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Virtud y Erotismo HOMO RUMBERA Efigie de la vida nocturna en México (1938-1945)

Imelda Estela Cacique García

Lo que Marc Ferro denomina “lectura histórica de la película” sólo es posible dando a los “documentos fílmicos” el carácter documental, siendo el documento (en este caso histórico) el reflejo del pasado reciente como registros de su actualidad y como receptor-emisor de las ideas de la sociedad en que es realizada.

Los filmes no son un producto aislado, más aún son la construcción colectiva de un equipo de primeros espectadores que están permeados por un contexto y un momento histórico determinado. Incluso las películas que no tienen la denominación o género de históricas aportan datos y elementos importantes para el estudio de determinado periodo histórico.
El cine refleja a la sociedad más fielmente que otras artes, casi por definición, por que se vale de la fotografía que registra la realidad sin alteración, por lo menos en un primer término técnico, aunque su mismo realizador no lo desee. Ya después, esta representación de la realidad está sujeta a la interpretación de quien observa y analiza. En este caso, el análisis que nos concierne es sobre el registro cinematográfico de los melodramas de aquel héroe trágico que generó el “milagro mexicano” (finales de los años 30´s a los 50´s).


LA EPOCA DE ORO Y LOS MELODRAMAS
La época de oro del cine mexicano se ubica en la presupuesta última etapa de la interminable revolución mexicana; en el momento en el que la modernidad ya está instalada en el México de esos años y el progreso es la etapa lógica del ideal nacionalista construido en ese entonces (y perdido hoy en día).

En palabras de Carlos Bonfil opinando sobre el cine de esa época, el cine:
“Es una escuela de la sensibilidad que sólo admite la entrega absoluta. El cine norma las conductas colectivas, las modas en el vestir, el repertorio de gestos y ademanes del pueblo, las virtudes camaleónicas del lenguaje. Por el cine el espectador capitalino cree descubrir una ciudad diferente, engrandecida, poblada de gangsters y mujeres fatales: una ciudad tentacular, fascinante, peligrosamente moderna, cuyo ritmo frenético derriba tradiciones morales, certidumbres existenciales y las normas de decoro más inalcanzables en medio de una tormenta”
“Es una escuela de la sensibilidad que sólo admite la entrega absoluta. El cine norma las conductas colectivas, las modas en el vestir, el repertorio de gestos y ademanes del pueblo, las virtudes camaleónicas del lenguaje. Por el cine el espectador capitalino cree descubrir una ciudad diferente, engrandecida, poblada de gangsters y mujeres fatales: una ciudad tentacular, fascinante, peligrosamente moderna, cuyo ritmo frenético derriba tradiciones morales, certidumbres existenciales y las normas de decoro más inalcanzables en medio de una tormenta”
“Algo revelan estas películas de mujeres prisioneras del fango y redimibles por su misteriosa pureza interior: el cine de la época vive la contradicción de fustigar el vicio con discursos moralistas decimonónicos y ceder, al mismo tiempo, a la exaltación del rostro a menudo gozoso de la pecadora”.
Los personajes femeninos son representados como la encarnación del pecado, la lascivia, lo erótico y sensual; pero también como la redención y el cambio de actitud moral.


LAS RUMBERAS. EFIGES DEL DESEO DE LAS MASAS

El melodrama siempre guarda la misma estructura o temática que habla de la migración provincia-ciudad en el imaginario de sociedad de esa época: inicia siempre en zonas tropicales o de costa, la protagonista se entrega a un amante que la deja mancillada y que en su afán por evitar habladurías se va de su pueblo en busca de un nuevo porvenir dirigiéndose a la “deslumbrante” ciudad de México.
Ya en la ciudad la soledad es inevitable, nunca falta quien la ayude ofreciéndole vivienda en alguna vecindad y que por falta de trabajo se ve obligada a ser prostituida o adopta el papel de bailarina de rumba, ya que es común que este protagónico femenino tenga habilidades para el canto y la danza buscándose el repudio de los sectores anacrónicos para luego ser reivindicada por la virtud de una modernidad ambivalente que se juega entre viejos y nuevos valores.
“El personaje de la prostituta comienza e exhibir las contradicciones de la moral tradicional, poniendo en primer plano los temas del adulterio y el divorcio…el público responde a las insinuaciones de esos rostros femeninos que los close-ups magnifican y ensalzan, a los gestos procaces, a la ponzoña del candor fingido, o al meneíto de caderas que en cada rumba sacude certidumbres sin que al espectador le importe demasiado el horizonte de fatalidad que la predica moralista reserva a las ovejas descarriadas”.
Lo importante en el contexto de la rumba y el cine, y lo que este texto pretende es reflexionar sobre el porqué de esta ebullición de la sensualidad femenina y es que en esta época se inicia la tendencia de usar a la mujer como símbolo sexual y su imagen es, y encarna, los deseos de los hombres modernos y el parámetro de las mujeres en la búsqueda la nueva belleza publicitaria, siendo así un medio de sublimación y entretenimiento.
Tal como menciona Monsiváis: “la anti-heroína, es salvajemente atractiva, veleidosa, proclive al sacrificio, y, al hora de la rumba, teatral y monumental…, encarna los deseos del publico de ver lo sexual prohibido. La pantalla exalta las pasiones de los espectadores…una por una la rumbera escenifica las etapas del apremio sexual y hasta culminar bélicamente en el coito de una sola persona”

La lección moral de reivindicación  que es característica de estas películas se pierde de vista al ser lo  más importante el deseo de ver lo prohibido en pantalla, como ya  mencioné, los documentos fílmicos nos permiten ver algunos aspectos de  la sociedad del tiempo que plasman y en el que están  hechos. 
Así  los melodramas no sólo son un medio de diversión y entretenimiento para  el público sino que también retratan los cambios en la censura del  placer en estos años en los que el país se construía como una nación  libre y laica.
En la realidad la proliferación de cabarets y  prostíbulos de 1935 a 1945, aproximadamente, es una realidad, estos  centros nocturnos (la mayoría administrados por extranjeros y  accionistas norteamericanos con sus ideas vanguardistas de  entretenimiento nocturno) surgen como respuesta ideológica del Estado a  las necesidades de las diversiones de la población. 
El cine que  retrataba esta realidad entraña la fiesta nocturna en los personajes de  la ciudad; abre paso a lo que después conoceríamos como cine de  “ficheras” e inmortaliza a los íconos de la sensualidad del  entretenimiento mexicano en un intento de quitar de la mentalidad del  mexicano la efigie derrotista a través del erotismo como virtud.  

