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El hombre de cristal

Mauricio Higareda

Las preguntas cayeron en cascada, una tras otra. Él no contestaba, los miraba en silencio, con un rostro que mostraba asombro y un poco de curiosidad. De cuando en cuando miraba el cielo raso y suspiraba. Parecía que no hablaría jamás. Las cámaras de televisión lo enfocaban en forma permanente y la luz sobre su rostro comenzaba a molestarlo, algunas gotas de sudor comenzaron a poblar su frente. Tras varios minutos, decidieron suspender el interrogatorio, se levantaron y dieron la orden de llevar al prisionero a la celda. Entonces, de la nada, comenzó a hablar, sin preguntas de por medio, sin que nadie lo esperara:

Me dicen el hombre de cristal. Vengo de Veracruz, de la zona de la huasteca, pegadito a Tamaulipas. Crecí en la playa. Mi padre era pescador, a mi madre no la conocí. Cursé hasta el tercero de primaria, sé leer y escribir. La que me cuidaba era mi abuela, me mandaba a la escuela, pero yo no iba, me iba a la playa o al río y siempre andaba solo, desde chico.

No sé cuántos maté, como ustedes dicen, no llevo la cuenta, pero no fueron tantos. Me acuerdo de los primeros, esos no se olvidan. Me acuerdo de otros que fueron como especiales. Pero no los mataba, eran meros accidentes. Mi trabajo no era matarlos, sino hacerlos cantar. Para eso yo era bueno. No soy tanto un asesino, sino más bien un músico, un buen músico, creo, sólo que mi música no le gusta a todos.

Comencé desde muy pequeño. Ya les dije que me gustaba ir a la playa, en especial por las noches, cuando estaba vacía. Mi abuela un día me enseñó a atrapar cangrejos. Salen de noche, cuando no hay luna. Una noche de esas, hace ya muchos años, perseguía un cangrejito azul y que se mete en un tronco que el mar había sacado a la playa y que meto la mano y, no lo van a creer, que saco un hada pequeñita, era de color plateado y tenía unas alitas transparentes, como de cristal, pero muy suaves al tacto, por eso me gustó. Se podía mirar a través de ellas. A veces yo me sentía así, vacío y transparente. Me quedé mucho rato observándola y haciéndole preguntas que jamás contestaba. Hasta que decidí qué hacer con ella.

Primero le arranqué las alas y gritó muy quedito y muy bonito, es el llanto más dulce que he escuchado. Ustedes no pueden ni imaginarse ese sonido, jamás lo conseguí de nuevo. Después, la clavé junto con el cangrejo a un árbol seco. Duró tres días con sus noches, yo la visitaba a cada rato para escuchar su canto hasta que se murió. Después seguí haciendo lo mismo con aves, con cangrejos azules, mariposas de colores… pero nada, nadie cantaba así, nadie cantaba como ella, como el hada de cristal. En fin, podría decirse que así comenzó todo. Yo no los mataba, eso es lo que deben entender, yo los hacía cantar en todos los tonos posibles. Estaba buscando una canción.

 ¿Por qué te dicen el hombre de cristal?
 (silencio)

¿Por qué te dicen el hombre de cristal? –repitió la pregunta

(silencio)

(silencio)

(silencio)

¿Por qué te dicen el hombre de cristal? –repitió la pregunta

¿Y a estas alturas aún no lo saben? – contestó. Y volvió a guardar un silencio oscuro que no ha quebrado hasta el día de hoy.

Hágase tu voluntad y no la mía

Arcano Don Rey

 …aquí termina esta grosería. Babeante, grotesca, pero ridículamente catártica porque algún beneficio debía tener contarla. Yo siempre les advertí mi feliz desenfreno y mi capacidad de pasar por alto los límites, les dije que confiaran en mí, que podía dejarlo, que un día no postergaría más mi decisión de cambiar, pero me trajeron aquí, a este lugar, al que la verdad, mañana dejo para siempre.

-Nada más se entera la gente que uno anda metido en un sitio de estos y empieza con la joda: “Deberías mejor ir al psicólogo/curandero/psiquiatra/cura/la chingada/”. Piedras de tropiezo, almas descoyuntas, mojigatos desbocados maquinando el zarpazo disimulado. Pinches perversos de closet, güey. Lo que no saben es que siempre fue temporal, una tapadera momentánea para que mi familia no diga que no hago el intento. Ahora sí, mañana no vuelvo, señores. 

-Ayer casi tuve una recaída, casi no la cuento, hijo de su pinche madre. La Mireya regresó como si fuera el diablo, nomás a tentarme. NO MAMES, le dije. VETE A LA VERGA. Como es una pinche vieja convenenciera de mierda, me ofreció todo lo que tenía, nada nuevo ni de calidad. Pero me acordé a tiempo, me acordé lo que dice la literatura; el Libro Azul. Leí la armadura de Dios. A MÍ NO ME LLEVA LA CHINGADA OTRA VEZ, me dije. Y aquí estoy muy terco, unos días de pie y otros bien pinche sentadito, disque poniéndoles atención, nomás haciendo guacamole con las nalgas, cabrón. No sé porque sigo en este grupo, espero que no se ofendan porque

mañana

lo

dejo

para

siempre.

Gracias padrinos.

“El que esté libre de pecado,
                                              que chingue su madre por virtuoso”

Mauricio Higareda

“No erréis: las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres.”

1ra Corintios 15:33

“Ups, I did it again”

Britney Spears