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La segunda venida

Sergio Miraflor

Ana se ajustó dulcemente los tirantes del brasiér y repartió de la forma más estilizada su cuerpo tibio en el sofá. En la espera activa de que por fin, su visión habitual atravesara la entrada del departamento, sus largos dedos con uñas decoradas a la francesa, brillaban como las chispas de un cuchillo afilándose, al resbalar por su clítoris. Una irrigación rosácea le correspondió, además del calor desesperado que le advertía bajar el ritmo para no traspasar el umbral antes de que llegara Ella.

Ella la encontró al punto, como quien mantiene el equilibrio con un solo pie, sostenida en el límite para no dejarse caer al cielo con autonomía. Le despegó los muslos como gajos de naranja y justo en el vértice, recogió con elegancia cada gota de zumo que pudo asir con la punta de su lengua, mientras sus dedos descubrían texturas internas.

Ana nunca abrió los ojos con tal de que todo fuera a su manera, y tan puntual lo logró, que cuando él quizo penetrarla, ya había salido de aquella alucinación. Entonces gimió fuerte con el fin de acelerar la eyaculación de su marido. Pensó que los niños pronto vendrían del colegio y no era obligación de la niñera presenciar semejante escena.

Se abrió de nuevo la puerta: naturalmente era Ella.

Otro nocturno de la casa

Takeshi Edmundo López

La noche me vigila con sus millones de ojos
su mirada irradia eléctricos silencios.
Los colores huyen entintando la casa
con la negrura de su ausencia.


Han dado cuatro pasos las agujas
desde la media noche
seco por la vigilia
deambulo sediento
de beber el sueño fresco de las luciérnagas.
Un rayo invisible
que parte la nube de lo onírico
me mantiene biseccionado
y en el deslumbramiento enceguecedor de lo estático
la vigilia me moja los ojos
y me obliga a mirar dispersamente el vacío
vagar por los rincones donde se ocultan
las memorias amoratadas
hundirme manso y lento
en la espesa nebulosa
de tu vaporosa falta.


El tictaqueo acaudalado de los minutos
fluye de manera abrumadora
en el momento en que nada se oye
y los espejos escupen los desastres del naufragio
en el que habito.


Me apunto con el humo de plata
y me disparo rabioso
una bala expansiva de sueño
que perfora los sucios muros del laberinto síquico
en el que profano jadeante
tu piel abierta al tacto.


Antes de dormir inhalo
la esencia parda del encierro
con que la casa me devora.


Así será la única manera
de acallar tus demonios
que arden azules
en los bordes de mi cama encendida.

Querido Ángel:

Erandy Crovel

El abuelo no ha parado de hacer preguntas
insensatas; me parece que sospecha de las vocales
retorcidas y de las lúbricas violetas. Ya veré yo la
manera de aderezar su tetera.

La buena noticia es que Adelina ya mudó los
dientes y el ratón le ha dejado regalitos bajo la
almohada: un par de monedas de chocolate, un libro de
Oliver Jeffers y un dildo entrenador.

Mi madre no se acostumbra a tu ausencia y come
todo el tiempo las cuencas de sus ojos (no las de
mamá, bobazo, me refiero a las de él). Yo la
compadezco y la miro con todo lo que tengo para
mirarla sin vergüenza: mis reojos. Ha cambiado las
colchas de tu cama pensando que se lo agradecerás no
cogiendo ahí conmigo. Como si un día fueras a volver
con tu túnica de sal, con tus pasos de carnero.

Ayer la descubrí mirando tu fotografía al lado
del rostro del abuelo. Él dormía, por supuesto, pero
la comparación no le pareció agradable y lo
desenchufó del oxígeno. Hice que no miraba para que
no insistiera en que soy una impertinente, pero otra
vez me delataron mis reojos. “No te precipites a
darle sus mariposas al abuelo, ésa es tu mejor virtud,
Erandy (si así se le puede llamar a tu constante
manía de hacer estambres con lo prohibido). Él te lo
agradecerá saboreando la desdicha de extrañarlas”,
dijo nuestra madre.