“El laberinto de la soledad” Cuerpos imaginarios
 El cuerpo del  Chuco

Fabián Ríos

No es tan fácil, o no debería ser tan fácil, aceptar las ideas de totalidad del lenguaje de las que habla Wittgenstein cuando dice: “El lenguaje disfraza el pensamiento. Y de tal modo, que por la forma externa del vestido no es posible concluir acerca de la forma del pensamiento disfrazado; porque la forma del vestido está constituida con un fin completamente distinto que el de permitir reconocer la forma del cuerpo” (Tractatus Logico-Philosophicus, 4.002). Enfocándonos en la última parte de la cita, que en realidad es análoga a la primera, nos preguntaremos: ¿Sería verdad que por la forma del  vestido se puede adivinar la forma del cuerpo? Es usual que la respuesta a esta pregunta se enfoque en la parte externa del vestido, es decir, el significado que para el otro tiene la vestimenta que cubre un cuerpo o la relación que tiene la vestimenta con el medio al que se muestra, que es también el medio en donde se configura. Se dirá entonces que el vestido no sólo oculta un cuerpo sin a su vez expresarlo, siendo el acto de ocultamiento el acto mismo que da identidad al sujeto que intenta ser reconocido por el mundo que lo ve.

Pero pensándolo bien, el vestido que recubre el cuerpo a su imagen y semejanza no es suficiente para generar la certeza de un “yo”, si acaso construye una idea para envolver a un sujeto, sobre todo en aquellas identidades fronterizas que se juegan la existencia entre territorios polarizados en los límites que demarcan culturas enteras. La identidad que pensadores mexicanos como Octavio Paz quieren para el pachuco es la punta de un extremo. En el cuerpo de este extremo es en donde este trabajo se desarrollará. 
 
Se dice que la “Ausencia de espíritu” que esta ambivalencia causa en el pachuco lo hace disfrazarse de una manera en la que el exceso en las vestimentas distorsionadas compense la opacidad de su ser. Pero ¿Qué hay del cuerpo? Con o sin vestimenta el pachuco sigue siendo pachuco. El impulso que se niega a sí mismo que se le atribuye, permanece aún en su cuerpo “desnudo” corroborando a lo que puede llegar aquel –parafraseando a Paz- ser temeroso de que la mirada ajena lo desnude. Basta con la peculiaridad de un cuerpo para hablar de las identidades de miles de ellos que buscan expresar un sentir común.

Esta reflexión lo que pretende es inspeccionar la peculiaridad de un cuerpo que habla por sí mismo. El cuerpo de un sujeto que sirve como llave de acceso para reflexionar sobre la consciencia de una singularidad, “momento de reposo reflexivo antes de entregarnos al hacer.” El cuerpo le pertenece a un pachuco y se basta a sí mismo para –sin vestimenta alguna- saber que de quien hablamos es de la figura mítica que representa el principio del “Laberinto de la soledad”.

Edward “Chuco” Caballero -personaje de la cotidianidad- nació en California en 1954 y murió en el 2008 víctima de un agresivo cáncer. Destacada figura en el mundo del tatuaje “Chuco” fue, entre otras cosas, un joven pachuco en los años 60´s al sur de California. Su cuerpo fue –por que el cuerpo no siempre es- memoria de la identidad de un hombre que se entrega a su realidad, se hunde en ella hasta el extremo de convertirse en los símbolos externos de los que fue testigo, que se incrustaron en lo más profundo de su conciencia y que salieron de ella construyendo una memoria de imágenes encarnadas que sirvieron como recordatorio imaginario de quién es y de dónde es que viene. 

El zoot suit, vestimenta del pachuco que se despoja del mundo de la eficacia estadounidense y se reafirma en su sola manifestación estética sin más tarea que atraer las miradas sobre la moda excesiva que viste, no pretende acercar al pachuco a una agrupación específica. Sin más remedio que mostrarse estéticamente, la vestimenta del pachuco desborda su cuerpo, muestra su rebeldía al desajustar el ideal de practicidad del modo de vida americano y a la vez oculta el cuerpo del chuco que se esconde en el zooty para reafirmarse como ser solitario, -citando a Paz sobre el pachuco- “Generalmente los excéntricos subrayan con sus vestiduras la decisión de separarse de la sociedad, ya para constituir nuevos y más cerrados grupos, ya para afirmar su singularidad. En el caso de los pachucos se advierte una ambigüedad: por una parte, su ropa lo aísla y distingue; por la otra, esa misma ropa constituye un homenaje a la sociedad que pretende negar.” 

A pesar de que el “Chuco” Caballero era considerado un auténtico portador del zoon suit de la época de los 60´s y recordado por lo esencial de su caló; esa manera de distorsionar el lenguaje con la que el pachuco insiste para desapegarse del otro, delespectador cualquiera que en ningún sentido es capaz de entender la onda de su hablar, pero que a su vez, sin faltar ni por un momento a la constante de su ser ambiguo y agresivo, el clown impasible y siniestro, sádico pregunta  a su interlocutor, con más intensión de aterrorizar que de hacer reír, si ¿me comprendes Méndez o te explico Federico?; “Chuco Caballero”, que dominaba el arte del no decir nada al hablar mucho, fue un pionero del tatuaje que lo distinguió aún más que lo estrambótico de sus vestimentas y su forma de hablar.

