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Leyendo a Elizondo en el Metro Tan cerca y tan lejos

Escalot

“Pero tú tienes que hacer un esfuerzo y recordar ese momento en el que cabe, por así decirlo, el significado de toda tu vida” Aquella oración fue un haz de luz penetrando la cerradura de la puerta tras la que se esconde. Recordó a sus amigos espiando por el orificio del baño de niñas. Su madre arreglándose al anochecer. Salió furtiva de la casa, vio a su padre preguntando en la mañana donde había ido. Después, su padre en aquel féretro brillante. Miró sus lágrimas caer en ese vidrio que los separaba, quizá se colaron al interior, quizá acariciaron la muerte.

La luz se apaga, la oscuridad absorbe los recuerdos por la misma cerradura donde entraron.

Letras con forma y orden, un par de hojas más; letras flotando en su pecera de papel, letras chocando contra el margen, formando distintas palabras, palabras que forman inexistentes oraciones, oraciones inexistentes formando recuerdos, recuerdos que causan divagaciones… ­ ¿Qué haces aquí Ernesto? Si sólo vienes a ver a Pamela, que te regale una foto y quédate en tu casa. El pizarrón está acá. ¡Mírame cuando hable! Dime la capital de Alemania. ­No. ­No sabes. Salte, lárgate de aquí. No te quiero ver en mi salón.

“O tal vez eres un hombre sin significado, un hombre inventado, un hombre que sólo existe como la figuración de otro hombre que no conocemos, el reflejo de un rostro en el espejo, un rostro que en el espejo ha de encontrarse con otro rostro. Eso es todo.” Resanar el alma. ­No, una foto no basta, no da el aroma, ni el bermejo de sus labios, he mirado fotos tan muertas, amarillas por la melancolía. ¿Qué va a saber usted? ¡tiene capitales por sentimientos!

“Quién es ese que en las noche nos invoca para su imaginación como la concreción de nuestro propio deseo insatisfecho?” ­Es Pamela. No puede ser. ­Alcánzala, sí es. Apúrate. ­Hola, ¿me recuerdas?

-No.

La noche, consuelo solitario para ver como se fue alejando, recordar su piel tensa pegada a los senos, la agitación sensual de ese amplio culo en cada paso, su golpeteo lo vibraba brevemente. Con lujuria decían ­No probarás su cálida humedad sobre tu piel… Cerradura sólo lúbrica para llaves de oro. 

La sábana lo acaricia, se restriega contra el colchón como los perros, Pamela. El relieve de la pantaleta en su falda. La caricia del solitario. El inútil intento del brasier por disimular sus pezones erectos. La mano ceñida. El movimiento de sus nalgas. El movimiento esculpido, escupido.

“nos besábamos virtualmente sobre la superficie de azogue…”

“No recuerdo nada. Es preciso que me lo exijas. Me es imposible recordar” ¡Chingaos! olvidé pagar la luz, ojalá no me la corten, pinches rateros, se va a cada rato pero tantito no pagas y te la dejan ir. “Sólo se ha grabado en mi mente una imagen, pero una imagen que no es un recuerdo” ¡Productos de alta calidá saca a la venta cacahuate japonessss. ­Hijos de puta. ­Dos por cinco, dos bolsitas de cacahuates cinco pesos! ¡Bonito regalo pa’ la niña pal niño. ­No me chinguen. ­Calcomanías de las princesasss… o de los los luchadoresss.

“Soy capaz de imaginarme a mí misma convertida en algo que no soy, pero no en algo que he sido; soy tal vez, el recuerdo remotísimo de mi misma en la memoria de otra que yo he imaginado ser” ­Por fin, ya lo tengo. Necesito firmar el acta y estará más que atado. ­Señora Pamela Jiménez, firme el acta si es tan amable. Los declaro: legalmente casados. ­Pinche Neto, está bien pendejo, cómo se fue a casar con la Pamela. Felicidades primo.

