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Fantasmas

Escalot

“Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”

Cesare Pavese
Hoy volvió a pasar. Vi a una de ellas. Caminaba delante de mí, quince o veinte metros nos separaban -¡Esta vez no se escapará! Dio vuelta en la esquina, aceleré el paso, traté de luchar contra esa miopía que vuelve todo más borroso de lo que ya es. Nada. Lo mismo de la semana anterior. La calle estaba vacía.

La semana antepasada fue peor. Vino Ella, la que pocas veces aparece, tan furtiva y nocturna como siempre, pero hoy rutilantemente oscura. Con sus labios húmedos, con su piel pálida y su cabello noctambulo. Traía su lengua de fuego y sus ojos sin tiempo. Difícil negar el deliquio que provoca su imagen. Te dirige una mirada de soslayo y continúa su camino si no eres una posible victima (aunque temo decir que cualquiera es vulnerable). Preferiría que nunca se hubiese aparecido. Ahora es caro el precio a pagar.

La primera vez fue inefable. Por alguna razón cambié la ruta de mi negra caminata, si se le puede llamar así al deambular entre las sombras y edificios viejos, tomé el callejón de la Condesa, justo tras ese edificio neogótico que es custodiado por unas gárgolas marmoleas, sus rostros deformados con colmillos y garras me recuerdan a mí. Se oía nada más la voz del viento, bajé las escaleras que me unían con la penumbra (contigo), y así, ya dentro, protegerme en la ausencia (del albor insulso). En la intimidad del túnel no podía ver mis propias manos. Es caminar en la nada. Es otro tipo de existencia.

A la mitad del camino cayó en mí el golpe de una mirada. Nunca me había pasado algo parecido entre la enlutada neblina, ese día el beso de la noche no pudo protegerme. Aceleré el paso al sentirme acechado. Ya en la salida del túnel estaba Ella, parecía una silueta perdida, pero con alma, su mirada era distinta, era algo que no había visto. Quizá eso provocó mi obsesión.

Siendo sincero; su mirada era algo fantástica (como si tuviera a alguien encerrado en sus pupilas, pero alguien ya muerto), su cuerpo lo era todavía más. Cabello de obsidiana, palidez mortecina, aunada a sus extraños tatuajes, una combinación tan sensual que terminó siéndome fatal. Veíame fijamente mientras caminaba hacia Ella. Me acerqué para tratar de aspirar su hálito, su aroma, mas no percibía ninguna fragancia describible, sólo la aspiraba. Me dijo -… 

Después fue todo distinto. Hoy permanezco en un estado de zozobra, Ella se convirtió en el centro. En el fin. Es la oscuridad más densa. Se puede estar dentro de ella y sentirse sosegado. Mientras cumpla con mi parte Ella permanece. Siempre pide más y más, sólo me falta vender mi alma, porque mi sangre y lo demás ya lo vendí. Descarna con sus colmillos todo; empezando por mi cuello y terminando con mi vida. Aunque a veces pienso ¿Acaso no es un precio justo por tanto placer? Creo que me desvié un poco; Cuando sus labios se separaban de los míos, a escasos veinte centímetro me dijo – ¿Te quieres divertir? - Cobro seiscientos.

Sólo era una puta que no puedo olvidar