En el cuerpo tatuado del pachuco conviven imágenes que chocan. Sin espacio alguno para asomarse a una identidad pura que en realidad no existe, el cuerpo de “Chuco” Caballero esconde esa “pobreza de nuestro Romanticismo frente a la excelencia de nuestro arte barroco”. Con la falta de un punto central en donde sostenerse el cuerpo pachuco marcado, quiere íntimamente volver a ser centro de un universo fragmentado por la frontera que su cultura pasada  cruzó.

En los límites del ser está marcada la existencia del pachuco tatuado. En su cuerpo conviven imágenes de dioses aztecas, corazones y calaveras del día de los muertos, monumentos y actrices y actores norteamericanos, revolucionarios mexicanos y latinoamericanos, tipografías callejeras, imágenes religiosas, escudos nacionales y simbolismos carcelarios. Lo mitificante de su figura nace del arraigo de las figuras culturales que permite incrustar en su cuerpo -lo único intransferible que tiene-  que al apropiarse de ellas fundamenta una nueva manera de ver lo ya visto por todos. Miles de turistas han fotografiado la estatua de la libertad, pero el pachuco que la tiene en la piel junto con Marilyn Monroe y debajo del Che Guevara atenta contra el espacio vacío de un monumento en medio del mar –de alguna manera apartado del territorio americano, la estatua de la libertad da un saludo fraterno a los nuevos pobladores, pero al ser ella un monumento alejado de tierra firme, su espacio representa más un estado transitorio entre el inmigrante que llega al nuevo mundo con el sueño americano en mente y la constante realidad de exclusión con la que es marcado una vez que baja del barco-. Al situar la imagen de la estatua de la libertad en un espacio arbitrario –o no- su figura es acompañada de otros símbolos que solamente adquieren un sentido como un todo. Por sí misma, el rostro de la estatua no dice nada, es simple tinta y técnica en la piel de alguien, pero el alejamiento de la mirada del cuerpo al que contempla, permite darle a la imagen un sentido más íntimo que se comprende gracias a lo que lo acompaña. Como la contemplación de una estrella que por sí misma brilla en medio de la nada y que después se descubre como parte de una constelación, las imágenes en el cuerpo de una persona que gusta de saturarlo con tatuajes que esconden su piel, no hablan por sí mismas, pues están en comunión con una unidad que al final hace que el cuerpo responda a la pregunta ¿Quién eres?. “Pasivo y desdeñoso, el pachuco deja que se acumulen sobre su cabeza todas estas representaciones contradictorias, hasta que, no sin dolorosa autosatisfacción, estallan…”

La resignificación de estas imágenes icónicas –todas- representan la voracidad del pachuco por irrumpir en un equilibrio ya de por sí difícil de mantener “hecho de la imposición de formas que nos oprimen y mutilan.La visión unilateral de la cultura dominante es su principal enemigo pues él representa una contradicción innata que se afirma como tal. Los iconos revolucionarios del “Chuco” no tienen la pesadez del significado político e ideológico; entre Zapata, Pancho Villa y el Che están Marilyn Monroe y Susan Hayward. Los rostros de revolucionarios usados más de mil veces para representar ideologías en contra del sistema no son, en este cuerpo, antisistema, están ahí para generar una ruptura individual con lo establecido. No es sino rebeldía del individuo, pues su identidad no está con la del pueblo que quiere ser liberado; no hay nada de heroico en el Zapata que está a la altura del pecho, es más una cuestión de evocación religiosa, la adoración que ya trae consigo el rostro del revolucionario y no el ideal mismo, es una imagen fetichista por el Che o por Villa la que él tiene, imagen despojada de su origen, igual que él mismo.
...Zapata usualmente se encuentra fuera de su contexto revolucionario, es más un símbolo que acerca al hombre con una idea de nación libre y justa jamás realizada.El zapatismo fue una vuelta a la más antigua y permanente de nuestras tradiciones”, la representación de un hombre que muestra la conciencia histórica pero que a su vez es aislado en su pueblo y en su raza; el villismo y el zapatismo (el norte y el sur) representan en la piel de alguien que ha crecido al otro lado de la frontera voluntades de identidad nacional basadas en el origen y la simplicidad de ideas como Tierra y libertad que simbolizan –en palabras de Paz-un punto de partida, un signo oscuro y balbuceante de la voluntad revolucionara” que fue derrotada y marginada. En la piel del pachuco la revolución mexicana significa una reconquista de representaciones siempre pulsantes, una pasión por ideales jamás conocidos o una reconquista por la tierra a la que jamás ha pertenecido, pero que fruto de la soledad y desesperación el “Chuco” Caballero lleva en la piel, en un gesto de orgullo por la redención que el pasado le confiere, su “origen” que es el que le perdona todos sus pecados. Su “historia” arropa la soledad que porta con orgullo. Sin identidad propia el pachuco que lleva la revolución en la piel por fin se atreve a ser, conoce su misterio, comulga con la idea para él santa del México perdido, como paraíso al que jamás regresará.  

Del tatuaje del revolucionario Emiliano Zapata nace la imagen de Cristo a la altura del cuello demostrando la religiosidad que siempre ha de acompañarlo como buen pecador que es. Muestra su herida, la tiene en lo más alto y vulnerable de su ser. Cristo en el cuello es la apropiación del cuerpo martirizado en el cuerpo mismo  “No es una intimidad que se vierte, sino una llaga que se muestra, una herida que se exhibe. Una herida que también es un adorno bárbaro, caprichoso y grotesco…” La herida que muestra es también posibilidad de salvación, viviendo la vida loca el pachuco pide perdón de sus pecados. Siendo no-ser el pachuco vive la vida del bandido solitario con la cual niega la sociedad en donde se establece, “La persecución lo redime y rompe su soledad: su salvación depende del acceso a esa misma sociedad que aparenta negar. Soledad y pecado, comunión y salud, se convierten en términos equivalentes.”. La madre a la que se pide perdón no falta, se encuentra justo en las manos, fácil de ver, siempre presente en toda acción, la virgen de Guadalupe es el ícono infaltable que no necesita acompañamiento, está ahí sola en la mano derecha del pachuco, también hijo de la santa madre sufrida mexicana que le perdona todo.

