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Apuntes incompletos sobre el odio

Erandy Corvel

                                               I

Un punto
morado no le hacía daño a nadie, de eso no habría que dudar. La maestra ni lo
notaría y ya está otro nueve en el cuaderno de Español. Mi madre hacía el
quehacer con tanto ahínco como yo la tarea, aunque quizás ella sí mereciera el
diez.

Tantos años
después vengo a las palabras y comprendo: un niño de ocho no puede encontrar lo
que busca en un par de mujeres aburridas desperdiciando el sábado.  Se acercó sigilosamente con el plumón en la
mano, ¿o lo tomó frente a mí directo de la lapicera? Le arrancó la tapa blanca,
planeó con estrategia la trayectoria y el destino, y plac, el punto morado en
mi cuaderno de doble raya. En mi inmaculado cuaderno de manuscritas y acentos
donde había horas de esfuerzos, dolorosos nueves, un par de dieces y márgenes
derechísimos hechos con el lado rojo del bicolor.  

Pegué un
grito patético, llamando a la única figura de autoridad que había en ese
momento. Ella soltó el bonche de ropa sucia y con las manos goteando agua
enjabonada, se acercó como energúmeno al cuarto de las batallas.

– ¿Ahora qué?,
rugió.

– ¡Me puso un
punto morado en mi cuaderno!, aquí. Señalé.

Mi hermano
contuvo una risilla; en sus  ojos pícaros
no había duda de que la travesura era menor. Yo de lo que estaba segura era de
su alevosía; de su maldad calculada y certera. Qué listo siempre. Qué loca yo.

– ¿Y qué
quieres que haga, niña, que le pegue? Gritó mi madre, francamente exasperada. Sus
sábados eran sinónimo de lata y quejas y quehacer acumulado y sueños rotos. 

No contesté. Ascendía
el drama como espuma de café hirviendo, a punto de derramarse en la ropa blanca
recién lavada. Mi hermano se había puesto serio.

– ¿Eso
quieres, que le pegue? -Insistió. -Pues le voy a pegar.

Nos tomó del
brazo y nos llevó a su habitación. Cerró la puerta, cogió una zapatilla, nos
miró el miedo. No es cierto, mamá, el punto ya estaba ahí, te lo juro. Pero ella
no se iba a detener aunque en ese momento ya estuviera arrepintiéndose. El
tacón golpeó la nariz de mi hermano. La sangré marrón fluyó dejando una mancha
perenne en la alfombra. La consideración de haberse equivocado persistió en los
tres durante algún tiempo.

-¿Ya estás
contenta?

Rosa Profundo


TRAILER

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ESTRENO: El secreto de las palomas

If you love me, Where´s the sugar?

Hace unos días se presentó el primer capítulo de la serie El Secreto de las Palomas, el arranque de lo que serán 10 relatos sobre las manías y oscuros pasajes en la vida de los inquilinos de una unidad habitacional como cualquier otra; sin duda un comienzo lleno de intriga, que hace que el espectador pegue su oreja al muro para saber más sobre los placeres que atormentan a nuestro vecino, y descubrir sucesos inesperados, fantasías macabras y realidades insospechadas mostradas sin tapujo alguno más que el de retratar los rituales de la ley natural, transfigurados en cada una de las fijaciones llevadas al límite en tan sólo unos minutos.

La idea de capturar los momentos más primitivos de los habitantes de una zona X de la Ciudad de México, es un gran acierto de ABLEFARIA, la casa productora responsable del episodio Rosa Profundo, el punto de partida de lo que puede ser una penetrante sucesión de historias que extraigan del ambiente citadino el humus de las gentes que nos rodean sin estar ahí, y que a veces creemos conocer al juzgarlas de insípidas, borrachas, solitarias, agresivas, frívolas, bonachonas o locas, tan sólo un vistazo a lo que es un retrato mucho más texturizado de las personalidades contenidas en la calidez de las cuatro paredes de sus hogares, la locación perfecta de una serie que busca abrir un hueco para hacer un registro de las mutaciones de la intimidad.

Recrear el éxtasis de los personajes de El Secreto de la Palomas dentro de la cuadratura de un multifamiliar es el afán de capturar la intimidad en la gran urbe, pero no desde la sumisión del público voyerista, sino como una irrupción de frente al erotismo del ciudadano, que se confabula con las prácticas sociales más comunes. El grado de retorcimiento que puede adquirir lo más cotidiano, es a la vez la fuerza de atracción que rodea a esta nueva producción.

El primer capítulo de la serie web mexicana que ya está disponible en Vimeo, Rosa profundo tiene el encanto de la elocuencia, lo que anuncia de primera cuenta una transgresión al otro desde lo que parece algo común, que sin embargo da un giro hacia lo inesperado, tomando la ruta inversa de transformar lo obsceno en algo tierno y dulce (dulce como cualquier dedo lubricado), características de lo kitsch presentes en esta primera historia empapada de objetos y escenarios reconocibles y familiares, productos del espíritu localista que siempre transcurre puntualmente, y que otras veces, como es el caso, se pervierte.

