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Los Esclavos

Erandy Corvel

Los esclavos no tienen quien los quiera y se masturban.

Nadie lo creería, pero ellos también se hacen sus pajas. Entre sus delgadísimas piernas les crece un cuerno de rinoceronte y embisten al aire, sintiéndose libres y libertinos, hasta que se les vuelve rosa, morado, púrpura y finalmente negro, como originalmente era.

Naturalmente lo hacen a escondidas, cuando les toca dormir entre muertos, o cuando les queda un poco de espacio entre los vivos apilados y un paredón. Ocasionalmente, se topan con alguna mujer que los descubre y de lejos les lanza una reta con la mirada. Entonces ella acomoda los dedos en su cresta de gallo espoleado y se lo imagina a él arremetiendo ya no contra el aire, sino contra el hueco podrido y seco de su sexo.

Si después se encuentran entre las pilas de los vivos, no discuten quien ganó la partida, o quien terminó segundo, porque los esclavos prefieren hacer un cómplice y nadie puede discutir con ellos que eso y no otra cosa es el amor.

SUBURBANO

Benjamín García

Semiósfera callejera

1

Yo vengo de la calle. Cuando tenía 8 o 9 años, desperté por la mañana, no vi a mi madre. Mi hermana y yo estuvimos solos y hambrientos hasta el anochecer. Cuando mamá llegó, traía jamón, huevo y un litro de pepsi. Carecía de empleo. En el 82, Miguel de la Madrid había abierto la puerta al neoliberalismo, el poder adquisitivo de los obreros iba siendo erosionado. Le pregunté dónde había conseguido dinero. Su mirada fue astuta, turbia: Tengo mis secretos. Días más tarde me inquirió sobre si realmente quería saber: Sí, respondí de inmediato.

Encargó a mi pequeña hermana con la vecina y nos fuimos. Pasamos la tarde de puerta en puerta: Una moneda para hacerle una misa de limosna a mi esposo muerto, decía ella; para mi papá muerto, decía yo. Nos iba bien, la primera Navidad que pedí dinero, pude comprar la colección de figuras de acción de He-Man.
 
Mamá no me pedía ni un peso de lo que yo obtenía. Era una época sin narco violencia ni ultra pederastia. Ella escogía un lado de la acera y yo el otro. Nos buscábamos después. A veces competíamos a ver quién juntaba más dinero. Por al menos 10 o 18 años nos mantuvimos así.
 Amaba la calle, ¿qué niño no? Como pocos, conocí el Estado de México y a sus habitantes, aunque fuera sólo por unos momentos, porque la calle es el otro, así conocí a los demás.

Veía el atardecer reflejarse en las ventanas de los edificios, veía los últimos rayos del día a través de los vitrales de las iglesias trianguladas (de ahí nació mi afición por visitar dichos recintos) y modernas que poblaban y pueblan zonas como Víveros de Asís, Ciudad Satélite y algunas zonas del DF.

Mamá y Alfredo (el papá de mi hermana) peleaban. Como él era muy obsesivo, ella decidía huir a otro estado. Caminamos las calles de Aguascalientes, Monterrey, Puebla, Guanajuato, Puerto Vallarta, Michoacán… En ningún lugar nos querían, en Puerto Vallarta mi mamá nos dejó (a mí y a mi hermana) en un parque y se fue a buscar trabajo. La gente del lugar, tajantemente le afirmaba: Nooo, ¡aquí queremos turistas, no gente que se venga a vivir aquí! Mejor regrésese. En Monterrey nos fue mal. Al final no traíamos ni dinero para regresar al Estado de México, a Tlalnepantla. El cóquer spaniel que nos acompañaba, se lo vendimos a un tipo para obtener algunas monedas. Así llegamos a Puebla. Nuevamente pedimos dinero para comprar los boletos al Estado.

La vida es lo que es. Y uno no sabe nunca qué es. Dice Henry Fayol que el sujeto “poetiza” la ciudad porque la ha rehecho para su propio uso. Y eso hacíamos mi madre y yo, convertirla no en un trabajo ni en una oficia, sino en hermosos atardeceres que nos llenaban el bolsillo con monedas que nos permitirían comer pan. Aunque mamá siempre me advirtió que no debía contarle a los demás para evitar burlas, jamás me avergoncé de ser un lismonero, a final de cuentas es tan sólo una forma de transacción.

Mi vida en la calle continuó como gamer: Lo peor es perder la vida. Justo cuando se acabó el dinero. En la pantalla aparece un escandaloso y burlón “Game Over”. En consolas como Sega y Nintendo había “continues”: la posibilidad de resucitar y terminar con los enemigos. En X Box y Play Station la muerte ya no es un problema, sólo guardar paciencia y reintentar la misión hasta lograrlo.

