Testaverde
Escucha… ¿puedes oírlo?… es el vacío que llena el cuarto zumbando en tus orejas, metiendo en tus oídos sus dedos como dos gusanos que escarban hasta llegar a tu cerebro; es tan violento el rechinar de tus dientes que desde aquí puedo escucharlo. Esa agitación que sientes no es frío bajando por tu espina, es tu mano trémula; detente, no dejes de respirar, abre los ojos. La luz de la lámpara carcome tu retina, sólo necesitas estirar tu brazo y apagarla; aun así el cielo nocturno resplandece, la luz llueve por las ventanas, las paredes mismas escupen esquinas brillantes; cierra los ojos, no dejes de respirar. Bien te lo dijo el médico: pasar en vela tres noches a la semana puede matarte, sobre todo si sólo duermes cuatro horas de las otras cuatro noches. Querías vivir del rock pero tu soberbia y el mundo jodido al que te tocó llegar hundieron tu barco miserablemente hasta este cuartucho; trasnochando los fines de semana en fiestas y eventos, malgastando las seis cuerdas de tu orgulloso bajo en malas imitaciones de la Banda Limón para poder darles de comer a tu mujer y a tu hijo, trabajando el resto de la semana hasta entrada la noche en componer y grabar canciones que nadie ha escuchado nunca. ¿A quién le interesa ver a un carcamal tocando música de carcamales? Sólo los locos escuchan rock progresivo. Abre los ojos. Ahora que la noche es la noche otra vez, puedes andar a tientas por el cuarto. El arrastrar de tus pies descalzos alivia el silencio asfixiante, mas no la ansiedad; falta el ladrido del perro, la sirena ocasional, el tráiler cimbrando el pavimento. Sales a la banqueta, arriba ves el cielo negro ausente de luna, abajo las casitas con sus ventanas oscuras formando un cuadro alrededor de algunos coches viejos, caminas lentamente hasta una de las esquinas para adentrarte en el andador estrecho; no hay ningún gato pardo, oculto entre los arbustillos apretados a las paredes, que salte con el rechinar de la pesada puerta de aluminio cuando la abres para salir a la calle. Tu sombra aparece y desaparece bajo tus pies con cada parpadeo del farol; quieres saber la hora pero tu reloj ha perdido las manecillas, así que das vuelta a la calle y llegas a la avenida. No hay un alma en la calle, sólo los autos parados en la vía como si sus choferes se hubieran evaporado y no quedara nadie para conducirlos; caminas entre ellos, te asomas por sus ventanillas, están vacíos, con las llaves pegadas. Entras en uno para sintonizar la radio pero estación tras estación tras estación es todo estática y cacofonía; sigues andando. Las paradas del metro también están abandonadas, no hay palomas que vuelen y se acurruquen en sus techos, los trenes están con las puertas abiertas de par en par o detenidos en mitad de su trayecto. Y sigues vagando bajo la noche negra. Tus pisadas hacen eco en las ventanas de las casas vacías, son pasos de gigante resonando primero en esta calle, después en la otra; como si tus pasos ya no fuera el sonido de tus pasos si no de los de alguien más caminando por la calle perpendicular; y volteas en cada esquina esperando encontrarte con el dueño de esos pasos pero no hay nadie, solo tú, yendo a ciegas por la calle, siguiendo tu propio eco. En una de esas esquinas, al fondo de una calle angosta y oscura, ves una silueta dar la vuelta en la esquina, por un segundo pareció mirarte fijamente, justo antes de perderse tras el muro; corres con frenesí hacia aquel hombre (seguro era un hombre, piensas) dando alaridos, pero al dar la vuelta a la esquina lo ves alejarse indiferente a tus llamados. En efecto, puedo escucharte, pero no me detengo, no todavía. Me deleito escuchando tu corazón desbocado, retumbando más afanoso y con más fuerza que tus pies sobre la banqueta acercándose a mí. Jadeas y te apoyas sobre tus rodillas, yo paro, acorralado en un rincón oscuro del callejón, volteo y camino hacia la luz miserable que alumbra la entrada de una casucha, revelándome. Palideces cual cadáver, tus ojos se quiebran de angustia al ver que este rostro que tienes enfrente es el tuyo; la misma estatura, la tuya; el mismo cabello cano, el tuyo; la misma nariz ancha, la misma frente pronunciada. Buscas en mis ojos y encuentras tus ojos derramando cólera, pelando los dientes y echando espuma por la boca; te das cuenta entonces que el zumbido en tu cerebro se ha vuelto insoportable. Trastornado, consumido por el vértigo, hecho un animal furioso te lanzas de cabeza contra el espejo; pero no me quiebro, te recibo disparando mis puños en tu rostro, mi rostro. Nos trenzamos en voraz combate arrancando cabellos, tumbando dientes, quebrando huesos, mutilando. ¿Crees acaso que habrá algún vencedor al final de esta lucha? ¿Crees que podrás erguirte airoso tras desgarrar con la punta del pie tus entrañas y vomitar tanta sangre? ¿O será que podré ufanarme de sentir mi cabeza estrujada bajo el peso de mi pie? Atrapado en este remolino, condenado a morir por la propia mano.
