Lástima. Pudo haber sido una gran historia

Sara Monter

Un escritor, maravillado por las aventuras literarias, decidió crear un día dos personajes fascinantes: un famoso pirata de la gran mar, conocido por su valentía y crueldad, y un narco temido y avaricioso del norte del continente. Con ellos habría de hacerse una gran historia, llena de sangre, muerte, dolor y aventuras. Con tal empeño lo hizo que un día amaneció con el tiro de gracia dentro de su tina llena de agua.

Pascual Ramírez

Sara Monter

Había pedido a Satán los tres deseos que tanto soñó en su vida: poseer una enorme riqueza, ser un hombre afortunado en amores y tener una personalidad encantadora. Justo en el último segundo de pronunciar su último deseo, Pascual Ramírez se vio como el narcotraficante más rico del mundo. Su varonil figura se reflejaba en la pequeña ventana que tenía frente a él. Complacido, una sonrisa, que aún lo hacía más encantador, le iluminó el rostro. Esto desconcertó a los que estaban junto a él. No entendían cómo es que sonreía atado a la silla eléctrica.

Tiro de gracia

El Señor de los Cielos

Cegado entre asestado golpe duro,

el cuerpo cae violento sobre loza,

se funde el plomo, el silencio goza;
rebota el cráneo entre piso y muro.

La pierna tensa y el dolor oscuro

caliente gota que veloz destroza;

el alma siente que la hoz la roza
sintiendo así venir final seguro.

Hampón que tomas el papel de muerte,

decides sentenciar con el retiro
con súplica la voz viene a temerte,

se llena el pecho de un largo suspiro,

-el brazo rígido apuntando inerte-
temblando espera el último tiro…

El hombre de cristal

Mauricio Higareda

Las preguntas cayeron en cascada, una tras otra. Él no contestaba, los miraba en silencio, con un rostro que mostraba asombro y un poco de curiosidad. De cuando en cuando miraba el cielo raso y suspiraba. Parecía que no hablaría jamás. Las cámaras de televisión lo enfocaban en forma permanente y la luz sobre su rostro comenzaba a molestarlo, algunas gotas de sudor comenzaron a poblar su frente. Tras varios minutos, decidieron suspender el interrogatorio, se levantaron y dieron la orden de llevar al prisionero a la celda. Entonces, de la nada, comenzó a hablar, sin preguntas de por medio, sin que nadie lo esperara:

Me dicen el hombre de cristal. Vengo de Veracruz, de la zona de la huasteca, pegadito a Tamaulipas. Crecí en la playa. Mi padre era pescador, a mi madre no la conocí. Cursé hasta el tercero de primaria, sé leer y escribir. La que me cuidaba era mi abuela, me mandaba a la escuela, pero yo no iba, me iba a la playa o al río y siempre andaba solo, desde chico.

No sé cuántos maté, como ustedes dicen, no llevo la cuenta, pero no fueron tantos. Me acuerdo de los primeros, esos no se olvidan. Me acuerdo de otros que fueron como especiales. Pero no los mataba, eran meros accidentes. Mi trabajo no era matarlos, sino hacerlos cantar. Para eso yo era bueno. No soy tanto un asesino, sino más bien un músico, un buen músico, creo, sólo que mi música no le gusta a todos.

Comencé desde muy pequeño. Ya les dije que me gustaba ir a la playa, en especial por las noches, cuando estaba vacía. Mi abuela un día me enseñó a atrapar cangrejos. Salen de noche, cuando no hay luna. Una noche de esas, hace ya muchos años, perseguía un cangrejito azul y que se mete en un tronco que el mar había sacado a la playa y que meto la mano y, no lo van a creer, que saco un hada pequeñita, era de color plateado y tenía unas alitas transparentes, como de cristal, pero muy suaves al tacto, por eso me gustó. Se podía mirar a través de ellas. A veces yo me sentía así, vacío y transparente. Me quedé mucho rato observándola y haciéndole preguntas que jamás contestaba. Hasta que decidí qué hacer con ella.

Primero le arranqué las alas y gritó muy quedito y muy bonito, es el llanto más dulce que he escuchado. Ustedes no pueden ni imaginarse ese sonido, jamás lo conseguí de nuevo. Después, la clavé junto con el cangrejo a un árbol seco. Duró tres días con sus noches, yo la visitaba a cada rato para escuchar su canto hasta que se murió. Después seguí haciendo lo mismo con aves, con cangrejos azules, mariposas de colores… pero nada, nadie cantaba así, nadie cantaba como ella, como el hada de cristal. En fin, podría decirse que así comenzó todo. Yo no los mataba, eso es lo que deben entender, yo los hacía cantar en todos los tonos posibles. Estaba buscando una canción.

 ¿Por qué te dicen el hombre de cristal?
 (silencio)

¿Por qué te dicen el hombre de cristal? –repitió la pregunta

(silencio)

(silencio)

(silencio)

¿Por qué te dicen el hombre de cristal? –repitió la pregunta

¿Y a estas alturas aún no lo saben? – contestó. Y volvió a guardar un silencio oscuro que no ha quebrado hasta el día de hoy.