Lo que se espera de El Secreto de las Palomas es una atracción que debe romper con ciertas comodidades; narraciones y formas de contarlas que quebranten algunos límites capítulo tras capítulo; que no baste el autoplacer como sustancia creadora, que haya una apertura a lo verdaderamente prohibido y al tabú; que se juegue en los límites gráficos de la legalidad. Es decir, lo que buscamos en una serie web independiente que trata sobre “la complejidad de las emociones humanas llevadas al límite”, es una apología a lo insaciable.

Por ahora, veamos qué tan raro se puede poner esto.

Capítulo 1: Rosa Profundo. from ABLEFARIA on Vimeo.

Ana acomoda de forma estilizada su cuerpo tibio sobre el sofá. Sus manos con uñas brillantes, recorren lentamente su cuerpo. Cierra los ojos en espera de que su visión habitual aparezca en su departamento. Una voz grave la aterriza de golpe sin alterarla demasiado.

Primer episodio de la serie “El Secreto de las Palomas ”, compilación de diez relatos sobre los secretos más oscuros de los inquilinos de una unidad habitacional en la Ciudad de México.

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Lágrimas de albañil

Erandy Corvel

Los albañiles son expertos en hacer rollito las penas; una tortilla rellena de queso panela, un libro vaquero en el bolsillo del pecho, sobre el corazón. Se santiguan frente a sus cruces y a medio día sacan su fajito de esperanzas enrollado con una liga de goma para comprar un billete de lotería.

Si el sol está insoportable, buscan un oasis en el laberinto de su obra; un lugar planeado para ser recámara o baño, un sitio especialmente íntimo, como un arroyito alejado del mar de cal. Entonces se descubren el antebrazo, macizo y venoso como raíz de higuera, y confrontan a sus mujeres de papel que aúllan cuando el héroe del pueblo hace a un lado su moral y las monta. A los vaqueros de cemento, les sobran malabares mentales cuando eyaculan sobre dos redondeles sugeridos bajo una falda que bien podría ser mi falda, o sobre unos pechos gordos como los de sus suegras. Finalmente, se enrollan la verga en los calzones y se huelen las manos para verificar que siguen siendo ellos mismos. Cuando anochece, los ratones circundan la construcción buscando las migajas del queso panela y la simiente desperdigada, así procuran que sus crías sean una especie cada vez más fuerte.

El amor y el bebé. Crónica de una maestra por accidente.

Erandy Corvel

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El cuento

Les leo el cuento del Sapo que no quería comer pero en dos minutos, como siempre, he perdido su atención. La retomo y la pierdo sucesivamente. Mateo juega con algo debajo de su banca y cuando pido que me lo entregue, resulta que son sus manos; ha formando una campanilla con el dedo anular y se entretiene penduleando. Adriana nota que en mi gafete tengo un peinado distinto y me grita que me veo re fea. Lupita llora.

– ¡Es que siempre le están diciendo Lupita la putita!- se adelanta Luis a contestar.  

-Les voy a dar una última oportunidad-, advierto con un tono de voz que sólo me sale cuando le doy órdenes a mi perro. Ese silencio seguido de la advertencia y mi estoica mirada que recorre aleatoriamente sus miraditas, me ha funcionado mucho tiempo y no lo saben: todas esas veces me siento aterrada de pronto. Como un mago principiante que teme fallar en el clásico truco del conejo.

Quién sabe qué hubiera pasado si de repente alguien se levantara de su sillita anaranjada para gritar

-No me interesa su oportunidad, maestra. De una vez sepa que la dejo perder. A ver, ¿qué me va a hacer?

Los equipos

Para la siguiente actividad los divido en dos grupos y les pido que le pongan nombre a su equipo. Deciden llamarlos “El bebé” y “El amor”. El arrastrar de bancas, los dibujos, las crayolas, la explicación que nunca sale como fue planeada, “mi equipo huele feo, maestra”, “Fernando me enseño el dedo de en medio, maestra”, “¡Elvira trae un piojo en el brazo, maestra!”; el legendario amor al prójimo, el futuro proactivo que les exigirán sus jefes, la ilusión o verdad de que algo están aprendiendo, el cachondeo que sucede entre el amor y el bebé.

La ronda de preguntas no ha sido decepcionante, después de todo; es el momento más feliz de mi día. Hasta Manolo ha contestado bien y su equipo lo felicita. Son tan listos. Seguramente los estoy subestimando y por eso saltan de sus bancas cada dos minutos como monos histéricos. Darwin estaría orgulloso de mi conjetura. Es hora de dar el siguiente paso.

-Dieciséis puntos para el equipo “El amor”, y- golpeo la banca con las yemas de los dedos para imitar redobles -diecinueve para “El bebé”. ¡Felicidades!

Gritos de alegría, abucheos, leroleros, y a mí qué me importa, los ganadores se abrazan todos menos a Elvira y la tragedia de los perdedores:

-¡Pero, maestra, el amor lo puede todo!

Creaturas

Erandy Corvel

Digo “yo” como si de mí se tratara siempre. Y lo digo con una certeza que últimamente me ha parecido aterrante, porque ellos usan la misma palabra para referirse a sí mismos. Yo es de todos. Pero ellos son como cualquier ratón que pulsa la palanca para obtener comida y eso les divierte. Creen tener el control y ponen puntos finales donde yo veo salvación. 
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Collage: ODE-PRJM