“Con el deseo de ser otra, hacia el fondo del pasillo donde inquieres siempre una misma pregunta haciendo caso omiso de ti misma; un cuerpo abandonado ante el espejo, de frente a un cuadro incomprensible, de espaldas siempre a quien te mira en esa fuga de ti misma que no admite mostrar tu rostro.” Los gusanos­ imágenes se comen los sesos, crecen hasta abarcarlo todo, se ven al cerrar los ojos, al abrirlos, al dormir, seguramente también al morir. Cierra los ojos, la luz se pierde unos segundos en el túnel. ­¿Ya se enteraron de la Pamela? ¿Que anda chambeando “panque”? hay que ir a formarle las manitas al bebé ¿no? ­Mejor, porque tu cara está muy culera cabrón. ¿Ahora, quién es el padre? No chingues, quién va a saber… ni ella sabe.

“¿porqué te has detenido?” Pinche vieja “porque” ya sabía, “se ha” todo “congelado” por “este” pendejo “momento”.

“Hay” tarde “miradas” se “que” me “pesan” ha “sobre” hecho, “la” “conciencia” chinga. “Q” m “u” e “e” ll “e” e “s” v “t” a “e” l “m” a “o” c “s” h “m” i “u” n “e” g “r” a “t” d “o” a “s”.

“Hay miradas que pesan sobre la conciencia. Es curioso sentir el peso que puede tener una mirada” ­¡Mírame cuando te hable! ¿verdad qué vas a cambiar tu vida cuando nos casemos? Ya te dije mil veces que sí, Neto, quiero empezar de nuevo. Verás que saldremos adelante, ya compré mi carro de tamales, ora por la derecha. ­Ya vas.

"Hay miradas que pesan sobre la conciencia”

“Una imagen borrosa, la nitidez de cuya verdadera significación, comprendida en la soledad y en el silencio, es capaz de hacerte gritar en mitad de la noche.” ¡Qué vieja tan buena! ¡No mames! Yo sufriendo por esta pendeja, y ve nomás de lo que te pierdes, pinche Neto. Si esa vieja me pelara, no no no no, otro pedo. Que rico culo, paradito paradito. ¡Cómo se traga el mayón! culo de manzana, de corazón, firme, chingaos. Qué más se puede pedir. Se la meto con todo y huevos. Ganas no me faltan de seguirla para ver dónde se baja.

Instantes amontonados; sueño, vida, muerte, verdad, ficción, inconsciencia, consciencia, yo, ella, nadie. ¿Dios?

Líneas disminuidas disimulan su falta de inicio y su final entreverado, nudos de realidades intermitentes forman una sola plasta amorfa de sentido, maraña de todo sobre nada, superposición de realidad y fantasía, muerte y vida, amor y odio. Se mimetizan hasta fundirse, creando un bosquejo de silueta sentada viendo a otra silueta sentada que también mira hacía dentro una vez más.

Los rostros de piedra ceñidos a su cadáver se mecen al ritmo del tren. Unos ojos te encuentran. No. No son los de Pamela. El hombre de enfrente se toca mientras ve a la adolecente del escote. Mira otra vez hacía adentro.

Recordó que no podía perder más tiempo, no podía seguir a nadie, ni a él mismo, si hasta su sombra lo había abandonado cuando abandonó su dignidad, cuando aceptó aquel empleo, cuando aceptó que nada tiene sentido.

Pamela, Pamela, Pamela

Pamela, Pamela, Pamela

Pamela, Pamela, Pamela. El nombre era un hilo raído que las unía…

Pamela enseñando el sentido mientras te mira con cuadros grises en su falda y mochila escolar. Pamela deslizándose en la sombras a la zaga del coche que la invitó a subir. Pamela con lágrimas de rímel y piel de maquillaje. Pamela con falda blanca, el satín traidor develó el abrazo negro de su pantaleta poseída por el roce de sus nalgas. “Sonríe de dolor” Pamela acercando su boca, el vaho lo estremecía antes de que bajara el cierre. La sierpe humedecida enredábase mientras su mano buscaba la cartera. “Fascinación. Fascinación y deseo” Pamela con su cuello de seno invadido por una lengua que se desliza con prisa, con placer desmesurado, como el beso del violador; húmedo, largo y desesperado, corrompida por unas manos que se aferraban con fuerza a sus nalgas y las jalaban contra sí mismas, al ritmo frenético de sus cuerpos involuntarios de gritos líquidos con el brasier deslizándose a su cintura por la vehemente avidez de los movimientos de las sombras que viste en el umbral de tu habitación.

“­¿Te hubieras entregado?" 

-Ella es igualita a Pamela. Tengo que conocerla. Si se baja en la siguiente estación juro que ahora sí le hablo.