En los brazos están plasmadas evocaciones prehispánicas, Cuauhtémoc, último tlatoani convive en el brazo izquierdo, en una dialéctica entre resistencia y entrega, con Moctezuma el emperador vencido y abajo una posible malinche madre chingada de los malos mexicanos que se afirman como la negación de la raza que a su vez gustan de adorar. -Paz dice- El pachuco  es ese otro que nosotros no somos. Y esos otros no se definen sino en cuanto hijos de una madre tan indeterminada y vaga como ellos mismos”. Como punto final, justo en medio de su cuerpo se lee, como título de un cuerpo que habla con imágenes, la leyenda South Side como límite de su existencia, mucho más al sur está la tierra prometida jamás conocida, mucho más al norte no hay nada, South Side es para Edward  “Chuco” Caballero la tierra de nadie a donde él pertenece.

Decir que el lenguaje que nos reviste es la única posibilidad de nuestra existencia en cuanto es la totalidad de nuestro pensar, es excluir una visión oscurecida de los  significados de las cosas que conocemos. Los significados llevan consigo una carga de posibilidades que se revisten según los lugares desde donde pensamos lo que pensamos. No se reconoce la forma del cuerpo por el vestir, así como no se reconoce el pensamiento con el lenguaje. Pareciera que el vestido y el cuerpo se desarrollan  en un mutuo acuerdo en donde uno transforma al otro y viceversa. La cuestión entre lenguaje y pensamiento pareciera ser más bien una relación dialéctica que no termina de reconciliarse en una síntesis final pues todo aquello que es excluido de lo definido siempre encuentra cómo salir a flote y transformar lo establecido bajo la visión de una nueva perspectiva. Por eso se hace necesario regresar y reflexionar sobre las cosas que tenemos como ya establecidas, es decir, quitar la vestimenta con la que a simple vista generamos una opinión. Desnudar  para luego conocer.

Brevísima reflexión sobre el auto, el narco y la lengua

RC

Rigores aparte, suelen utilizarse como sinónimos los conceptos idioma y lengua.  Ambos refieren a la utilización de un sistema de asociación de sonidos,  ideas y gestos que utilizan las sociedades humanas entre sí para  comunicarse. Entiendo y comparto desde ya lo controvertido y arriesgado  que puede ser dar un intento de definición tan sencillo, pero para  complejidades entremos a textos especializados en lingüística. 

Para efectos de entendernos pronto y sin sentarnos a llorar por no  coincidir en definiciones rigurosas, les digo que me gusta más el  término lengua porque es una palabra con erotómana intención, medio  alburera de origen (lengua: me la paso por…), lúdica y lujuriosona. Pero  cuando se viste de seria, suele tener reglas que, más que estrictas,  son aclaratorias y muy lógicas.

Así que permítanme que esta  lengua rinconera reflexione acerca de la utilización de ella: si quieres  usarla bien, practica mucho.

Hay prefijos que forman  palabras tan famosas que esa nueva palabra utiliza el prefijo que le dio  origen y lo transforma en un prefijo nuevo, con todas las  características y usos de cualquier otro prefijo de rancio abolengo.  Como esto suena un poco enredado, lo ejemplifico para aclarar lo  aparentemente encriptado, y con tal fin me valgo del prefijo auto-, que significa “propio” o “por uno mismo”.

Cuando uno hace un retrato de sí mismo, produce un autorretrato (escribir las palabras retrato y autorretrato  me da pie para hablar acerca del uso de la doble r, aparentemente algo  sencillo pero utilizado muy deficientemente en el español escrito; será  en otra ocasión); si me controlo, tengo autocontrol; la autoestima  es una mina de oro para “escritores” que enseñan a potenciarla. Como se  puede suponer e imaginar, hay una cantidad muy grande de ejemplos del  uso del prefijo auto-. 

Una de esas palabras es automóvil,  cuya definición, según el Diccionario de la Lengua Española, es: “que  se mueve por sí mismo. Se dice principalmente de los vehículos que  pueden ser guiados para marchar por una vía ordinaria sin necesidad de  carriles y llevan un motor, generalmente de explosión, que los pone en  movimiento.” Se entiende el sentido del prefijo; sin embargo, al paso de  los años la palabra automóvil se volvió tan común y usual que,  tendientes al facilismo como somos todos los humanos, decidimos acortar  la palabra y dejarla en auto: “qué bonito auto nuevo; súbanse al auto  que ya nos vamos”. En ambas frases queda claro que se está hablando de  un automóvil, nadie podría confundirse y creer que se está hablando del  prefijo, sería un sinsentido.

No conforme con ello, esa nueva palabra acortada de la original, dio origen a un prefijo con un nuevo significado: auto-  como automóvil. Así, nacen las autorrefacciones, los autolavados (es  difícil imaginar que alguien piense, en los dos ejemplos anteriores, que  una persona está formando refacciones para sí misma o que hay locales  para que la gente vaya a “autolavarse”); es decir, ahora el prefijo auto-  ya tiene una nueva significación por el uso más común y extendido de  una de sus palabras formadas por su significado original.  

Algo similar pasa con el prefijo narco-, derivado de narcótico, que significa droga y también sueño  (como en narcolepsia). Así, tenemos a la policía de narcóticos, que  busca drogas escondidas, y tenemos a sus rivales: los narcotraficantes,  es decir, quienes trafican drogas. 

