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BLACK SABBATH, 13

Emmanuel Méndez

Para los antiguos cabalistas hebreos el 13 estaba asociado con los desastres naturales, la destrucción, los cataclismos, las grandes transformaciones: miseria y riqueza, cielo e infierno, vejez y juventud, muerte y renacimiento condensados en una sola cifra. Para los miembros de Black Sabbath —que de judíos sólo tienen la mitad de su nombre— la elección del número sólo fue una manera de burlarse de su compañía discográfica, la cual les exigía igual cantidad de canciones para su esperado regreso, el primer disco de estudio con alineación original desde 1978, a lo que respondieron grabando sólo 12 nuevas canciones y ni una más, nomás porque sí, de puros huevos.
 
13 es un disco que parecía imposible. En primera, porque nadie hubiera creído que sus integrantes llegarían vivos a estas alturas del partido. En segunda, porque las carreras de todos estaban totalmente dispersas, si bien es cierto que desde 1997 comenzaron a reunirse para tocar juntos esporádicamente. Y en tercera, porque el fantasma de sí mismos, la fama, la condición de estrellas, las grandes expectativas, hacían de esta obra un auténtico sueño guajiro para los que crecimos escuchando una y otra vez sus obras maestras de los años setenta, hasta sacar sangre por los oídos.

Lo primero que sorprende del disco es su fluidez. No velocidad ni potencia, más bien perfectas construcciones sonoras que recuerdan a esa época dorada, pero sin una pizca de nostalgia ni mariconadas por el estilo. Como si no hubiera pasado el tiempo, los viejos amigos de Birmingham se juntan de nuevo y de la nada surge la magia. Magia negra, por supuesto.

Se extraña la batería de Bill Ward, que abandonó el proyecto a medio camino, pero el resto de los elementos alquímicos están ahí. Tony lommy, el auténtico líder y genio creativo de la banda, soltando acordes tétricos con sus dedos de goma; Geezer Butler con su bajo preciso y brutal; y por supuesto Ozzy Osbourne, el carisma del Diablo en persona. Porque seamos sinceros: la época con Dio e incluso algo de Tony Martin son rescatables, pero nada en comparación con el furor que genera entre sus fieles el Prínicipe de las Tinieblas.

“¿Éste es el final del principio o el principio del final?”, pregunta precisamente Ozzy en el track que abre el disco, y aunque no lo sepamos, al menos podemos estar seguros que será digno de admirarse mientras dura. Un corte largo, denso, con un fin espectacular a cargo de Iommy. La bestia negra está de vuelta.

God is dead?, título de reminiscencias nietzschianas, marca el momento más existencialista del álbum, al grado de casi coquetear con la desesperación darkie tan de moda en nuestros tiempos. Pero por fortuna es rescatado nuevamente por la dupla guitarra-bajo, que nos lleva de regreso al metal puro y el sonido doom patentado por ellos mismos hace más de cuatro décadas.

Las cabezas comienzan a sacudirse de arriba abajo con Loner, la historia de un inadaptado social que bien puede parecerse a cualquiera de ustedes, ociosos lectores de estas líneas. Si algo tiene Sabbath es su capacidad para redimir y darles su lugar a los solitarios, a los parias, los megalomaniacos, los paranoicos y demás desequilibrados mentales.

Zeitgeist es el momento más melódico (por no decir “la balada”) del disco; esa capacidad acústica del grupo que tan bien supieron explotar desde sus primeros trabajos, muchos años antes que Metallica y otros tantos nos la quisieran vender como propia. Damaged Soul, por el contrario, es un pantano de ruido, un blues del delta pero bañado en sangre de chivo alrededor de un círculo de fuego.  

Age of Reason nos sitúa nuevamente en el presente, al menos en su temática. Los tiempos han cambiado, y estos venerables ancianos no quieren cerrar los ojos al infierno de la vida moderna, a estos “días de Prozac y horas de insomnio”, a la carga de vivir en “un mundo que no fue creado para ti ni para mí”.

Y de madrazo Life Forever, mi favorita del disco. Junto con Dear Father, Methademic, Peace of Mind y Pariah, cátedras absolutas de lo que debería ser el metal. No hace falta desgarrarse la garganta, tampoco moverse en exceso fingiendo falso virtuosismo. El sonido pesado viene de la ejecución y la progresión, los cambios de ritmo son el esqueleto de las canciones.

Siempre es odioso hacer comparaciones, sobre todo cuando uno mismo es el punto de referencia. Black Sabbath creó un género nuevo hace ya cuatro décadas, y a la sombra de ese género han desfilado innúmeros grupos, hijos de la tumba que se perdieron sin pena ni gloria. Ellos, en cambio, persisten. Y una vez más, cuando no tenían que probarle nada a nadie, llegan y lo hacen. Con una gira mundial que pronto los traerá en caravana a esta zona del planeta, 2013 (¡trece!) pinta para ser un año de transformaciones, aniquilación y florecer. Pinta, en una palabra, para ser un año sabático.