Benjamín García
Semiósfera callejera 1 Yo vengo de la calle. Cuando tenía 8 o 9 años, desperté por la mañana, no vi a mi madre. Mi hermana y yo estuvimos solos y hambrientos hasta el anochecer. Cuando mamá llegó, traía jamón, huevo y un litro de pepsi. Carecía de empleo. En el 82, Miguel de la Madrid había abierto la puerta al neoliberalismo, el poder adquisitivo de los obreros iba siendo erosionado. Le pregunté dónde había conseguido dinero. Su mirada fue astuta, turbia: Tengo mis secretos. Días más tarde me inquirió sobre si realmente quería saber: Sí, respondí de inmediato. Encargó a mi pequeña hermana con la vecina y nos fuimos. Pasamos la tarde de puerta en puerta: Una moneda para hacerle una misa de limosna a mi esposo muerto, decía ella; para mi papá muerto, decía yo. Nos iba bien, la primera Navidad que pedí dinero, pude comprar la colección de figuras de acción de He-Man. Mamá no me pedía ni un peso de lo que yo obtenía. Era una época sin narco violencia ni ultra pederastia. Ella escogía un lado de la acera y yo el otro. Nos buscábamos después. A veces competíamos a ver quién juntaba más dinero. Por al menos 10 o 18 años nos mantuvimos así. Amaba la calle, ¿qué niño no? Como pocos, conocí el Estado de México y a sus habitantes, aunque fuera sólo por unos momentos, porque la calle es el otro, así conocí a los demás. Veía el atardecer reflejarse en las ventanas de los edificios, veía los últimos rayos del día a través de los vitrales de las iglesias trianguladas (de ahí nació mi afición por visitar dichos recintos) y modernas que poblaban y pueblan zonas como Víveros de Asís, Ciudad Satélite y algunas zonas del DF. Mamá y Alfredo (el papá de mi hermana) peleaban. Como él era muy obsesivo, ella decidía huir a otro estado. Caminamos las calles de Aguascalientes, Monterrey, Puebla, Guanajuato, Puerto Vallarta, Michoacán… En ningún lugar nos querían, en Puerto Vallarta mi mamá nos dejó (a mí y a mi hermana) en un parque y se fue a buscar trabajo. La gente del lugar, tajantemente le afirmaba: Nooo, ¡aquí queremos turistas, no gente que se venga a vivir aquí! Mejor regrésese. En Monterrey nos fue mal. Al final no traíamos ni dinero para regresar al Estado de México, a Tlalnepantla. El cóquer spaniel que nos acompañaba, se lo vendimos a un tipo para obtener algunas monedas. Así llegamos a Puebla. Nuevamente pedimos dinero para comprar los boletos al Estado. La vida es lo que es. Y uno no sabe nunca qué es. Dice Henry Fayol que el sujeto “poetiza” la ciudad porque la ha rehecho para su propio uso. Y eso hacíamos mi madre y yo, convertirla no en un trabajo ni en una oficia, sino en hermosos atardeceres que nos llenaban el bolsillo con monedas que nos permitirían comer pan. Aunque mamá siempre me advirtió que no debía contarle a los demás para evitar burlas, jamás me avergoncé de ser un lismonero, a final de cuentas es tan sólo una forma de transacción. Mi vida en la calle continuó como gamer: Lo peor es perder la vida. Justo cuando se acabó el dinero. En la pantalla aparece un escandaloso y burlón “Game Over”. En consolas como Sega y Nintendo había “continues”: la posibilidad de resucitar y terminar con los enemigos. En X Box y Play Station la muerte ya no es un problema, sólo guardar paciencia y reintentar la misión hasta lograrlo. Inicié mi afición como a los diez años. Por la calle había locales de videojuegos, en México los conocíamos como “maquinitas”. Un día llegaron visitas a casa, parecía que el tema era grave, mi madre cogió unas monedas y me solicitó ir a las “maquinitas”. Nunca había jugado. Moon Patrol, un juego de Atari, mi primer reto. Una especie de vehículo robot debía avanzar por el suelo marciano. Luego Popeye, Yie-ar-kung-fu, P.O.W., Double Dragon, Robocop. Un niño solitario como yo al fin había encontrado un refugio, un otro mundo donde me sentía a gusto, donde era el héroe y donde la muerte se superaba con otra ficha. Estudiaba computación antes del imperio de Bill Gates, cuando llegó a México Street Figther II, un revolucionario juego que involucraba 6 botones y la posibilidad de armar diferentes estrategias, por parecido que fuera, nadie jugaba de la misma forma. Además, podías escoger entre 8 personajes, cada uno con golpes, patadas y estrategias propias. La cosa no paraba ahí, podías retar o ser retado, de hecho el juego como historia importaba poco, era la famosa “reta” la que nos impulsaba a jugar y jugar y jugar. No volví a entrar a las clases de computación. Cuando volví a tocar una computadora ya nadie usaba el sistema operativo, apareció una cosa que llamaban windows y de la que yo no entendía nada, ni me importaba. Mis cogeneracionales y yo estábamos enfrascados en una lucha karateca, el futuro se nos había agotado, ya no había sueños revolucionarios y no aspirábamos sino a pasarlo bien. Aunque de vez en cuando nos liábamos a golpes, tanto pacifismo y romanticismo ñoño de los 80, nos había convertido en chavos ligth, preferíamos externar nuestras ansias tanáticas en aquellas retas. Al principio yo era muy malo, pasaba la ficha por la ranura, presionaba “start” y me daban en la madre. Gasté mucho antes de aprender a manejar a Ken y su famosa “cachetada”, pero una vez que la aprendí fui casi invencible. Iba con mis amigos, Javier Gamboa y Víctor Guerrero, Warra, a enfrentar batallas. Pasé mi adolescencia propinando karatazos electrónicos y caminando. Caminar es recorrer la vida por sus veredas más sensuales. Tomar la calle. Recuperarla. Habitarla. De la calle al corazón y del corazón a la existencia. La calle. Da temor. El lugar que temo por considerarlo mi no lugar. El sitio de los otros. Apenas vemos un poco mejor, descubrimos nuestra carencia de sitio, la ausencia de castillo. Vamos entonces a la calle. Nos volvemos calle, con callejones y arterias, avenidas, barrios, plazoletas, niños jugando fútbol, prostitutas decadentes. La casa engaña, nos hace pensar que estamos in utero, protegidos y alimentados. Nos resguardamos tras de 4 paredes. Un buen día tiembla y se cae nuestro edificio… o la bolsa de valores: nos quedamos en la calle, donde siempre estuvimos desde que nacimos. Una vez salidos del útero, jamás volvemos, estaremos fuera hasta la muerte.