Inicié mi afición como a los diez años. Por la calle había locales de videojuegos, en México los conocíamos como “maquinitas”. Un día llegaron visitas a casa, parecía que el tema era grave, mi madre cogió unas monedas y me solicitó ir a las “maquinitas”. Nunca había jugado.

Moon Patrol, un juego de Atari, mi primer reto. Una especie de vehículo robot debía avanzar por el suelo marciano. Luego Popeye, Yie-ar-kung-fu, P.O.W., Double Dragon, Robocop. Un niño solitario como yo al fin había encontrado un refugio, un otro mundo donde me sentía a gusto, donde era el héroe y donde la muerte se superaba con otra ficha.

Estudiaba computación antes del imperio de Bill Gates, cuando llegó a México Street Figther II, un revolucionario juego que involucraba 6 botones y la posibilidad de armar diferentes estrategias, por parecido que fuera, nadie jugaba de la misma forma. Además, podías escoger entre 8 personajes, cada uno con golpes, patadas y estrategias propias. La cosa no paraba ahí, podías retar o ser retado, de hecho el juego como historia importaba poco, era la famosa “reta” la que nos impulsaba a jugar y jugar y jugar.

No volví a entrar a las clases de computación. Cuando volví a tocar una computadora ya nadie usaba el sistema operativo, apareció una cosa que llamaban windows y de la que yo no entendía nada, ni me importaba.

Mis cogeneracionales y yo estábamos enfrascados en una lucha karateca, el futuro se nos había agotado, ya no había sueños revolucionarios y no aspirábamos sino a pasarlo bien.

Aunque de vez en cuando nos liábamos a golpes, tanto pacifismo y romanticismo ñoño de los 80, nos había convertido en chavos ligth, preferíamos externar nuestras ansias tanáticas en aquellas retas.

Al principio yo era muy malo, pasaba la ficha por la ranura, presionaba “start” y me daban en la madre. Gasté mucho antes de aprender a manejar a Ken y su famosa “cachetada”, pero una vez que la aprendí fui casi invencible. Iba con mis amigos, Javier Gamboa y Víctor Guerrero, Warra, a enfrentar batallas.

Pasé mi adolescencia propinando karatazos electrónicos y caminando. Caminar es recorrer la vida por sus veredas más sensuales. Tomar la calle. Recuperarla. Habitarla. De la calle al corazón y del corazón a la existencia.

La calle. Da temor. El lugar que temo por considerarlo mi no lugar. El sitio de los otros. Apenas vemos un poco mejor, descubrimos nuestra carencia de sitio, la ausencia de castillo. Vamos entonces a la calle. Nos volvemos calle, con callejones y arterias, avenidas, barrios, plazoletas, niños jugando fútbol, prostitutas decadentes.

La casa engaña, nos hace pensar que estamos in utero, protegidos y alimentados. Nos resguardamos tras de 4 paredes. Un buen día tiembla y se cae nuestro edificio… o la bolsa de valores: nos quedamos en la calle, donde siempre estuvimos desde que nacimos. Una vez salidos del útero, jamás volvemos, estaremos fuera hasta la muerte.

El Carajo

Erick García

La penumbra siempre protectora se vuelve meretriz dentro del Carajo. Hacía dos años que no visitaba ese bar a causa de sus botellas adulteradas,  de sus baños inundados de orines, y principalmente porque las pocas mujeres que lo frecuentaban  ya me las había tirado.

Había pocas mujeres, pero esas pocas eran para todos, nunca hubo peleas por ellas, todos lo sabíamos y aceptábamos estoicos las veleidades de sus antojos. Aunque esa noche todo cambió.

Después de muchas cervezas fui al baño otra vez. Al salir fui subiendo  el cierre de mi pantalón mientras caminaba hacia la barra. Escuché a la rocola cantar una canción suave (me recordó que es remunerable escuchar blues cuando te coges a alguien). Donde nacía la música estaba ella, inclinada para mirar los títulos de las canciones que se había tragado aquella máquina.

No hacía falta verla de frente después de verla de espaldas. Se asomaba  una mariposa de tinta entre su blusa y sus mallas negras. Su cabello perecía un velo negro perfectamente cortado que acariciaba sus hombros descubiertos. Su cintura era el puente perfecto entre su culo-cielo y su espalda-purgatorio. Todos en el bar miraban sus nalgas,  no los culpo. No se podían ignorar. Sabía que si no me dirigía a ella en ese momento  poco tardaría  en verla asediada.

