
Tirando caldo, caldo de perro, del perro que no come perro, pero le dan miedo los gatos si vienen de tres en tres.
Ni Que Fuera Un Mosntruo

Tirando caldo, caldo de perro, del perro que no come perro, pero le dan miedo los gatos si vienen de tres en tres.
Ni Que Fuera Un Mosntruo

El sueño de Black Label
Erick García
¿Ella era una botella? o ¿era una anciana? no lo recuerdo, quizá sólo era una anciana que soñaba ser una botella, o una botella que soñaba ser un anciana.

Sólo empezaron a respetarle desde aquella funesta vez, que no tuvo un pensamiento catastrófico fallido. ¿Quién le hubiera imaginado un final con el rigor de un principio, a esa alma con la furia desperdigada a ratos?
Erandy Corvel
Arcano

Amigo, has muerto. Tu familia te busca en un repertorio de imágenes virtuales, tratando de asir en secreto tus cabellos ondulados con sus dedos y de perdonarse a sí mismos el último disgusto que te causaron. De perdonarte que hayas muerto. Quieren pedirte ayuda para su propósito, que los veas tristes llorando frente a la pantalla, rasgándose la ropa, y así hacerte volver. Tu facebook es un vicario donde regresan a la línea endeble a verte fijo, indefinido. (Quizás si se concentran… quizás). Tus comentarios tienen tu voz y tu risa en interjecciones revive todo lo que para ellos eres mientras Mark Zuckerberg lo permita.
Benjamín García
Semiósfera callejera 1 Yo vengo de la calle. Cuando tenía 8 o 9 años, desperté por la mañana, no vi a mi madre. Mi hermana y yo estuvimos solos y hambrientos hasta el anochecer. Cuando mamá llegó, traía jamón, huevo y un litro de pepsi. Carecía de empleo. En el 82, Miguel de la Madrid había abierto la puerta al neoliberalismo, el poder adquisitivo de los obreros iba siendo erosionado. Le pregunté dónde había conseguido dinero. Su mirada fue astuta, turbia: Tengo mis secretos. Días más tarde me inquirió sobre si realmente quería saber: Sí, respondí de inmediato. Encargó a mi pequeña hermana con la vecina y nos fuimos. Pasamos la tarde de puerta en puerta: Una moneda para hacerle una misa de limosna a mi esposo muerto, decía ella; para mi papá muerto, decía yo. Nos iba bien, la primera Navidad que pedí dinero, pude comprar la colección de figuras de acción de He-Man. Mamá no me pedía ni un peso de lo que yo obtenía. Era una época sin narco violencia ni ultra pederastia. Ella escogía un lado de la acera y yo el otro. Nos buscábamos después. A veces competíamos a ver quién juntaba más dinero. Por al menos 10 o 18 años nos mantuvimos así. Amaba la calle, ¿qué niño no? Como pocos, conocí el Estado de México y a sus habitantes, aunque fuera sólo por unos momentos, porque la calle es el otro, así conocí a los demás. Veía el atardecer reflejarse en las ventanas de los edificios, veía los últimos rayos del día a través de los vitrales de las iglesias trianguladas (de ahí nació mi afición por visitar dichos recintos) y modernas que poblaban y pueblan zonas como Víveros de Asís, Ciudad Satélite y algunas zonas del DF. Mamá y Alfredo (el papá de mi hermana) peleaban. Como él era muy obsesivo, ella decidía huir a otro estado. Caminamos las calles de Aguascalientes, Monterrey, Puebla, Guanajuato, Puerto Vallarta, Michoacán… En ningún lugar nos querían, en Puerto Vallarta mi mamá nos dejó (a mí y a mi hermana) en un parque y se fue a buscar trabajo. La gente del lugar, tajantemente le afirmaba: Nooo, ¡aquí queremos turistas, no gente que se venga a vivir aquí! Mejor regrésese. En Monterrey nos fue mal. Al final no traíamos ni dinero para regresar al Estado de México, a Tlalnepantla. El cóquer spaniel que nos acompañaba, se lo vendimos a un tipo para obtener algunas monedas. Así llegamos a Puebla. Nuevamente pedimos dinero para comprar los boletos al Estado. La vida es lo que es. Y uno