El amor y el bebé. Crónica de una maestra por accidente.

Erandy Corvel

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El cuento

Les leo el cuento del Sapo que no quería comer pero en dos minutos, como siempre, he perdido su atención. La retomo y la pierdo sucesivamente. Mateo juega con algo debajo de su banca y cuando pido que me lo entregue, resulta que son sus manos; ha formando una campanilla con el dedo anular y se entretiene penduleando. Adriana nota que en mi gafete tengo un peinado distinto y me grita que me veo re fea. Lupita llora.

– ¡Es que siempre le están diciendo Lupita la putita!- se adelanta Luis a contestar.  

-Les voy a dar una última oportunidad-, advierto con un tono de voz que sólo me sale cuando le doy órdenes a mi perro. Ese silencio seguido de la advertencia y mi estoica mirada que recorre aleatoriamente sus miraditas, me ha funcionado mucho tiempo y no lo saben: todas esas veces me siento aterrada de pronto. Como un mago principiante que teme fallar en el clásico truco del conejo.

Quién sabe qué hubiera pasado si de repente alguien se levantara de su sillita anaranjada para gritar

-No me interesa su oportunidad, maestra. De una vez sepa que la dejo perder. A ver, ¿qué me va a hacer?

Los equipos

Para la siguiente actividad los divido en dos grupos y les pido que le pongan nombre a su equipo. Deciden llamarlos “El bebé” y “El amor”. El arrastrar de bancas, los dibujos, las crayolas, la explicación que nunca sale como fue planeada, “mi equipo huele feo, maestra”, “Fernando me enseño el dedo de en medio, maestra”, “¡Elvira trae un piojo en el brazo, maestra!”; el legendario amor al prójimo, el futuro proactivo que les exigirán sus jefes, la ilusión o verdad de que algo están aprendiendo, el cachondeo que sucede entre el amor y el bebé.

La ronda de preguntas no ha sido decepcionante, después de todo; es el momento más feliz de mi día. Hasta Manolo ha contestado bien y su equipo lo felicita. Son tan listos. Seguramente los estoy subestimando y por eso saltan de sus bancas cada dos minutos como monos histéricos. Darwin estaría orgulloso de mi conjetura. Es hora de dar el siguiente paso.

-Dieciséis puntos para el equipo “El amor”, y- golpeo la banca con las yemas de los dedos para imitar redobles -diecinueve para “El bebé”. ¡Felicidades!

Gritos de alegría, abucheos, leroleros, y a mí qué me importa, los ganadores se abrazan todos menos a Elvira y la tragedia de los perdedores:

-¡Pero, maestra, el amor lo puede todo!

E

Erandy Corvel

Para Marcos

Era un niño de diez cuando se me ocurrió aquel suceso insignificante que marcó mi vida.

Me pareció maravilloso cuando me enteré de que los japoneses escogen piedras simples para darles un significado místico, porque eso era precisamente lo que yo había hecho con uno de mis insignificantes días. Aquella vez que lo supe, diez años después, no lo relacioné con el suceso infantil en cuestión. Si ahora lo hago es por la eminente conjunción de sapos, víboras y raíces que comienzan a colonizarme la garganta.

Necesitaba pensar en algo cuando la señorita que vocea los asuntos de las once por fin graznó. Mi abogada dijo que podía quedarme sentado y esperar a que ella lo arreglara. Esos seres grises y relamidos que paseaban por los pasillos, habían dejado el cuerpo en el armario; eran pura sombra.

Año y medio en ese asunto me volvió condescendiente, era eso o ser parte del show de circo. “El deber ser” pronuncié en voz alta sin darme cuenta. 

Una sombra me aventó uno de sus reojos y volví al mutismo. Su indolente oscuridad alcanzó mi espíritu e intentó succionarlo de mi cuerpecillo, más la iridiscencia ya automática que me resguarda, le hizo daño en los matices, alejándolo de mi señorío sobre mí.