Gracias a la  increíblemente bien organizada, a prueba de fallos, incorruptible y  profesionalísima “guerra contra la delincuencia organizada” (como  rimbombantemente fue llamada esa suerte de volado contra la muerte que  se echó el gobierno de Calderón al enfrascarse en una batalla sin un  estudio logístico, sin cuerpos policiales competentes, sin estudios de  confianza al personal que intervino, en fin, una condena a la sociedad  inocente que acabó pagando con muchos litros de sangre y vidas la  incapacidad y la sed de protagonismo de unos cuantos estúpidos  egocéntricos, dipsómanos y ojetes), cada día la palabra narco se  va más, en el imaginario colectivo, a la figura de la persona que a su  origen etimológico. Así, tenemos que decir solamente narco, es  referencia necesaria al individuo que se dedica a traficar con drogas de  cualquier naturaleza.

Se ha adaptado tanto el nuevo  referente de esta palabra, que ahora ya narco se utiliza en una forma  inimaginada antes; ahora hay narcocorridos, narcotúneles, narcofosas y narcoquién-sabe-qué-más.  Por supuesto, sería tonto suponer que se refiere a canciones que hablen  de una medicina milagrosa o que hay fosas para sepultar alguna droga.
Para  concluir baste decir que los ejemplos anteriores son una buena prueba  de la evolución, adaptación y refrescamiento del idioma. El día en que  el lenguaje se quede estático, morirá.  

In God we trust

Fabián Ríos

¿Ya vio el nuevo producto que revolucionará la forma de ir a la escuela en los suburbios norteamericanos? Se trata de la nueva mochila antibalas que salió al mercado desde la masacre de estudiantes en la escuela de Colombine en 1999 y que adquirió nueva popularidad comercial a raíz de la muerte de más de 20 personas, en su mayoría niños dentro de la escuela elemental Sandy Hook en Connecticut.
 
Connecticut.

Y es que lo único seguro en esos lugares del sueño americano es que te pueden disparar. Es un hecho constitucional. Un síntoma de la modernidad que vivimos hoy en día es que todo es potencialmente un antibalas. Una sociedad basada en la idea liberal del “Anyone can cook” también nos dice “Anyone can shoot” que sigue los mismos parámetros del argumento Disney que dice que si bien esta frase no significa que todo mundo puede dispararte, sí dice que el tirador puede salir de cualquier lugar, de un ghetto de negros o hispanos en las ciudades, de un espectador perturbado en las salas de cine, de la gloriosa armada estadounidense o del suburbio antes considerado uno de los más seguros del país.

La violencia que genera un país que construye el mundo a su imagen y semejanza, triplica sus víctimas por cada asesino, la eficacia también cuenta en una sociedad en donde la eficacia lo es todo. El derecho natural que el hombre tiene justifica el asesinato si su existencia neurótica depreda –al igual que todos­ por una mejor calidad de vida. Una sociedad de veteranos de guerra en cada una de las generaciones de las familias estadounidenses aplaude a los héroes que estructuran una filosofía del más apto cuya recompensa es el dominio mundial “The world is yours”, es un sociedad que se contradice –porque esto les es natural­ cuando llora a sus víctimas, y no es que no sean víctimas legítimas, sino que
por el hecho mismo de que lo son, la sociedad es una mejor sociedad, pues le demuestra al mundo entero que también, como en todos esos horrorosos países, tiene víctimas por quien lamentarse, y que además podrían hasta resultar más inocentes que las de todos aquellos lugares en donde las armas son una ilegalidad, pues el hecho de que estén tan disponibles hace de los tiradores asesinos una raza de locos ante los ojos del pueblo americano cuya confianza en Dios se imprime en dinero, las armas son para protección. Su maldad es una locura, son las personas más alejadas de Dios, pues aquí no hay desesperados, sólo perturbados patológicos, y las víctimas… bueno pues, ellos tan sólo estuvieron en el lugar y momento incorrectos.

El derecho natural en que basan la felicidad de su mítica economía, justifica la violencia como medio legítimo en la justicia de los fines, y el fin en la sociedad del espectáculo es la fama, santo grial de cada uno de los ciudadanos al norte de la frontera. La fama aquí es tanto para el tirado como para las víctimas.

Y para ser una mejor víctima las nuevas mochilas antibalas, que por tan sólo 235 dólares protege a tus hijos de un disparo de pequeño calibre. Nuestro negocio es la seguridad de tus hijos.

Elogio del plagio. El sampling como juego o acto artístico

Ariel Kyrou

1990. LOS GALLOS SE HAN APODERADO DEL BAILE. Una voz de profesor, se vuelve en un abrir y cerrar de ojos hacia las fies- tas piratas: «El sonido tradicional de los veranos ingleses...» Un avión despega. Se formula una pregunta: «¿Cómo era el cielo cuando eras joven?». Mientras suena la armónica de Érase una vez en el Oeste, pinchada sin la aprobación de Ennio Morricone, Rickie Lee Jones responde con su voz de diosa, que también se ha sacado furtivamente de alguna entrevista de la radio... Y la cantante de jazz habla de las nubes atercio- peladas de la Arizona de su infancia. Un sintetizador estilo Tangerine Dream hierve de placer al escuchar estas preciosas palabras repetidas sin cesar. Y el groove se completa con un redoble de percusión. Después de este loco minuto de natu- ralezas evocadas y fragmentos trascendidos, The Orb mete el ritornelo de Little Fluffy Clouds, esqueleto de rítmica dul- zura con una guitarra de contrabando, sisada esta vez a Electric Counterpoint de Steve Reich... 
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Who wants to be millionaire?

Fabián Ríos

¿Cuántas son las posibilidades de que una bala perdida atraviese el techo de un cine y se impacte justo en la cabeza de tu hijo pequeño en una función llena de niños en donde se exhibe la  película animada del momento? Por supuesto mínimas, tan impensable es, que todo mundo da por hecho que las balas que las personas armadas disparan hacia el cielo dan en el blanco cuando en realidad caen en cabezas de niños y azoteas de casas familiares;llueven balas. Ahora, ¿cuántas son las posibilidades de que el cine en el que una bala atravesó el techo y se fue a dar a la cabeza del hijo de alguien  siga con la función programada sin reparo alguno de que afuera están lloviendo balas? muchas al parecer, es inminente, el espectáculo debe continuar, al fin y al cabo ya pagué por mi boleto, que cancelaran la función sería lo realmente indignante.

