

Máscara contra cabellera: manotazos entre la izquierda y la derecha

Creí que tenía una
posición ideológica y celebré el puñetazo contra el neonazi Richard Spencer en
la toma de posesión de Trump. Pero, entonces ¿Por qué me resulta tan cómico el otro
madrazo a la chica antifascista? Serán los chingadazos en sí lo que me resulta
revitalizante en un acto político. Violencia que al fin y al cabo el derecho
natural legitimaría como materia prima para la transformación histórica. ¿Será
nihilismo?
En una esquina del
cuadrilátero está la posición de la izquierda con tapabocas, que fundamenta la
noción del bien hacer dándole un madrazo al nazi, golpe que celebramos de justo
en cuanto que Richard Spencer representa a la barbarie empoderada que se pasea
por las calles de manera cínica. White
trash, alguien debería partirle la cara, razones sobran. Bajo esta
perspectiva todo es en nombre de la revolución, el fin ético por excelencia.
Por el otro lado está la
derecha, que emerge como una política del resentimiento. El ala radical del
desecho de los románticos que lagrimeaban por Apolo y el campo y la patria y la
madre. Muchachitos pecosos que se han masificado con el ascenso de Trump, y que
en esta ocasión salen para partir la cara a los tolerados anarquistas de
Berkeley (insértese el grito de guerra espartano).
Sin duda, el detalle para la lectura sociológica de este enfrentamiento sin clases es el cabello de ambas
partes volando tras los chingadazos. La mujer de izquierda, símbolo inigualable
de la resistencia, y sus rastas volando como fuegos artificiales luego de que
un tipo, que parece salido de Joy Division, le acomoda un golpe recto que le
voltea la cara. Y luego el llanto de la activista en el suelo: nuestra versión
de la “Muerte de un miliciano”.
Antes, Richard Spencer
en entrevista, con una cártel como fondo en el que se lee: “La vida de los
blancos importa mucho más” y otro que dicta “Adiós mundo cruel”, y que dice que
nadie lo quiere, ni los neonazis ni el KKK, y luego un encapuchado entra a
cuadro y lo golpea en el rostro y le desaliña su peinado militar con onda. Que
tipo tan solo, para ser blanco, pienso al momento del espectáculo.

Sin embargo, hay un
detalle pertinente en la escena reciente de la anarquista maltratada por el
fascista, que permite que la libre asociación de ideas y une a estos acérrimos enemigos
bajo el símbolo de la comicidad. No es sólo el puñetazo, es lo que se lee atrás.
Se trata de una
chaqueta fosforescente, seguramente perteneciente a un ultra conservador
despistado, en donde al reverso se lee: “Dios los enjuiciará a todos”, que es
lo mismo que decir que “todos vamos a morir” o “transit gloria mundi”. Eso
es un hecho, que de hecho está en Hechos 17:31, en la Biblia.
Pero ¿El dios de quién
nos enjuiciará? y ¿Bajo qué cargos? Al menos, por lo pronto tanto la derecha
como la izquierda están acusados de la misma cosa: agresiones en la vía pública,
un delito considerado como “no grave”; apenas una caricia para cualquier
pretensión de cambio de sistema. Tal vez esa injerencia divina sea lo gracioso del asunto
Barrabás.

.


Perra taquillera del metro

A las ocho de la mañana, la perra taquillera de la estación dijo
que no me pondría los cuatro pesos que requería en la tarjeta para completar mi
entrada a la estación. Tenía un peso cargado y le pondría dos de dos, que
bailaban en mi bolsillo en con la temple budista que anuncia que el universo está funcionando. Una transacción que
alguien podría claramente calificar como racional. Pero la perra taquillera del
metro, cargada con el martillo del caos, me dijo con un “no” larguísimo y
chillón: “muchacho, no inventes; no te puedo poner sólo cuatro pesos”.
¿ACASO FUI YO QUIEN INVENTÓ LA ECONOMÍA?
Al momento, el despliegue de mi billete de a 500 fue
perfecto. Sin mayor argumento que el de “pobre diabla”, tenía a la perra taquillera
del metro en donde yo quería. Tan grato y dulce fue mi triunfo, que incluso
revisé la autenticidad de los billetes multicolores que me daba. En su cara. Al
notar esto, la taquillera, la más repulsiva de las pestes con la que me he encontrado,
me mandó un diabólico “chinga tu madre” del que saqué un dolor de riñones que
aún no se va.
MATEO 5:5-15 BIENAVENTURADOS LOS HUMILDES
Ella, por su parte, quedó asfixiada en su negra bilis,
algunas de sus uñas se quedaron incrustadas en el vidrio que intentó atravesar;
loca y llena de odio se partió la lengua de un mordisco rabioso. Para cuando la
policía intervino, yo ya estaba en el vagón. A punto de partir, pensé: pobre
perra taquillera del metro, nunca quise esto para ti. Ni modo.
La voz

