Archivo de la categoría: Letras

Ojo, señores de CONAGUA

Arcano

La regulación es un ajuste metódico que mi madre sí tiende a recordar. Ustedes pueden echar ojo por la rendija que hay entre el buzón y el diablito del medidor de luz. La verán regar las plantas con una regularidad distinta para cada maceta: hortensia, riego diario; ciclamen y lilium, dos veces por semana; cardón rara vez. Ella siempre da a cada cosa lo que merece, aunque ya no lo haga por consciencia, como en esos raros días que la visito y me abraza, confesándome que no sabe quién soy, y yo le susurro que no se preocupe, que soy un cactáceo. 

Pobres poetas

Jorge Alva

Después de leer a Ricardo Castillo,

entados en mi sillón y fumando un cigarrillo, Ella me dijo:

¡Juguemos a ser poetas!

Le respondí que no era juego, que los poetas sufrían mucho entre tanto alcohol y mujeres,

Que todas esas galas, recibimientos, flores y premios duelen, como dardos de claveles.

¡Ay de mí! Acabo de ganar el premio Jaime Sabines y ya no sé qué hacer,

¡Ay de nosotros! Con nuestras residencias artísticas en París, Madrid y Budapest.

Cómo sufrimos bebiendo cognac, mientras conducimos a toda velocidad,

en nuestros autos con el valor monetario de las casas de muchos más.

Es  terrible levantarte todos los días en tu casa de Las Lomas, sin saber  qué hacer con tantos libros y billetes, panegíricos y cheques, joyas y  poemas regados por todas partes.

Y preguntarte por qué ¿por qué la  gente no lee poesía? Por qué no pueden todos levantarse hasta medio  día, tomar un libro y ponerse a leer, hasta que llegue el mozo a  preguntarte: la cena está lista ¿quiere usted comer?

Terminé mi  desdichada descripción con un suspiro, Ella guardó silencio por un  minuto y luego se iluminó su rostro, con el brillo de quien resuelve el  enigma de la esfinge: ¡Ya lo tengo!-gritó-vámonos por la vida,  cogiéndonos jefas de redacción para que nos publiquen.

SOMBRA SÓLIDA DE SANGRE: LA MORONGA

Mariano Villalobos

Estos textos son lo que YO SOY.

 Estoy conformado por Experiencias Urbanas
 y Avistamientos Callejeros Paranormales.
 Siempre acompañado por la Sonámbula que te Come Dormida (LA CALLE).
 En la banqueta o en el asfalto, ahí, donde
 he tenido muchas Revelaciones, después de algunos años de haber
 estudiado “Historia Sagrada”.
 Ahoy ahí mismo se escribe mi propia “historia” a través de estas
 canciones, en el !ROCK¡
  
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http://tumbonaediciones.com/sitio/producto/sombra-solida-de-sangre-la-moronga/


Es importante recalcar que los textos del maestro Mariano Villalobos no deben ser considerados como poesía –sobre todo en el sentido en que comúnmente se define el término “poesía”– puesto que él mismo ha recalcado en innumerables veces que no pretende hacer poesía y por lo tanto no se considera él mismo un poeta. Para el caso, sus textos podrían ser considerados una especie de juegos textuales literarios, que al final llegan a convertirse en una suerte de temas musicales.

Humberto Alonso. Junio de 2013

Lástima. Pudo haber sido una gran historia

Sara Monter

Un escritor, maravillado por las aventuras literarias, decidió crear un día dos personajes fascinantes: un famoso pirata de la gran mar, conocido por su valentía y crueldad, y un narco temido y avaricioso del norte del continente. Con ellos habría de hacerse una gran historia, llena de sangre, muerte, dolor y aventuras. Con tal empeño lo hizo que un día amaneció con el tiro de gracia dentro de su tina llena de agua.

Pascual Ramírez

Sara Monter

Había pedido a Satán los tres deseos que tanto soñó en su vida: poseer una enorme riqueza, ser un hombre afortunado en amores y tener una personalidad encantadora. Justo en el último segundo de pronunciar su último deseo, Pascual Ramírez se vio como el narcotraficante más rico del mundo. Su varonil figura se reflejaba en la pequeña ventana que tenía frente a él. Complacido, una sonrisa, que aún lo hacía más encantador, le iluminó el rostro. Esto desconcertó a los que estaban junto a él. No entendían cómo es que sonreía atado a la silla eléctrica.