Pene en ristre camine hacia ella, por supuesto sin dejar de ver su redondo culo tallado en alto relieve, moldeado por la lujuria. El abrazo traidor de su pantaleta no lo podían disimular sus mallas. Era exquisita, si fuera comida sería un banquete. Un instinto canino me dominó, el mismo que obliga a montar a las perras que se desean sin antes invitarles una cerveza, sentí envidia de los perros, quise ser uno de ellos.

Debí estar ya bastante ebrio porque me acerqué a ella con soltura y seguridad, primero busqué con mi boca su oído para vencer los decibeles que vomitaba la rocola. No recuerdo mucho de lo que conversamos, aunque dudo que habláramos de algo, supongo que habló el cuerpo, los ojos y nada más. Aparecen momentos en mis recuerdos como fotografías borrosas donde la estoy abrazando, en una foto aparecemos bailando y en otras está recargada contra la rocola, yo la beso con voracidad y le doy estocadas con mi pelvis mientras la sujeto de las nalgas.

También recuerdo a mis amigos, me pedían con necedad y euforia que le propusiera un colectivo, o sea una orgía, o sea todos contra uno. Inclusive me pidieron que por lo menos los dejara ver el acto. Me reía mucho pero naturalmente los mandé al diablo luego de muchas dudas y titubeos. Preferí invitar a un buen blues a ser testigo del apareamiento.

Ese blues debería narrar la parte del “apareamiento” ya que yo no recuerdo casi nada, sólo quedan sus gemidos estridentes, agudos, animalescos,  aún los puedo recrear en mi memoria. También recuerdo que todo fue cansado, la movía con dificultad, los cuerpos oponían resistencia, se repelían, con vehemencia los forzamos a copular, todo pareció un mal sueño que no llegó a pesadilla.

En la mañana me desperté como con espinas de maguey en los sesos, al moverme se enterraban más y más, la luz atacaba mis ojos que ardían. Le di un trago a una cerveza caliente  para inútilmente contrarrestar las cruda, tuve nauseas. Gire mi cabeza y vi lo que quedaba de ella. Estaba ya sólo su cabello mal recortado, seboso. Su culo se desparramaba por mi cama poseído por la celulitis, sus piernas parecían trompos de carne al pastor, con los surcos, las vetas y todo lo demás. Las náuseas de mi estómago se sumaron a las náuseas de mis ojos y vomité la más grande vasca que he visto (y vaya que he visto muchas), el olor más que el sonido que produje al vomitar despertó a aquel ente transformado por la sobriedad. Alcé la cabeza cuando sentí su mirada…

He pensado mucho en aquella mujer y creo que cualquiera en mi situación hubiera hecho lo mismo: La tomé del brazo y la saqué de mi casa,  ella aún no entendía  lo que pasaba, se frotaba con sus pezuñas los ojos (lo cual me intrigó) para comprobar si estaba dormida, pronunciaba sonidos incomprensibles, le aventé su ropa por la ventana junto con un billete para su taxi.

¡Quién se había creído para engañarme de esa forma!

Viaje al centro del Torito

Escalot

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Pareciera que después de ir a un bar, sólo quedan tres caminos; seguir emborrachándose, ir a dormir, o ir con alguien a no dormir, mas el gobierno no satisfecho con el hedonismo y aparentemente preocupado por sus ciudadanos, hizo un cuarto camino: encerrar a todo aquél que tome alcohol y conduzca. El lugar de encierro se ha convertido en el némesis del borracho, ya sea del que toma coñac o del que tome cañac. Se rumoran infinidad de mitos urbanos alrededor de aquel siniestro lugar llamado “el Torito”, eufemísticamente, ya que en realidad, lleva el nombre de “Centro de Readaptación Contra Las Adicciones”.  Al final del reportaje sabremos si hace honor a su nombre.

Es verdad que tomar alcohol en exceso puede causar accidentes fatales, al ebrio como a los no ebrios. Lamentablemente la medida con la que están calibrados aquellos aparatos es  polémica. Hay hombres que llegan tan ebrios que van despertando hacia el final de su condena, en cambio otros,  llegan tan sobrios que sufren cada minuto de encierro. Ya lo dijo Cerveza –Si apenas acababa de cumplir mi juramento y que me echo  una  chela, namás fui a dejar a mi vieja y que me agarran. Cabe mencionar que decía la verdad, estaba tan sobrio que daba tristeza. 