Exigimos puntualidad y perfección en el espectáculo que se lleva a cabo, no porque el espectáculo  sea bueno, sino por el espectáculo mismo. Gracias a él somos parte del gran todo económico del que resultamos un público crítico ¿Dudan que sea crítico? La capacidad receptiva del espectador es muchísima, podría pensar que conoce más datos sobre el show televisivo que cualquier erudito literario, hay más disposición por parte del consumidor del espectáculo ante el bombardeo de acaparadores y espectaculares que adoctrinan a la transeúnte por el sólo hecho de siquiera divisar el color azul del fondo del anuncio de celulares que representa al producto como amigable, el punto llega a tal que el público sabe cuando está siendo despojado de algo, cuando el show como lo conoce está en peligro de desaparecer; cuando peligra para el protagonista, el galán, su final feliz, no casarse con la dama puritana, no cumplir con las exigencias del padre y no ocupar el lugar al que está destinado; es un pequeño hormigueo en la nuca lo que los alerta -alguien trata de quitarnos lo poco que tenemos- . Ahí es cuando el público de verdad se manifiesta en contra de la villanía de un estado democrático real, la calidad de mercancía de la señora que acaba de comprar su pantalla plana con las tarjetas de prepago que le fueron otorgada –benditos sean- es la verdadera muestra de rebelión en contra de la tibia revuelta a la que estamos acostumbrados. La imposición del espectáculo es el heredero de la debilidad, tan débiles somos que preferimos ser absorbidos en aras de la fama, sin ella no puede haber un cambio, sería la nueva consigna, infiltrarse, pelear desde adentro parece lo más inteligente, cuando en realdad este adentro ya nos tiene un lugar reservado. El discurso transgresor se vuelve nulo cuando se hace espectáculo. 

Aquello que parece ser lo más abrumador es lo que nos conforma. El cinismo del público es idéntico al cinismo del espectáculo y el cinismo del rebelde sigue esta mimesisal plantearse la no violencia. El supuesto levantamiento de las consciencias estudiantiles a principios de año se conformó básicamente por el mismo hormigueo en la nuca del que solo se indigna cuando la película es interrumpida. El malestar de una clase venida a menos que repudia la injusticia del  despojado porque lo conoce, sabe lo mal que se siente una y otra vez cada que esa figura inmortalizada, picaresca e infinitamente honrada sostiene a su primogénito casi en cenizas, fruto del amor de “La chorreada”, el más puro y humilde de todos los amores. ¡Maldito gobierno! ¡Atenco no se olvida!

“El espectáculo es la pesadilla de la sociedad moderna encadenada que no expresa finalmente más que su deseo de dormir. El espectáculo es el guardián del sueño”, la sentencia de Guy Debord es clara, el aparato mediático es señalado como imagen sustancial del poder, a este paso los apresurados post-todo lo llamarán la caída de la lógica del capitalismo como lo conocíamos, pero es en realidad la forma más acabada del capitalismo como lo conocemos, el orden presente, su fetichismo, despunta en la conservación de lo ilusorio, conserva la inconsciencia a flote, muestra y sacraliza los deseos del público; en realidad se permite todo si en verdad lo deseas, la pregunta es simple Whowants to be a millionaire?

¿Qué hacer? No se trata de concesiones diría yo, no se trata de aperturas para opiniones alternas al discurso oficial, ni de hacer cercos para hacer malabarismos. Si la sociedad del  espectáculo es autoconservada en la figura de la primera dama, si el origen del espectáculo “es la pérdida de la unidad del mundo, y la expansión gigantesca del espectáculo moderno expresa la totalidad de esta pérdida” (p.8), si lo que bien se hizo  de entre nosotros los inconformes balbuceantes fue señalar al agresor, entonces la respuesta sería simple, Televisa debe desaparecer.

Non servus temporis

Marte

Hace poco me pregunté por qué me sentía incómodo al volver a caminar por mi edificio de la Universidad y ver a los polluelos entrar a las clases que yo tomé; no sólo es ver sus sonrisas y ganas de comerse al mundo, es que hasta la piel les brilla. Y estuve frente a ellos, a mis 24 años, pensando en arrugas prematuras, ojeras de borracho, y libretas de ideas en blanco. Descubrí que los escritores de ficción que incluyen viajes en el tiempo, cambios de cuerpo, y rollos mágicos, es porque en el fondo sus vidas son tan mediocres que quisieran tener el poder de cambiarlas, de preferencia sin esfuerzo, con una maravilla fácil, y lo proyectan en sus tramas.
 
Una vez vi en un documental una montaña de hielo quebrándose y hundiéndose, y supe que esa es la mejor imagen para representar el tiempo. Éste lleva una dirección, siempre es la misma. Querer tener una hora más para terminar un pendiente es como pretender que el bloque de hielo se quede suspendido a medio trayecto, o peor aún, que emerja del agua helada para incorporarse a la montaña y vuelva a desplomarse sólo hasta que estemos listos. La montaña de hielo se deshace en el punto que debe deshacerse dentro de la historia del universo (Ok, consulté con un amigo científico y dice que no puedo afirmar la imposibilidad de que el tiempo se revierta, que es una cosa debatible muy cabrona que ni Stephen Hawking puede determinar, pero ahondar no viene al caso).

Entonces me pregunté por qué a tanta gente nos deprime que se vaya haciendo tarde… Quizá sean patéticas, pero son muy reales las crisis de la edad: De los 20’s, “cuando pasas de los 25 te quieres matar”. La crisis de los 30’s, “cuando cruzas los 30’s volteas y ves que no eres todo lo que habías pensado que serías para los 30’s. La de los 40’s >>> Belleza Americana, es una película muy bonita –no, no haré una reseñita, véanla y se sabrá el motivo de la mención­. Como alguna vez oí en el radio, “si llegas a los 40 años y no la has hecho, ya no la vas a hacer”.

