar a cualquier ser humano. Quien tiene brazos y los cruza sin reaccionar es un tirano igual o peor que el que comete la injusticia. ¿No lo creen? Yo crecí con las historias que me contaba mi abuelo sobre la Revolución, y de cómo la tierra regresó a quien la merecía. El viejo siempre me decía  cuando lo visitábamos en su hacienda: “Mi padre peleó por el país, las tierras son lo de menos si no hay justicia. Sin eso ni las tierras ni el dinero sirven”.

Así que hoy, cuando vi a ese albañil escupirle en la cara a un miserable indigente, no me pude contener. No tengo la certeza de por qué lo hizo, pero nadie en el mundo merece ser tratado así, y menos por alguien de la misma clase. Por eso los pobres no se superan. Se la pasan peleándose entre ellos como animales de la peor calaña. Les encanta revolcarse en su mierda. Aunque eso sí, al menos este idiota no lo volverá hacer. Después de que mi personal de seguridad le rompiera las piernas… ¡Quiero ver que vuelva a humillar a alguien!

El canto de la sirena

Erick García

Todas las tardes la miraba hacer ejercicio en la arboleda. Sus piernas largas parecían moverse sin esfuerzo, libres de prejuicios. La banca, de donde ella bajaba y subía, debió sonreír al verla desde ese ángulo, desde donde todo se ve bien. Yo también sonreía, pero nada más al recordarla. Me comportaba solemne cuando pasaba frente a ella, como si estuviera viendo un desfile de héroes de guerra.

¡Sentía tanto respeto por su culo! Nunca me atreví a mirarlo con descaro. Miraba su rabo, sólo con el rabillo de mis ojos. Debí verme muy ridículo. Desorbitaba mis pupilas (contorsionadas por el imán de sus nalgas). Imaginaba el aroma de aquella posible fábrica de hemorroides: antojadizo, más que la moronga.

Ya a lo lejos, me detenía a contemplarla. Siempre preferí disfrutar del espectáculo a la distancia para no incomodarla. Si ella pensara que soy un morboso, jamás me lo perdonaría. Luego me largaba esperando no volver a pasar desapercibido al otro día. Anhelaba verla con ropa todavía más entallada, tanto, que se plegara como si fuera su segunda piel, tan tensa que la tornara con una nueva forma. Después de fundirse la tela con su piel se convertiría en algo mágico: quizá, en una sirena con vagina.

Durante meses así fue nuestra relación: para ella yo no existía —hasta lo creí—, sólo afirmé mi existencia al sentir mis erecciones involuntarias. No podía controlarme sabiendo que, mientras yo caminaba, a unos metros ella subía y bajaba esa banca. Incesantemente. Parecía que se apareaba con el amasijo de piedra; el respaldo lo sujetaba con sus manos sudorosas y se empujaba cada vez con más fuerza hacia el pecho de la afortunada y sensible banca. Eso bastaba para que mi sangre se abultara entre mis piernas, los latidos retumbaban en mi pantalón, insistentes, como un gato tuerto que intenta salir de una mochila. Espero que ella nunca lo haya notado, porque sabría que soy un morboso.

En una de tantas noches —muy comunes para mí—, husmeaba a las parejas que se acarician en la oscuridad. Yo ya estaba cerca de la banca (también morbosa) que la miraba a ella hacer sentadillas y demás ejercicios vespertinos. Entonces –sólo por no dejar— fui allí a buscarla. Absurdamente la hallé en la penumbra y me miró por primera vez. Su lengua empujaba estertores por el umbral de sus labios –se deslizaban igual que gotas sus gemidos–. Ella se mecía con fuerza. Estaba colgaba de aquel afortunado, como el escapulario de un peregrino. Me sentí tan engañado. Por fin supe lo que sienten los héroes de guerra en los desfiles.

¡Se deformaba su rostro por el placer! ¡Se aventaba contra el pecho de eso que, con la poca luz de la luna, se miraba amorfo y gris, como una especie de pedrusco o un montículo en movimiento! —tal vez una banca—. Me paralicé unos segundos por el hechizo de sus gemidos. Después reaccioné, aunque seguía encantado.

No pude dejar de mirarla mientras huía de sus gemidos, se desataban conforme me alejaba, querían que regresara, tampoco me atreví a taparme los oídos. Así es el verdadero canto de las sirenas: un canto a la lujuria, un ulular venéreo y una lúbrica invocación. La piel se me erizaba. Logré huir porque fui acariciándome con mi única mano a través de la delgada tela de mi bolsillo. De otra manera me hubiera refugiado detrás un árbol para seguir disfrutando el concierto, hasta volverme loco.

He escuchado en esa arboleda a varias mujeres gemir, unas como gatas; con alaridos, otras como beatas; con murmullos, gemidos roncos, entrecortados, de todo tipo, pero nada digno de contarse. Conozco el sonido de las caricias, cuando se enredan en la piel, cuando aciertan, el suave embate de dos cuerpos pendulistas, el clamor hueco de dos pelvis machacándose, el chirriar de las bocas. Nada similar se oyó esa noche.