“Erandy”, ¿no suena estúpido? ¿Nunca has
sentido vergüenza al presentarme por mi nombre?
Todo el mundo me ha llamado así desde hace 27 años y
no había reparado en lo cruel de esa situación. Es
irremediable, Ángel, en mi tumba estará este nombre
con el que yo no me identifico.

Nacer al abismo

Takeshi Edmundo López R.

Lo dijo Vallejo en algún escrito:

“nacer es ir cayendo en un abismo”.

La muerte no conoce de heroísmo

y saber su razón siempre es un mito,

el obstáculo imparable, infinito.


La vida es un simulacro no un sismo,

uno tiende a exagerar el dramatismo

ahogándose uno mismo con su grito.


Sentido de la vida no hay ninguno,

“ir cayendo” es el único objetivo;

la triste excelsitud que tiene uno

de darle gran valor a un mal motivo,

he ir sabiendo como si fuera ayuno:

que somos nada en un espacio vivo.

“El laberinto de la soledad” Cuerpos imaginarios
 El cuerpo del  Chuco

Fabián Ríos

No es tan fácil, o no debería ser tan fácil, aceptar las ideas de totalidad del lenguaje de las que habla Wittgenstein cuando dice: “El lenguaje disfraza el pensamiento. Y de tal modo, que por la forma externa del vestido no es posible concluir acerca de la forma del pensamiento disfrazado; porque la forma del vestido está constituida con un fin completamente distinto que el de permitir reconocer la forma del cuerpo” (Tractatus Logico-Philosophicus, 4.002). Enfocándonos en la última parte de la cita, que en realidad es análoga a la primera, nos preguntaremos: ¿Sería verdad que por la forma del  vestido se puede adivinar la forma del cuerpo? Es usual que la respuesta a esta pregunta se enfoque en la parte externa del vestido, es decir, el significado que para el otro tiene la vestimenta que cubre un cuerpo o la relación que tiene la vestimenta con el medio al que se muestra, que es también el medio en donde se configura. Se dirá entonces que el vestido no sólo oculta un cuerpo sin a su vez expresarlo, siendo el acto de ocultamiento el acto mismo que da identidad al sujeto que intenta ser reconocido por el mundo que lo ve.

Pero pensándolo bien, el vestido que recubre el cuerpo a su imagen y semejanza no es suficiente para generar la certeza de un “yo”, si acaso construye una idea para envolver a un sujeto, sobre todo en aquellas identidades fronterizas que se juegan la existencia entre territorios polarizados en los límites que demarcan culturas enteras. La identidad que pensadores mexicanos como Octavio Paz quieren para el pachuco es la punta de un extremo. En el cuerpo de este extremo es en donde este trabajo se desarrollará. 
 
Se dice que la “Ausencia de espíritu” que esta ambivalencia causa en el pachuco lo hace disfrazarse de una manera en la que el exceso en las vestimentas distorsionadas compense la opacidad de su ser. Pero ¿Qué hay del cuerpo? Con o sin vestimenta el pachuco sigue siendo pachuco. El impulso que se niega a sí mismo que se le atribuye, permanece aún en su cuerpo “desnudo” corroborando a lo que puede llegar aquel –parafraseando a Paz- ser temeroso de que la mirada ajena lo desnude. Basta con la peculiaridad de un cuerpo para hablar de las identidades de miles de ellos que buscan expresar un sentir común.

Esta reflexión lo que pretende es inspeccionar la peculiaridad de un cuerpo que habla por sí mismo. El cuerpo de un sujeto que sirve como llave de acceso para reflexionar sobre la consciencia de una singularidad, “momento de reposo reflexivo antes de entregarnos al hacer.” El cuerpo le pertenece a un pachuco y se basta a sí mismo para –sin vestimenta alguna- saber que de quien hablamos es de la figura mítica que representa el principio del “Laberinto de la soledad”.

