Usted, (buen) hombre de apariencia incierta, curiosidad retorcida y tendencias paranoicas, que camina en un vecindario parecido al mío y ve santiguarse a los muchachos frente a la imagen de San Judas, patrón de las causas imposibles, y sospecha de su criminalidad, usted que es prejuicioso y a la vez incapaz de tirar la primera piedra, usted nos agrada.
Usted que piensa Bendito nuestro país rico en tradiciones y gente hospitalaria, mi casa es su casa y pásele a lo barrido, mi México de playas hermosas y envidiable gastronomía, de lengua me como un taco. Acá entre nos, fuereño, mejor ni venga; usted cerciórese de tener su Primera Dama.
Sus miedos y sus contradictorias posturas nos empatan, porque usted y yo compartimos ciertos síntomas de una fétida enfermedad que por desgracia no es pegadiza ni incurable; basta con ignorarla. Lo invitamos pues a la autoexploración y a que, antes de que se cure, nos ofrezca de su pus y colabore con nosotros.
Al fin tengo algo en la vida: La proyección de mis dientes desencajando las yugulares de mis contemporáneos creyentes del arte por el arte, del aura y de la escritura cuneiforme, codificada, monomaniaca, o no sé qué mamadas sublimes o "irreverentes" del mundo moderno, pos-moderno y últimamente vintage.