Regresé al amanecer con un mazo para destruir a esa maldita banca, por si las dudas. Vigilo todas las tardes el lugar donde estuvo la engañosa piedra. Pero ella nunca más se me ha vuelto a aparecer, la del canto de sirena. 

Testimonio

Takeshi Edmundo López

Sale de mi garganta el recuerdo de las aves,

aquél que a los alacranes arrulla

y clama el territorio de los lobos. 


Pareciera un presagio arrancado

de la pupila de un arúspice,

pero es un archipiélago náufrago,

inaudito. 


Uno quisiera que así nada más

se desnudaran los ojos

como lámparas encendidas,

que brotaran capullos de aves en parvadas. 


No saben

que se horadan las venas,

sientes un cárcamo

socavando tus entrañas

y la aorta te florece en llamas

y estás solo

y deambulas embrutecido de derrotas

y callas para no incendiar la casa.


A veces hay que poner la cara al polvo

y en el sigilo de una vela

hacer una canción crepuscular

para abrir las jaulas,

mirar la sinfonía de las alas,

llorar de tanto azul derramado

y clavar el sol en las ventanas.


Aparentar ser un tótem

siendo casa de cristales

y romperse irreparablemente con la lluvia.

La luz ramifica en las paredes

y canta la canción de los matices,

nosotros con las bestias dormidas

en la hierba portentosa,

intentamos no arrancar caparazones

ni lapidar a los beodos de sí mismos.


Parado estoy en la línea invisible

de la espuma y la arena.

Por favor, edite este audio (NO Signal – Primera Dama)

Por favor, edite este audio from No Signal – Primera Dama.

Este audio tiene la finalidad de ser intervenido visualmente.

Es una conversación en lengua prehispánica entre dos mujeres, que fue “subtitulada” tomando como eje las esporádicas partes en español, y ha sido intervenida con algunos poemas del siglo XX. El guión surge a partir de la reflexión de que México históricamente ha sido configurado por capas, dándome en una lectura personal, la idea de México como un enorme palimpsesto cultural y de la INTENCIÓN de hacer dialogar el arte histórico con el arte contemporáneo.

Lo dejo a sus anchas, internauta. 

Erandy Corvel 2014

Las feas

Erandy Corvel

Te invito a que me ames con una imaginación desmesurada y febril.

Tengamos un encuentro de palabras cómodas y tentaciones estoicas, que sin embargo lleve al clímax tu ambiciosa sed de conversaciones trascendentales.

No te arruinaré la cena con un rostro apetecible, ahórrate la energía del tartamudeo y las mariposas efímeras.

Nunca olvidarás el consuelo de besarme con los ojos cerrados y de amarme sin intermediarios.
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Collage: ODE-PRJM

Días de duelo

Erandy Corvel

Conocer a Juan coincidió con la muerte de mi
abuelo (el que me contaba cuentos de hadas y
me hacía el desayuno más delicioso. El que me
llevaba diario a Chapultepec luego de que mi
perro muriera). Pobre Juan, hacía todo por
sacarme del trance, sólo un esfuerzo sobre
humano pudo hacer amigable nuestra estancia
en esos días de duelo.
Collage: ODE-PRJM