no sabe nunca qué es. Dice Henry Fayol que el sujeto “poetiza” la ciudad porque la ha rehecho para su propio uso. Y eso hacíamos mi madre y yo, convertirla no en un trabajo ni en una oficia, sino en hermosos atardeceres que nos llenaban el bolsillo con monedas que nos permitirían comer pan. Aunque mamá siempre me advirtió que no debía contarle a los demás para evitar burlas, jamás me avergoncé de ser un lismonero, a final de cuentas es tan sólo una forma de transacción. Mi vida en la calle continuó como gamer: Lo peor es perder la vida. Justo cuando se acabó el dinero. En la pantalla aparece un escandaloso y burlón “Game Over”. En consolas como Sega y Nintendo había “continues”: la posibilidad de resucitar y terminar con los enemigos. En X Box y Play Station la muerte ya no es un problema, sólo guardar paciencia y reintentar la misión hasta lograrlo. Inicié mi afición como a los diez años. Por la calle había locales de videojuegos, en México los conocíamos como “maquinitas”. Un día llegaron visitas a casa, parecía que el tema era grave, mi madre cogió unas monedas y me solicitó ir a las “maquinitas”. Nunca había jugado. Moon Patrol, un juego de Atari, mi primer reto. Una especie de vehículo robot debía avanzar por el suelo marciano. Luego Popeye, Yie-ar-kung-fu, P.O.W., Double Dragon, Robocop. Un niño solitario como yo al fin había encontrado un refugio, un otro mundo donde me sentía a gusto, donde era el héroe y donde la muerte se superaba con otra ficha. Estudiaba computación antes del imperio de Bill Gates, cuando llegó a México Street Figther II, un revolucionario juego que involucraba 6 botones y la posibilidad de armar diferentes estrategias, por parecido que fuera, nadie jugaba de la misma forma. Además, podías escoger entre 8 personajes, cada uno con golpes, patadas y estrategias propias. La cosa no paraba ahí, podías retar o ser retado, de hecho el juego como historia importaba poco, era la famosa “reta” la que nos impulsaba a jugar y jugar y jugar. No volví a entrar a las clases de computación. Cuando volví a tocar una computadora ya nadie usaba el sistema operativo, apareció una cosa que llamaban windows y de la que yo no entendía nada, ni me importaba. Mis cogeneracionales y yo estábamos enfrascados en una lucha karateca, el futuro se nos había agotado, ya no había sueños revolucionarios y no aspirábamos sino a pasarlo bien. Aunque de vez en cuando nos liábamos a golpes, tanto pacifismo y romanticismo ñoño de los 80, nos había convertido en chavos ligth, preferíamos externar nuestras ansias tanáticas en aquellas retas. Al principio yo era muy malo, pasaba la ficha por la ranura, presionaba “start” y me daban en la madre. Gasté mucho antes de aprender a manejar a Ken y su famosa “cachetada”, pero una vez que la aprendí fui casi invencible. Iba con mis amigos, Javier Gamboa y Víctor Guerrero, Warra, a enfrentar batallas. Pasé mi adolescencia propinando karatazos electrónicos y caminando. Caminar es recorrer la vida por sus veredas más sensuales. Tomar la calle. Recuperarla. Habitarla. De la calle al corazón y del corazón a la existencia. La calle. Da temor. El lugar que temo por considerarlo mi no lugar. El sitio de los otros. Apenas vemos un poco mejor, descubrimos nuestra carencia de sitio, la ausencia de castillo. Vamos entonces a la calle. Nos volvemos calle, con callejones y arterias, avenidas, barrios, plazoletas, niños jugando fútbol, prostitutas decadentes. La casa engaña, nos hace pensar que estamos in utero, protegidos y alimentados. Nos resguardamos tras de 4 paredes. Un buen día tiembla y se cae nuestro edificio… o la bolsa de valores: nos quedamos en la calle, donde siempre estuvimos desde que nacimos. Una vez salidos del útero, jamás volvemos, estaremos fuera hasta la muerte.