Remigio Malverde

Escalot

Para Nellie

Remigio Malverde era alto,  flaco, de ojos pequeños  y cabello lacio.  Nunca dejó su chamarra negra ni sus botas de pico. Las patillas casi se  unían con su barba. Su caminar era lento.  Uno pensaría que era más  viejo. No parecía narco. Solía mirarse un destello de locura en sus  ojos.  Casi no hablaba, veía mucho, comía poco. 

Era de bajo rango.

Un  domingo le pregunté por qué se había escuchado tanta bala el día  anterior.  -Los federales entraron para el cerro de Cumpas, donde tenemos la siembra, y puesles enseñamos quién la tiene más  grande- dijo. No le contesté nada, sólo vi cuando sacaban a un vato de  su casa, estaba bañado de sangre, casi ya no se le  veían las letras de  su camisa, pero luego luego se le notaba que era puerco, por las botas y  el corte de sardo. 

Dijo que iban a tirar la basura. Se metió a su troca y se peló.

Ya pa’ la madrugada del lunes se volvió a escuchar mucha bala en casa de Remigio. Reconocí sus gritos, “me la pelan,  turistas”, unas luces azules y rojas caían desde arriba, otras desde abajo. Rodearon todo el pueblo. Mi madre atrancó la puerta con el  azadón. No le valió de mucho, el hacha pudo más. Mi hermana mayor,  Irene, tenía como quince años,  se metió al ropero. Los encapuchados  entraron con las metras de frente, uno tras otro, tras otro, tras otro.  Revolvieron la casa. Olían el miedo como perros, rápido las hallaron. Al  final, entre la penumbra miré a un federal,   sin capucha, fumando un  cigarrote  en la entrada, se recargó en la puerta unos segundos y se  acercó lentamente. Le preguntaron sus hombres que si se subían a las  morras, contestó que sí con la cabeza mientras aventaba el humo del  hocico. Ya nomás me dijo Yo te las cuido, güero. Ahí fue cuando me di cuenta que era el pinche Remigio.

Ya por la mañana salió en la televisión que dizque habían agarrado al dirigente del cártel del Golfo, un tal Remigio Malverde.

De mi familia…  ya mejor ni les cuento.

Domingo de Ramos

Arcano Don Rey

Los domingos como hoy, mi familia y yo nos hacemos los normales, pero  cuando veo las cabezas en el aceite o los tacos de moronga, me dan  ganas de vomitar. Si me aguanto es porque el Cachos me chinga. Como es  el mayor y aprendió a mutilar desde los diez, mi papá deja que haga lo  que quiera.

Es en estas reuniones  cuando uno se da cuenta de la   mierda que es; uno de mis primos cuenta cómo se aprovecha de los  borrachos pendejos que pagan sin saber  en el OXXO donde trabaja, otro  le da un sermón de que robar es robar y no sé qué mamadas acerca del  prójimo. Yo me río y como que me dan ganas de contarles lo que es ser de  verdad un cabrón, como mi papá. Él es el verdadero chingón de la  familia, todos le hacen la barba, nadie sabe que el dinero que tiene no  es de los puestos de ropa, qué pendejos. Y si alguno se lo imagina se  hace de la vista gorda para no meterse en pedos. Yo siento  alivio ser  hijo de alguien intocable. 

Hoy primero fuimos a misa, porque hace  muchos siglos, Jesús el hijo de Dios, entró a Jerusalén muy humilde, en  un pollino, y la gente lo recibió con palmas y con ramas para  demostrarle su aceptación. Eso me dijeron cuando hice mi Catecismo, lo  que no me explicaron es por qué esa misma gente lo mató después. Hasta  lo torturaron para que todos supieran quién mandaba en el pueblo, así  como cuando alguien de la banda nos traiciona o se nos sube a las barbas  y el Cachos lo destaza y deja sus pedazos en algún puente o lugar de  paso con un letrero amenazante, así nadie se vuelve a proclamar Rey de  Reyes. 

La abuela nos avisa que ya está la comida y después de  todo no vomito, la carne de humano sabe igual a la de cerdo; desangras  el cuerpo, le quitas las vísceras, lo metes al cazo y te lo comes. Nada  de resucitar al tercer día. 

Corte de Florero

Cuando al gran caricaturista Chuck Jones, el de Bugs Bunny y el Correcaminos, le preguntaron hace un par de años en una entrevista radial por qué dibujaba animales y no personas, contestó: “Es más fácil humanizar animales que humanizar humanos”. Recientemente, el artista colombiano Juan Manuel Echavarría le dio un giro a esta respuesta. Como reacción a la tremenda violencia existente en su país, Echavarría humanizó flores fotografiándolas como especímenes botánicos, al reemplazar tallos, hojas, flores y bayas con lo que se ve como huesos humanos. A esta serie de 32 fotografías en blanco y negro la llamó Corte de florero, haciendo alusión al nombre de uno de los tipos de mutilación practicado durante la época de la violencia colombiana de los años 1940 y 1950, mutilación en la cual, según se dice, los miembros amputados eran envasados en el tórax por el cuello del cadáver decapitado.

Aquí presentamos sólo 10 fotografías, de dicha serie el trabajo completo se encuentra en la web del autor.

http://www.jmechavarria.com/chapter_cortedeflorero.html 

Texto sobre la serie “Corte de Florero” por Michael Taussing. El texto orinal es en inglés, la versión del link es de Mónica María del Valle Idárraga.