Imelda Estela Cacique García
Lo que Marc Ferro denomina “lectura histórica de la película” sólo es posible dando a los “documentos fílmicos” el carácter documental, siendo el documento (en este caso histórico) el reflejo del pasado reciente como registros de su actualidad y como receptor-emisor de las ideas de la sociedad en que es realizada. Los filmes no son un producto aislado, más aún son la construcción colectiva de un equipo de primeros espectadores que están permeados por un contexto y un momento histórico determinado. Incluso las películas que no tienen la denominación o género de históricas aportan datos y elementos importantes para el estudio de determinado periodo histórico.

El cine refleja a la sociedad más fielmente que otras artes, casi por definición, por que se vale de la fotografía que registra la realidad sin alteración, por lo menos en un primer término técnico, aunque su mismo realizador no lo desee. Ya después, esta representación de la realidad está sujeta a la interpretación de quien observa y analiza. En este caso, el análisis que nos concierne es sobre el registro cinematográfico de los melodramas de aquel héroe trágico que generó el “milagro mexicano” (finales de los años 30´s a los 50´s). LA EPOCA DE ORO Y LOS MELODRAMAS La época de oro del cine mexicano se ubica en la presupuesta última etapa de la interminable revolución mexicana; en el momento en el que la modernidad ya está instalada en el México de esos años y el progreso es la etapa lógica del ideal nacionalista construido en ese entonces (y perdido hoy en día). En palabras de Carlos Bonfil opinando sobre el cine de esa época, el cine:
“Es una escuela de la sensibilidad que sólo admite la entrega absoluta. El cine norma las conductas colectivas, las modas en el vestir, el repertorio de gestos y ademanes del pueblo, las virtudes camaleónicas del lenguaje. Por el cine el espectador capitalino cree descubrir una ciudad diferente, engrandecida, poblada de gangsters y mujeres fatales: una ciudad tentacular, fascinante, peligrosamente moderna, cuyo ritmo frenético derriba tradiciones morales, certidumbres existenciales y las normas de decoro más inalcanzables en medio de una tormenta”
“Es una escuela de la sensibilidad que sólo admite la entrega absoluta. El cine norma las conductas colectivas, las modas en el vestir, el repertorio de gestos y ademanes del pueblo, las virtudes camaleónicas del lenguaje. Por el cine el espectador capitalino cree descubrir una ciudad diferente, engrandecida, poblada de gangsters y mujeres fatales: una ciudad tentacular, fascinante, peligrosamente moderna, cuyo ritmo frenético derriba tradiciones morales, certidumbres existenciales y las normas de decoro más inalcanzables en medio de una tormenta”
“Algo revelan estas películas de mujeres prisioneras del fango y redimibles por su misteriosa pureza interior: el cine de la época vive la contradicción de fustigar el vicio con discursos moralistas decimonónicos y ceder, al mismo tiempo, a la exaltación del rostro a menudo gozoso de la pecadora”.
Los personajes femeninos son representados como la encarnación del pecado, la lascivia, lo erótico y sensual; pero también como la redención y el cambio de actitud moral. LAS RUMBERAS. EFIGES DEL DESEO DE LAS MASAS El melodrama siempre guarda la misma estructura o temática que habla de la migración provincia-ciudad en el imaginario de sociedad de esa época: inicia siempre en zonas tropicales o de costa, la protagonista se entrega a un amante que la deja mancillada y que en su afán por evitar habladurías se va de su pueblo en busca de un nuevo porvenir dirigiéndose a la “deslumbrante” ciudad de México. Ya en la ciudad la soledad es inevitable, nunca falta quien la ayude ofreciéndole vivienda en alguna vecindad y que por falta de trabajo se ve obligada a ser prostituida o adopta el papel de bailarina de rumba, ya que es común que este protagónico femenino tenga habilidades para el canto y la danza buscándose el repudio de los sectores anacrónicos para luego ser reivindicada por la virtud de una modernidad ambivalente que se juega entre viejos y nuevos valores.
“El personaje de la prostituta comienza e exhibir las contradicciones de la moral tradicional, poniendo en primer plano los temas del adulterio y el divorcio…el público responde a las insinuaciones de esos rostros femeninos que los close-ups magnifican y ensalzan, a los gestos procaces, a la ponzoña del candor fingido, o al meneíto de caderas que en cada rumba sacude certidumbres sin que al espectador le importe demasiado el horizonte de fatalidad que la predica moralista reserva a las ovejas descarriadas”.
Lo importante en el contexto de la rumba y el cine, y lo que este texto pretende es reflexionar sobre el porqué de esta ebullición de la sensualidad femenina y es que en esta época se inicia la tendencia de usar a la mujer como símbolo sexual y su imagen es, y encarna, los deseos de los hombres modernos y el parámetro de las mujeres en la búsqueda la nueva belleza publicitaria, siendo así un medio de sublimación y entretenimiento.

Tal como menciona Monsiváis: “la anti-heroína, es salvajemente atractiva, veleidosa, proclive al sacrificio, y, al hora de la rumba, teatral y monumental…, encarna los deseos del publico de ver lo sexual prohibido. La pantalla exalta las pasiones de los espectadores…una por una la rumbera escenifica las etapas del apremio sexual y hasta culminar bélicamente en el coito de una sola persona” La lección moral de reivindicación que es característica de estas películas se pierde de vista al ser lo más importante el deseo de ver lo prohibido en pantalla, como ya mencioné, los documentos fílmicos nos permiten ver algunos aspectos de la sociedad del tiempo que plasman y en el que están hechos. Así los melodramas no sólo son un medio de diversión y entretenimiento para el público sino que también retratan los cambios en la censura del placer en estos años en los que el país se construía como una nación libre y laica. En la realidad la proliferación de cabarets y prostíbulos de 1935 a 1945, aproximadamente, es una realidad, estos centros nocturnos (la mayoría administrados por extranjeros y accionistas norteamericanos con sus ideas vanguardistas de entretenimiento nocturno) surgen como respuesta ideológica del Estado a las necesidades de las diversiones de la población. El cine que retrataba esta realidad entraña la fiesta nocturna en los personajes de la ciudad; abre paso a lo que después conoceríamos como cine de “ficheras” e inmortaliza a los íconos de la sensualidad del entretenimiento mexicano en un intento de quitar de la mentalidad del mexicano la efigie derrotista a través del erotismo como virtud.
