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También eran miserables

Erick García

Para Javier Duarte

Hoy sólo quedan unos cuantos restaurantes, pero son muy caros. Lamentablemente, la mejor comida la venden en esos cochinos lugares. Antes todo era más fácil. La Gran Guerra no tuvo piedad con nadie. Aunque si lo pienso bien, poco ha cambiado.

Continuaba con mis devaneos cuando un grito me distrajo: “¡Tráiganme más comida!, ¡hijos de la chingada!”. La brusquedad de esas palabras me hizo pensar que era un narco o un político. Lo miré. Su tremenda obesidad confirmaba mis sospechas (ya hay pocos gordos). Una protuberancia de pliegues de piel coronaba su nuca y sus hombros. Todo el cuerpo era desproporcionado, pero su cabeza ganaría un premio a lo deforme; la movía para hacer señales de aprobación a los meseros, así evitó usar sus manos ocupadas en acarrear pequeños bocados a la enorme boca.

En el momento que vi a su acompañante se desbordó mi envidia, pues era todo lo contrario a él: esbelta, hermosa y nunca despegó sus labios (polos opuestos se atraen. Así es de aberrante la naturaleza). No se puede luchar contra los caprichos del caos que gobiernan nuestra especie. ¡Quién fue el idiota que dijo eso de: “La naturaleza es sabia”!

Debo admitirlo, si bien él engullía sin parar, se esforzaba por no perder el estilo. No sería coherente en alguien que come como animal usar un traje tan costoso. Sus modales eran estudiados (lo noté en la manera sutil de frotar la servilleta contra sus labios). No obstante, para mí era de los que huelen a escondidas la ropa interior de su vecina.

Al término del atracón, brillaba en su rostro la satisfacción de ésos que han cogido o se los han cogido hasta el hastío. El gozo se le notaba en la quietud de su cuerpo, de por sí lento. Unos segundos después, quedó absorto, vacío y laxo, como yo. Algo lo llevó de un tirón a la amargura. Me contenté al suponer que también era miserable.

Después de unos minutos, despertó del sopor. Como un cerdo encabritado se