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«Cowboy Henk»

Fabián Ríos

Cuando lo que se reproduce ya no sigue al original como punto de partida y la copia es de otra copia, el desgaste del copiado de segunda y tercera clase produce, en este caso, héroes amorfos dispuestos a morir por la distorsión de la que surgieron -Claro, es el único mundo que conocen, el mejor de los posibles y el único por el que vale la pena pelear-.  

El último de los héroes del cómic es necesariamente el defensor de la sociedad perfecta que el heroísmo moderno construyó con la sangre de los beneméritos Vengadores Ilustrados que de una vez por todas han derrotado todo mal en la tierra. La profecía ya estaba hecha, habíamos salido de nuestra minoría de edad para posteriormente vivir en la plenitud racional de un mundo funcional –y así fue-. Pero los héroes siguen surgiendo a pesar de la ilusión de completud de las sociedades funcionales, así lo dictan los arquetipos que la humanidad lleva consigo generación tras generación, es sólo que estás nuevas generaciones fueron  víctimas de la invención del progreso: “Cowboy Henk” es el héroe que nadie necesita, en una sociedad que lejos de ser apocalíptica, se jacta de su brillantes, y es por eso que Cowboy Henk se la pasa haciendo puras pendejadas.  

Pero claro está, el héroe desde siempre surge como expresión desbocada del espíritu humano, es decir, el héroe surge como individuación de la sociedad a la que protege y que de ninguna manera modificaría; él sólo mantiene el orden; la superación del sistema social ¡jamás! Es por eso que si el héroe Henk rescata a un pez que se ahoga en un río o se caga sobre un nido de pájaros para mantenerlos calientes, esto se da en la medida en que la sociedad ordenada que defiende gusta de planificar rescates bancarios en sociedades desalojadas o rosear de gas sarín a familias enteras en medio oriente.  

“Cowbow Henk”, el último héroe de comic, se desarrolla entonces en una contradicción: por un lado la sociedad ha sido salvada, pues llegó al fin a su estado ideal en donde todo es posible para el transeúnte despistado que llega a su casa quien sabe cómo en un sistema que sin saberlo funciona por medio del más protegido de los secretos. Por otro lado, la sociedad ideal que el héroe en guerra ganó es la misma sociedad que combatía, sólo que ahora el orden, tanto de la justicia como el de la injusticia, está garantizado en una sola balanza que excluye todo heroísmo en pro de un mecanicismo rechinante que no termina de descomponerse. La contradicción está en que a pesar de que la perfecta sociedad ha llegado, ésta es perfecta gracias a que sus errores -hambre, violencia, crimen, miseria, peces ahogándose, mierda en el zapato de Henk, injusticia y más mierda en el zapato de Henk- se han integrado dentro de la propia lógica que asegura su funcionalidad.  

Con el torso de un héroe griego, “Cowboy Henk” dice ser surrealismo para las masas, suponiendo que esto sea cierto, “Cowboy Henk” cumple con las exigencias ideológicas de hoy en día, ya no es la internalización de contingencias externas lo que  procura la identificación del héroe del comic con su entorno, es decir, ya no es Supermán saliendo de la cabina telefónica haciéndose el humano en sus ratos libres y viviendo como Clark Kent en la más opulenta de las sociedades quien salva  al mundo; ahora, bien diseñados desde la cuna, es la externalización de necesidades internas lo que desencadena al Prometeo cultural del temprano siglo XXI, es la estupidez y torpeza de Clark Kent la que se muestra con súper poderes, ya sin cabina telefónica, por lo que aquel supuesto surrealismo no es más que un sueño lúcido en donde se encuentran en común acuerdo el inconsciente con el status quo de la masa que desea lo mismo que desearía en vigilia.  

Creado por  Kamagurka y Herr Seele, dos tipos de Bélgica, “Cowboy Henk” existe desde 1981 con apariciones en diarios del país, adquiriendo popularidad desde sus impresiones en la revista HUMO. Recordándonos viñetas salidas de los dramas pop de Roy Lichtenstein, pero con puntitos aún más pequeños e imperceptibles, es como si éste hubiese tenido un vástago con las encantadoras cochinadas de John Kricfalus pero sin la pestilencia norteamericana que hacía de “Ren y Stimpy” algo único, muy al contrario, “Cowboy Henk” busca reflejar cierto carisma y pulcritud, hasta el absurdo, explicando el muy alto y rubio copete que carga en un escenario del American way of life.