Edward “Chuco” Caballero -personaje de la cotidianidad- nació en California en 1954 y murió en el 2008 víctima de un agresivo cáncer. Destacada figura en el mundo del tatuaje “Chuco” fue, entre otras cosas, un joven pachuco en los años 60´s al sur de California. Su cuerpo fue –por que el cuerpo no siempre es- memoria de la identidad de un hombre que se entrega a su realidad, se hunde en ella hasta el extremo de convertirse en los símbolos externos de los que fue testigo, que se incrustaron en lo más profundo de su conciencia y que salieron de ella construyendo una memoria de imágenes encarnadas que sirvieron como recordatorio imaginario de quién es y de dónde es que viene. 

El zoot suit, vestimenta del pachuco que se despoja del mundo de la eficacia estadounidense y se reafirma en su sola manifestación estética sin más tarea que atraer las miradas sobre la moda excesiva que viste, no pretende acercar al pachuco a una agrupación específica. Sin más remedio que mostrarse estéticamente, la vestimenta del pachuco desborda su cuerpo, muestra su rebeldía al desajustar el ideal de practicidad del modo de vida americano y a la vez oculta el cuerpo del chuco que se esconde en el zooty para reafirmarse como ser solitario, -citando a Paz sobre el pachuco- “Generalmente los excéntricos subrayan con sus vestiduras la decisión de separarse de la sociedad, ya para constituir nuevos y más cerrados grupos, ya para afirmar su singularidad. En el caso de los pachucos se advierte una ambigüedad: por una parte, su ropa lo aísla y distingue; por la otra, esa misma ropa constituye un homenaje a la sociedad que pretende negar.” 

A pesar de que el “Chuco” Caballero era considerado un auténtico portador del zoon suit de la época de los 60´s y recordado por lo esencial de su caló; esa manera de distorsionar el lenguaje con la que el pachuco insiste para desapegarse del otro, delespectador cualquiera que en ningún sentido es capaz de entender la onda de su hablar, pero que a su vez, sin faltar ni por un momento a la constante de su ser ambiguo y agresivo, el clown impasible y siniestro, sádico pregunta  a su interlocutor, con más intensión de aterrorizar que de hacer reír, si ¿me comprendes Méndez o te explico Federico?; “Chuco Caballero”, que dominaba el arte del no decir nada al hablar mucho, fue un pionero del tatuaje que lo distinguió aún más que lo estrambótico de sus vestimentas y su forma de hablar.

En el cuerpo tatuado del pachuco conviven imágenes que chocan. Sin espacio alguno para asomarse a una identidad pura que en realidad no existe, el cuerpo de “Chuco” Caballero esconde esa “pobreza de nuestro Romanticismo frente a la excelencia de nuestro arte barroco”. Con la falta de un punto central en donde sostenerse el cuerpo pachuco marcado, quiere íntimamente volver a ser centro de un universo fragmentado por la frontera que su cultura pasada  cruzó.

En los límites del ser está marcada la existencia del pachuco tatuado. En su cuerpo conviven imágenes de dioses aztecas, corazones y calaveras del día de los muertos, monumentos y actrices y actores norteamericanos, revolucionarios mexicanos y latinoamericanos, tipografías callejeras, imágenes religiosas, escudos nacionales y simbolismos carcelarios. Lo mitificante de su figura nace del arraigo de las figuras culturales que permite incrustar en su cuerpo -lo único intransferible que tiene-  que al apropiarse de ellas fundamenta una nueva manera de ver lo ya visto por todos. Miles de turistas han fotografiado la estatua de la libertad, pero el pachuco que la tiene en la piel junto con Marilyn Monroe y debajo del Che Guevara atenta contra el espacio vacío de un monumento en medio del mar –de alguna manera apartado del territorio americano, la estatua de la libertad da un saludo fraterno a los nuevos pobladores, pero al ser ella un monumento alejado de tierra firme, su espacio representa más un estado transitorio entre el inmigrante que llega al nuevo mundo con el sueño americano en mente y la constante realidad de exclusión con la que es marcado una vez que baja del barco-. Al situar la imagen de la estatua de la libertad en un espacio arbitrario –o no- su figura es acompañada de otros símbolos que solamente adquieren un sentido como un todo. Por sí misma, el rostro de la estatua no dice nada, es simple tinta y técnica en la piel de alguien, pero el alejamiento de la mirada del cuerpo al que contempla, permite darle a la imagen un sentido más íntimo que se comprende gracias a lo que lo acompaña. Como la contemplación de una estrella que por sí misma brilla en medio de la nada y que después se descubre como parte de una constelación, las imágenes en el cuerpo de una persona que gusta de saturarlo con tatuajes que esconden su piel, no hablan por sí mismas, pues están en comunión con una unidad que al final hace que el cuerpo responda a la pregunta ¿Quién eres?. “Pasivo y desdeñoso, el pachuco deja que se acumulen sobre su cabeza todas estas representaciones contradictorias, hasta que, no sin dolorosa autosatisfacción, estallan…”