Erick García
La penumbra siempre protectora se vuelve meretriz dentro del Carajo. Hacía dos años que no visitaba ese bar a causa de sus botellas adulteradas, de sus baños inundados de orines, y principalmente porque las pocas mujeres que lo frecuentaban ya me las había tirado. Había pocas mujeres, pero esas pocas eran para todos, nunca hubo peleas por ellas, todos lo sabíamos y aceptábamos estoicos las veleidades de sus antojos. Aunque esa noche todo cambió. Después de muchas cervezas fui al baño otra vez. Al salir fui subiendo el cierre de mi pantalón mientras caminaba hacia la barra. Escuché a la rocola cantar una canción suave (me recordó que es remunerable escuchar blues cuando te coges a alguien). Donde nacía la música estaba ella, inclinada para mirar los títulos de las canciones que se había tragado aquella máquina. No hacía falta verla de frente después de verla de espaldas. Se asomaba una mariposa de tinta entre su blusa y sus mallas negras. Su cabello perecía un velo negro perfectamente cortado que acariciaba sus hombros descubiertos. Su cintura era el puente perfecto entre su culo-cielo y su espalda-purgatorio. Todos en el bar miraban sus nalgas, no los culpo. No se podían ignorar. Sabía que si no me dirigía a ella en ese momento poco tardaría en verla asediada. Pene en ristre camine hacia ella, por supuesto sin dejar de ver su redondo culo tallado en alto relieve, moldeado por la lujuria. El abrazo traidor de su pantaleta no lo podían disimular sus mallas. Era exquisita, si fuera comida sería un banquete. Un instinto canino me dominó, el mismo que obliga a montar a las perras que se desean sin antes invitarles una cerveza, sentí envidia de los perros, quise ser uno de ellos. Debí estar ya bastante ebrio porque me acerqué a ella con soltura y seguridad, primero busqué con mi boca su oído para vencer los decibeles que vomitaba la rocola. No recuerdo mucho de lo que conversamos, aunque dudo que habláramos de algo, supongo que habló el cuerpo, los ojos y nada más. Aparecen momentos en mis recuerdos como fotografías borrosas donde la estoy abrazando, en una foto aparecemos bailando y en otras está recargada contra la rocola, yo la beso con voracidad y le doy estocadas con mi pelvis mientras la sujeto de las nalgas. También recuerdo a mis amigos, me pedían con necedad y euforia que le propusiera un colectivo, o sea una orgía, o sea todos contra uno. Inclusive me pidieron que por lo menos los dejara ver el acto. Me reía mucho pero naturalmente los mandé al diablo luego de muchas dudas y titubeos. Preferí invitar a un buen blues a ser testigo del apareamiento. Ese blues debería narrar la parte del “apareamiento” ya que yo no recuerdo casi nada, sólo quedan sus gemidos estridentes, agudos, animalescos, aún los puedo recrear en mi memoria. También recuerdo que todo fue cansado, la movía con dificultad, los cuerpos oponían resistencia, se repelían, con vehemencia los forzamos a copular, todo pareció un mal sueño que no llegó a pesadilla. En la mañana me desperté como con espinas de maguey en los sesos, al moverme se enterraban más y más, la luz atacaba mis ojos que ardían. Le di un trago a una cerveza caliente para inútilmente contrarrestar las cruda, tuve nauseas. Gire mi cabeza y vi lo que quedaba de ella. Estaba ya sólo su cabello mal recortado, seboso. Su culo se desparramaba por mi cama poseído por la celulitis, sus piernas parecían trompos de carne al pastor, con los surcos, las vetas y todo lo demás. Las náuseas de mi estómago se sumaron a las náuseas de mis ojos y vomité la más grande vasca que he visto (y vaya que he visto muchas), el olor más que el sonido que produje al vomitar despertó a aquel ente transformado por la sobriedad. Alcé la cabeza cuando sentí su mirada… He pensado mucho en aquella mujer y creo que cualquiera en mi situación hubiera hecho lo mismo: La tomé del brazo y la saqué de mi casa, ella aún no entendía lo que pasaba, se frotaba con sus pezuñas los ojos (lo cual me intrigó) para comprobar si estaba dormida, pronunciaba sonidos incomprensibles, le aventé su ropa por la ventana junto con un billete para su taxi. ¡Quién se había creído para engañarme de esa forma!
Imelda Estela Cacique García
Lo que Marc Ferro denomina “lectura histórica de la película” sólo es posible dando a los “documentos fílmicos” el carácter documental, siendo el documento (en este caso histórico) el reflejo del pasado reciente como registros de su actualidad y como receptor-emisor de las ideas de la sociedad en que es realizada. Los filmes no son un producto aislado, más aún son la construcción colectiva de un equipo de primeros espectadores que están permeados por un contexto y un momento histórico determinado. Incluso las películas que no tienen la denominación o género de históricas aportan datos y elementos importantes para el estudio de determinado periodo histórico.