En resumen “Cowboy Henk”, no tiene nada que salvar, su creador parece que muere de cáncer –en serio, véanlo-, y está hecho con mucho pop como para ser querido por un público que detesta el “mainstream”. Aun así, resulta alentador saber que el sistema se sabe en su barbarie (aunque también sepa cómo administrarla).  

Non servus temporis

Marte

Hace poco me pregunté por qué me sentía incómodo al volver a caminar por mi edificio de la Universidad y ver a los polluelos entrar a las clases que yo tomé; no sólo es ver sus sonrisas y ganas de comerse al mundo, es que hasta la piel les brilla. Y estuve frente a ellos, a mis 24 años, pensando en arrugas prematuras, ojeras de borracho, y libretas de ideas en blanco. Descubrí que los escritores de ficción que incluyen viajes en el tiempo, cambios de cuerpo, y rollos mágicos, es porque en el fondo sus vidas son tan mediocres que quisieran tener el poder de cambiarlas, de preferencia sin esfuerzo, con una maravilla fácil, y lo proyectan en sus tramas.
 
Una vez vi en un documental una montaña de hielo quebrándose y hundiéndose, y supe que esa es la mejor imagen para representar el tiempo. Éste lleva una dirección, siempre es la misma. Querer tener una hora más para terminar un pendiente es como pretender que el bloque de hielo se quede suspendido a medio trayecto, o peor aún, que emerja del agua helada para incorporarse a la montaña y vuelva a desplomarse sólo hasta que estemos listos. La montaña de hielo se deshace en el punto que debe deshacerse dentro de la historia del universo (Ok, consulté con un amigo científico y dice que no puedo afirmar la imposibilidad de que el tiempo se revierta, que es una cosa debatible muy cabrona que ni Stephen Hawking puede determinar, pero ahondar no viene al caso).

Entonces me pregunté por qué a tanta gente nos deprime que se vaya haciendo tarde… Quizá sean patéticas, pero son muy reales las crisis de la edad: De los 20’s, “cuando pasas de los 25 te quieres matar”. La crisis de los 30’s, “cuando cruzas los 30’s volteas y ves que no eres todo lo que habías pensado que serías para los 30’s. La de los 40’s >>> Belleza Americana, es una película muy bonita –no, no haré una reseñita, véanla y se sabrá el motivo de la mención­. Como alguna vez oí en el radio, “si llegas a los 40 años y no la has hecho, ya no la vas a hacer”.

De los 50’s qué decir, los del último tren. La única soltera feliz a esa edad es Samantha Jones; y o cosechas triunfos en tu vida, o mínimo en la de tus hijos; de lo contrario eres un pobre diablo. Incluso los 15 años pueden llegar a tener su crisis, pero esos cambios son más agradables, pues duelen pero gustan: adaptarse al nuevo yo. En cambio las crisis anteriores, duelen pero duelen: adaptarse al caduco yo.

Uno puede poner atención a esto, que a fin de cuentas es lo que se ve y es medible (calendarios, relojes, tallas), y experimentar cada una de las crisis; o, por el contrario, puede estar ocupado en otras cosas sin pensar en ello, sin que importe -­no creo que José Saramago haya pensado mucho en sus ojeras o en su calvicie­-.

No se siente vergüenza ante la servidumbre. Un Señor puede mirar a los ojos y sin parpadear a los esclavos; ellos son quienes han de bajar la mirada cuando el Señor les dé órdenes. El Tiempo no puede ser tu Señor, cuando él es el amo no tiene piedad, puede maltratarte moral y físicamente; el tiempo nunca te paga, te cobra; es un jefe explotador que no te da vacaciones, ni hora de comida, y ciertamente no te deja salir con tus amigos, pues cuando sales con ellos no te deja en paz, telepáticamente tortura tu mente, pisa fuerte para que lo escuches pasar; es tiempo libre que nada tiene de libertad, no puedes disfrutarlo pues tu dictador te hace pensar que es tiempo muerto, y que tienes pendientes que no has atendido por estar en Facebook, que no mereces estar ahí. Las vacaciones no saben a vacaciones, no se puede descansar de descansar.

