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Viaje al centro del Torito

Escalot

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Pareciera que después de ir a un bar, sólo quedan tres caminos; seguir emborrachándose, ir a dormir, o ir con alguien a no dormir, mas el gobierno no satisfecho con el hedonismo y aparentemente preocupado por sus ciudadanos, hizo un cuarto camino: encerrar a todo aquél que tome alcohol y conduzca. El lugar de encierro se ha convertido en el némesis del borracho, ya sea del que toma coñac o del que tome cañac. Se rumoran infinidad de mitos urbanos alrededor de aquel siniestro lugar llamado “el Torito”, eufemísticamente, ya que en realidad, lleva el nombre de “Centro de Readaptación Contra Las Adicciones”.  Al final del reportaje sabremos si hace honor a su nombre.

Es verdad que tomar alcohol en exceso puede causar accidentes fatales, al ebrio como a los no ebrios. Lamentablemente la medida con la que están calibrados aquellos aparatos es  polémica. Hay hombres que llegan tan ebrios que van despertando hacia el final de su condena, en cambio otros,  llegan tan sobrios que sufren cada minuto de encierro. Ya lo dijo Cerveza –Si apenas acababa de cumplir mi juramento y que me echo  una  chela, namás fui a dejar a mi vieja y que me agarran. Cabe mencionar que decía la verdad, estaba tan sobrio que daba tristeza. 

Sólo como nota práctica a los lectores;  no se debe soplar más de una vez el mismo popote porque aumenta en gran medida la probabilidad de detención. Obviamente nunca te lo dicen ¿acaso se beneficiarán en algo? A decir verdad sí, ya que sólo pueden ingresar un cierto número de detenidos,  el gobierno no les puede salvar la vida a todos los borrachos, tiene su límite (sólo los afortunados). Pero nada es gratis, porque tendrás que pagar el arrastre del  auto al corralón, los días de piso, por si fuera poco, si te falta alguna tenencia, deberás pagar más de doscientos pesos de mordida a nuestros salvadores. Aunque cómo reprocharles, ¡dicen que lo hacen por nuestro bien!

No hay por qué preocuparse por maltratos policiacos. No te ven como delincuente,  comprenden, y se identifican con tu alcoholismo o tu mala fortuna, que los aqueja por igual. Incluso te dan consejos durante el traslado –no ti conviene pagar amparo, güero, pss, de cualquier forma tienes que pagar tus horas de arresto, mejor aguántate, o de que vayamos por ti a tu chante, pus ta gacho… ¿Un cigarrito?  Posteriormente se confirma su buena voluntad, ya que antes de entrar acechan abogabuitres con promesas de libertad, sólo necesitas tres mil pesos (Cerveza pagó, y sólo salió tres horas antes de su cumplir su castigo, y tendrá que regresar a pagarlas).

Lamentablemente no todo es amabilidad en el recinto  de sobriedad, ya que es dominado y administrado extrañamente por una empresa de seguridad privada, parece que les pagan sólo por gritar y gruñir. Primero se da una plática de bienvenida donde te despojan de tus pertenencias, anotan cuáles eran, cuánto efectivo, tipo de celular, y demás,  para regresártelo al final. A Whisky al salir y reclamar sus pertenencias le faltaban doscientos pesos. Reclamó, pero,  ¿qué podía hacer?, ¿levantar una denuncia? Lo que uno quiere es largarse, solamente.

–¡Pinches rateros!

–Cállate, cabrón, o te metemos de nuevo y a la chingada.

El siguiente paso del proceso es la visita al médico jurista.

–¿Te pegaron?

–No. 

–¿Seguro? ¿Padeces alguna enfermedad?

–No.

–¡El que sigue!              

Después te pasan a lo que crees  será tu habitación “¡Apúrale!”…Cuando te grita un hombrecito de un metro y medio, es difícil saber qué hacer, o te sonríes  o te carcajeas. Mis compañeros de celda al igual que yo fueron  interceptados en Reforma y Eje Uno Norte, cada uno contó su historia, al principio éramos  ocho, para cuatro literas de cemento, después siguieron los lamentos –Vale madres, mi vieja debe estar que se la carga la chingada. Otro decía –Pero quién me manda a votar por el PRD, pinche Ebrad hijo de su puta madre. –Ya sálgansen, por allá, pásenle… por la puerta–, interrumpe la voz del chaparrito que ordena.

Por fin entramos al afamado patio del Torito. Diversidad total: Señores, ancianos, adolescentes, teporochos, fresas,  rastafaris, chacas. Todos diferentes, pero unidos por los mismos gustos, a todos nos atrae el Leteo enfrascado.

