La segunda venida

Sergio Miraflor

Ana se ajustó dulcemente los tirantes del brasiér y repartió de la forma más estilizada su cuerpo tibio en el sofá. En la espera activa de que por fin, su visión habitual atravesara la entrada del departamento, sus largos dedos con uñas decoradas a la francesa, brillaban como las chispas de un cuchillo afilándose, al resbalar por su clítoris. Una irrigación rosácea le correspondió, además del calor desesperado que le advertía bajar el ritmo para no traspasar el umbral antes de que llegara Ella.

Ella la encontró al punto, como quien mantiene el equilibrio con un solo pie, sostenida en el límite para no dejarse caer al cielo con autonomía. Le despegó los muslos como gajos de naranja y justo en el vértice, recogió con elegancia cada gota de zumo que pudo asir con la punta de su lengua, mientras sus dedos descubrían texturas internas.

Ana nunca abrió los ojos con tal de que todo fuera a su manera, y tan puntual lo logró, que cuando él quizo penetrarla, ya había salido de aquella alucinación. Entonces gimió fuerte con el fin de acelerar la eyaculación de su marido. Pensó que los niños pronto vendrían del colegio y no era obligación de la niñera presenciar semejante escena.

Se abrió de nuevo la puerta: naturalmente era Ella.

Otro nocturno de la casa

Takeshi Edmundo López

La noche me vigila con sus millones de ojos
su mirada irradia eléctricos silencios.
Los colores huyen entintando la casa
con la negrura de su ausencia.


Han dado cuatro pasos las agujas
desde la media noche
seco por la vigilia
deambulo sediento
de beber el sueño fresco de las luciérnagas.
Un rayo invisible
que parte la nube de lo onírico
me mantiene biseccionado
y en el deslumbramiento enceguecedor de lo estático
la vigilia me moja los ojos
y me obliga a mirar dispersamente el vacío
vagar por los rincones donde se ocultan
las memorias amoratadas
hundirme manso y lento
en la espesa nebulosa
de tu vaporosa falta.


El tictaqueo acaudalado de los minutos
fluye de manera abrumadora
en el momento en que nada se oye
y los espejos escupen los desastres del naufragio
en el que habito.


Me apunto con el humo de plata
y me disparo rabioso
una bala expansiva de sueño
que perfora los sucios muros del laberinto síquico
en el que profano jadeante
tu piel abierta al tacto.


Antes de dormir inhalo
la esencia parda del encierro
con que la casa me devora.


Así será la única manera
de acallar tus demonios
que arden azules
en los bordes de mi cama encendida.

Tú, como yo, somos nada del video.

Exposición colectiva en la ENPEG “La Esmeralda” Ciudad de México.

28 de Noviembre del 2013.


Galería de la ENPEG “La Esmeralda”

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Tú cómo yo somos nada del video es una apuesta que toma distancia de la figura del artista y de la idea de obra de arte. Redefine dichas nociones al margen del espíritu de seriedad que caracteriza la reflexión teórica del arte contemporáneo.

Esta compilación de video-sofìas apunta en dirección del legítimo derecho a la carcajada ante el arte que adquiere una absurda gravedad en la medida que se define unívocamente. Aquí las diferentes aproximaciones, desde el collage en movimiento hasta la construcción dúplice personaje-narrativa, no requieren de megáfonos ni lugares privilegiados para llevarse a cabo: hay que reír para mantener el suelo. Es desde una risa autoreflexiva que el video gana ligereza, que se torna accesible a la mirada; que se vuelve interlocutor perspicaz.

El humor desestabiliza dogmas, quiebra terquedades, abre la puerta a la posibilidad de renovaciòn del sentido; con el humor adecuado, se puede hablar del aburrimiento sin aburrirse, y las cosas en apariencia inútiles, como

las piedras, pueden devenir significativas y fundamentales para el resistir implicado en el existir.

“Desembarazarse de la vida es privarse de la satisfacción de reirse de ella”, decía Ciorán en uno de sus últimos aforismos. La risa, cambio de ánimo radical, hace tolerable el accidente más funesto; sólo liberada de sus taras por medio del buen humor, la mente encuentra su estado óptimo para re-construír el mundo con la mirada.