Si nos permitimos ser esclavos del tiempo, si sus años hacen con nosotros lo que desean, sentiremos humillación al mirarlo a los ojos, nos arrodillaremos ante un calendario y él nos pisará; sentiremos la nostalgia de los recuerdos, lamentaremos que nuestra piel ha perdido turgencia y radiación. Por el contrario, si desde jóvenes nos sublevamos, ¿por qué entonces sentir con pesar, que ya tenemos más años, si hemos hecho con el tiempo lo que hemos querido, si lo hemos usado como a un esclavo para favorecernos a nosotros mismos, si es un siervo del que hemos sacado provecho? Los individuos que han sabido ser amos sienten orgullo de sus años.

El golpe de estado que debemos dar no es al PRI, es a ese tirano llamado Tiempo, hagamos una revolución, la más importante, la Revolución Individual; esclavicemos al Tiempo, al Espacio y al Universo, robemos el trono.

El tiempo que invirtamos en el reinado propio es lo único que puede darnos satisfacción total; si otorgas tu energía a una causa que no lleva tu nombre, sea tu artista favorito, el partido político con el que simpatizas, una marca de ropa, México, etc., nunca serás Rey. El país no te hará grande, uno le vale verga al país, el país no nos hace, nosotros hacemos al país. Hay que dominar al tiempo para trabajar en una obra, y no por el país, sino por uno mismo. Siendo grande tú, puedes si quieres beneficiar a otros con tu grandeza, hasta a los desnutridos, hasta a México.

Llegará un momento final en el que México, después de haberte ignorado, diga “¡Ay sí, aquí está mi hijo predilecto!”, ¿pero por qué lo dirá? Porque habrás sabido dominar al Tiempo, y habrás trabajado en tu nombre. Tú tomarás el reconocimiento, responderás que siempre tuviste un ideal, que siempre quisiste beneficiar a la sociedad con tu pasión; sonreirás con un pensamiento “chinga tu madre, México, lo hice por mí, pero pues sí, date, di que fuiste mi cuna”. Nada más sincero, ¿o creen que hay mucha sinceridad en los spots? "Ay sí, gané en tal festival, y cuando gano en cine, gana todo México, gracias Felipe Calderón”. La gloria es personal. Jajaja.

Dear Alice

Fabián Ríos

Es importante caminar por las calles mirando todo lo que está en tu entorno como producto de la más sofisticada barbarie. Y no me refiero sólo a los vagabundos, porque se suele representar a la escoria citadina con estos sujetos –uno de ellos con la manía de sacarse el pene cuando ve niños rubios extasiados al ver el luminoso carrusel del centro­. Hablo más bien de aquellas mujeres que suelen caminar por la alameda y las calles de los aparadores clasificantes, como si tuvieran la certeza de ser ellas, cada una, las más dignas del reconocimiento de pedantes y mamilas chicas con lentes oscuros y cigarrillos Lucky Strike en los labios –¿Es lo que se fuma hoy en día, no?­ por el sólo hecho de sentirse medianamente deprimidas ante el malestar de que ningún hombre que conozcan en esta ciudad será como la foto de Julio Cortázar clavada en el fondo de escritorio de sus pantallas –con gato y todo­. Y es que para ellas, la suciedad es tan agradable como el más briago de los poemas de Bukowski, ¿Es esto barbarie o qué?

Digo, no es que estén llenas de tolerancia republicana hacía las manifestaciones exteriores de libertad de expresión o multiculturalismos o antisemitismos, lo que atrae de la barbarie a estas orgullosas lectoras son las migajas de cultura con las que construyen sus ideales. Ya no es la fantasía o el ensueño lo que las mueve a leer unas cuantas líneas de los escritores italianos, sino la certeza de que haciendo esto y manifestándolo con toda la carga de nostalgia posible se emanciparán de un mundo –de hombres­ inculto y vulgar. Por eso me gusta verlas borrachas y expulsando vómito del color de sus bebidas internacionales o llorando sin vergüenza con los tacones rotos, de alguna manera se ven más humanas, no por frágiles ni nada por el estilo, sino por feas.