Sólo como nota práctica a los lectores;  no se debe soplar más de una vez el mismo popote porque aumenta en gran medida la probabilidad de detención. Obviamente nunca te lo dicen ¿acaso se beneficiarán en algo? A decir verdad sí, ya que sólo pueden ingresar un cierto número de detenidos,  el gobierno no les puede salvar la vida a todos los borrachos, tiene su límite (sólo los afortunados). Pero nada es gratis, porque tendrás que pagar el arrastre del  auto al corralón, los días de piso, por si fuera poco, si te falta alguna tenencia, deberás pagar más de doscientos pesos de mordida a nuestros salvadores. Aunque cómo reprocharles, ¡dicen que lo hacen por nuestro bien!

No hay por qué preocuparse por maltratos policiacos. No te ven como delincuente,  comprenden, y se identifican con tu alcoholismo o tu mala fortuna, que los aqueja por igual. Incluso te dan consejos durante el traslado –no ti conviene pagar amparo, güero, pss, de cualquier forma tienes que pagar tus horas de arresto, mejor aguántate, o de que vayamos por ti a tu chante, pus ta gacho… ¿Un cigarrito?  Posteriormente se confirma su buena voluntad, ya que antes de entrar acechan abogabuitres con promesas de libertad, sólo necesitas tres mil pesos (Cerveza pagó, y sólo salió tres horas antes de su cumplir su castigo, y tendrá que regresar a pagarlas).

Lamentablemente no todo es amabilidad en el recinto  de sobriedad, ya que es dominado y administrado extrañamente por una empresa de seguridad privada, parece que les pagan sólo por gritar y gruñir. Primero se da una plática de bienvenida donde te despojan de tus pertenencias, anotan cuáles eran, cuánto efectivo, tipo de celular, y demás,  para regresártelo al final. A Whisky al salir y reclamar sus pertenencias le faltaban doscientos pesos. Reclamó, pero,  ¿qué podía hacer?, ¿levantar una denuncia? Lo que uno quiere es largarse, solamente.

–¡Pinches rateros!

–Cállate, cabrón, o te metemos de nuevo y a la chingada.

El siguiente paso del proceso es la visita al médico jurista.

–¿Te pegaron?

–No. 

–¿Seguro? ¿Padeces alguna enfermedad?

–No.

–¡El que sigue!              

Después te pasan a lo que crees  será tu habitación “¡Apúrale!”…Cuando te grita un hombrecito de un metro y medio, es difícil saber qué hacer, o te sonríes  o te carcajeas. Mis compañeros de celda al igual que yo fueron  interceptados en Reforma y Eje Uno Norte, cada uno contó su historia, al principio éramos  ocho, para cuatro literas de cemento, después siguieron los lamentos –Vale madres, mi vieja debe estar que se la carga la chingada. Otro decía –Pero quién me manda a votar por el PRD, pinche Ebrad hijo de su puta madre. –Ya sálgansen, por allá, pásenle… por la puerta–, interrumpe la voz del chaparrito que ordena.

Por fin entramos al afamado patio del Torito. Diversidad total: Señores, ancianos, adolescentes, teporochos, fresas,  rastafaris, chacas. Todos diferentes, pero unidos por los mismos gustos, a todos nos atrae el Leteo enfrascado.

En la hora de la comida muchos evitaron acercarse al comedor, el hambre pudo más que mi decoro,  comí. La comida no tiene sabor, parece que  el chef olvida los condimentos; la sal, el epazote, el perejil, etcétera. Aparentemente es gratis, pero no es así, con lo que se paga de arrastre y derecho de piso…  deberían comprar un costal de sal. Había sólo dos tiempos, la sopa y el plato fuerte (albóndigas). Completaban la charola unas cuantas tortillas y de postre un Bocadín.  Dijeron que el lavaplatos había faltado, por lo que cada quien debía lavar su cada cuál (su charola y su vaso).

–Pinche gobierno no va a controlar mi forma de chupar. Pa la otra me voy a fijar en el Twiter donde están los retenes. Alguien más decía –pus namás vete por avenidas que tengan salidas continuas, y si tomas avenidas grandes agarra la lateral paque no te puedas salir o echar en reversa.  Después cayó la lluvia de ideas de cómo evitar volver  a caer, ¡claro que se aprende! Esas medidas preventivas, las dejaremos para otra ocasión.  

Nos comienzan a formar para ingresar a las celdas, después de pasarnos lista, abren los dos largos pasillos donde están las celdas, (aproximadamente unas quince o veinte celdas por pasillo). Comienza el corredero, todos empujándose para agarrar un pedazo donde sentarse o recargarse, mis compañeros con los que ingresé y yo, tomamos una celda, éramos ocho, luego diez, quince, veinte, muchos de pie, otros recargados, algunos sentados en un rincón, otros debajo de las literas inferiores, los demás, como yo, sentados sobre las literas.