Por Erick García
Un recuerdo se
desplomó como una estalactita entre sus ojos mientras dormía.
También pudo ser una uva madura que nació al morir, porque tuvo voz
sólo el instante que cayó. O un pedazo de nube se descolgó de su
andamio; posiblemente fueron las tres anteriores. Algo sí es seguro:
le partió la cabeza.
Al despertar no
notó la herida. Pero cuando entró al baño gritó al mirarse en el
espejo. Su cara tenía sangre seca. Pensó que seguía dormido,
aunque la rugosidad de la costra que lo cubría hizo que aceptara la
realidad. Sus uñas resquebrajaron su nueva piel, y la imagen que se
proyectó en el espejo era la de alguien que salió de los escombros.
Recordó una idea que le zumbó como mosca antes de dormirse: “La
ventisca del mundo ha cruzado el umbral y ha volcado el orden del
alma”.
Además, había
una voz que le susurraba algo mansamente, como las ondas en el agua
que produjo la uva que lo partió. Era un eco profundo; nacía de sus
entrañas. Un sonido al que él prefería llamarle voz. Nunca
encontró la boca desde donde nacía. Aunque decía: “No
regresarás”; las palabras no necesitaban aire para llegar a los
oídos de Rodrigo. Florecían de repente como las ideas.
Caminó hacia la
puerta, mas no pudo hallarla. Alguien la escondió. Buscó salir por
la ventana, pero ya no estaba ahí. Al permanecer en un cuarto sin
ventanas no se explicó porque aún había luz en él. Supo que algo
andaba mal. Y quiso cerrar los ojos, pero ya los tenía cerrados.
Sólo entonces llegó la oscuridad. “El naufragio ya no se puede
detener”, lo sabía antes de que se lo susurraran. Siguió sin
moverse y ya jamás intentó abrir los ojos.
Afuera la ciudad
se hacía pedazos. Los atlantes se desmoronaban por su danza
destructora. Olía a sangre y polvo. Los mausoleos se multiplicaron;
alcanzó un pedazo de losa para cada uno. Los gigantes yacían
acostados sobre la tierra, aún tenían espasmos de rocas sueltas,
los gusanos quedaron atrapados debajo de ellas, entre ellos Rockdrigo
González y su vieja guitarra.
Apuntes incompletos sobre el odio
Erandy Corvel