Primeras damas todas aquellas que buscan a su príncipe azul; primeras damas todas las que voltean a ver la sonrisa del gato, las que en drogas creen estar persiguiendo al conejo blanco, el mismo que pone pastillitas en su bolso Cosmopolitan de Sex & the City y ellas fingiendo que en su bebida de T.V no hay nada más que burbujas. A mí me gustan las primeras damas, son las más divertidas en y para la industria, pero como leí por ahí: Sorry girl, you are not Alice and this is not wonderland.

¡Qué hermosa es la revolución, aún en su misma barbarie! Una aporía

Fabián Ríos

Las palabras del personaje revolucionario Solís de Mariano Azuela en Los de abajo son los sentimientos de un saqueador y asesino entregado por completo a ese momento sagrado llamado revolución (sagrado por mitificante, sagrado por originario); visto de esta manera, los caudillos que se encuentran encerrados en las páginas del escritor son poco menos que mártires, muchos de ellos santos soñadores de la causa justa (ellos inmersos en las cauces de la novela revolucionaria no lo saben, por supuesto), de los únicos buenos que ya muertos no tuvieron tiempo de corromperse; aunque aquEllos malos ya corrompidos tengan en su derrota la forma de lavar sus robos, asesinatos y violaciones. La revolución es su confesionario y su derrota, la forma de embellecer la barbarie de sus actos: que hermosa es pues la revolución, aún en su misma barbarie.

Recordemos aquella imagen en donde la revolución es personificada cual Venus: un tanto salvaje, un tanto provocadora, pero también un tanto maligna (metafísicamente hablando); detrás de esta mujer siempre está el miserable, el pobre hombre harapiento que la necesita más que nadie, que puede pasar por sobre todo derecho humano si la finalidad es la redención armada de su misma humanidad. El derecho mismo a su existencia es lo que lo impulsa a destruir toda materialidad que le presente un obstáculo para su feroz ingreso al mundo de la dignidad, esto es arrebatando lo digno del otro, asesinando al frágil “curro” afeminado ya por la ilustración, violando la pureza virginal de la hija del burgués o expropiando y hurtando hasta las cenizas la casa de la La mamma morta en donde se impartían la moralidad del señor en donde el siervo servía. Aquel miserable desea la revolución por un sentir que tiene que ver más con la lujuria que con la justicia; cualquiera pensaría que antes de tomar La Bastilla aquellos hombres preferirían arrojarse sobre los perfectos pechos de la libertad iluminados por las pinceladas de Delacroix. Para el caudillo revolucionario la lucha es su fetiche, su sola imagen, para ponerlo en palabras del Dr. Azuela, irrumpe como volcán en erupción, amantes de la revolución como amantes del volcán que irrumpe, al volcán porque es volcán y a la revolución porque es revolución.

Por supuesto siempre está el idealista encaminando el desenfreno revolucionario o el artista pintando y escribiendo versos sobre la barbarie de la guerra; la libertad iluminada y encabezando el claroscuro barroco, los miserables siempre en las sombras y los de abajo dolientes y rabiosos.Aunque detrás del ideal y el maquillaje con el que tanto añora el artista, está la violencia en su estado más prosaico. Con lo que se encuentra el médico letrado de Los de abajo no es con la idea del oprimido, tan panfletaria como el Marx de los intelectuales de las plazas ocupadas por la “prole”; con lo que se encuentra es con la brutalidad, con la forma más concreta de la revuelta, con el hedor mismo de la revolución del que la propaganda ilustrada se encarga de embellecer. Luis Cervantes, médico y periodista, hombre de letras, es puesto junto al estiércol húmedo y pestilente de los cerdos una noche antes de poder unirse a la tropa de Demetrio Macías.

Y es que la infantería de la revolución es ajena a una modernidad que no los favorece, la visión cosmopolita y progresista de los míticos ilustrados es de poca importancia para el caudillo, él está indignado, pero su indignación es más elemental, es por supuesto más una cuestión de vida o muerte que de justicia y progreso, y aunque para consolidarse sean necesarias ambas fuerzas, el hombre armado está aquí por la violencia, ése es su fetiche, violencia entendida como una ruptura en toda su brutalidad, la violencia que ejerce casi instintivamente en contra de su opresor, del cual apenas conoce su nombre, que ya luego el intelectual se encargara de legitimar por sobre sus tumbas. ¿Qué desea el revolucionario miserable? Él sufriente desearía el fin de su sufrimiento, pero no conoce las promesas teóricas por las que se ve luchando, ni las mieles de la victoria que la historia contará, ni la utopía que la revolución ilustrada le da, por lo que su lucha se devela como un instinto de muerte en donde para él no hay más que regocijo.

