Jorge Alva
Después de leer a Ricardo Castillo, entados en mi sillón y fumando un cigarrillo, Ella me dijo: ¡Juguemos a ser poetas! Le respondí que no era juego, que los poetas sufrían mucho entre tanto alcohol y mujeres, Que todas esas galas, recibimientos, flores y premios duelen, como dardos de claveles. ¡Ay de mí! Acabo de ganar el premio Jaime Sabines y ya no sé qué hacer, ¡Ay de nosotros! Con nuestras residencias artísticas en París, Madrid y Budapest. Cómo sufrimos bebiendo cognac, mientras conducimos a toda velocidad, en nuestros autos con el valor monetario de las casas de muchos más. Es terrible levantarte todos los días en tu casa de Las Lomas, sin saber qué hacer con tantos libros y billetes, panegíricos y cheques, joyas y poemas regados por todas partes. Y preguntarte por qué ¿por qué la gente no lee poesía? Por qué no pueden todos levantarse hasta medio día, tomar un libro y ponerse a leer, hasta que llegue el mozo a preguntarte: la cena está lista ¿quiere usted comer? Terminé mi desdichada descripción con un suspiro, Ella guardó silencio por un minuto y luego se iluminó su rostro, con el brillo de quien resuelve el enigma de la esfinge: ¡Ya lo tengo!-gritó-vámonos por la vida, cogiéndonos jefas de redacción para que nos publiquen.