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La segunda venida

Sergio Miraflor

Ana se ajustó dulcemente los tirantes del brasiér y repartió de la forma más estilizada su cuerpo tibio en el sofá. En la espera activa de que por fin, su visión habitual atravesara la entrada del departamento, sus largos dedos con uñas decoradas a la francesa, brillaban como las chispas de un cuchillo afilándose, al resbalar por su clítoris. Una irrigación rosácea le correspondió, además del calor desesperado que le advertía bajar el ritmo para no traspasar el umbral antes de que llegara Ella.

Ella la encontró al punto, como quien mantiene el equilibrio con un solo pie, sostenida en el límite para no dejarse caer al cielo con autonomía. Le despegó los muslos como gajos de naranja y justo en el vértice, recogió con elegancia cada gota de zumo que pudo asir con la punta de su lengua, mientras sus dedos descubrían texturas internas.

Ana nunca abrió los ojos con tal de que todo fuera a su manera, y tan puntual lo logró, que cuando él quizo penetrarla, ya había salido de aquella alucinación. Entonces gimió fuerte con el fin de acelerar la eyaculación de su marido. Pensó que los niños pronto vendrían del colegio y no era obligación de la niñera presenciar semejante escena.

Se abrió de nuevo la puerta: naturalmente era Ella.

Tip de belleza # 42: No exageres con el maquillaje.

Sergio Miraflor

Recuerda que una dama no abusa de su facilidad de hacer llamativo lo insulso, ni evidente lo grotesco. Si eres muy fea para tomar el consejo anterior, entonces exagera, pero alega que tu apariencia carnavalesca obedece a una estética callejera poco convencional

Venancio

Sergio Miraflor

Él era mi amigo y les aseguro que yo lo quería, aunque fuera bobo, aunque fuera gallego, aunque fuera un lugar común. No comprendía los chistes que se hacían en su nombre, estaba complacido con la popularidad, era el hombre más feliz. Un día me decidí a explicarle que todos lo tomaban de tonto y que era el arquetipo de estupidez. Me llevó tiempo que comprendiera, pero al final lo logré y él se suicidó en pro de lo sublime.