La visión de los de abajo está lejos de legitimarse por medio del siervo hegeliano, si bien confirma su existencia dejando atrás todo miedo a la muerte, este instinto metafísico de la nada no está consolidando su identidad, ellos fungen más en su imagen fantasmagórica, en la transparencia de su sola existencia con la que pueden reencarnar una y otra vez en las mentes de los intelectuales y locos artistas, y poetas que los cubren con las vestimentas de la gloria y la justicia social, ellos, como muertos incógnitos representan en realidad la angustia existencial del momento nihilista, la nada. Su verdadera existencia es indescriptible pero su vestimenta literaria, como función real del arte, nos acerca a lo inefable e inaprensible de su total libertad. Contradicción es que este momento desbordante se hace perdurar en las narraciones de los desertores que vivieron para contarla.

Mexicano lindo y querido

Ríos. A.

El chingón o el pelado solían ser identificativos de la personificación del mexicano como un ser al que se le podía describir según su forma de actuar ante las problemáticas de la vida cotidiana. Por una parte está aquél que se chinga a tu madre, ése que sustituye la figura del padre y que sólo le basta sentarse en el sillón grande para rascarse los huevitos, zapear al hijo (que es el hijo de la chingada) y nalguear a la madre a la que uno nunca se imagina mamando vergas del muy vergas cínico padre espurio que recarga su licor en el lomo de la jefecita santa ya cansada de tanto soportar, de tanto fregar pero también de tanto mamar. ¡Ay que chingón! Por otro lado está el pelado, el que se pela y el que huye porque se la pelan; entrón por naturaleza pero siempre anónimo entre la muchedumbre iracunda, seguro si alguien tira la primera piedra es este personaje, luego esconde la mano, luego se ríe y luego se va. Los dos por supuesto gritarán con alegría por su independencia.

Alguna vez leí en algún lado que el mexicano suele indignarse tanto por las injusticias cometidas como por la violencia generada por la lucha contra esas injusticias, ambas cosas le afectan por que se vive en la armónica tensión de estos polos; colapsa si le quitas la dignidad pero también, en todo caso, si se le intenta dignificar. Casi como hacer el llamado a una marcha en donde lo que se quiere es transitar libre y rápido en el automóvil cuya gasolina tanto cuesta. Pinches gringos por un lado, pero que Horror de Cuba dicen las señoras letradas y los estudiantes burros.

El punto es pertenecer a algo. Impotente en la masa escandalosa el individuo sólo puede experimentarse a sí mismo si esta mediado socialmente; es así como todos los quince del mes de septiembre es un imperativo social gritar aunque sea un ¡Viva México! Porque México no es igual a corrupción, porque México no falla, lo que fallan son las personas, porque México es siempre lindo y querido y tú, joven insolente debes gritar (ya sea ¡Viva! Ya sea ¡Gol!). Es de esta manera como un simple ¡Viva México! se equipara al simple grito de ¡Barrabás! con el que se crucifican carpinteros insolentes. ¡Barrabás, liberen a Barrabás! ¡México, que viva México! Como si México fuera México sin sus chingones y pelados (Por cierto que para pelados, Barrabás). 

Y por cierto que el grito es el mismo que el de Free Pussy Riot cuando lo que habría que gritar es Free your own mother´s pussy riot si es que el dicho éste de que el cambio empieza por uno mismo es verdad. Dice Zizek: Los parques hacen más soportables las prisiones para aquellos que no están presos. En este punto todos leemos el ¡No pasarán! desde nuestros parques. Y sigue Zizek (ya para finalizar y pelarme de aquí): Sin embargo, para la gente de temperamento libre, espontáneo, sereno y despreocupado, aquellos que consiguen extraer la libertad como privilegio de la falta de libertad, el lenguaje tiene un nombre apropiado: insolente. Y hasta con esto nos sentimos inevitablemente mal.