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Who wants to be millionaire?

Fabián Ríos

¿Cuántas son las posibilidades de que una bala perdida atraviese el techo de un cine y se impacte justo en la cabeza de tu hijo pequeño en una función llena de niños en donde se exhibe la  película animada del momento? Por supuesto mínimas, tan impensable es, que todo mundo da por hecho que las balas que las personas armadas disparan hacia el cielo dan en el blanco cuando en realidad caen en cabezas de niños y azoteas de casas familiares;llueven balas. Ahora, ¿cuántas son las posibilidades de que el cine en el que una bala atravesó el techo y se fue a dar a la cabeza del hijo de alguien  siga con la función programada sin reparo alguno de que afuera están lloviendo balas? muchas al parecer, es inminente, el espectáculo debe continuar, al fin y al cabo ya pagué por mi boleto, que cancelaran la función sería lo realmente indignante.

Exigimos puntualidad y perfección en el espectáculo que se lleva a cabo, no porque el espectáculo  sea bueno, sino por el espectáculo mismo. Gracias a él somos parte del gran todo económico del que resultamos un público crítico ¿Dudan que sea crítico? La capacidad receptiva del espectador es muchísima, podría pensar que conoce más datos sobre el show televisivo que cualquier erudito literario, hay más disposición por parte del consumidor del espectáculo ante el bombardeo de acaparadores y espectaculares que adoctrinan a la transeúnte por el sólo hecho de siquiera divisar el color azul del fondo del anuncio de celulares que representa al producto como amigable, el punto llega a tal que el público sabe cuando está siendo despojado de algo, cuando el show como lo conoce está en peligro de desaparecer; cuando peligra para el protagonista, el galán, su final feliz, no casarse con la dama puritana, no cumplir con las exigencias del padre y no ocupar el lugar al que está destinado; es un pequeño hormigueo en la nuca lo que los alerta -alguien trata de quitarnos lo poco que tenemos- . Ahí es cuando el público de verdad se manifiesta en contra de la villanía de un estado democrático real, la calidad de mercancía de la señora que acaba de comprar su pantalla plana con las tarjetas de prepago que le fueron otorgada –benditos sean- es la verdadera muestra de rebelión en contra de la tibia revuelta a la que estamos acostumbrados. La imposición del espectáculo es el heredero de la debilidad, tan débiles somos que preferimos ser absorbidos en aras de la fama, sin ella no puede haber un cambio, sería la nueva consigna, infiltrarse, pelear desde adentro parece lo más inteligente, cuando en realdad este adentro ya nos tiene un lugar reservado. El discurso transgresor se vuelve nulo cuando se hace espectáculo. 

Aquello que parece ser lo más abrumador es lo que nos conforma. El cinismo del público es idéntico al cinismo del espectáculo y el cinismo del rebelde sigue esta mimesisal plantearse la no violencia. El supuesto levantamiento de las consciencias estudiantiles a principios de año se conformó básicamente por el mismo hormigueo en la nuca del que solo se indigna cuando la película es interrumpida. El malestar de una clase venida a menos que repudia la injusticia del  despojado porque lo conoce, sabe lo mal que se siente una y otra vez cada que esa figura inmortalizada, picaresca e infinitamente honrada sostiene a su primogénito casi en cenizas, fruto del amor de “La chorreada”, el más puro y humilde de todos los amores. ¡Maldito gobierno! ¡Atenco no se olvida!

“El espectáculo es la pesadilla de la sociedad moderna encadenada que no expresa finalmente más que su deseo de dormir. El espectáculo es el guardián del sueño”, la sentencia de Guy Debord es clara, el aparato mediático es señalado como imagen sustancial del poder, a este paso los apresurados post-todo lo llamarán la caída de la lógica del capitalismo como lo conocíamos, pero es en realidad la forma más acabada del capitalismo como lo conocemos, el orden presente, su fetichismo, despunta en la conservación de lo ilusorio, conserva la inconsciencia a flote, muestra y sacraliza los deseos del público; en realidad se permite todo si en verdad lo deseas, la pregunta es simple Whowants to be a millionaire?

¿Qué hacer? No se trata de concesiones diría yo, no se trata de aperturas para opiniones alternas al discurso oficial, ni de hacer cercos para hacer malabarismos. Si la sociedad del  espectáculo es autoconservada en la figura de la primera dama, si el origen del espectáculo “es la pérdida de la unidad del mundo, y la expansión gigantesca del espectáculo moderno expresa la totalidad de esta pérdida” (p.8), si lo que bien se hizo  de entre nosotros los inconformes balbuceantes fue señalar al agresor, entonces la respuesta sería simple, Televisa debe desaparecer.