Francis Bacon: el cuerpo y sus trampas

Emmanuel Méndez

Francis Bacon es uno de los personajes más contradictorios en la historia del arte. Por un lado, su obra despliega una fuerza expresiva que lo hace más cercano a pintores de la talla de Francisco de Goya, Egon Schiele o Edward Munch que a sus propios contemporáneos, principalmente por el uso de las formas humanas con exaltación a lo grotesco y al mundo de dolor y desesperación que solamente habita en lo más profundo de los sueños. Pero, en el otro extremo, su vida personal —es decir, la esencia misma de sus cuadros— estuvo siempre marcada por una inseguridad enfermiza, que pareciera en muchas ocasiones más afín al carácter de una persona mediocre que al del gran artista que verdaderamente fue.
Nacido en 1909 en Irlanda, aunque de ascendencia inglesa, Bacon sufrió desde pequeño de asma crónica, con continuos ataques broncoaspiratorios que lo acompañaron durante toda su vida, y que lo postraban en cama durante semanas enteras, dejándolo a merced de la morfina y sus efectos analgésicos. Esto le impidió asistir a la escuela de forma regular, y su formación básica fue prácticamente nula. Además de todo, Bacon tenía tendencias homosexuales desde la infancia, y cuando tenía dieciséis años su padre lo corrió de su casa, cuando lo cachó haciendo cochinadas con otro jovencito. 
La Primera Guerra Mundial acababa de concluir, dejando a Europa en un estado de destrucción en el que el arte por supuesto también resultó afectado. Miles de cadáveres se amontonaban en las fosas comunes, y el cuerpo humano —con toda su grandeza y su insignificancia— se convirtió en el eje central de la obra pictórica de un nuevo grupo de artistas. Ante tanta miseria urbana, los bellos paisajes bucólicos de antaño parecían una mala broma, una simple escenografía caduca de cuentos de hadas.
Bacon se inscribió pronto al movimiento conocido actualmente como Nueva Figuración o Figuración Expresionista. Como él mismo lo mencionó en una entrevista, el tema principal de toda su producción pictórica fue siempre “la vida en la muerte”: el cuerpo humano deja de ser un espacio o un refugio para el yo; por el contrario, su perdición ocurre precisamente ahí. Nadie es dueño absoluto de sus miembros, de su mente, los contornos son inestables y se cuestionan continuamente su propia identidad. Las fronteras entre la razón y la pesadilla parecen difuminarse. 
A consecuencia de todo ello, Bacon va a representar icónicamente el cuerpo como un objeto mutilado que regresa a la animalidad, que se encierra y enfrenta a sí mismo desbordando los estereotipados discursos de la masculinidad y la construcción cultural de los géneros, que, obsesionado por su proximidad a la muerte y su semejanza al cadáver, llega a disolverse y a desaparecer.
Cuadros como Study after Velázquez’s Portrait of Pope Innocent X (1953), Head in Gray (1955) o Painting (1946) son claros reflejos de la cosmovisión baconiana. Los miembros dejan de ser miembros: son apéndices inservibles, tumores benignos e inútiles, rebabas de carne y huesos astillados. Las cabezas son aquellas protuberancias con las que termina el humano; la cereza en el pastel. Y todos los rostros parecen querer gritar, hinchando las venas del cuello, crispando los puños. Los colores son por lo regular intensos: morados, rojos, negros. Aparte de los cuerpos, pueden distinguirse, apenas trazados, elementos que dan una sensación de claustrofobia, como jaulas, puertas cerradas o cortinas. 
Para él, la mayor parte de un cuadro siempre es convención, apariencia, y eso es lo que intentaba eliminar de sus cuadros. Buscaba lo esencial, que la pintura asuma de la manera más directa posible la identidad material de aquello que representa. Para él, la manera de deformar imágenes se acerca mucho más al ser humano que si se sentara e hiciera su autorretrato, tal y como se ve en el espejo, sin enfrentarse al hecho actual de ser un ente humano, alejándose de su especie por algo totalmente ilusorio.  
Atrás quedaban los años donde los grandes lienzos abstractos, donde unas cuantas líneas y puntos insípidos pretendían comunicar emociones al espectador. Con el fin de la Segunda Guerra Mundial y el auge de la fotografía como herramienta periodística, Bacon, junto con pintores de la época como Lucien Freud o Balthus, despojó de consistencia imaginaria sus obras y dejó atrás las apariencias, el vacío en el que se construye la existencia; el humano vuelve a ser animal, una bestia asustada y a punto a atacar. 
Y así, en su vida privada, el propio Francis Bacon parecía un animal indefenso. Era una persona callada y poca dada a los escándalos. Durante su vida sólo tuvo dos amantes, George Dyer y John Edwards, siempre más jóvenes que él, que sólo buscaban su dinero y se colgaban de su fama. Le gustaba emborracharse solo y dar largos paseos por Londres. Pero la mayor parte del tiempo la pasaba en su taller, un espacio tan desordenado que sus cuadros estaban desperdigados por el suelo, y que en muchas ocasiones el artista arruinaba por pisarlos sin querer. Allí, durante más de medio siglo, Francis Bacon fue creando una serie de cuerpos crucificados, contorsionados, mutilados, deformes, con rostros en el límite de la desaparición, criaturas que copulan, defecan, vomitan, eyaculan, sangran, y se desmoronan.
A su muerte en 1992, debido a complicaciones cardíacas derivadas del asma, el taller de Bacon fue desmontado y donado al Museo de Dublín, como “una obra de arte en sí misma”. Cuando tu mamá te vuelva a decir que arregles tu cuarto, ya sabes qué argumentarle. 

Los Esclavos

Erandy Corvel

Los esclavos no tienen quien los quiera y se masturban.

Nadie lo creería, pero ellos también se hacen sus pajas. Entre sus delgadísimas piernas les crece un cuerno de rinoceronte y embisten al aire, sintiéndose libres y libertinos, hasta que se les vuelve rosa, morado, púrpura y finalmente negro, como originalmente era.

Naturalmente lo hacen a escondidas, cuando les toca dormir entre muertos, o cuando les queda un poco de espacio entre los vivos apilados y un paredón. Ocasionalmente, se topan con alguna mujer que los descubre y de lejos les lanza una reta con la mirada. Entonces ella acomoda los dedos en su cresta de gallo espoleado y se lo imagina a él arremetiendo ya no contra el aire, sino contra el hueco podrido y seco de su sexo.

Si después se encuentran entre las pilas de los vivos, no discuten quien ganó la partida, o quien terminó segundo, porque los esclavos prefieren hacer un cómplice y nadie puede discutir con ellos que eso y no otra cosa es el amor.