El cine refleja a la sociedad más fielmente que otras artes, casi por definición, por que se vale de la fotografía que registra la realidad sin alteración, por lo menos en un primer término técnico, aunque su mismo realizador no lo desee. Ya después, esta representación de la realidad está sujeta a la interpretación de quien observa y analiza. En este caso, el análisis que nos concierne es sobre el registro cinematográfico de los melodramas de aquel héroe trágico que generó el “milagro mexicano” (finales de los años 30´s a los 50´s). LA EPOCA DE ORO Y LOS MELODRAMAS La época de oro del cine mexicano se ubica en la presupuesta última etapa de la interminable revolución mexicana; en el momento en el que la modernidad ya está instalada en el México de esos años y el progreso es la etapa lógica del ideal nacionalista construido en ese entonces (y perdido hoy en día). En palabras de Carlos Bonfil opinando sobre el cine de esa época, el cine:
“Es una escuela de la sensibilidad que sólo admite la entrega absoluta. El cine norma las conductas colectivas, las modas en el vestir, el repertorio de gestos y ademanes del pueblo, las virtudes camaleónicas del lenguaje. Por el cine el espectador capitalino cree descubrir una ciudad diferente, engrandecida, poblada de gangsters y mujeres fatales: una ciudad tentacular, fascinante, peligrosamente moderna, cuyo ritmo frenético derriba tradiciones morales, certidumbres existenciales y las normas de decoro más inalcanzables en medio de una tormenta”
“Es una escuela de la sensibilidad que sólo admite la entrega absoluta. El cine norma las conductas colectivas, las modas en el vestir, el repertorio de gestos y ademanes del pueblo, las virtudes camaleónicas del lenguaje. Por el cine el espectador capitalino cree descubrir una ciudad diferente, engrandecida, poblada de gangsters y mujeres fatales: una ciudad tentacular, fascinante, peligrosamente moderna, cuyo ritmo frenético derriba tradiciones morales, certidumbres existenciales y las normas de decoro más inalcanzables en medio de una tormenta”
“Algo revelan estas películas de mujeres prisioneras del fango y redimibles por su misteriosa pureza interior: el cine de la época vive la contradicción de fustigar el vicio con discursos moralistas decimonónicos y ceder, al mismo tiempo, a la exaltación del rostro a menudo gozoso de la pecadora”.
Los personajes femeninos son representados como la encarnación del pecado, la lascivia, lo erótico y sensual; pero también como la redención y el cambio de actitud moral. LAS RUMBERAS. EFIGES DEL DESEO DE LAS MASAS El melodrama siempre guarda la misma estructura o temática que habla de la migración provincia-ciudad en el imaginario de sociedad de esa época: inicia siempre en zonas tropicales o de costa, la protagonista se entrega a un amante que la deja mancillada y que en su afán por evitar habladurías se va de su pueblo en busca de un nuevo porvenir dirigiéndose a la “deslumbrante” ciudad de México. Ya en la ciudad la soledad es inevitable, nunca falta quien la ayude ofreciéndole vivienda en alguna vecindad y que por falta de trabajo se ve obligada a ser prostituida o adopta el papel de bailarina de rumba, ya que es común que este protagónico femenino tenga habilidades para el canto y la danza buscándose el repudio de los sectores anacrónicos para luego ser reivindicada por la virtud de una modernidad ambivalente que se juega entre viejos y nuevos valores.
“El personaje de la prostituta comienza e exhibir las contradicciones de la moral tradicional, poniendo en primer plano los temas del adulterio y el divorcio…el público responde a las insinuaciones de esos rostros femeninos que los close-ups magnifican y ensalzan, a los gestos procaces, a la ponzoña del candor fingido, o al meneíto de caderas que en cada rumba sacude certidumbres sin que al espectador le importe demasiado el horizonte de fatalidad que la predica moralista reserva a las ovejas descarriadas”.
Lo importante en el contexto de la rumba y el cine, y lo que este texto pretende es reflexionar sobre el porqué de esta ebullición de la sensualidad femenina y es que en esta época se inicia la tendencia de usar a la mujer como símbolo sexual y su imagen es, y encarna, los deseos de los hombres modernos y el parámetro de las mujeres en la búsqueda la nueva belleza publicitaria, siendo así un medio de sublimación y entretenimiento.

