Un personaje incómodo siempre es bienvenido en la antesala del morbo. Actualmente asimilado, el Marqués de Sade en sus orígenes fue repelido por cuestionar la falsa integridad del ser humano. Luego de dos siglos de exponer sus lúbricas aspiraciones, es representado sin velos en esta obra provocativa e incitante, en un escenario íntimo en el que nos compenetramos con la actuación intermitente del protagonista.
Es inevitable sentir que el dejo de perturbación en las butacas, es un atinado homenaje a Sade, y la alegría con que uno celebra la perturbación de ciertos mojigatos es invaluable.
Guión: Luis Ernesto Navarrete
Dirección: Laura Mirandé
Última función: Domingo 30 de marzo
Centro Cultural El Foco
Este audio tiene la finalidad de ser intervenido visualmente.
Es una conversación en lengua prehispánica entre dos mujeres, que fue “subtitulada” tomando como eje las esporádicas partes en español, y ha sido intervenida con algunos poemas del siglo XX. El guión surge a partir de la reflexión de que México históricamente ha sido configurado por capas, dándome en una lectura personal, la idea de México como un enorme palimpsesto cultural y de la INTENCIÓN de hacer dialogar el arte histórico con el arte contemporáneo.
Lo dejo a sus anchas, internauta.
Erandy Corvel 2014
Hay un tipo de teatro con el cual uno se deja llevar por las acciones y se pierde en el velo estético con la pretensión de una sublimación que adormece y despega de la realidad, uniendo al público presente con el escenario y sus actores, brindándonos momentos casi terapéuticos.
Música de balas y el teatro documental de donde viene, no es un teatro de este tipo.
Sin más tela que la realidad sombría de la violencia que un país vive, Música de balas nos aleja de la identidad teatral y nos arroja a la vivencia de la barbarie; nos muestra a las víctimas de una guerra sin cuartel que asalta al escenario para hacer una denuncia. Y una denuncia en un país temeroso, vale más hoy en día, que la más inconsciente de las sublimaciones.
Hugo, El Dierck, es un joven artista del estado de México que busca transformar el entorno de su comunidad. El Dierck prefiere el término pintura de calle para referirse a su trabajo, que se caracteriza por trazos volátiles que transforman el entorno a partir de personajes lúdicos y fantásticos. Lo entrevistamos con motivo de su participación en el concurso SACMEX HIDRO ARTE, que como tema tenía la importancia del agua.
Investigación: Imelda Estela Cacique García
Edición gráficos y realización: Ni que fuera un Mosntruo
No signal 2014 para Primera Dama (webzine)
Digo “yo” como si de mí se tratara siempre. Y lo digo con una certeza que últimamente me ha parecido aterrante, porque ellos usan la misma palabra para referirse a sí mismos. Yo es de todos. Pero ellos son como cualquier ratón que pulsa la palanca para obtener comida y eso les divierte. Creen tener el control y ponen puntos finales donde yo veo salvación.
Te invito a que me ames con una imaginación desmesurada y febril.
Tengamos un encuentro de palabras cómodas y tentaciones estoicas, que sin embargo lleve al clímax tu ambiciosa sed de conversaciones trascendentales.
No te arruinaré la cena con un rostro apetecible, ahórrate la energía del tartamudeo y las mariposas efímeras.
Nunca olvidarás el consuelo de besarme con los ojos cerrados y de amarme sin intermediarios.
Conocer a Juan coincidió con la muerte de mi
abuelo (el que me contaba cuentos de hadas y
me hacía el desayuno más delicioso. El que me
llevaba diario a Chapultepec luego de que mi
perro muriera). Pobre Juan, hacía todo por
sacarme del trance, sólo un esfuerzo sobre
humano pudo hacer amigable nuestra estancia
en esos días de duelo.
Francis Bacon es uno de los personajes más contradictorios en la historia del arte. Por un lado, su obra despliega una fuerza expresiva que lo hace más cercano a pintores de la talla de Francisco de Goya, Egon Schiele o Edward Munch que a sus propios contemporáneos, principalmente por el uso de las formas humanas con exaltación a lo grotesco y al mundo de dolor y desesperación que solamente habita en lo más profundo de los sueños. Pero, en el otro extremo, su vida personal —es decir, la esencia misma de sus cuadros— estuvo siempre marcada por una inseguridad enfermiza, que pareciera en muchas ocasiones más afín al carácter de una persona mediocre que al del gran artista que verdaderamente fue.
Nacido en 1909 en Irlanda, aunque de ascendencia inglesa, Bacon sufrió desde pequeño de asma crónica, con continuos ataques broncoaspiratorios que lo acompañaron durante toda su vida, y que lo postraban en cama durante semanas enteras, dejándolo a merced de la morfina y sus efectos analgésicos. Esto le impidió asistir a la escuela de forma regular, y su formación básica fue prácticamente nula. Además de todo, Bacon tenía tendencias homosexuales desde la infancia, y cuando tenía dieciséis años su padre lo corrió de su casa, cuando lo cachó haciendo cochinadas con otro jovencito.
La Primera Guerra Mundial acababa de concluir, dejando a Europa en un estado de destrucción en el que el arte por supuesto también resultó afectado. Miles de cadáveres se amontonaban en las fosas comunes, y el cuerpo humano —con toda su grandeza y su insignificancia— se convirtió en el eje central de la obra pictórica de un nuevo grupo de artistas. Ante tanta miseria urbana, los bellos paisajes bucólicos de antaño parecían una mala broma, una simple escenografía caduca de cuentos de hadas.
