Amigo, has muerto.
Tu familia te busca en un repertorio
de imágenes virtuales,
tratando de asir en secreto
tus cabellos ondulados con sus dedos
y de perdonarse a sí mismos
el último disgusto que te causaron.
De perdonarte que hayas muerto.
Quieren pedirte ayuda para su propósito,
que los veas tristes
llorando frente a la pantalla,
rasgándose la ropa,
y así hacerte volver.
Tu facebook es un vicario
donde regresan a la línea endeble
a verte fijo, indefinido.
(Quizás si se concentran… quizás).
Tus comentarios tienen tu voz
y tu risa en interjecciones
revive todo lo que para ellos eres
mientras Mark Zuckerberg lo permita.
La regulación es un ajuste metódico que mi madre sí tiende a recordar. Ustedes pueden echar ojo por la rendija que hay entre el buzón y el diablito del medidor de luz. La verán regar las plantas con una regularidad distinta para cada maceta: hortensia, riego diario; ciclamen y lilium, dos veces por semana; cardón rara vez. Ella siempre da a cada cosa lo que merece, aunque ya no lo haga por consciencia, como en esos raros días que la visito y me abraza, confesándome que no sabe quién soy, y yo le susurro que no se preocupe, que soy un cactáceo.
Los domingos como hoy, mi familia y yo nos hacemos los normales, pero cuando veo las cabezas en el aceite o los tacos de moronga, me dan ganas de vomitar. Si me aguanto es porque el Cachos me chinga. Como es el mayor y aprendió a mutilar desde los diez, mi papá deja que haga lo que quiera.
Es en estas reuniones cuando uno se da cuenta de la mierda que es; uno de mis primos cuenta cómo se aprovecha de los borrachos pendejos que pagan sin saber en el OXXO donde trabaja, otro le da un sermón de que robar es robar y no sé qué mamadas acerca del prójimo. Yo me río y como que me dan ganas de contarles lo que es ser de verdad un cabrón, como mi papá. Él es el verdadero chingón de la familia, todos le hacen la barba, nadie sabe que el dinero que tiene no es de los puestos de ropa, qué pendejos. Y si alguno se lo imagina se hace de la vista gorda para no meterse en pedos. Yo siento alivio ser hijo de alguien intocable.
Hoy primero fuimos a misa, porque hace muchos siglos, Jesús el hijo de Dios, entró a Jerusalén muy humilde, en un pollino, y la gente lo recibió con palmas y con ramas para demostrarle su aceptación. Eso me dijeron cuando hice mi Catecismo, lo que no me explicaron es por qué esa misma gente lo mató después. Hasta lo torturaron para que todos supieran quién mandaba en el pueblo, así como cuando alguien de la banda nos traiciona o se nos sube a las barbas y el Cachos lo destaza y deja sus pedazos en algún puente o lugar de paso con un letrero amenazante, así nadie se vuelve a proclamar Rey de Reyes.
La abuela nos avisa que ya está la comida y después de todo no vomito, la carne de humano sabe igual a la de cerdo; desangras el cuerpo, le quitas las vísceras, lo metes al cazo y te lo comes. Nada de resucitar al tercer día.
En el principio creó Dios los cielos (y la tierra). En el principio, creo los cielos, la tierra y Dios. En Él principió Dios los cielos y la tierra. Creo.
…aquí termina esta grosería. Babeante, grotesca, pero ridículamente catártica porque algún beneficio debía tener contarla. Yo siempre les advertí mi feliz desenfreno y mi capacidad de pasar por alto los límites, les dije que confiaran en mí, que podía dejarlo, que un día no postergaría más mi decisión de cambiar, pero me trajeron aquí, a este lugar, al que la verdad, mañana dejo para siempre.
-Nada más se entera la gente que uno anda metido en un sitio de estos y empieza con la joda: “Deberías mejor ir al psicólogo/curandero/psiquiatra/cura/la chingada/”. Piedras de tropiezo, almas descoyuntas, mojigatos desbocados maquinando el zarpazo disimulado. Pinches perversos de closet, güey. Lo que no saben es que siempre fue temporal, una tapadera momentánea para que mi familia no diga que no hago el intento. Ahora sí, mañana no vuelvo, señores.
-Ayer casi tuve una recaída, casi no la cuento, hijo de su pinche madre. La Mireya regresó como si fuera el diablo, nomás a tentarme. NO MAMES, le dije. VETE A LA VERGA. Como es una pinche vieja convenenciera de mierda, me ofreció todo lo que tenía, nada nuevo ni de calidad. Pero me acordé a tiempo, me acordé lo que dice la literatura; el Libro Azul. Leí la armadura de Dios. A MÍ NO ME LLEVA LA CHINGADA OTRA VEZ, me dije. Y aquí estoy muy terco, unos días de pie y otros bien pinche sentadito, disque poniéndoles atención, nomás haciendo guacamole con las nalgas, cabrón. No sé porque sigo en este grupo, espero que no se ofendan porque
mañana
lo
dejo
para
siempre.
Gracias padrinos.
“El que esté libre de pecado, que chingue su madre por virtuoso”
Mauricio Higareda
“No erréis: las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres.”
Te observo. Tus muslos ávidos espolean el intenso aroma del capricho que soporta tu carne. Él doma tu culo bajo la luz ajada que no lo intimida frente a mí. “¿Fiel? Nada de monosílabos” dijiste siempre. En cambio, interjecciones y gritos cuando alcanzan sus dientes la textura arrugada de tus escondrijos. ¿Te duele, amor?, ¿por qué conmigo te has quejado?, ¿será que, hay tanto que aprender de este insolente gentilhombre? Es mi turno y no puedo quedarme atrás; yo soy el que te ama, el que te concede estos desvaríos con tal de hacerte dichosa, mi vida. Y este señor, qué sabe de sacrificios y de duelos si la naturaleza ha sido tan benévola con él; te pone en blanco con ese tallo enorme que parecen diez. Es mi turno, es mi turno ya lo sé. Aunque pensándolo bien, tal vez lo elija a él, tan hábil que es. Si me lo permite el caballero, claro está, y al final espero no ofenderlo cuando le aclare que te amo, te amo a ti, mujer.
Al fin tengo algo en la vida: La proyección de mis dientes desencajando las yugulares de mis contemporáneos creyentes del arte por el arte, del aura y de la escritura cuneiforme, codificada, monomaniaca, o no sé qué mamadas sublimes o "irreverentes" del mundo moderno, pos-moderno y últimamente vintage.