Tal como menciona Monsiváis: “la anti-heroína, es salvajemente atractiva, veleidosa, proclive al sacrificio, y, al hora de la rumba, teatral y monumental…, encarna los deseos del publico de ver lo sexual prohibido. La pantalla exalta las pasiones de los espectadores…una por una la rumbera escenifica las etapas del apremio sexual y hasta culminar bélicamente en el coito de una sola persona” La lección moral de reivindicación que es característica de estas películas se pierde de vista al ser lo más importante el deseo de ver lo prohibido en pantalla, como ya mencioné, los documentos fílmicos nos permiten ver algunos aspectos de la sociedad del tiempo que plasman y en el que están hechos. Así los melodramas no sólo son un medio de diversión y entretenimiento para el público sino que también retratan los cambios en la censura del placer en estos años en los que el país se construía como una nación libre y laica. En la realidad la proliferación de cabarets y prostíbulos de 1935 a 1945, aproximadamente, es una realidad, estos centros nocturnos (la mayoría administrados por extranjeros y accionistas norteamericanos con sus ideas vanguardistas de entretenimiento nocturno) surgen como respuesta ideológica del Estado a las necesidades de las diversiones de la población. El cine que retrataba esta realidad entraña la fiesta nocturna en los personajes de la ciudad; abre paso a lo que después conoceríamos como cine de “ficheras” e inmortaliza a los íconos de la sensualidad del entretenimiento mexicano en un intento de quitar de la mentalidad del mexicano la efigie derrotista a través del erotismo como virtud.

Tláloc Correa
Terrible muerte, aquélla, que se llevó a cabo, en el apacible espacio existente entre tus ojos y tus labios. Como el rocío en el pétalo por la mañana, surgió así la lágrima en el albor de tu mirada. Como la gota abandonada por la última lluvia que se aferra al filo de la rosa espinada; esa lágrima tuya, consciente del destino, que a ella le esperaba, tu rostro con fuerza sujetaba. En las orillas donde muere, pálida, tu mejilla y nace, en rubor, tu sonrisa; ahí, serena, suspendida, la lágrima agotada por la vida de tu faz se desprendía.
Escalot

Pareciera que después de ir a un bar, sólo quedan tres caminos; seguir emborrachándose, ir a dormir, o ir con alguien a no dormir, mas el gobierno no satisfecho con el hedonismo y aparentemente preocupado por sus ciudadanos, hizo un cuarto camino: encerrar a todo aquél que tome alcohol y conduzca. El lugar de encierro se ha convertido en el némesis del borracho, ya sea del que toma coñac o del que tome cañac. Se rumoran infinidad de mitos urbanos alrededor de aquel siniestro lugar llamado “el Torito”, eufemísticamente, ya que en realidad, lleva el nombre de “Centro de Readaptación Contra Las Adicciones”. Al final del reportaje sabremos si hace honor a su nombre. Es verdad que tomar alcohol en exceso puede causar accidentes fatales, al ebrio como a los no ebrios. Lamentablemente la medida con la que están calibrados aquellos aparatos es polémica. Hay hombres que llegan tan ebrios que van despertando hacia el final de su condena, en cambio otros, llegan tan sobrios que sufren cada minuto de encierro. Ya lo dijo Cerveza –Si apenas acababa de cumplir mi juramento y que me echo una chela, namás fui a dejar a mi vieja y que me agarran. Cabe mencionar que decía la verdad, estaba tan sobrio que daba tristeza. Sólo como nota práctica a los lectores; no se debe soplar más de una vez el mismo popote porque aumenta en gran medida la probabilidad de detención. Obviamente nunca te lo dicen ¿acaso se beneficiarán en algo? A decir verdad sí, ya que sólo pueden ingresar un cierto número de detenidos, el gobierno no les puede salvar la vida a todos los borrachos, tiene su límite (sólo los afortunados). Pero nada es gratis, porque tendrás que pagar el arrastre del auto al corralón, los días de piso, por si fuera poco, si te falta alguna tenencia, deberás pagar más de doscientos pesos de mordida a nuestros salvadores. Aunque cómo reprocharles, ¡dicen que lo hacen por nuestro bien! No hay por qué preocuparse por maltratos policiacos. No te ven como