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Querido Ángel:

Erandy Crovel

El abuelo no ha parado de hacer preguntas
insensatas; me parece que sospecha de las vocales
retorcidas y de las lúbricas violetas. Ya veré yo la
manera de aderezar su tetera.

La buena noticia es que Adelina ya mudó los
dientes y el ratón le ha dejado regalitos bajo la
almohada: un par de monedas de chocolate, un libro de
Oliver Jeffers y un dildo entrenador.

Mi madre no se acostumbra a tu ausencia y come
todo el tiempo las cuencas de sus ojos (no las de
mamá, bobazo, me refiero a las de él). Yo la
compadezco y la miro con todo lo que tengo para
mirarla sin vergüenza: mis reojos. Ha cambiado las
colchas de tu cama pensando que se lo agradecerás no
cogiendo ahí conmigo. Como si un día fueras a volver
con tu túnica de sal, con tus pasos de carnero.

Ayer la descubrí mirando tu fotografía al lado
del rostro del abuelo. Él dormía, por supuesto, pero
la comparación no le pareció agradable y lo
desenchufó del oxígeno. Hice que no miraba para que
no insistiera en que soy una impertinente, pero otra
vez me delataron mis reojos. “No te precipites a
darle sus mariposas al abuelo, ésa es tu mejor virtud,
Erandy (si así se le puede llamar a tu constante
manía de hacer estambres con lo prohibido). Él te lo
agradecerá saboreando la desdicha de extrañarlas”,
dijo nuestra madre.

“Erandy”, ¿no suena estúpido? ¿Nunca has
sentido vergüenza al presentarme por mi nombre?
Todo el mundo me ha llamado así desde hace 27 años y
no había reparado en lo cruel de esa situación. Es
irremediable, Ángel, en mi tumba estará este nombre
con el que yo no me identifico.