La resignificación de estas imágenes icónicas –todas- representan la voracidad del pachuco por irrumpir en un equilibrio ya de por sí difícil de mantener “hecho de la imposición de formas que nos oprimen y mutilan.La visión unilateral de la cultura dominante es su principal enemigo pues él representa una contradicción innata que se afirma como tal. Los iconos revolucionarios del “Chuco” no tienen la pesadez del significado político e ideológico; entre Zapata, Pancho Villa y el Che están Marilyn Monroe y Susan Hayward. Los rostros de revolucionarios usados más de mil veces para representar ideologías en contra del sistema no son, en este cuerpo, antisistema, están ahí para generar una ruptura individual con lo establecido. No es sino rebeldía del individuo, pues su identidad no está con la del pueblo que quiere ser liberado; no hay nada de heroico en el Zapata que está a la altura del pecho, es más una cuestión de evocación religiosa, la adoración que ya trae consigo el rostro del revolucionario y no el ideal mismo, es una imagen fetichista por el Che o por Villa la que él tiene, imagen despojada de su origen, igual que él mismo.
...Zapata usualmente se encuentra fuera de su contexto revolucionario, es más un símbolo que acerca al hombre con una idea de nación libre y justa jamás realizada.El zapatismo fue una vuelta a la más antigua y permanente de nuestras tradiciones”, la representación de un hombre que muestra la conciencia histórica pero que a su vez es aislado en su pueblo y en su raza; el villismo y el zapatismo (el norte y el sur) representan en la piel de alguien que ha crecido al otro lado de la frontera voluntades de identidad nacional basadas en el origen y la simplicidad de ideas como Tierra y libertad que simbolizan –en palabras de Paz-un punto de partida, un signo oscuro y balbuceante de la voluntad revolucionara” que fue derrotada y marginada. En la piel del pachuco la revolución mexicana significa una reconquista de representaciones siempre pulsantes, una pasión por ideales jamás conocidos o una reconquista por la tierra a la que jamás ha pertenecido, pero que fruto de la soledad y desesperación el “Chuco” Caballero lleva en la piel, en un gesto de orgullo por la redención que el pasado le confiere, su “origen” que es el que le perdona todos sus pecados. Su “historia” arropa la soledad que porta con orgullo. Sin identidad propia el pachuco que lleva la revolución en la piel por fin se atreve a ser, conoce su misterio, comulga con la idea para él santa del México perdido, como paraíso al que jamás regresará.  

Del tatuaje del revolucionario Emiliano Zapata nace la imagen de Cristo a la altura del cuello demostrando la religiosidad que siempre ha de acompañarlo como buen pecador que es. Muestra su herida, la tiene en lo más alto y vulnerable de su ser. Cristo en el cuello es la apropiación del cuerpo martirizado en el cuerpo mismo  “No es una intimidad que se vierte, sino una llaga que se muestra, una herida que se exhibe. Una herida que también es un adorno bárbaro, caprichoso y grotesco…” La herida que muestra es también posibilidad de salvación, viviendo la vida loca el pachuco pide perdón de sus pecados. Siendo no-ser el pachuco vive la vida del bandido solitario con la cual niega la sociedad en donde se establece, “La persecución lo redime y rompe su soledad: su salvación depende del acceso a esa misma sociedad que aparenta negar. Soledad y pecado, comunión y salud, se convierten en términos equivalentes.”. La madre a la que se pide perdón no falta, se encuentra justo en las manos, fácil de ver, siempre presente en toda acción, la virgen de Guadalupe es el ícono infaltable que no necesita acompañamiento, está ahí sola en la mano derecha del pachuco, también hijo de la santa madre sufrida mexicana que le perdona todo.