delincuente, comprenden, y se identifican con tu alcoholismo o tu mala fortuna, que los aqueja por igual. Incluso te dan consejos durante el traslado –no ti conviene pagar amparo, güero, pss, de cualquier forma tienes que pagar tus horas de arresto, mejor aguántate, o de que vayamos por ti a tu chante, pus ta gacho… ¿Un cigarrito? Posteriormente se confirma su buena voluntad, ya que antes de entrar acechan abogabuitres con promesas de libertad, sólo necesitas tres mil pesos (Cerveza pagó, y sólo salió tres horas antes de su cumplir su castigo, y tendrá que regresar a pagarlas). Lamentablemente no todo es amabilidad en el recinto de sobriedad, ya que es dominado y administrado extrañamente por una empresa de seguridad privada, parece que les pagan sólo por gritar y gruñir. Primero se da una plática de bienvenida donde te despojan de tus pertenencias, anotan cuáles eran, cuánto efectivo, tipo de celular, y demás, para regresártelo al final. A Whisky al salir y reclamar sus pertenencias le faltaban doscientos pesos. Reclamó, pero, ¿qué podía hacer?, ¿levantar una denuncia? Lo que uno quiere es largarse, solamente. –¡Pinches rateros! –Cállate, cabrón, o te metemos de nuevo y a la chingada. El siguiente paso del proceso es la visita al médico jurista. –¿Te pegaron? –No. –¿Seguro? ¿Padeces alguna enfermedad? –No. –¡El que sigue! Después te pasan a lo que crees será tu habitación “¡Apúrale!”…Cuando te grita un hombrecito de un metro y medio, es difícil saber qué hacer, o te sonríes o te carcajeas. Mis compañeros de celda al igual que yo fueron interceptados en Reforma y Eje Uno Norte, cada uno contó su historia, al principio éramos ocho, para cuatro literas de cemento, después siguieron los lamentos –Vale madres, mi vieja debe estar que se la carga la chingada. Otro decía –Pero quién me manda a votar por el PRD, pinche Ebrad hijo de su puta madre. –Ya sálgansen, por allá, pásenle… por la puerta–, interrumpe la voz del chaparrito que ordena. Por fin entramos al afamado patio del Torito. Diversidad total: Señores, ancianos, adolescentes, teporochos, fresas, rastafaris, chacas. Todos diferentes, pero unidos por los mismos gustos, a todos nos atrae el Leteo enfrascado. En la hora de la comida muchos evitaron acercarse al comedor, el hambre pudo más que mi decoro, comí. La comida no tiene sabor, parece que el chef olvida los condimentos; la sal, el epazote, el perejil, etcétera. Aparentemente es gratis, pero no es así, con lo que se paga de arrastre y derecho de piso… deberían comprar un costal de sal. Había sólo dos tiempos, la sopa y el plato fuerte (albóndigas). Completaban la charola unas cuantas tortillas y de postre un Bocadín. Dijeron que el lavaplatos había faltado, por lo que cada quien debía lavar su cada cuál (su charola y su vaso). –Pinche gobierno no va a controlar mi forma de chupar. Pa la otra me voy a fijar en el Twiter donde están los retenes. Alguien más decía –pus namás vete por avenidas que tengan salidas continuas, y si tomas avenidas grandes agarra la lateral paque no te puedas salir o echar en reversa. Después cayó la lluvia de ideas de cómo evitar volver a caer, ¡claro que se aprende! Esas medidas preventivas, las dejaremos para otra ocasión. Nos comienzan a formar para ingresar a las celdas, después de pasarnos lista, abren los dos largos pasillos donde están las celdas, (aproximadamente unas quince o veinte celdas por pasillo). Comienza el corredero, todos empujándose para agarrar un pedazo donde sentarse o recargarse, mis compañeros con los que ingresé y yo, tomamos una celda, éramos ocho, luego diez, quince, veinte, muchos de pie, otros recargados, algunos sentados en un rincón, otros debajo de las literas inferiores, los demás, como yo, sentados sobre las literas. El calor es más que intenso, el techo es de lámina (obviamente resguardado por protecciones de hierro dulce), el sudor sofoca, no deja dormir a los que podríamos hacerlo por la posición privilegiada. Las caras son de tedio, de resignación, de hastió. Un huésped anterior altruistamente dejó su periódico para los venideros, lo descuartizamos y lo vamos cambiando hasta terminarlo colectivamente –¿Qué hora será? –Yo metí un