En la hora de la comida muchos evitaron acercarse al comedor, el hambre pudo más que mi decoro,  comí. La comida no tiene sabor, parece que  el chef olvida los condimentos; la sal, el epazote, el perejil, etcétera. Aparentemente es gratis, pero no es así, con lo que se paga de arrastre y derecho de piso…  deberían comprar un costal de sal. Había sólo dos tiempos, la sopa y el plato fuerte (albóndigas). Completaban la charola unas cuantas tortillas y de postre un Bocadín.  Dijeron que el lavaplatos había faltado, por lo que cada quien debía lavar su cada cuál (su charola y su vaso).

–Pinche gobierno no va a controlar mi forma de chupar. Pa la otra me voy a fijar en el Twiter donde están los retenes. Alguien más decía –pus namás vete por avenidas que tengan salidas continuas, y si tomas avenidas grandes agarra la lateral paque no te puedas salir o echar en reversa.  Después cayó la lluvia de ideas de cómo evitar volver  a caer, ¡claro que se aprende! Esas medidas preventivas, las dejaremos para otra ocasión.  

Nos comienzan a formar para ingresar a las celdas, después de pasarnos lista, abren los dos largos pasillos donde están las celdas, (aproximadamente unas quince o veinte celdas por pasillo). Comienza el corredero, todos empujándose para agarrar un pedazo donde sentarse o recargarse, mis compañeros con los que ingresé y yo, tomamos una celda, éramos ocho, luego diez, quince, veinte, muchos de pie, otros recargados, algunos sentados en un rincón, otros debajo de las literas inferiores, los demás, como yo, sentados sobre las literas.

El calor es más  que intenso, el techo es de lámina (obviamente resguardado por protecciones de hierro dulce),  el sudor sofoca, no deja dormir a los que podríamos hacerlo por la posición privilegiada. Las caras son de tedio, de resignación, de hastió. Un huésped anterior altruistamente dejó su periódico para los venideros, lo descuartizamos y lo vamos cambiando hasta terminarlo colectivamente

–¿Qué hora será?

–Yo metí un reloj sin que se dieran cuenta–, contesta Brandy.
 Desde ese momento el tiempo se estiró, no faltó quien  lo asediara cada quince minutos para preguntarle la hora.

La celda, de por sí pequeña, con tantos habitantes se volvió diminuta, más calurosa e insoportable. Las caras de los demás reflejaban la mía, en silencio ellos se reprochaban al igual que yo –Vale madres, por qué me fui por el Eje Central, pudiendo agarrar Cuba y salir derechito, todo por ver cómo destruyeron Garibaldi con esos vitrales tan espantosos. Me arrepiento de no haberle ofrecido más dinero al policía que me mandó a la línea

–Tengo cien pesos oficial.

–¡Pus qué pasó!, mínimo es una Sor Juana, pásele joven.

Confiado estaba de pasar la prueba ¡Por dos bolas!, sería el colmo. En la celda reina el silencio. 

De repente en otra celda se escucha "Pepe el toro es inocente". Sólo faltaba una chispa para revivir a la multitud, comienzan las bromas, los albures, y la plática que aligera el tiempo, contando chistes y anécdotas (obviamente de borrachos), divirtiéndote un poco donde no deberías, es la forma más eficaz de burlarte del gobierno y de sus normas. Es la subversión.  El aire se aligera un poco.   

Algunos comienzan a salir, porque es la hora de visita, familiares y amigos vienen a dejarles comida decente a los recluidos. Por fin me puedo mover con más libertad sin chocar con el hombro de alguien. Pasa la hora y se vuelven a llenar las celdas.

Grita el chaparro "Sálgansen, cabrones". Llegó la hora de la cena. No me atreví a comer para no atreverme a usar el baño, que no es necesario describir por dejárselo  a la imaginación del lector.  Abrieron la sala de juegos de mesa, pero sólo hay cupo para veinte personas. Existe una biblioteca. Aunque no estaba de humor para leer, decidí  que era lo mejor que podía hacer, además ya me quedaban pocos cigarros. Intente girar la manija, mas nada.

Cerrada. Seguramente era el lugar menos visitado, probablemente encontraría sólo libros de Alcohólicos Anónimos.

Se repite el tiempo, como si fuera en círculos. Pasan lista. Corren todos. El bochorno,  el tedio, el reproche,  el bochorno, el tedio, el reproche, el bochorno, el tedio, el reproche,  el bochorno, el tedio, el reproche. Así hasta que Ron rompe el silencio.

–¿Tú a qué hora sales, carnalito? 

– A las once treinta y cinco se cumplen las veinte horas que me echó el juez en el MP, le digo. 

–Cómo son ojetes, deberían contar desde que te agarran, no desde que pasas con el puto juez, yo me pasé una hora y media esperando turno… Estaba hasta la madre.