En los brazos están plasmadas evocaciones prehispánicas, Cuauhtémoc, último tlatoani convive en el brazo izquierdo, en una dialéctica entre resistencia y entrega, con Moctezuma el emperador vencido y abajo una posible malinche madre chingada de los malos mexicanos que se afirman como la negación de la raza que a su vez gustan de adorar. -Paz dice- El pachuco  es ese otro que nosotros no somos. Y esos otros no se definen sino en cuanto hijos de una madre tan indeterminada y vaga como ellos mismos”. Como punto final, justo en medio de su cuerpo se lee, como título de un cuerpo que habla con imágenes, la leyenda South Side como límite de su existencia, mucho más al sur está la tierra prometida jamás conocida, mucho más al norte no hay nada, South Side es para Edward  “Chuco” Caballero la tierra de nadie a donde él pertenece.

Decir que el lenguaje que nos reviste es la única posibilidad de nuestra existencia en cuanto es la totalidad de nuestro pensar, es excluir una visión oscurecida de los  significados de las cosas que conocemos. Los significados llevan consigo una carga de posibilidades que se revisten según los lugares desde donde pensamos lo que pensamos. No se reconoce la forma del cuerpo por el vestir, así como no se reconoce el pensamiento con el lenguaje. Pareciera que el vestido y el cuerpo se desarrollan  en un mutuo acuerdo en donde uno transforma al otro y viceversa. La cuestión entre lenguaje y pensamiento pareciera ser más bien una relación dialéctica que no termina de reconciliarse en una síntesis final pues todo aquello que es excluido de lo definido siempre encuentra cómo salir a flote y transformar lo establecido bajo la visión de una nueva perspectiva. Por eso se hace necesario regresar y reflexionar sobre las cosas que tenemos como ya establecidas, es decir, quitar la vestimenta con la que a simple vista generamos una opinión. Desnudar  para luego conocer.

Amplificador de Emociones 3

Omar Rueda (Sorent)

Ahora  que lo pienso bien, mi vida se ha encaminado en el rumbo que está por  decisiones raras que he tomado, una de ellas fue el convertirme en  "manager" de una banda de rap-metal cuando ni siquiera conocía el  género, no tenía conocidos en el medio, no tenía ni la más puta idea de  lo que tenía que hacer para hacer que un grupo se diera a conocer. La  experiencia que tenía -y por la que creo que se fijaron en mi estos  tipos- era la de ser un incipiente y poco constante locutor de una novel  estación de radio por internet (www.bytesradio.com  aún en funciones), hablar de metal... más bien, de nü-metal en esa  estación y verme "rudito" por la gran barba que en esos tiempos me  gustaba dejarme.
Como ya me había echado el paquete, empecé a preguntarle a mis tres  conocidos qué es lo que debía hacer para tener éxito, sus respuestas  siempre fueron muy escuetas: promocionarlos en radio, conseguirles  tocadas y lograr que no se separen. Las primeras dos medianamente lo  conseguí por al rededor de dos años; en la tercera fracasé rotundamente.

Recuerdo que lo primero que hice fue diseñar un logo poderoso para la  banda, algo que dijera que eran de barrio (de uno especialmente bravo),  que la música que se escucharía tenía contenido y poder y además de  todo, usar las referencias que ellos me habían pedido que pusiera. 

El nombre de la banda era Chango macho.  Ese nombre no era idea original de ellos pero habían pedido permiso a  uno de sus amigos, el que lo creó, para usarlo. El nombre hacía  referencia a uno de los grandes santos de la santería: Shangó... un  problema más, no tenía idea -y aún sigo sin tenerla bien a bien- de lo  que es la santería y lo que representa este santo.

