Te invito a que me ames con una imaginación desmesurada y febril.
Tengamos un encuentro de palabras cómodas y tentaciones estoicas, que sin embargo lleve al clímax tu ambiciosa sed de conversaciones trascendentales.
No te arruinaré la cena con un rostro apetecible, ahórrate la energía del tartamudeo y las mariposas efímeras.
Nunca olvidarás el consuelo de besarme con los ojos cerrados y de amarme sin intermediarios.
Ana se ajustó dulcemente los tirantes del brasiér y repartió de la forma más estilizada su cuerpo tibio en el sofá. En la espera activa de que por fin, su visión habitual atravesara la entrada del departamento, sus largos dedos con uñas decoradas a la francesa, brillaban como las chispas de un cuchillo afilándose, al resbalar por su clítoris. Una irrigación rosácea le correspondió, además del calor desesperado que le advertía bajar el ritmo para no traspasar el umbral antes de que llegara Ella.
Ella la encontró al punto, como quien mantiene el equilibrio con un solo pie, sostenida en el límite para no dejarse caer al cielo con autonomía. Le despegó los muslos como gajos de naranja y justo en el vértice, recogió con elegancia cada gota de zumo que pudo asir con la punta de su lengua, mientras sus dedos descubrían texturas internas.
Ana nunca abrió los ojos con tal de que todo fuera a su manera, y tan puntual lo logró, que cuando él quizo penetrarla, ya había salido de aquella alucinación. Entonces gimió fuerte con el fin de acelerar la eyaculación de su marido. Pensó que los niños pronto vendrían del colegio y no era obligación de la niñera presenciar semejante escena.
Se abrió de nuevo la puerta: naturalmente era Ella.
Al fin tengo algo en la vida: La proyección de mis dientes desencajando las yugulares de mis contemporáneos creyentes del arte por el arte, del aura y de la escritura cuneiforme, codificada, monomaniaca, o no sé qué mamadas sublimes o "irreverentes" del mundo moderno, pos-moderno y últimamente vintage.