Interrumpe la conversación un grito de tedio, una brisa de bochorno, y un reproche envejecido, que se metamorfosea durante el hastío en resignación.  El tiempo avanza en círculos. Algunas palabras triviales seguidas de un silencio, un silencio seguido de palabras. Grita el guardia  los apellidos de Vodka, que  era uno de mis compañeros de celda, cortésmente se despidió de mano de cada uno de sus acompañantes que al principio le causaron empatía, al final quizá simpatía. La rechifla en otras celdas comienza al ver su acción. –Órale wey, luego les pides el teléfono, ya llégale…

Con el tiempo atrofiado se van vaciando poco a poco las celdas, grita el pigmeo –Ramírez Ortega, Preciado Luna,  etc. Sálgansen ya.  Los que salimos en horas cercanas (con diferencia de cinco a diez minutos) sabemos que tenemos que cruzar el parque de Tacuba para llegar al metro, preocupándonos más por lo que hay afuera, decidimos esperarnos en la salida para cruzar aquel peligroso trecho  juntos.

–Aquí están sus cosas -mi poco efectivo estaba intacto-, namás váyase con cuidado porque roban, no pase por el parque, camínele rápido. Al ver el umbral me alegro de estar a punto de salir, al salir y ver el parque habitado con lejanas siluetas, ya no me alegro tanto, pienso que quizá sea más seguro el interior. Me cruzo con los ojos de mi copiloto. Recuerdo que afuera ya no estoy tan solo. Me hago fuerte y cruzamos ya sin miedo. Es sencillo sobrevivir adentro del Torito, afuera, ya no lo es tanto.

Por fin ya estoy rehabilitado y prevenido para no volver a caer, Pulque cayó tres veces, pero a sus sesenta y cinco años dudo que utilizara el Twiter.

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Recuerdos de arena

Escalot

“Hay que seguir el camino de la sangre”

García Lorca
Me cuesta esfuerzo admitir que aún la recuerdo a escondidas de mí. Me molesto conmigo al darme cuenta que lo he vuelto a hacer, entonces agito mi cabeza para disolver su recuerdo formado de arena. Alguien vuelve a esculpir la arena de su imagen una y otra vez, no sé quién sea, y temo al sospechar que pueda ser yo. Vigilo que no allane mi cabeza, aunque en ocasiones  el sueño me vence y al despertar ya está otra vez en mi memoria, desde ahí me mira fijamente, como esas tétricas estatuas de iglesia con lágrimas de sangre en los ojos.

Abro los parpados con la pesadez de cualquiera que no se reconoce en el espejo.  Me desplomo por dentro mientras me alimento con humo de cigarro. Debe ser peor no tener  siquiera humo: Lo supongo.  

Lo verdaderamente despreciable en mí, es que continúo buscándola. En ocasiones de reojo veo algo o alguien pasar, la arena de mi cabeza me hace pensar que pudo ser Ella, volteo asustado para descubrir sólo una sombra.

La busco también en mi camino,  en las ventanas,  en los libros, en mis ojos, en los silencios y las estridencias, en las iglesias y los puteros, en todas partes. Al terminar el día siempre la encuentro, aparece un remedo de su recuerdo que me inunda de espanto en medio de mis pesadillas, entonces me levanto perturbado, enfermo, como si enterraran una navaja en mi vientre mientras duermo. Es insoportable, sucede todas las noches. Estoy cerca de perder mi cordura. No puedo continuar así. No tengo el valor de acabar con esto.    

Una noche la vi del otro lado de la calle, no pude contenerme y corrí tras Ella. Juro que su cabello era idéntico, la alcancé, la miré, me miró, se escurrieron mis ilusiones en esas pupilas desconocidas.  Después la miré otra vez, pero con rabia (por no ser quién deseaba que fuera). Me señaló luego de acercarse a un policía. Preferí  escabullirme entre la gente.

Rememoro las conversaciones que tuvimos, pero no acaban ahí, sino que continuamos el diálogo, como si Ella se metiera en mi cabeza para responderle a mis recuerdos, argumenta desde  su ausencia, luego yo le respondo, ni su silencio evita que me hable. También Intento escuchar su voz, me imagino cortando las costuras de sus labios para buscar su grito, es en vano.

En verdad que la extraño, mas lo que miro ya no es Ella,  ahora sólo habita un ser malformado por el tiempo, por la obsesión y la soledad, por las culpas y las disculpas que nunca llegarán. Es algo terrible, como un recuerdo  creando a  otro recuerdo y ése a otro, y así hasta que  un día terminas por añorar algo que nunca existió. He intentado destruir a ese ente pero está construido por  mis recuerdos y también por los del otro sujeto que se esconde en el espejo.