El logo quedó a tres colores: negro como base y detalles en blanco y  rojo. Usé una fuente llamada "Punk" como grafía y entre los símbolos de  esa fuente tomé las comillas francesas simples como detalles del mismo.  La primer palabra quedó en minúsculas por la informalidad de la  misma-hacía referencia a "los chavos, la banda, los morros, los changos  esos". La segunda palabra, totalmente en mayúsculas, era la que tenía la  fuerza, representaba sí, la masculinidad pero también el valor de la  raza, el no rajarse ante la adversidad. Arriba de la palabra "chango"  coloqué una imagen del santo en dibujo a pluma y detrás de todo, un par  de manchas de tinta roja simulando un cuerpo decapitado.  Al paso de un  mes, logré convencerlos de quitar la efigie del santo y dejar sólo lo  demás para que no se confundiera con un grupo de música religiosa.

El logo les encantó a todos, incluso al "Henrru" que era el más  "mamoncito" de todos porque ya había estado en otras banditas de garage  antes del "chango". A partir de ese momento, tuve control total de la  imagen de la banda, cualquier cosa que se tuviera que diseñar, dibujar o  hacer para publicidad, tenía que aprobarla yo.

Siendo poco modesto, debo decir que quedó un gran logo, varios grupos y  bandas lo alabaron, incluso gente de renombre en el medio del rock como  Pako Gruexxxo (RIP). Les gustó y decían que sí representaba lo que era  el grupo. Fue mi primer diseño para el mundo del rock y llegó a  latitudes que jamás sospeché. Más adelante hablaré de eso.

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Recuerdos de arena

Escalot

“Hay que seguir el camino de la sangre”

García Lorca
Me cuesta esfuerzo admitir que aún la recuerdo a escondidas de mí. Me molesto conmigo al darme cuenta que lo he vuelto a hacer, entonces agito mi cabeza para disolver su recuerdo formado de arena. Alguien vuelve a esculpir la arena de su imagen una y otra vez, no sé quién sea, y temo al sospechar que pueda ser yo. Vigilo que no allane mi cabeza, aunque en ocasiones  el sueño me vence y al despertar ya está otra vez en mi memoria, desde ahí me mira fijamente, como esas tétricas estatuas de iglesia con lágrimas de sangre en los ojos.

Abro los parpados con la pesadez de cualquiera que no se reconoce en el espejo.  Me desplomo por dentro mientras me alimento con humo de cigarro. Debe ser peor no tener  siquiera humo: Lo supongo.  

Lo verdaderamente despreciable en mí, es que continúo buscándola. En ocasiones de reojo veo algo o alguien pasar, la arena de mi cabeza me hace pensar que pudo ser Ella, volteo asustado para descubrir sólo una sombra.

La busco también en mi camino,  en las ventanas,  en los libros, en mis ojos, en los silencios y las estridencias, en las iglesias y los puteros, en todas partes. Al terminar el día siempre la encuentro, aparece un remedo de su recuerdo que me inunda de espanto en medio de mis pesadillas, entonces me levanto perturbado, enfermo, como si enterraran una navaja en mi vientre mientras duermo. Es insoportable, sucede todas las noches. Estoy cerca de perder mi cordura. No puedo continuar así. No tengo el valor de acabar con esto.    

Una noche la vi del otro lado de la calle, no pude contenerme y corrí tras Ella. Juro que su cabello era idéntico, la alcancé, la miré, me miró, se escurrieron mis ilusiones en esas pupilas desconocidas.  Después la miré otra vez, pero con rabia (por no ser quién deseaba que fuera). Me señaló luego de acercarse a un policía. Preferí  escabullirme entre la gente.

Rememoro las conversaciones que tuvimos, pero no acaban ahí, sino que continuamos el diálogo, como si Ella se metiera en mi cabeza para responderle a mis recuerdos, argumenta desde  su ausencia, luego yo le respondo, ni su silencio evita que me hable. También Intento escuchar su voz, me imagino cortando las costuras de sus labios para buscar su grito, es en vano.

