Erick García
Todas las tardes la miraba hacer ejercicio en la arboleda. Sus piernas largas parecían moverse sin esfuerzo, libres de prejuicios. La banca, de donde ella bajaba y subía, debió sonreír al verla desde ese ángulo, desde donde todo se ve bien. Yo también sonreía, pero nada más al recordarla. Me comportaba solemne cuando pasaba frente a ella, como si estuviera viendo un desfile de héroes de guerra.
¡Sentía tanto respeto por su culo! Nunca me atreví a mirarlo con descaro. Miraba su rabo, sólo con el rabillo de mis ojos. Debí verme muy ridículo. Desorbitaba mis pupilas (contorsionadas por el imán de sus nalgas). Imaginaba el aroma de aquella posible fábrica de hemorroides: antojadizo, más que la moronga.
Ya a lo lejos, me detenía a contemplarla. Siempre preferí disfrutar del espectáculo a la distancia para no incomodarla. Si ella pensara que soy un morboso, jamás me lo perdonaría. Luego me largaba esperando no volver a pasar desapercibido al otro día. Anhelaba verla con ropa todavía más entallada, tanto, que se plegara como si fuera su segunda piel, tan tensa que la tornara con una nueva forma. Después de fundirse la tela con su piel se convertiría en algo mágico: quizá, en una sirena con vagina.
Durante meses así fue nuestra relación: para ella yo no existía —hasta lo creí—, sólo afirmé mi existencia al sentir mis erecciones involuntarias. No podía controlarme sabiendo que, mientras yo caminaba, a unos metros ella subía y bajaba esa banca. Incesantemente. Parecía que se apareaba con el amasijo de piedra; el respaldo lo sujetaba con sus manos sudorosas y se empujaba cada vez con más fuerza hacia el pecho de la afortunada y sensible banca. Eso bastaba para que mi sangre se abultara entre mis piernas, los latidos retumbaban en mi pantalón, insistentes, como un gato tuerto que intenta salir de una mochila. Espero que ella nunca lo haya notado, porque sabría que soy un morboso.
En una de tantas noches —muy comunes para mí—, husmeaba a las parejas que se acarician en la oscuridad. Yo ya estaba cerca de la banca (también morbosa) que la miraba a ella hacer sentadillas y demás ejercicios vespertinos. Entonces –sólo por no dejar— fui allí a buscarla. Absurdamente la hallé en la penumbra y me miró por primera vez. Su lengua empujaba estertores por el umbral de sus labios –se deslizaban igual que gotas sus gemidos–. Ella se mecía con fuerza. Estaba colgaba de aquel afortunado, como el escapulario de un peregrino. Me sentí tan engañado. Por fin supe lo que sienten los héroes de guerra en los desfiles.
¡Se deformaba su rostro por el placer! ¡Se aventaba contra el pecho de eso que, con la poca luz de la luna, se miraba amorfo y gris, como una especie de pedrusco o un montículo en movimiento! —tal vez una banca—. Me paralicé unos segundos por el hechizo de sus gemidos. Después reaccioné, aunque seguía encantado.
No pude dejar de mirarla mientras huía de sus gemidos, se desataban conforme me alejaba, querían que regresara, tampoco me atreví a taparme los oídos. Así es el verdadero canto de las sirenas: un canto a la lujuria, un ulular venéreo y una lúbrica invocación. La piel se me erizaba. Logré huir porque fui acariciándome con mi única mano a través de la delgada tela de mi bolsillo. De otra manera me hubiera refugiado detrás un árbol para seguir disfrutando el concierto, hasta volverme loco.
He escuchado en esa arboleda a varias mujeres gemir, unas como gatas; con alaridos, otras como beatas; con murmullos, gemidos roncos, entrecortados, de todo tipo, pero nada digno de contarse. Conozco el sonido de las caricias, cuando se enredan en la piel, cuando aciertan, el suave embate de dos cuerpos pendulistas, el clamor hueco de dos pelvis machacándose, el chirriar de las bocas. Nada similar se oyó esa noche.
Regresé al amanecer con un mazo para destruir a esa maldita banca, por si las dudas. Vigilo todas las tardes el lugar donde estuvo la engañosa piedra. Pero ella nunca más se me ha vuelto a aparecer, la del canto de sirena.