He pedido ayuda y salvación a muchas personas y lugares: poetas, cantinas, mujeres, hoteles, borrachos, psicólogos, clínicas. Todo ha sido inútil. Ya sólo confío en unos cuantos. Entre ellos  están los párrocos. Siento fe hacia ellos, todos han coincidido al decirme “Si sigues recordándola no la vas a dejar descansar en paz”.    

Esta locura empezó en una poca concurrida biblioteca conventual. La estuve esperando cerca de los libros de su autor preferido. No era la primera vez que buscaba su encuentro. Fue un ritual el acudir todos los sábados, desde que abrían hasta que cerraban. Ella solía visitar aquel antiguo y remoto lugar. Lo sabía con certeza: alguna vez aparecería arrastrando su condena de belleza e ingenuidad. Horas, días y meses dediqué a la espera de esa posibilidad.  Era cuestión de esperar (fui experto en ello, siempre había vivido esperando). Ansiaba poder verla, por lo menos a lo lejos,  penetrarla,  tan sólo con la mirada, una vez más. Eso me bastaba, eso creía.

Aquel día las miradas de dos visitantes que iban de salida me atravesaron, vieron confundidos mi avidez desmesurada, pude imaginar mi rostro deformado por el trastorno placentero de concretar mi hazaña.

Decidí no causar más sospechas y me refugié  entre  los empolvados libreros, a pesar de no haber más personas en el lugar (me refiero a personas vivas). Intentaba con torpeza entender las letras de un poeta que no han dejado morir. Aquel libro que sintió escurrir el sudor de mis manos en su piel muerta, se estremecía, quizá porque algo vislumbró.

Apareció Ella. Cayó en la trampa de la casualidad, igual que un célibe en frente de un clítoris: no se pudo resistir. Acariciaba la portada de un libro ¡Lo miraba tanto! Así como se mira la desnudez. Esperé eternos minutos el momento ideal, hasta que se alejó para leer en un apartado rincón. Soporté los deseos de correr. Me deslicé agazapado, lentamente, acechante, fui tan cauteloso,  me parecía a las almas que me miraban casi sin existir. Me detuve detrás de Ella, donde el alcance de mis brazos no la pudiera extraviar, todavía pude leer dos versos de aquel libro que nunca cambiará de página “y mis ojos, tributo a la eterna guadaña/ por ti osan mirar de frente el ataúd” Supe que era el momento preciso.

Unas gotas de sangre se derramaron sobre aquellos versos, después todo el poema se tiñó, y al final el libro  escurría de su roja vida, ahora estaba escrito con el lenguaje de la sangre. La vida está escrita con sangre. Sustancia profética. Oráculo que habla si logras comprender su lenguaje.

-No importa perder la sangre cuando ella marca esa ruta-, creo me dije a mí mismo al ver su vientre vomitando  vino caliente (lo dije en voz alta sin darme cuenta). De todos modos esa sangre debió quemarle las entrañas.    

Se aferró del libro cual si fuera la vida, aun así dejé caer otras veces la navaja en Ella, se fueron disecando sus ojos ya perpetuos. Se apagó su dolor. La deuda estaba pagada, sólo entonces saqué la navaja para liberarla, fue cayendo el libro junto con Ella, se fundieron en el lago de lava que Ella fue inventando con su diluida vida, hasta volverse piedra, casi mítica, casi tiernamente.  

Me mojé las manos de sangre y me las lamí. Porque era mía. Tú no sabes lo que es eso.

Ahora ando en busca de  una navaja que mate a su recuerdo. Y así por fin dejarla descansar en paz.

Remigio Malverde

Escalot

Para Nellie

Remigio Malverde era alto,  flaco, de ojos pequeños  y cabello lacio.  Nunca dejó su chamarra negra ni sus botas de pico. Las patillas casi se  unían con su barba. Su caminar era lento.  Uno pensaría que era más  viejo. No parecía narco. Solía mirarse un destello de locura en sus  ojos.  Casi no hablaba, veía mucho, comía poco. 

Era de bajo rango.

Un  domingo le pregunté por qué se había escuchado tanta bala el día  anterior.  -Los federales entraron para el cerro de Cumpas, donde tenemos la siembra, y puesles enseñamos quién la tiene más  grande- dijo. No le contesté nada, sólo vi cuando sacaban a un vato de  su casa, estaba bañado de sangre, casi ya no se le  veían las letras de  su camisa, pero luego luego se le notaba que era puerco, por las botas y  el corte de sardo. 

Dijo que iban a tirar la basura. Se metió a su troca y se peló.