reloj sin que se dieran cuenta–, contesta Brandy. Desde ese momento el tiempo se estiró, no faltó quien lo asediara cada quince minutos para preguntarle la hora. La celda, de por sí pequeña, con tantos habitantes se volvió diminuta, más calurosa e insoportable. Las caras de los demás reflejaban la mía, en silencio ellos se reprochaban al igual que yo –Vale madres, por qué me fui por el Eje Central, pudiendo agarrar Cuba y salir derechito, todo por ver cómo destruyeron Garibaldi con esos vitrales tan espantosos. Me arrepiento de no haberle ofrecido más dinero al policía que me mandó a la línea –Tengo cien pesos oficial. –¡Pus qué pasó!, mínimo es una Sor Juana, pásele joven. Confiado estaba de pasar la prueba ¡Por dos bolas!, sería el colmo. En la celda reina el silencio. De repente en otra celda se escucha "Pepe el toro es inocente". Sólo faltaba una chispa para revivir a la multitud, comienzan las bromas, los albures, y la plática que aligera el tiempo, contando chistes y anécdotas (obviamente de borrachos), divirtiéndote un poco donde no deberías, es la forma más eficaz de burlarte del gobierno y de sus normas. Es la subversión. El aire se aligera un poco. Algunos comienzan a salir, porque es la hora de visita, familiares y amigos vienen a dejarles comida decente a los recluidos. Por fin me puedo mover con más libertad sin chocar con el hombro de alguien. Pasa la hora y se vuelven a llenar las celdas. Grita el chaparro "Sálgansen, cabrones". Llegó la hora de la cena. No me atreví a comer para no atreverme a usar el baño, que no es necesario describir por dejárselo a la imaginación del lector. Abrieron la sala de juegos de mesa, pero sólo hay cupo para veinte personas. Existe una biblioteca. Aunque no estaba de humor para leer, decidí que era lo mejor que podía hacer, además ya me quedaban pocos cigarros. Intente girar la manija, mas nada. Cerrada. Seguramente era el lugar menos visitado, probablemente encontraría sólo libros de Alcohólicos Anónimos. Se repite el tiempo, como si fuera en círculos. Pasan lista. Corren todos. El bochorno, el tedio, el reproche, el bochorno, el tedio, el reproche, el bochorno, el tedio, el reproche, el bochorno, el tedio, el reproche. Así hasta que Ron rompe el silencio. –¿Tú a qué hora sales, carnalito? – A las once treinta y cinco se cumplen las veinte horas que me echó el juez en el MP, le digo. –Cómo son ojetes, deberían contar desde que te agarran, no desde que pasas con el puto juez, yo me pasé una hora y media esperando turno… Estaba hasta la madre. Interrumpe la conversación un grito de tedio, una brisa de bochorno, y un reproche envejecido, que se metamorfosea durante el hastío en resignación. El tiempo avanza en círculos. Algunas palabras triviales seguidas de un silencio, un silencio seguido de palabras. Grita el guardia los apellidos de Vodka, que era uno de mis compañeros de celda, cortésmente se despidió de mano de cada uno de sus acompañantes que al principio le causaron empatía, al final quizá simpatía. La rechifla en otras celdas comienza al ver su acción. –Órale wey, luego les pides el teléfono, ya llégale… Con el tiempo atrofiado se van vaciando poco a poco las celdas, grita el pigmeo –Ramírez Ortega, Preciado Luna, etc. Sálgansen ya. Los que salimos en horas cercanas (con diferencia de cinco a diez minutos) sabemos que tenemos que cruzar el parque de Tacuba para llegar al metro, preocupándonos más por lo que hay afuera, decidimos esperarnos en la salida para cruzar aquel peligroso trecho juntos. –Aquí están sus cosas -mi poco efectivo estaba intacto-, namás váyase con cuidado porque roban, no pase por el parque, camínele rápido. Al ver el umbral me alegro de estar a punto de salir, al salir y ver el parque habitado con lejanas siluetas, ya no me alegro tanto, pienso que quizá sea más seguro el interior. Me cruzo con los ojos de mi copiloto. Recuerdo que afuera ya no estoy tan solo. Me hago fuerte y cruzamos ya sin miedo. Es sencillo sobrevivir adentro del Torito, afuera, ya no lo es tanto. Por fin ya estoy rehabilitado y prevenido para no volver a caer, Pulque cayó tres veces, pero a sus sesenta y cinco años dudo que utilizara el Twiter.

