Erick García
La penumbra siempre protectora se vuelve meretriz dentro del Carajo. Hacía dos años que no visitaba ese bar a causa de sus botellas adulteradas, de sus baños inundados de orines, y principalmente porque las pocas mujeres que lo frecuentaban ya me las había tirado. Había pocas mujeres, pero esas pocas eran para todos, nunca hubo peleas por ellas, todos lo sabíamos y aceptábamos estoicos las veleidades de sus antojos. Aunque esa noche todo cambió. Después de muchas cervezas fui al baño otra vez. Al salir fui subiendo el cierre de mi pantalón mientras caminaba hacia la barra. Escuché a la rocola cantar una canción suave (me recordó que es remunerable escuchar blues cuando te coges a alguien). Donde nacía la música estaba ella, inclinada para mirar los títulos de las canciones que se había tragado aquella máquina. No hacía falta verla de frente después de verla de espaldas. Se asomaba una mariposa de tinta entre su blusa y sus mallas negras. Su cabello perecía un velo negro perfectamente cortado que acariciaba sus hombros descubiertos. Su cintura era el puente perfecto entre su culo-cielo y su espalda-purgatorio. Todos en el bar miraban sus nalgas, no los culpo. No se podían ignorar. Sabía que si no me dirigía a ella en ese momento poco tardaría en verla asediada. Pene en ristre camine hacia ella, por supuesto sin dejar de ver su redondo culo tallado en alto relieve, moldeado por la lujuria. El abrazo traidor de su pantaleta no lo podían disimular sus mallas. Era exquisita, si fuera comida sería un banquete. Un instinto canino me dominó, el mismo que obliga a montar a las perras que se desean sin antes invitarles una cerveza, sentí envidia de los perros, quise ser uno de ellos. Debí estar ya bastante ebrio porque me acerqué a ella con soltura y seguridad, primero busqué con mi boca su oído para vencer los decibeles que vomitaba la rocola. No recuerdo mucho de lo que conversamos, aunque dudo que habláramos de algo, supongo que habló el cuerpo, los ojos y nada más. Aparecen momentos en mis recuerdos como fotografías borrosas donde la estoy abrazando, en una foto aparecemos bailando y en otras está recargada contra la rocola, yo la beso con voracidad y le doy estocadas con mi pelvis mientras la sujeto de las nalgas. También recuerdo a mis amigos, me pedían con necedad y euforia que le propusiera un colectivo, o sea una orgía, o sea todos contra uno. Inclusive me pidieron que por lo menos los dejara ver el acto. Me reía mucho pero naturalmente los mandé al diablo luego de muchas dudas y titubeos. Preferí invitar a un buen blues a ser testigo del apareamiento. Ese blues debería narrar la parte del “apareamiento” ya que yo no recuerdo casi nada, sólo quedan sus gemidos estridentes, agudos, animalescos, aún los puedo recrear en mi memoria. También recuerdo que todo fue cansado, la movía con dificultad, los cuerpos oponían resistencia, se repelían, con vehemencia los forzamos a copular, todo pareció un mal sueño que no llegó a pesadilla. En la mañana me desperté como con espinas de maguey en los sesos, al moverme se enterraban más y más, la luz atacaba mis ojos que ardían. Le di un trago a una cerveza caliente para inútilmente contrarrestar las cruda, tuve nauseas. Gire mi cabeza y vi lo que quedaba de ella. Estaba ya sólo su cabello mal recortado, seboso. Su culo se desparramaba por mi cama poseído por la celulitis, sus piernas parecían trompos de carne al pastor, con los surcos, las vetas y todo lo demás. Las náuseas de mi estómago se sumaron a las náuseas de mis ojos y vomité la más grande vasca que he visto (y vaya que he visto muchas), el olor más que el sonido que produje al vomitar despertó a aquel ente transformado por la sobriedad. Alcé la cabeza cuando sentí su mirada… He pensado mucho en aquella mujer y creo que cualquiera en mi situación hubiera hecho lo mismo: La tomé del brazo y la saqué de mi casa, ella aún no entendía lo que pasaba, se frotaba con sus pezuñas los ojos (lo cual me intrigó) para comprobar si estaba dormida, pronunciaba sonidos incomprensibles, le aventé su ropa por la ventana junto con un billete para su taxi. ¡Quién se había creído para engañarme de esa forma!