Ya pa’ la madrugada del lunes se volvió a escuchar mucha bala en casa de Remigio. Reconocí sus gritos, “me la pelan,  turistas”, unas luces azules y rojas caían desde arriba, otras desde abajo. Rodearon todo el pueblo. Mi madre atrancó la puerta con el  azadón. No le valió de mucho, el hacha pudo más. Mi hermana mayor,  Irene, tenía como quince años,  se metió al ropero. Los encapuchados  entraron con las metras de frente, uno tras otro, tras otro, tras otro.  Revolvieron la casa. Olían el miedo como perros, rápido las hallaron. Al  final, entre la penumbra miré a un federal,   sin capucha, fumando un  cigarrote  en la entrada, se recargó en la puerta unos segundos y se  acercó lentamente. Le preguntaron sus hombres que si se subían a las  morras, contestó que sí con la cabeza mientras aventaba el humo del  hocico. Ya nomás me dijo Yo te las cuido, güero. Ahí fue cuando me di cuenta que era el pinche Remigio.

Ya por la mañana salió en la televisión que dizque habían agarrado al dirigente del cártel del Golfo, un tal Remigio Malverde.

De mi familia…  ya mejor ni les cuento.

Home sweet home

Escalot

Ríos de asfalto partían las casas, los ríos eran partidos por camellones, árboles crecidos a capricho, sin cadenas estéticas. Bebedores protegidos por el foco de la tienda. Cuervos y buitres, éstos últimos uniformados, agazapados entre las sombras a la espera de alguien más vulnerable; en borrachos o niñas suelen eyacular su instinto carroñero. Los chacales habitan una oscuridad más densa, profunda, donde las aves de rapiña no se atreven a entrar.

Una cruz de solera y lámina en el final del callejón. La gota de parafina cayó en la mano vieja, las comisuras de sus arrugas fueron los ríos que llevaron el ardor hasta sus entrañas. Vio un hilo de sangre que terminaba en un hoyo  rojo, ahora parte de la cabeza de su hijo. Ése también fue el final de Marcos, Fabián y Juan.

Veladoras moribundas alumbran cruces de solera en cada una de las cuadras, como tétricos faroles de la  muerte omnipresente, tienen nombres e historias incrustadas entre un fierro oxidado que reta al olvido y siempre pierde, porque con los años y las penas las madres mueren: ya nadie retoca el nombre del finado. Se extingue.

Murmuran advertencias para algunos, para otros sólo silencios, pero normalmente indiferencias.
 
En la esquina de la capilla unos capullos de cruces florecen apretujados, con sus hojas aún brillosas por la pintura, homenajean el inevitable destino, pero sin dejar de rememorar la masacre de los Galanes, ejecutada por órdenes federales.

Aquí solemos comprar nuestra cruz desde crecidos, así podemos escoger a nuestro gusto, además, en mi caso “estoy muy flaco para estar vivo, pero muy gordo para estar muerto” y me confundo pensando si esto es en realidad vivir, porque la verdad no es agradable, muchas cruces, mucho gris, el mundo no es un buen lugar para vivir. Sobre todo los últimos días, todavía dicen “¡la cosa se pondrá peor!”.

Los viejos también dicen: “ya vendrán tiempos mejores” aunque ya ostentan la cruz casi en el pecho.

Viven de la ilusión hasta el último día. Y siguen bebiendo esperanzas en forma de tiempo.

Yo dudo que esto se componga.

Mejor me voy de una vez por mi cruz.

¡Chula que se va a ver!

Leyendo a Elizondo en el Metro Tan cerca y tan lejos

Escalot

“Pero tú tienes que hacer un esfuerzo y recordar ese momento en el que cabe, por así decirlo, el significado de toda tu vida” Aquella oración fue un haz de luz penetrando la cerradura de la puerta tras la que se esconde. Recordó a sus amigos espiando por el orificio del baño de niñas. Su madre arreglándose al anochecer. Salió furtiva de la casa, vio a su padre preguntando en la mañana donde había ido. Después, su padre en aquel féretro brillante. Miró sus lágrimas caer en ese vidrio que los separaba, quizá se colaron al interior, quizá acariciaron la muerte.

La luz se apaga, la oscuridad absorbe los recuerdos por la misma cerradura donde entraron.

Letras con forma y orden, un par de hojas más; letras flotando en su pecera de papel, letras chocando contra el margen, formando distintas palabras, palabras que forman inexistentes oraciones, oraciones inexistentes formando recuerdos, recuerdos que causan divagaciones… ­ ¿Qué haces aquí Ernesto? Si sólo vienes a ver a Pamela, que te regale una foto y quédate en tu casa. El pizarrón está acá. ¡Mírame cuando hable! Dime la capital de Alemania. ­No. ­No sabes. Salte, lárgate de aquí. No te quiero ver en mi salón.

