
Primera Dama webzine n° (4) Narco-trágico
Sara Monter
Un escritor, maravillado por las aventuras literarias, decidió crear un día dos personajes fascinantes: un famoso pirata de la gran mar, conocido por su valentía y crueldad, y un narco temido y avaricioso del norte del continente. Con ellos habría de hacerse una gran historia, llena de sangre, muerte, dolor y aventuras. Con tal empeño lo hizo que un día amaneció con el tiro de gracia dentro de su tina llena de agua.
Sara Monter
Había pedido a Satán los tres deseos que tanto soñó en su vida: poseer una enorme riqueza, ser un hombre afortunado en amores y tener una personalidad encantadora. Justo en el último segundo de pronunciar su último deseo, Pascual Ramírez se vio como el narcotraficante más rico del mundo. Su varonil figura se reflejaba en la pequeña ventana que tenía frente a él. Complacido, una sonrisa, que aún lo hacía más encantador, le iluminó el rostro. Esto desconcertó a los que estaban junto a él. No entendían cómo es que sonreía atado a la silla eléctrica.
El Señor de los Cielos
Cegado entre asestado golpe duro, el cuerpo cae violento sobre loza, se funde el plomo, el silencio goza; rebota el cráneo entre piso y muro. La pierna tensa y el dolor oscuro caliente gota que veloz destroza; el alma siente que la hoz la roza sintiendo así venir final seguro. Hampón que tomas el papel de muerte, decides sentenciar con el retiro con súplica la voz viene a temerte, se llena el pecho de un largo suspiro, -el brazo rígido apuntando inerte- temblando espera el último tiro…

Mauricio Higareda
Las preguntas cayeron en cascada, una tras otra. Él no contestaba, los miraba en silencio, con un rostro que mostraba asombro y un poco de curiosidad. De cuando en cuando miraba el cielo raso y suspiraba. Parecía que no hablaría jamás. Las cámaras de televisión lo enfocaban en forma permanente y la luz sobre su rostro comenzaba a molestarlo, algunas gotas de sudor comenzaron a poblar su frente. Tras varios minutos, decidieron suspender el interrogatorio, se levantaron y dieron la orden de llevar al prisionero a la celda. Entonces, de la nada, comenzó a hablar, sin preguntas de por medio, sin que nadie lo esperara: Me dicen el hombre de cristal. Vengo de Veracruz, de la zona de la huasteca, pegadito a Tamaulipas. Crecí en la playa. Mi padre era pescador, a mi madre no la conocí. Cursé hasta el tercero de primaria, sé leer y escribir. La que me cuidaba era mi abuela, me mandaba a la escuela, pero yo no iba, me iba a la playa o al río y siempre andaba solo, desde chico. No sé cuántos maté, como ustedes dicen, no llevo la cuenta, pero no fueron tantos. Me acuerdo de los primeros, esos no se olvidan. Me acuerdo de otros que fueron como especiales. Pero no los mataba, eran meros accidentes. Mi trabajo no era matarlos, sino hacerlos cantar. Para eso yo era bueno. No soy tanto un asesino, sino más bien un músico, un buen músico, creo, sólo que mi música no le gusta a todos. Comencé desde muy pequeño. Ya les dije que me gustaba ir a la playa, en especial por las noches, cuando estaba vacía. Mi abuela un día me enseñó a atrapar cangrejos. Salen de noche, cuando no hay luna. Una noche de esas, hace ya muchos años, perseguía un cangrejito azul y que se mete en un tronco que el mar había sacado a la playa y que meto la mano y, no lo van a creer, que saco un hada pequeñita, era de color plateado y tenía unas alitas transparentes, como de cristal, pero muy suaves al tacto, por eso me gustó. Se podía mirar a través de ellas. A veces yo me sentía así, vacío y transparente. Me quedé mucho rato observándola y haciéndole preguntas que jamás contestaba. Hasta que decidí qué hacer con ella. Primero le arranqué las alas y gritó muy quedito y muy bonito, es el llanto más dulce que he escuchado. Ustedes no pueden ni imaginarse ese sonido, jamás lo conseguí de nuevo. Después, la clavé junto con el cangrejo a un árbol seco. Duró tres días con sus noches, yo la visitaba a cada rato para escuchar su canto hasta que se murió. Después seguí haciendo lo mismo con aves, con cangrejos azules, mariposas de colores… pero nada, nadie cantaba así, nadie cantaba como ella, como el hada de cristal. En fin, podría decirse que así comenzó todo. Yo no los mataba, eso es lo que deben entender, yo los hacía cantar en todos los tonos posibles. Estaba buscando una canción. ¿Por qué te dicen el hombre de cristal? (silencio) ¿Por qué te dicen el hombre de cristal? –repitió la pregunta (silencio) (silencio) (silencio) ¿Por qué te dicen el hombre de cristal? –repitió la pregunta ¿Y a estas alturas aún no lo saben? – contestó. Y volvió a guardar un silencio oscuro que no ha quebrado hasta el día de hoy.
Arcano Don Rey
Los domingos como hoy, mi familia y yo nos hacemos los normales, pero cuando veo las cabezas en el aceite o los tacos de moronga, me dan ganas de vomitar. Si me aguanto es porque el Cachos me chinga. Como es el mayor y aprendió a mutilar desde los diez, mi papá deja que haga lo que quiera. Es en estas reuniones cuando uno se da cuenta de la mierda que es; uno de mis primos cuenta cómo se aprovecha de los borrachos pendejos que pagan sin saber en el OXXO donde trabaja, otro le da un sermón de que robar es robar y no sé qué mamadas acerca del prójimo. Yo me río y como que me dan ganas de contarles lo que es ser de verdad un cabrón, como mi papá. Él es el verdadero chingón de la familia, todos le hacen la barba, nadie sabe que el dinero que tiene no es de los puestos de ropa, qué pendejos. Y si alguno se lo imagina se hace de la vista gorda para no meterse en pedos. Yo siento alivio ser hijo de alguien intocable. Hoy primero fuimos a misa, porque hace muchos siglos, Jesús el hijo de Dios, entró a Jerusalén muy humilde, en un pollino, y la gente lo recibió con palmas y con ramas para demostrarle su aceptación. Eso me dijeron cuando hice mi Catecismo, lo que no me explicaron es por qué esa misma gente lo mató después. Hasta lo torturaron para que todos supieran quién mandaba en el pueblo, así como cuando alguien de la banda nos traiciona o se nos sube a las barbas y el Cachos lo destaza y deja sus pedazos en algún puente o lugar de paso con un letrero amenazante, así nadie se vuelve a proclamar Rey de Reyes. La abuela nos avisa que ya está la comida y después de todo no vomito, la carne de humano sabe igual a la de cerdo; desangras el cuerpo, le quitas las vísceras, lo metes al cazo y te lo comes. Nada de resucitar al tercer día.