Tlahuac Mata Trejo.

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Tú cómo yo somos nada del video

Tú cómo yo somos nada del video es  una apuesta que toma distancia de la figura del artista y de la idea de  obra de arte. Redefine dichas nociones al margen del espíritu de  seriedad que caracteriza la reflexión teórica del arte contemporáneo.
Esta  compilación de video-sofìas apunta en dirección del legítimo  derecho a la carcajada ante el arte que adquiere una absurda gravedad en  la medida que se define unívocamente. Aquí las diferentes  aproximaciones, desde el collage en movimiento hasta la construcción  dúplice personaje-narrativa, no requieren de megáfonos ni lugares  privilegiados para llevarse a cabo: hay que reír para mantener el  suelo. Es desde una risa autoreflexiva que el video gana ligereza, que  se torna accesible a la mirada; que se vuelve interlocutor perspicaz.
El  humor desestabiliza dogmas, quiebra terquedades, abre la puerta a la  posibilidad de renovaciòn del sentido; con el humor adecuado, se puede  hablar del aburrimiento sin aburrirse, y las cosas en apariencia  inútiles, como
las piedras, pueden devenir significativas y fundamentales para el resistir implicado en el existir.
“Desembarazarse  de la vida es privarse de la satisfacción de reirse de ella”, decía  Ciorán en uno de sus últimos aforismos. La risa, cambio de ánimo  radical, hace tolerable el accidente más funesto; sólo liberada de sus  taras por medio del buen humor, la mente encuentra su estado óptimo  para re-construír el mundo con la mirada.

Tlahuac Mata Trejo.
Los Chamos del Vídeo presentan la Exposición colectiva
Tú, como yo, somos nada del video

28 de Noviembre del 2013.
Galería de la ENPEG “La Esmeralda”

Los Chamos del Video.
Exalumnos de la ENPEG “La Esmeralda”:

Ana López.
Angel Luviano (Angel Niquefueramonstruo).
Antonio Bravo Avendaño.
Juan Carlos Armas.
Mario Ollinteotl.
Omar Casillas (El Pastelero).

Querido Ángel:

Erandy Crovel

El abuelo no ha parado de hacer preguntas
insensatas; me parece que sospecha de las vocales
retorcidas y de las lúbricas violetas. Ya veré yo la
manera de aderezar su tetera.

La buena noticia es que Adelina ya mudó los
dientes y el ratón le ha dejado regalitos bajo la
almohada: un par de monedas de chocolate, un libro de
Oliver Jeffers y un dildo entrenador.

Mi madre no se acostumbra a tu ausencia y come
todo el tiempo las cuencas de sus ojos (no las de
mamá, bobazo, me refiero a las de él). Yo la
compadezco y la miro con todo lo que tengo para
mirarla sin vergüenza: mis reojos. Ha cambiado las
colchas de tu cama pensando que se lo agradecerás no
cogiendo ahí conmigo. Como si un día fueras a volver
con tu túnica de sal, con tus pasos de carnero.

Ayer la descubrí mirando tu fotografía al lado
del rostro del abuelo. Él dormía, por supuesto, pero
la comparación no le pareció agradable y lo
desenchufó del oxígeno. Hice que no miraba para que
no insistiera en que soy una impertinente, pero otra
vez me delataron mis reojos. “No te precipites a
darle sus mariposas al abuelo, ésa es tu mejor virtud,
Erandy (si así se le puede llamar a tu constante
manía de hacer estambres con lo prohibido). Él te lo
agradecerá saboreando la desdicha de extrañarlas”,
dijo nuestra madre.

“Erandy”, ¿no suena estúpido? ¿Nunca has
sentido vergüenza al presentarme por mi nombre?
Todo el mundo me ha llamado así desde hace 27 años y
no había reparado en lo cruel de esa situación. Es
irremediable, Ángel, en mi tumba estará este nombre
con el que yo no me identifico.