“O tal vez eres un hombre sin significado, un hombre inventado, un hombre que sólo existe como la figuración de otro hombre que no conocemos, el reflejo de un rostro en el espejo, un rostro que en el espejo ha de encontrarse con otro rostro. Eso es todo.” Resanar el alma. ­No, una foto no basta, no da el aroma, ni el bermejo de sus labios, he mirado fotos tan muertas, amarillas por la melancolía. ¿Qué va a saber usted? ¡tiene capitales por sentimientos!

“Quién es ese que en las noche nos invoca para su imaginación como la concreción de nuestro propio deseo insatisfecho?” ­Es Pamela. No puede ser. ­Alcánzala, sí es. Apúrate. ­Hola, ¿me recuerdas?

-No.

La noche, consuelo solitario para ver como se fue alejando, recordar su piel tensa pegada a los senos, la agitación sensual de ese amplio culo en cada paso, su golpeteo lo vibraba brevemente. Con lujuria decían ­No probarás su cálida humedad sobre tu piel… Cerradura sólo lúbrica para llaves de oro. 

La sábana lo acaricia, se restriega contra el colchón como los perros, Pamela. El relieve de la pantaleta en su falda. La caricia del solitario. El inútil intento del brasier por disimular sus pezones erectos. La mano ceñida. El movimiento de sus nalgas. El movimiento esculpido, escupido.

“nos besábamos virtualmente sobre la superficie de azogue…”

“No recuerdo nada. Es preciso que me lo exijas. Me es imposible recordar” ¡Chingaos! olvidé pagar la luz, ojalá no me la corten, pinches rateros, se va a cada rato pero tantito no pagas y te la dejan ir. “Sólo se ha grabado en mi mente una imagen, pero una imagen que no es un recuerdo” ¡Productos de alta calidá saca a la venta cacahuate japonessss. ­Hijos de puta. ­Dos por cinco, dos bolsitas de cacahuates cinco pesos! ¡Bonito regalo pa’ la niña pal niño. ­No me chinguen. ­Calcomanías de las princesasss… o de los los luchadoresss.

“Soy capaz de imaginarme a mí misma convertida en algo que no soy, pero no en algo que he sido; soy tal vez, el recuerdo remotísimo de mi misma en la memoria de otra que yo he imaginado ser” ­Por fin, ya lo tengo. Necesito firmar el acta y estará más que atado. ­Señora Pamela Jiménez, firme el acta si es tan amable. Los declaro: legalmente casados. ­Pinche Neto, está bien pendejo, cómo se fue a casar con la Pamela. Felicidades primo.

“Con el deseo de ser otra, hacia el fondo del pasillo donde inquieres siempre una misma pregunta haciendo caso omiso de ti misma; un cuerpo abandonado ante el espejo, de frente a un cuadro incomprensible, de espaldas siempre a quien te mira en esa fuga de ti misma que no admite mostrar tu rostro.” Los gusanos­ imágenes se comen los sesos, crecen hasta abarcarlo todo, se ven al cerrar los ojos, al abrirlos, al dormir, seguramente también al morir. Cierra los ojos, la luz se pierde unos segundos en el túnel. ­¿Ya se enteraron de la Pamela? ¿Que anda chambeando “panque”? hay que ir a formarle las manitas al bebé ¿no? ­Mejor, porque tu cara está muy culera cabrón. ¿Ahora, quién es el padre? No chingues, quién va a saber… ni ella sabe.

“¿porqué te has detenido?” Pinche vieja “porque” ya sabía, “se ha” todo “congelado” por “este” pendejo “momento”.

“Hay” tarde “miradas” se “que” me “pesan” ha “sobre” hecho, “la” “conciencia” chinga. “Q” m “u” e “e” ll “e” e “s” v “t” a “e” l “m” a “o” c “s” h “m” i “u” n “e” g “r” a “t” d “o” a “s”.

“Hay miradas que pesan sobre la conciencia. Es curioso sentir el peso que puede tener una mirada” ­¡Mírame cuando te hable! ¿verdad qué vas a cambiar tu vida cuando nos casemos? Ya te dije mil veces que sí, Neto, quiero empezar de nuevo. Verás que saldremos adelante, ya compré mi carro de tamales, ora por la derecha. ­Ya vas.

"Hay miradas que pesan sobre la conciencia”

“Una imagen borrosa, la nitidez de cuya verdadera significación, comprendida en la soledad y en el silencio, es capaz de hacerte gritar en mitad de la noche.” ¡Qué vieja tan buena! ¡No mames! Yo sufriendo por esta pendeja, y ve nomás de lo que te pierdes, pinche Neto. Si esa vieja me pelara, no no no no, otro pedo. Que rico culo, paradito paradito. ¡Cómo se traga el mayón! culo de manzana, de corazón, firme, chingaos. Qué más se puede pedir. Se la meto con todo y huevos. Ganas no me faltan de seguirla para ver dónde se baja.

