Un escritor, maravillado por las aventuras literarias, decidió crear un día dos personajes fascinantes: un famoso pirata de la gran mar, conocido por su valentía y crueldad, y un narco temido y avaricioso del norte del continente. Con ellos habría de hacerse una gran historia, llena de sangre, muerte, dolor y aventuras. Con tal empeño lo hizo que un día amaneció con el tiro de gracia dentro de su tina llena de agua.
Había pedido a Satán los tres deseos que tanto soñó en su vida: poseer una enorme riqueza, ser un hombre afortunado en amores y tener una personalidad encantadora. Justo en el último segundo de pronunciar su último deseo, Pascual Ramírez se vio como el narcotraficante más rico del mundo. Su varonil figura se reflejaba en la pequeña ventana que tenía frente a él. Complacido, una sonrisa, que aún lo hacía más encantador, le iluminó el rostro. Esto desconcertó a los que estaban junto a él. No entendían cómo es que sonreía atado a la silla eléctrica.
Al fin tengo algo en la vida: La proyección de mis dientes desencajando las yugulares de mis contemporáneos creyentes del arte por el arte, del aura y de la escritura cuneiforme, codificada, monomaniaca, o no sé qué mamadas sublimes o "irreverentes" del mundo moderno, pos-moderno y últimamente vintage.