En verdad que la extraño, mas lo que miro ya no es Ella,  ahora sólo habita un ser malformado por el tiempo, por la obsesión y la soledad, por las culpas y las disculpas que nunca llegarán. Es algo terrible, como un recuerdo  creando a  otro recuerdo y ése a otro, y así hasta que  un día terminas por añorar algo que nunca existió. He intentado destruir a ese ente pero está construido por  mis recuerdos y también por los del otro sujeto que se esconde en el espejo.

He pedido ayuda y salvación a muchas personas y lugares: poetas, cantinas, mujeres, hoteles, borrachos, psicólogos, clínicas. Todo ha sido inútil. Ya sólo confío en unos cuantos. Entre ellos  están los párrocos. Siento fe hacia ellos, todos han coincidido al decirme “Si sigues recordándola no la vas a dejar descansar en paz”.    

Esta locura empezó en una poca concurrida biblioteca conventual. La estuve esperando cerca de los libros de su autor preferido. No era la primera vez que buscaba su encuentro. Fue un ritual el acudir todos los sábados, desde que abrían hasta que cerraban. Ella solía visitar aquel antiguo y remoto lugar. Lo sabía con certeza: alguna vez aparecería arrastrando su condena de belleza e ingenuidad. Horas, días y meses dediqué a la espera de esa posibilidad.  Era cuestión de esperar (fui experto en ello, siempre había vivido esperando). Ansiaba poder verla, por lo menos a lo lejos,  penetrarla,  tan sólo con la mirada, una vez más. Eso me bastaba, eso creía.

Aquel día las miradas de dos visitantes que iban de salida me atravesaron, vieron confundidos mi avidez desmesurada, pude imaginar mi rostro deformado por el trastorno placentero de concretar mi hazaña.

Decidí no causar más sospechas y me refugié  entre  los empolvados libreros, a pesar de no haber más personas en el lugar (me refiero a personas vivas). Intentaba con torpeza entender las letras de un poeta que no han dejado morir. Aquel libro que sintió escurrir el sudor de mis manos en su piel muerta, se estremecía, quizá porque algo vislumbró.

Apareció Ella. Cayó en la trampa de la casualidad, igual que un célibe en frente de un clítoris: no se pudo resistir. Acariciaba la portada de un libro ¡Lo miraba tanto! Así como se mira la desnudez. Esperé eternos minutos el momento ideal, hasta que se alejó para leer en un apartado rincón. Soporté los deseos de correr. Me deslicé agazapado, lentamente, acechante, fui tan cauteloso,  me parecía a las almas que me miraban casi sin existir. Me detuve detrás de Ella, donde el alcance de mis brazos no la pudiera extraviar, todavía pude leer dos versos de aquel libro que nunca cambiará de página “y mis ojos, tributo a la eterna guadaña/ por ti osan mirar de frente el ataúd” Supe que era el momento preciso.

Unas gotas de sangre se derramaron sobre aquellos versos, después todo el poema se tiñó, y al final el libro  escurría de su roja vida, ahora estaba escrito con el lenguaje de la sangre. La vida está escrita con sangre. Sustancia profética. Oráculo que habla si logras comprender su lenguaje.

-No importa perder la sangre cuando ella marca esa ruta-, creo me dije a mí mismo al ver su vientre vomitando  vino caliente (lo dije en voz alta sin darme cuenta). De todos modos esa sangre debió quemarle las entrañas.    

Se aferró del libro cual si fuera la vida, aun así dejé caer otras veces la navaja en Ella, se fueron disecando sus ojos ya perpetuos. Se apagó su dolor. La deuda estaba pagada, sólo entonces saqué la navaja para liberarla, fue cayendo el libro junto con Ella, se fundieron en el lago de lava que Ella fue inventando con su diluida vida, hasta volverse piedra, casi mítica, casi tiernamente.  

Me mojé las manos de sangre y me las lamí. Porque era mía. Tú no sabes lo que es eso.

Ahora ando en busca de  una navaja que mate a su recuerdo. Y así por fin dejarla descansar en paz.