I
Un punto
morado no le hacía daño a nadie, de eso no habría que dudar. La maestra ni lo
notaría y ya está otro nueve en el cuaderno de Español. Mi madre hacía el
quehacer con tanto ahínco como yo la tarea, aunque quizás ella sí mereciera el
diez.
Tantos años
después vengo a las palabras y comprendo: un niño de ocho no puede encontrar lo
que busca en un par de mujeres aburridas desperdiciando el sábado. Se acercó sigilosamente con el plumón en la
mano, ¿o lo tomó frente a mí directo de la lapicera? Le arrancó la tapa blanca,
planeó con estrategia la trayectoria y el destino, y plac, el punto morado en
mi cuaderno de doble raya. En mi inmaculado cuaderno de manuscritas y acentos
donde había horas de esfuerzos, dolorosos nueves, un par de dieces y márgenes
derechísimos hechos con el lado rojo del bicolor.
Pegué un
grito patético, llamando a la única figura de autoridad que había en ese
momento. Ella soltó el bonche de ropa sucia y con las manos goteando agua
enjabonada, se acercó como energúmeno al cuarto de las batallas.
– ¿Ahora qué?,
rugió.
– ¡Me puso un
punto morado en mi cuaderno!, aquí. Señalé.
Mi hermano
contuvo una risilla; en sus ojos pícaros
no había duda de que la travesura era menor. Yo de lo que estaba segura era de
su alevosía; de su maldad calculada y certera. Qué listo siempre. Qué loca yo.
– ¿Y qué
quieres que haga, niña, que le pegue? Gritó mi madre, francamente exasperada. Sus
sábados eran sinónimo de lata y quejas y quehacer acumulado y sueños rotos.
No contesté. Ascendía
el drama como espuma de café hirviendo, a punto de derramarse en la ropa blanca
recién lavada. Mi hermano se había puesto serio.
– ¿Eso
quieres, que le pegue? -Insistió. -Pues le voy a pegar.
Nos tomó del
brazo y nos llevó a su habitación. Cerró la puerta, cogió una zapatilla, nos
miró el miedo. No es cierto, mamá, el punto ya estaba ahí, te lo juro. Pero ella
no se iba a detener aunque en ese momento ya estuviera arrepintiéndose. El
tacón golpeó la nariz de mi hermano. La sangré marrón fluyó dejando una mancha
perenne en la alfombra. La consideración de haberse equivocado persistió en los
tres durante algún tiempo.
-¿Ya estás
contenta?
Matan a galerista que intentaba una reconfiguración estética en su colonia

México, DF,
26 de diciembre.- La muerte de uno de las galeristas más comprometido con el
arte de su época ha conmocionado a decenas de personas de una colonia popular
en la Ciudad de México.
El cuerpo de
Tomás D. fue hallado al pie de una ventana de un complejo domiciliario con una
herida de bala en el rostro. Pintores y escultores se presentaron en el lugar
de los hechos para tomar registro de lo sucedido.
La víctima
de mediana edad había estado recorriendo las calles aledañas a su domicilio con
el afán de encontrar “juicios epidérmicos” en diversas manifestaciones
artísticas al interior de las salas de las familias a las que visitaba.
Según
reporta el informe curatorial de los hechos, una persona disparó en contra del
sujeto justo en el momento en que éste se asomaba por la ventana para impartir
cátedra sobre “arte no representacionalista”, señalando la falta de voluntad en
una serie de repujados sobre el viacrucis que, denunció, había comprado “deshonrosamente”
en Suburbia.
“Ya me
habían dicho mi compadre, que vive aquí cerca, que andaba una persona
metiéndose en las casas para valorar los cuadros que uno trae en la sala; uno
no sabe la verdaderas intenciones que puede llegar a tener”, dijo el
responsable de la muerte del artista ante las autoridades del Fondo Nacional
para la Cultura y las Artes (Fonca), que llegaron a la escena del crimen para
abrir el expediente correspondiente.
Los vecinos
de la colonia ubicada al oriente de la capital, aseguraron que ésta no era la
primera vez que el galerista emitía juicios estéticos a priori dentro de los
domicilios.
“Sí, tan
sólo hace dos semanas se metió en la cocina de mi madre, ella dice que no más
se fijaba en las fotos de los quince años de mi sobrina y en los pajaritos
cantores que compramos en la Lagunilla; que ni se movía, los miraba fijamente,
repitiendo algo del error lógico, de la pluralidad del sentido y la
deconstrucción de la tradición. Pobre de mi madre, hasta le dio la diabetes”,
dijo una de las entrevistadas.
“No puedo
decir que no sabía lo que hacía, mire que meterse así como así y decir que los
repujados de mi madrina no tiene valides universal, pues es hasta cierto punto
aceptable, pero de eso a partir de la incomprensibilidad de la obra como axioma
para la sublimación y determinar su sentido desde una multitud inagotable de
interpretaciones”, explicó el tirador, “es algo que nadie de aquí estaba
dispuesto a soportar”.
Cuando se le
preguntó sobre si consideraba desmedido haberle pegado un tiro en la cara, el
padre de familia e intendente en una escuela primaria, quien ya se encuentra
consignado en las instalaciones del Museo Universitario de Chopo, respondió:
“¿Desmedido?
no, para nada, cualquiera sabe que el principio de toda disputa en contra de la
lógica no es otra cosa que el logocentrismo reconfigurando su modus operandi. Algo así como un
sofisma”.
.
9A�T