Fabián Ríos

Cuando lo que se reproduce ya no sigue al original como punto de partida y la copia es de otra copia, el desgaste del copiado de segunda y tercera clase produce, en este caso, héroes amorfos dispuestos a morir por la distorsión de la que surgieron -Claro, es el único mundo que conocen, el mejor de los posibles y el único por el que vale la pena pelear-. El último de los héroes del cómic es necesariamente el defensor de la sociedad perfecta que el heroísmo moderno construyó con la sangre de los beneméritos Vengadores Ilustrados que de una vez por todas han derrotado todo mal en la tierra. La profecía ya estaba hecha, habíamos salido de nuestra minoría de edad para posteriormente vivir en la plenitud racional de un mundo funcional –y así fue-. Pero los héroes siguen surgiendo a pesar de la ilusión de completud de las sociedades funcionales, así lo dictan los arquetipos que la humanidad lleva consigo generación tras generación, es sólo que estás nuevas generaciones fueron víctimas de la invención del progreso: “Cowboy Henk” es el héroe que nadie necesita, en una sociedad que lejos de ser apocalíptica, se jacta de su brillantes, y es por eso que Cowboy Henk se la pasa haciendo puras pendejadas. Pero claro está, el héroe desde siempre surge como expresión desbocada del espíritu humano, es decir, el héroe surge como individuación de la sociedad a la que protege y que de ninguna manera modificaría; él sólo mantiene el orden; la superación del sistema social ¡jamás! Es por eso que si el héroe Henk rescata a un pez que se ahoga en un río o se caga sobre un nido de pájaros para mantenerlos calientes, esto se da en la medida en que la sociedad ordenada que defiende gusta de planificar rescates bancarios en sociedades desalojadas o rosear de gas sarín a familias enteras en medio oriente. “Cowbow Henk”, el último héroe de comic, se desarrolla entonces en una contradicción: por un lado la sociedad ha sido salvada, pues llegó al fin a su estado ideal en donde todo es posible para el transeúnte despistado que llega a su casa quien sabe cómo en un sistema que sin saberlo funciona por medio del más protegido de los secretos. Por otro lado, la sociedad ideal que el héroe en guerra ganó es la misma sociedad que combatía, sólo que ahora el orden, tanto de la justicia como el de la injusticia, está garantizado en una sola balanza que excluye todo heroísmo en pro de un mecanicismo rechinante que no termina de descomponerse. La contradicción está en que a pesar de que la perfecta sociedad ha llegado, ésta es perfecta gracias a que sus errores -hambre, violencia, crimen, miseria, peces ahogándose, mierda en el zapato de Henk, injusticia y más mierda en el zapato de Henk- se han integrado dentro de la propia lógica que asegura su funcionalidad. Con el torso de un héroe griego, “Cowboy Henk” dice ser surrealismo para las masas, suponiendo que esto sea cierto, “Cowboy Henk” cumple con las exigencias ideológicas de hoy en día, ya no es la internalización de contingencias externas lo que procura la identificación del héroe del comic con su entorno, es decir, ya no es Supermán saliendo de la cabina telefónica haciéndose el humano en sus ratos libres y viviendo como Clark Kent en la más opulenta de las sociedades quien salva al mundo; ahora, bien diseñados desde la cuna, es la externalización de necesidades internas lo que desencadena al Prometeo cultural del temprano siglo XXI, es la estupidez y torpeza de Clark Kent la que se muestra con súper poderes, ya sin cabina telefónica, por lo que aquel supuesto surrealismo no es más que un sueño lúcido en donde se encuentran en común acuerdo el inconsciente con el status quo de la masa que desea lo mismo que desearía en vigilia. Creado por Kamagurka y Herr Seele, dos tipos de Bélgica, “Cowboy Henk” existe desde 1981 con apariciones en diarios del país, adquiriendo popularidad desde sus impresiones en la revista HUMO. Recordándonos viñetas salidas de los dramas pop de Roy Lichtenstein, pero con puntitos aún más pequeños e imperceptibles, es como si éste hubiese tenido un vástago con las encantadoras cochinadas de John Kricfalus pero sin la pestilencia norteamericana que hacía de “Ren y Stimpy” algo único, muy al contrario, “Cowboy Henk” busca reflejar cierto carisma y pulcritud, hasta el absurdo, explicando el muy alto y rubio copete que carga en un escenario del American way of life. En resumen “Cowboy Henk”, no tiene nada que salvar, su creador parece que muere de cáncer –en serio, véanlo-, y está hecho con mucho pop como para ser querido por un público que detesta el “mainstream”. Aun así, resulta alentador saber que el sistema se sabe en su barbarie (aunque también sepa cómo administrarla).
