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Apuntes incompletos sobre el odio

II. Primera Fila

Por Erandy Corvel

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Cada fin de año en mi primaria
hacíamos un festival de clausura en el teatro Ferrocarrilero. Todos los grupos
sin excepción ensayábamos un bailable,  desde
un mes o dos antes del fin de ciclo escolar. El bailable lo elegían las
maestras según sus gustos, menos las de sexto; ahí tocaba vals.

Recuerdo una canción brasileña
que me daba pena bailar porque teníamos que mover los hombros y las caderas; la
sacrosanta maestra Lupita me presionaba a mí específicamente para que me
moviera con más sabor. ¿Y por qué a mí?, pues por ser chaparra y estar, pese a
mí, siempre en primera fila. ¿Cuántos
pequeños traumas forman un rasgo de la personalidad?

La maestra me empezó a tratar con
hostilidad a raíz de mi renuencia hacia su coreografía, incluso la subdirectora
me hizo pedirle disculpas. ¿Los adultos necesitarán que los niños les expliquen
las cosas que ni ellos mismos entienden, o más bien ignoran a propósito?

Para mí era sumamente necesario
no sentir más el rechazo, ni de las maestras ni de mis compañeras, que ya me estaban
haciendo el feo más de lo normal. Entonces le escribí una carta a miss Lupis y
la dejé oculta en su bolsa de mano. La hoja era azul cielo y le decoré una
florecita con pintura inflable. Al siguiente día ella fue un sol, toda
diminutivos y cariños. Jamás me volvió a regañar y yo salí en el bailable de
3er año, con canasta de frutas en la cabeza, falda de holanes, top verde limón
y sonrisa obligada.

Siempre la primera, justo hasta
adelante.

El vals no daba tanta pena
bailarlo, además de que cinco participaciones anuales de ese tipo me habían
adiestrado. ¡Y ya era la última!

No sé cómo me veía rumbo a la
fiesta de graduación, alguien sabrá los detalles. Supongo que la idea era verme
femenina. Sé de mi vestido porque aún lo tengo, junto al de mis tres años y el
de españolita que usé en el kínder. Es blanco con faja rosa, de una tela muy
bonita, con un adorno de rosas bicolores en la espalda. Lo que sí recuerdo es
que ya en el taxi mi mamá me quería pintar las pestañas, que de por sí ya eran
tormentosamente llamativas. No sé qué habrá pensado el taxista al vernos
manotear por el retrovisor, quizá le dio risa y llegó a contarle a su esposa.
“Qué barbaridad, y yo que les tengo que esconder mis pinturas a las niñas”,
habrá dicho ella.

Salí del auto con los ojos
hinchados del llanto y el rímel corrido. La maestra Yanet se me acercó a
ponerme un buhito de migajón en el pecho y me preguntó “¿con piquete?”.  Yo sinceramente quería que se refiriera a un
trago con alcohol y no al segurito para engancharme el recuerdo.

El amor y el bebé. Crónica de una maestra por accidente.

Erandy Corvel

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El cuento

Les leo el cuento del Sapo que no quería comer pero en dos minutos, como siempre, he perdido su atención. La retomo y la pierdo sucesivamente. Mateo juega con algo debajo de su banca y cuando pido que me lo entregue, resulta que son sus manos; ha formando una campanilla con el dedo anular y se entretiene penduleando. Adriana nota que en mi gafete tengo un peinado distinto y me grita que me veo re fea. Lupita llora.

– ¡Es que siempre le están diciendo Lupita la putita!- se adelanta Luis a contestar.  

-Les voy a dar una última oportunidad-, advierto con un tono de voz que sólo me sale cuando le doy órdenes a mi perro. Ese silencio seguido de la advertencia y mi estoica mirada que recorre aleatoriamente sus miraditas, me ha funcionado mucho tiempo y no lo saben: todas esas veces me siento aterrada de pronto. Como un mago principiante que teme fallar en el clásico truco del conejo.

Quién sabe qué hubiera pasado si de repente alguien se levantara de su sillita anaranjada para gritar

-No me interesa su oportunidad, maestra. De una vez sepa que la dejo perder. A ver, ¿qué me va a hacer?

Los equipos

Para la siguiente actividad los divido en dos grupos y les pido que le pongan nombre a su equipo. Deciden llamarlos “El bebé” y “El amor”. El arrastrar de bancas, los dibujos, las crayolas, la explicación que nunca sale como fue planeada, “mi equipo huele feo, maestra”, “Fernando me enseño el dedo de en medio, maestra”, “¡Elvira trae un piojo en el brazo, maestra!”; el legendario amor al prójimo, el futuro proactivo que les exigirán sus jefes, la ilusión o verdad de que algo están aprendiendo, el cachondeo que sucede entre el amor y el bebé.

La ronda de preguntas no ha sido decepcionante, después de todo; es el momento más feliz de mi día. Hasta Manolo ha contestado bien y su equipo lo felicita. Son tan listos. Seguramente los estoy subestimando y por eso saltan de sus bancas cada dos minutos como monos histéricos. Darwin estaría orgulloso de mi conjetura. Es hora de dar el siguiente paso.

-Dieciséis puntos para el equipo “El amor”, y- golpeo la banca con las yemas de los dedos para imitar redobles -diecinueve para “El bebé”. ¡Felicidades!

Gritos de alegría, abucheos, leroleros, y a mí qué me importa, los ganadores se abrazan todos menos a Elvira y la tragedia de los perdedores:

-¡Pero, maestra, el amor lo puede todo!