Tiro de gracia

El Señor de los Cielos

Cegado entre asestado golpe duro,

el cuerpo cae violento sobre loza,

se funde el plomo, el silencio goza;
rebota el cráneo entre piso y muro.

La pierna tensa y el dolor oscuro

caliente gota que veloz destroza;

el alma siente que la hoz la roza
sintiendo así venir final seguro.

Hampón que tomas el papel de muerte,

decides sentenciar con el retiro
con súplica la voz viene a temerte,

se llena el pecho de un largo suspiro,

-el brazo rígido apuntando inerte-
temblando espera el último tiro…

El hombre de cristal

Mauricio Higareda

Las preguntas cayeron en cascada, una tras otra. Él no contestaba, los miraba en silencio, con un rostro que mostraba asombro y un poco de curiosidad. De cuando en cuando miraba el cielo raso y suspiraba. Parecía que no hablaría jamás. Las cámaras de televisión lo enfocaban en forma permanente y la luz sobre su rostro comenzaba a molestarlo, algunas gotas de sudor comenzaron a poblar su frente. Tras varios minutos, decidieron suspender el interrogatorio, se levantaron y dieron la orden de llevar al prisionero a la celda. Entonces, de la nada, comenzó a hablar, sin preguntas de por medio, sin que nadie lo esperara:

Me dicen el hombre de cristal. Vengo de Veracruz, de la zona de la huasteca, pegadito a Tamaulipas. Crecí en la playa. Mi padre era pescador, a mi madre no la conocí. Cursé hasta el tercero de primaria, sé leer y escribir. La que me cuidaba era mi abuela, me mandaba a la escuela, pero yo no iba, me iba a la playa o al río y siempre andaba solo, desde chico.

No sé cuántos maté, como ustedes dicen, no llevo la cuenta, pero no fueron tantos. Me acuerdo de los primeros, esos no se olvidan. Me acuerdo de otros que fueron como especiales. Pero no los mataba, eran meros accidentes. Mi trabajo no era matarlos, sino hacerlos cantar. Para eso yo era bueno. No soy tanto un asesino, sino más bien un músico, un buen músico, creo, sólo que mi música no le gusta a todos.

Comencé desde muy pequeño. Ya les dije que me gustaba ir a la playa, en especial por las noches, cuando estaba vacía. Mi abuela un día me enseñó a atrapar cangrejos. Salen de noche, cuando no hay luna. Una noche de esas, hace ya muchos años, perseguía un cangrejito azul y que se mete en un tronco que el mar había sacado a la playa y que meto la mano y, no lo van a creer, que saco un hada pequeñita, era de color plateado y tenía unas alitas transparentes, como de cristal, pero muy suaves al tacto, por eso me gustó. Se podía mirar a través de ellas. A veces yo me sentía así, vacío y transparente. Me quedé mucho rato observándola y haciéndole preguntas que jamás contestaba. Hasta que decidí qué hacer con ella.

Primero le arranqué las alas y gritó muy quedito y muy bonito, es el llanto más dulce que he escuchado. Ustedes no pueden ni imaginarse ese sonido, jamás lo conseguí de nuevo. Después, la clavé junto con el cangrejo a un árbol seco. Duró tres días con sus noches, yo la visitaba a cada rato para escuchar su canto hasta que se murió. Después seguí haciendo lo mismo con aves, con cangrejos azules, mariposas de colores… pero nada, nadie cantaba así, nadie cantaba como ella, como el hada de cristal. En fin, podría decirse que así comenzó todo. Yo no los mataba, eso es lo que deben entender, yo los hacía cantar en todos los tonos posibles. Estaba buscando una canción.

 ¿Por qué te dicen el hombre de cristal?
 (silencio)

¿Por qué te dicen el hombre de cristal? –repitió la pregunta

(silencio)

(silencio)

(silencio)

¿Por qué te dicen el hombre de cristal? –repitió la pregunta

¿Y a estas alturas aún no lo saben? – contestó. Y volvió a guardar un silencio oscuro que no ha quebrado hasta el día de hoy.