Bacon se inscribió pronto al movimiento conocido actualmente como Nueva Figuración o Figuración Expresionista. Como él mismo lo mencionó en una entrevista, el tema principal de toda su producción pictórica fue siempre “la vida en la muerte”: el cuerpo humano deja de ser un espacio o un refugio para el yo; por el contrario, su perdición ocurre precisamente ahí. Nadie es dueño absoluto de sus miembros, de su mente, los contornos son inestables y se cuestionan continuamente su propia identidad. Las fronteras entre la razón y la pesadilla parecen difuminarse.
A consecuencia de todo ello, Bacon va a representar icónicamente el cuerpo como un objeto mutilado que regresa a la animalidad, que se encierra y enfrenta a sí mismo desbordando los estereotipados discursos de la masculinidad y la construcción cultural de los géneros, que, obsesionado por su proximidad a la muerte y su semejanza al cadáver, llega a disolverse y a desaparecer.
Cuadros como Study after Velázquez’s Portrait of Pope Innocent X (1953), Head in Gray (1955) o Painting (1946) son claros reflejos de la cosmovisión baconiana. Los miembros dejan de ser miembros: son apéndices inservibles, tumores benignos e inútiles, rebabas de carne y huesos astillados. Las cabezas son aquellas protuberancias con las que termina el humano; la cereza en el pastel. Y todos los rostros parecen querer gritar, hinchando las venas del cuello, crispando los puños. Los colores son por lo regular intensos: morados, rojos, negros. Aparte de los cuerpos, pueden distinguirse, apenas trazados, elementos que dan una sensación de claustrofobia, como jaulas, puertas cerradas o cortinas.
Para él, la mayor parte de un cuadro siempre es convención, apariencia, y eso es lo que intentaba eliminar de sus cuadros. Buscaba lo esencial, que la pintura asuma de la manera más directa posible la identidad material de aquello que representa. Para él, la manera de deformar imágenes se acerca mucho más al ser humano que si se sentara e hiciera su autorretrato, tal y como se ve en el espejo, sin enfrentarse al hecho actual de ser un ente humano, alejándose de su especie por algo totalmente ilusorio.
Atrás quedaban los años donde los grandes lienzos abstractos, donde unas cuantas líneas y puntos insípidos pretendían comunicar emociones al espectador. Con el fin de la Segunda Guerra Mundial y el auge de la fotografía como herramienta periodística, Bacon, junto con pintores de la época como Lucien Freud o Balthus, despojó de consistencia imaginaria sus obras y dejó atrás las apariencias, el vacío en el que se construye la existencia; el humano vuelve a ser animal, una bestia asustada y a punto a atacar.
Y así, en su vida privada, el propio Francis Bacon parecía un animal indefenso. Era una persona callada y poca dada a los escándalos. Durante su vida sólo tuvo dos amantes, George Dyer y John Edwards, siempre más jóvenes que él, que sólo buscaban su dinero y se colgaban de su fama. Le gustaba emborracharse solo y dar largos paseos por Londres. Pero la mayor parte del tiempo la pasaba en su taller, un espacio tan desordenado que sus cuadros estaban desperdigados por el suelo, y que en muchas ocasiones el artista arruinaba por pisarlos sin querer. Allí, durante más de medio siglo, Francis Bacon fue creando una serie de cuerpos crucificados, contorsionados, mutilados, deformes, con rostros en el límite de la desaparición, criaturas que copulan, defecan, vomitan, eyaculan, sangran, y se desmoronan.
A su muerte en 1992, debido a complicaciones cardíacas derivadas del asma, el taller de Bacon fue desmontado y donado al Museo de Dublín, como “una obra de arte en sí misma”. Cuando tu mamá te vuelva a decir que arregles tu cuarto, ya sabes qué argumentarle.
Compadre te he visto compadre
Agarrando furias y leyendo personas
Luego vas y sorbes tequila
Para crear ríos a sombrerazos
Mas veo al ahijado evaporarse
No hay lunas frondosas
Cien mujeres hacen fila
Quieren frotar sus penas en bigotes
Y no has llegado compadre
Los frijoles anhelan ira
Han tornado en moho
Y la noche y la estrella llevan
Guitarras de a jinete
Un hebillazo nos cuenta
Compadre te he visto compadre
El balazo lavó la deshonra
Percudida la mancha
Y chile y tortilla pa’l cielo
Ahora la virgencita rosa
Ya no se puede casar
Compadre te he visto compadre
Y la comadrita
Me viene a cocinar
Los esclavos no tienen quien los quiera y se masturban.
Nadie lo creería, pero ellos también se hacen sus pajas. Entre sus delgadísimas piernas les crece un cuerno de rinoceronte y embisten al aire, sintiéndose libres y libertinos, hasta que se les vuelve rosa, morado, púrpura y finalmente negro, como originalmente era.
Naturalmente lo hacen a escondidas, cuando les toca dormir entre muertos, o cuando les queda un poco de espacio entre los vivos apilados y un paredón. Ocasionalmente, se topan con alguna mujer que los descubre y de lejos les lanza una reta con la mirada. Entonces ella acomoda los dedos en su cresta de gallo espoleado y se lo imagina a él arremetiendo ya no contra el aire, sino contra el hueco podrido y seco de su sexo.
Si después se encuentran entre las pilas de los vivos, no discuten quien ganó la partida, o quien terminó segundo, porque los esclavos prefieren hacer un cómplice y nadie puede discutir con ellos que eso y no otra cosa es el amor.
Al fin tengo algo en la vida: La proyección de mis dientes desencajando las yugulares de mis contemporáneos creyentes del arte por el arte, del aura y de la escritura cuneiforme, codificada, monomaniaca, o no sé qué mamadas sublimes o "irreverentes" del mundo moderno, pos-moderno y últimamente vintage.