Volver al recuerdo y macerarlo; rasgarlo, hacerlo migajas y luego devolverlo intacto. Ni traumático ni enterrado: puro sol. Una luz eventual que se volvió parte de mi vida porque así lo decidí desde aquél momento en que me dije a mí mismo: recordaré este día por el resto de mi vida. Mi primera decisión realmente trascendente fue recordar un día cualquiera. Soleado, pero nada especial. Nada especial excepto porque ahora lo evoco constantemente y a voluntad; en temporadas altas cada tercer día, en las bajas cada dos meses.

Allí viene mi abogada con sus pasos de carnero a dudar de mis declaraciones o a decirme que pospusieron de nuevo la demanda. Que le pague de todos modos. Y yo estoy convulso en un montón de días que son uno sólo, devorándome las sombras con mi resplandeciente secreto, mi día soleado, el recreo, y la maestra mirándome mirar a los demás niños que juegan escondidas, resorte o futbol. Dirá que estoy triste y solo y que no sé hacer amigos. Que no sé defenderme del mundo. Me compadece. Me dice que perderé la demanda y el tiempo. Pero yo estoy aquí parado, a la edad de diez, bajo una cornisa de lámina, haciendo trascendencia sin mover un solo dedo.

El Fonógrafo online

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Mi abuela también le ponía al Fonógrafo cuando prendía el
anafre, humeaba mientras yo corría con la bocota abierta, sin percibir la
música de los tríos que luego pusieron en su funeral. Ahí también me olió a
humo, y también sonó el eslogan del programa, mientras todos lloraban. Chale,
canción tras canción todos se ponían peor. Terminaron bailando alrededor del
ataúd. -Es algo que le hubiera gustado a tu abuelita, me decía mi tío Benjamín.
Pinche borracho, mi abuela lo detestaba. Pero el Fonógrafo sí le gustaba,
mucho. Pinche Fonógrafo.  

Es de muerte. ¿Cuántos no se han muerto escuchando El
Fonógrafo? Sobre todo en las últimos tiempos. Entre sábanas tibias por los
milímetros de piel que noche tras noche cae y se queda ahí sin ser removida,
más si acaso por la mucama o la hija bienquerida. Sí claro, es bonito, otros
tiempos venerables. Hay que respetar a los mayores, y el folklore ¡Claro, que
lindura la vida de aquella época de oro! Pero ya, sin la abstracción. De todas
las muertes tranquilas, me refiero a las que acontecen mientras reposas cómodo y
confiado sobre tu carne, una gran cantidad ocurre mientras los viejos escuchan
El Fonógrafo.

¿Imaginas? Una ventana a la mitad de la noche con una luz
que rebota anaranjada por las paredes altas en donde hay un clóset ancho y
café. El clóset de un anciano, de un abuelo solitario, quizás. Un clóset cuya
única cualidad es ser lo suficientemente ancho para albergar a algún nieto
bueno y llorón que guste ocuparlo para
quedar invicto en el juego de las escondidillas ante sus hermanos mayores.
Dentro del clóset un radio, que sólo se prende para oír El Fonógrafo. Música
que recorre fotos, papeles viejos, la mesita de medicinas e inmundicias varias.
Música que estará mientras el viejo muera, y que ligará sus recuerdos, cuando
toda la vida del difunto pase ante él en segundos.

http://www.emisoras.com.mx/fonografo

Stand Up Primera Dama

Presentado en la Ciudad de México, en Museo de Chopo, el 02 de julio de 2015. En el marco de Futuro Pasado

Guión: Fabián Ríos

Actor: Fernando Briones

Actores en escena:

Erandy Corvel

Erick García

Fabián Ríos

Imelda Cacique

Mónica Romero

Pablo Castro

Guión de entremeses: Erandy Corvel y Erick García

Edición animaciones y video en tiempo real: Ángel Niquefueramonstruo

Diseño sonoro: Armatoste

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