Instantes amontonados; sueño, vida, muerte, verdad, ficción, inconsciencia, consciencia, yo, ella, nadie. ¿Dios?

Líneas disminuidas disimulan su falta de inicio y su final entreverado, nudos de realidades intermitentes forman una sola plasta amorfa de sentido, maraña de todo sobre nada, superposición de realidad y fantasía, muerte y vida, amor y odio. Se mimetizan hasta fundirse, creando un bosquejo de silueta sentada viendo a otra silueta sentada que también mira hacía dentro una vez más.

Los rostros de piedra ceñidos a su cadáver se mecen al ritmo del tren. Unos ojos te encuentran. No. No son los de Pamela. El hombre de enfrente se toca mientras ve a la adolecente del escote. Mira otra vez hacía adentro.

Recordó que no podía perder más tiempo, no podía seguir a nadie, ni a él mismo, si hasta su sombra lo había abandonado cuando abandonó su dignidad, cuando aceptó aquel empleo, cuando aceptó que nada tiene sentido.

Pamela, Pamela, Pamela

Pamela, Pamela, Pamela

Pamela, Pamela, Pamela. El nombre era un hilo raído que las unía…

Pamela enseñando el sentido mientras te mira con cuadros grises en su falda y mochila escolar. Pamela deslizándose en la sombras a la zaga del coche que la invitó a subir. Pamela con lágrimas de rímel y piel de maquillaje. Pamela con falda blanca, el satín traidor develó el abrazo negro de su pantaleta poseída por el roce de sus nalgas. “Sonríe de dolor” Pamela acercando su boca, el vaho lo estremecía antes de que bajara el cierre. La sierpe humedecida enredábase mientras su mano buscaba la cartera. “Fascinación. Fascinación y deseo” Pamela con su cuello de seno invadido por una lengua que se desliza con prisa, con placer desmesurado, como el beso del violador; húmedo, largo y desesperado, corrompida por unas manos que se aferraban con fuerza a sus nalgas y las jalaban contra sí mismas, al ritmo frenético de sus cuerpos involuntarios de gritos líquidos con el brasier deslizándose a su cintura por la vehemente avidez de los movimientos de las sombras que viste en el umbral de tu habitación.

“­¿Te hubieras entregado?" 

-Ella es igualita a Pamela. Tengo que conocerla. Si se baja en la siguiente estación juro que ahora sí le hablo.

Cuatro etapas del sexo amoroso o el amoroso sexo

compilado por Escalot

La primera etapa

La mano de Onán se queja

Yo soy el sexo de los condenados.

No el juguete de alcoba que economiza vida.

Yo soy la amante de los que no amaron.

Yo soy la esposa de los miserables.

Soy el minuto antes del suicida.

Sola de amor, mas nunca solitaria,

limitada de piel, saco raíces…

Se me llenan de ángeles los dedos,

se me llenan de sexos no tocados.

Me parezco al silencio de los héroes. 

No trabajo con carne solamente…

Va más allá de digital mi oficio.

En mi labor hay un obrero alto…

Un Quijote se ahoga entre mis dedos,

una novia también que no se tuvo.

Yo apenas soy violenta intermediaria,

porque también hay verso en mis temblores,

sonrisas que se cuajan en mi tacto,

misas que se derriten sin iglesias,

discursos fracasados que resbalan,

besos que bajan desde el cráneo a un dedo,

toda la tierra suave en un instante.

Es mi carne que huye de mi carne;

horizontes que saco de una gota,

una gota que junta

todos los ríos en mi piel, borrachos;

un goterón que trae

todas las aguas de un ciclón oculto,

todas las venas que prisión dejaron

y suben con un viento de licores

a mojarse de abismo en cada uña,
a sacarme la vida de mi muerte.

Manuel del Cabral

La segunda etapa

Las Nalgas

La mujer también tiene el trasero dividido en dos,

pero es indudable que las nalgas de una mujer

son incomparablemente mejores que las de un hombre,

tienen más vida, más alegría, son pura imaginación;

son más importantes que el sol y dios juntos,

son un artículo de primera necesidad que no afecta la inflación,

un pastel de cumpleaños en tu cumpleaños,

una bendición de la naturaleza,

el origen de la poesía y el escándalo.

Roberto López Moreno

La tercera etapa

Lugares sin nombre
                                           donde

Lugares que llevan recuerdos, cardones de memoria supónenme oculto    no reine
                                               ¿dónde
                      habitas en silencio?
                                                            ¡Asómate otra vez de mis ojos!
Rezumas
del cuerpo, crecen hiedras de la esperanza. Mientras azuzo a l  olvido tú acechas.
Usurpas
deseos cuyas sombras te nombran,
las sigo y me asombro del adorno de sangre en los                                                                      ojos.
Te espero

sin que espere, camino hacia ti sin moverme.