De los 50’s qué decir, los del último tren. La única soltera feliz a esa edad es Samantha Jones; y o cosechas triunfos en tu vida, o mínimo en la de tus hijos; de lo contrario eres un pobre diablo. Incluso los 15 años pueden llegar a tener su crisis, pero esos cambios son más agradables, pues duelen pero gustan: adaptarse al nuevo yo. En cambio las crisis anteriores, duelen pero duelen: adaptarse al caduco yo.

Uno puede poner atención a esto, que a fin de cuentas es lo que se ve y es medible (calendarios, relojes, tallas), y experimentar cada una de las crisis; o, por el contrario, puede estar ocupado en otras cosas sin pensar en ello, sin que importe -­no creo que José Saramago haya pensado mucho en sus ojeras o en su calvicie­-.

No se siente vergüenza ante la servidumbre. Un Señor puede mirar a los ojos y sin parpadear a los esclavos; ellos son quienes han de bajar la mirada cuando el Señor les dé órdenes. El Tiempo no puede ser tu Señor, cuando él es el amo no tiene piedad, puede maltratarte moral y físicamente; el tiempo nunca te paga, te cobra; es un jefe explotador que no te da vacaciones, ni hora de comida, y ciertamente no te deja salir con tus amigos, pues cuando sales con ellos no te deja en paz, telepáticamente tortura tu mente, pisa fuerte para que lo escuches pasar; es tiempo libre que nada tiene de libertad, no puedes disfrutarlo pues tu dictador te hace pensar que es tiempo muerto, y que tienes pendientes que no has atendido por estar en Facebook, que no mereces estar ahí. Las vacaciones no saben a vacaciones, no se puede descansar de descansar.

Si nos permitimos ser esclavos del tiempo, si sus años hacen con nosotros lo que desean, sentiremos humillación al mirarlo a los ojos, nos arrodillaremos ante un calendario y él nos pisará; sentiremos la nostalgia de los recuerdos, lamentaremos que nuestra piel ha perdido turgencia y radiación. Por el contrario, si desde jóvenes nos sublevamos, ¿por qué entonces sentir con pesar, que ya tenemos más años, si hemos hecho con el tiempo lo que hemos querido, si lo hemos usado como a un esclavo para favorecernos a nosotros mismos, si es un siervo del que hemos sacado provecho? Los individuos que han sabido ser amos sienten orgullo de sus años.

El golpe de estado que debemos dar no es al PRI, es a ese tirano llamado Tiempo, hagamos una revolución, la más importante, la Revolución Individual; esclavicemos al Tiempo, al Espacio y al Universo, robemos el trono.

El tiempo que invirtamos en el reinado propio es lo único que puede darnos satisfacción total; si otorgas tu energía a una causa que no lleva tu nombre, sea tu artista favorito, el partido político con el que simpatizas, una marca de ropa, México, etc., nunca serás Rey. El país no te hará grande, uno le vale verga al país, el país no nos hace, nosotros hacemos al país. Hay que dominar al tiempo para trabajar en una obra, y no por el país, sino por uno mismo. Siendo grande tú, puedes si quieres beneficiar a otros con tu grandeza, hasta a los desnutridos, hasta a México.

Llegará un momento final en el que México, después de haberte ignorado, diga “¡Ay sí, aquí está mi hijo predilecto!”, ¿pero por qué lo dirá? Porque habrás sabido dominar al Tiempo, y habrás trabajado en tu nombre. Tú tomarás el reconocimiento, responderás que siempre tuviste un ideal, que siempre quisiste beneficiar a la sociedad con tu pasión; sonreirás con un pensamiento “chinga tu madre, México, lo hice por mí, pero pues sí, date, di que fuiste mi cuna”. Nada más sincero, ¿o creen que hay mucha sinceridad en los spots? "Ay sí, gané en tal festival, y cuando gano en cine, gana todo México, gracias Felipe Calderón”. La gloria es personal. Jajaja.

Champagne: Nostalgia y Cansancio

Fabián Ríos

Nostalgia es lo que caracteriza aquel diálogo entre dos artistas norteamericanos en sus minutos de ocio dedicados a la degustación de un terrible café en lo que parece ser algún rincón blanco y negro de una armería (¿Por qué una armería?). Por su puesto que Taylor Mead, aquel fantástico artista de los 60 ́s, actor propiedad de las elites de la fábrica Pop y símbolo de un pasado eufórico que aún tenía el beat en sus genes, no está bien, su café es malo y sabe que pronto tendrá que regresar al trabajo, pero sobre todo él se siente apartado de la realidad, sin contacto alguno con el mundo, lo único que le llega de contrabando es el fragmento de una melodía que por sí misma expresa el cansancio de envejecer en una época como esta. Pronto la melodía de Mahler se desvanece.

William “Bill” Rice, el hombre estoico que fuma frente a Taylor, artista por excelencia del underground neoyorquino, fanático de Gertrude Stein y reinterprete de Picasso, es quien repite sin sentido alguno el recurrente pensamiento de Nikola Tesla, Nikola Tesla perceived the earth as a conductor of acoustical resonance, sin poder explicarlo, tan sólo nombra estas palabras para salir aunque sea un poco de su ensimismamiento, mostrando que, con su poco entusiasta manera de hacerlo notar, siente esa nostalgia que lo hace imaginar, junto con su compañero, que el café, el terrible café que tienen frente a ellos es Champagne.

El brindis que propone Taylor Mead es ya la confesión de su nostalgia por el categórico Paris de los 20 ́s (Joséphine Baker, Mouline Rouge), mientras que “Bill” Rice prefiere recordar el pasado vivido del final de los 70 ́s, que fueron, en sus palabras, el principio de muy buenos tiempos: “The 1970s were a misery… There was nothing there at all — except disco. So I can’t really say that nothing happened in the 1970s to me. That was the beginning of a very good time.”