Te beso y no te beso.

Te invento,

sólo eso dejaste, poder hacerte lo que quiera

desde mi tormento truculento, transgredir tu sonrisa en mueca, tu dolor en eternidad.

Te miro

cuando quiera,

desde donde quiera, aveces vives

aveces mueres. Pero prefiero verte con esa mirada perdida, ausente, triste, fijamente

apuntando a cualquier ventana mientras me recuerdas dormida.

Dolientes; rescindo llamándonos,
                                                                                           luego…

Te deshago

y te hago espejo de luces movimiento,

diamantina que fue polvo brillando en noche de entierros, Dionisio cavando en tu cuerpo de hierro, ángel de fuego en centro del cielo; tragando tus besos, moliendo tu cuerpo de espuma con lumbre y veneno.

Termino

en espejismos,

con un salto en la cama descubro en ensueño verdad o
mentira

confrontándose en otro                          

            anochecer
                                                        de
                                                              sempiternas
                                                                                    exequias.
Utherpendragón

Última etapa

Tal vez una mañana

caminando en un aire de vidrio

árido, volviéndome, veré cumplirse el milagro:

La nada a mis espaldas, el vacío

detrás de mí, con terror de borracho.
 
Luego, como en una pantalla, se detendrán de pronto

árboles, casa y colinas para el consabido engaño.

Pero será muy tarde y me iré silencioso,

entre los hombres que no se vuelven, con mi secreto.
Eugenio Montale

Fantasmas

Escalot

“Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”

Cesare Pavese
Hoy volvió a pasar. Vi a una de ellas. Caminaba delante de mí, quince o veinte metros nos separaban -¡Esta vez no se escapará! Dio vuelta en la esquina, aceleré el paso, traté de luchar contra esa miopía que vuelve todo más borroso de lo que ya es. Nada. Lo mismo de la semana anterior. La calle estaba vacía.

La semana antepasada fue peor. Vino Ella, la que pocas veces aparece, tan furtiva y nocturna como siempre, pero hoy rutilantemente oscura. Con sus labios húmedos, con su piel pálida y su cabello noctambulo. Traía su lengua de fuego y sus ojos sin tiempo. Difícil negar el deliquio que provoca su imagen. Te dirige una mirada de soslayo y continúa su camino si no eres una posible victima (aunque temo decir que cualquiera es vulnerable). Preferiría que nunca se hubiese aparecido. Ahora es caro el precio a pagar.

La primera vez fue inefable. Por alguna razón cambié la ruta de mi negra caminata, si se le puede llamar así al deambular entre las sombras y edificios viejos, tomé el callejón de la Condesa, justo tras ese edificio neogótico que es custodiado por unas gárgolas marmoleas, sus rostros deformados con colmillos y garras me recuerdan a mí. Se oía nada más la voz del viento, bajé las escaleras que me unían con la penumbra (contigo), y así, ya dentro, protegerme en la ausencia (del albor insulso). En la intimidad del túnel no podía ver mis propias manos. Es caminar en la nada. Es otro tipo de existencia.

A la mitad del camino cayó en mí el golpe de una mirada. Nunca me había pasado algo parecido entre la enlutada neblina, ese día el beso de la noche no pudo protegerme. Aceleré el paso al sentirme acechado. Ya en la salida del túnel estaba Ella, parecía una silueta perdida, pero con alma, su mirada era distinta, era algo que no había visto. Quizá eso provocó mi obsesión.

Siendo sincero; su mirada era algo fantástica (como si tuviera a alguien encerrado en sus pupilas, pero alguien ya muerto), su cuerpo lo era todavía más. Cabello de obsidiana, palidez mortecina, aunada a sus extraños tatuajes, una combinación tan sensual que terminó siéndome fatal. Veíame fijamente mientras caminaba hacia Ella. Me acerqué para tratar de aspirar su hálito, su aroma, mas no percibía ninguna fragancia describible, sólo la aspiraba. Me dijo -… 

Después fue todo distinto. Hoy permanezco en un estado de zozobra, Ella se convirtió en el centro. En el fin. Es la oscuridad más densa. Se puede estar dentro de ella y sentirse sosegado. Mientras cumpla con mi parte Ella permanece. Siempre pide más y más, sólo me falta vender mi alma, porque mi sangre y lo demás ya lo vendí. Descarna con sus colmillos todo; empezando por mi cuello y terminando con mi vida. Aunque a veces pienso ¿Acaso no es un precio justo por tanto placer? Creo que me desvié un poco; Cuando sus labios se separaban de los míos, a escasos veinte centímetro me dijo – ¿Te quieres divertir? - Cobro seiscientos.

Sólo era una puta que no puedo olvidar