De cualquier manera ambos chocan sus vasos por un pasado irrecuperable que los lleva a pensar que el café que al principio tomaban era de alguna manera insoportable.

De esto habla precisamente una mente nostálgica, de la negación de un presente insoportable y de la afirmación ilusoria, por lo tanto fugaz, de un pasado idealizado. El sabor de un trago imaginario de champagne es una delicia en comparación con el café del presente real. Pero pronto se termina, sólo quedan unos cuantos minutos de descanso (coffee break) y Taylor y Rice tendrán que regresar a lo que sea que estaban haciendo, esa es la verdad que Taylor quiere negar y la que lo lleva a aprovechar ese pequeñísimo tiempo para descansar profundamente pues el presente no sólo es nostálgico, también es cansado. Taylor se divorcia de nuevo del mundo y el mundo vuelve a captar esa melodía de Mahler “Ich bin der Welt abhanden gekommen.”
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Taylor: Let’s pretend this coffee is champagne.

Bill: Why would we do that?

Taylor: Well, to celebrate life, like the rich, elegant people do

 

¡Qué hermosa es la revolución, aún en su misma barbarie! Una aporía

Fabián Ríos

Las palabras del personaje revolucionario Solís de Mariano Azuela en Los de abajo son los sentimientos de un saqueador y asesino entregado por completo a ese momento sagrado llamado revolución (sagrado por mitificante, sagrado por originario); visto de esta manera, los caudillos que se encuentran encerrados en las páginas del escritor son poco menos que mártires, muchos de ellos santos soñadores de la causa justa (ellos inmersos en las cauces de la novela revolucionaria no lo saben, por supuesto), de los únicos buenos que ya muertos no tuvieron tiempo de corromperse; aunque aquEllos malos ya corrompidos tengan en su derrota la forma de lavar sus robos, asesinatos y violaciones. La revolución es su confesionario y su derrota, la forma de embellecer la barbarie de sus actos: que hermosa es pues la revolución, aún en su misma barbarie.

Recordemos aquella imagen en donde la revolución es personificada cual Venus: un tanto salvaje, un tanto provocadora, pero también un tanto maligna (metafísicamente hablando); detrás de esta mujer siempre está el miserable, el pobre hombre harapiento que la necesita más que nadie, que puede pasar por sobre todo derecho humano si la finalidad es la redención armada de su misma humanidad. El derecho mismo a su existencia es lo que lo impulsa a destruir toda materialidad que le presente un obstáculo para su feroz ingreso al mundo de la dignidad, esto es arrebatando lo digno del otro, asesinando al frágil “curro” afeminado ya por la ilustración, violando la pureza virginal de la hija del burgués o expropiando y hurtando hasta las cenizas la casa de la La mamma morta en donde se impartían la moralidad del señor en donde el siervo servía. Aquel miserable desea la revolución por un sentir que tiene que ver más con la lujuria que con la justicia; cualquiera pensaría que antes de tomar La Bastilla aquellos hombres preferirían arrojarse sobre los perfectos pechos de la libertad iluminados por las pinceladas de Delacroix. Para el caudillo revolucionario la lucha es su fetiche, su sola imagen, para ponerlo en palabras del Dr. Azuela, irrumpe como volcán en erupción, amantes de la revolución como amantes del volcán que irrumpe, al volcán porque es volcán y a la revolución porque es revolución.

Por supuesto siempre está el idealista encaminando el desenfreno revolucionario o el artista pintando y escribiendo versos sobre la barbarie de la guerra; la libertad iluminada y encabezando el claroscuro barroco, los miserables siempre en las sombras y los de abajo dolientes y rabiosos.Aunque detrás del ideal y el maquillaje con el que tanto añora el artista, está la violencia en su estado más prosaico. Con lo que se encuentra el médico letrado de Los de abajo no es con la idea del oprimido, tan panfletaria como el Marx de los intelectuales de las plazas ocupadas por la “prole”; con lo que se encuentra es con la brutalidad, con la forma más concreta de la revuelta, con el hedor mismo de la revolución del que la propaganda ilustrada se encarga de embellecer. Luis Cervantes, médico y periodista, hombre de letras, es puesto junto al estiércol húmedo y pestilente de los cerdos una noche antes de poder unirse a la tropa de Demetrio Macías.

Y es que la infantería de la revolución es ajena a una modernidad que no los favorece, la visión cosmopolita y progresista de los míticos ilustrados es de poca importancia para el caudillo, él está indignado, pero su indignación es más elemental, es por supuesto más una cuestión de vida o muerte que de justicia y progreso, y aunque para consolidarse sean necesarias ambas fuerzas, el hombre armado está aquí por la violencia, ése es su fetiche, violencia entendida como una ruptura en toda su brutalidad, la violencia que ejerce casi instintivamente en contra de su opresor, del cual apenas conoce su nombre, que ya luego el intelectual se encargara de legitimar por sobre sus tumbas. ¿Qué desea el revolucionario miserable? Él sufriente desearía el fin de su sufrimiento, pero no conoce las promesas teóricas por las que se ve luchando, ni las mieles de la victoria que la historia contará, ni la utopía que la revolución ilustrada le da, por lo que su lucha se devela como un instinto de muerte en donde para él no hay más que regocijo.

La visión de los de abajo está lejos de legitimarse por medio del siervo hegeliano, si bien confirma su existencia dejando atrás todo miedo a la muerte, este instinto metafísico de la nada no está consolidando su identidad, ellos fungen más en su imagen fantasmagórica, en la transparencia de su sola existencia con la que pueden reencarnar una y otra vez en las mentes de los intelectuales y locos artistas, y poetas que los cubren con las vestimentas de la gloria y la justicia social, ellos, como muertos incógnitos representan en realidad la angustia existencial del momento nihilista, la nada. Su verdadera existencia es indescriptible pero su vestimenta literaria, como función real del arte, nos acerca a lo inefable e inaprensible de su total libertad. Contradicción es que este momento desbordante se hace perdurar en las narraciones de los desertores que vivieron para contarla.