El calor es más  que intenso, el techo es de lámina (obviamente resguardado por protecciones de hierro dulce),  el sudor sofoca, no deja dormir a los que podríamos hacerlo por la posición privilegiada. Las caras son de tedio, de resignación, de hastió. Un huésped anterior altruistamente dejó su periódico para los venideros, lo descuartizamos y lo vamos cambiando hasta terminarlo colectivamente

–¿Qué hora será?

–Yo metí un reloj sin que se dieran cuenta–, contesta Brandy.
 Desde ese momento el tiempo se estiró, no faltó quien  lo asediara cada quince minutos para preguntarle la hora.

La celda, de por sí pequeña, con tantos habitantes se volvió diminuta, más calurosa e insoportable. Las caras de los demás reflejaban la mía, en silencio ellos se reprochaban al igual que yo –Vale madres, por qué me fui por el Eje Central, pudiendo agarrar Cuba y salir derechito, todo por ver cómo destruyeron Garibaldi con esos vitrales tan espantosos. Me arrepiento de no haberle ofrecido más dinero al policía que me mandó a la línea

–Tengo cien pesos oficial.

–¡Pus qué pasó!, mínimo es una Sor Juana, pásele joven.

Confiado estaba de pasar la prueba ¡Por dos bolas!, sería el colmo. En la celda reina el silencio. 

De repente en otra celda se escucha "Pepe el toro es inocente". Sólo faltaba una chispa para revivir a la multitud, comienzan las bromas, los albures, y la plática que aligera el tiempo, contando chistes y anécdotas (obviamente de borrachos), divirtiéndote un poco donde no deberías, es la forma más eficaz de burlarte del gobierno y de sus normas. Es la subversión.  El aire se aligera un poco.   

Algunos comienzan a salir, porque es la hora de visita, familiares y amigos vienen a dejarles comida decente a los recluidos. Por fin me puedo mover con más libertad sin chocar con el hombro de alguien. Pasa la hora y se vuelven a llenar las celdas.

Grita el chaparro "Sálgansen, cabrones". Llegó la hora de la cena. No me atreví a comer para no atreverme a usar el baño, que no es necesario describir por dejárselo  a la imaginación del lector.  Abrieron la sala de juegos de mesa, pero sólo hay cupo para veinte personas. Existe una biblioteca. Aunque no estaba de humor para leer, decidí  que era lo mejor que podía hacer, además ya me quedaban pocos cigarros. Intente girar la manija, mas nada.

Cerrada. Seguramente era el lugar menos visitado, probablemente encontraría sólo libros de Alcohólicos Anónimos.

Se repite el tiempo, como si fuera en círculos. Pasan lista. Corren todos. El bochorno,  el tedio, el reproche,  el bochorno, el tedio, el reproche, el bochorno, el tedio, el reproche,  el bochorno, el tedio, el reproche. Así hasta que Ron rompe el silencio.

–¿Tú a qué hora sales, carnalito? 

– A las once treinta y cinco se cumplen las veinte horas que me echó el juez en el MP, le digo. 

–Cómo son ojetes, deberían contar desde que te agarran, no desde que pasas con el puto juez, yo me pasé una hora y media esperando turno… Estaba hasta la madre.

Interrumpe la conversación un grito de tedio, una brisa de bochorno, y un reproche envejecido, que se metamorfosea durante el hastío en resignación.  El tiempo avanza en círculos. Algunas palabras triviales seguidas de un silencio, un silencio seguido de palabras. Grita el guardia  los apellidos de Vodka, que  era uno de mis compañeros de celda, cortésmente se despidió de mano de cada uno de sus acompañantes que al principio le causaron empatía, al final quizá simpatía. La rechifla en otras celdas comienza al ver su acción. –Órale wey, luego les pides el teléfono, ya llégale…

Con el tiempo atrofiado se van vaciando poco a poco las celdas, grita el pigmeo –Ramírez Ortega, Preciado Luna,  etc. Sálgansen ya.  Los que salimos en horas cercanas (con diferencia de cinco a diez minutos) sabemos que tenemos que cruzar el parque de Tacuba para llegar al metro, preocupándonos más por lo que hay afuera, decidimos esperarnos en la salida para cruzar aquel peligroso trecho  juntos.

–Aquí están sus cosas -mi poco efectivo estaba intacto-, namás váyase con cuidado porque roban, no pase por el parque, camínele rápido. Al ver el umbral me alegro de estar a punto de salir, al salir y ver el parque habitado con lejanas siluetas, ya no me alegro tanto, pienso que quizá sea más seguro el interior. Me cruzo con los ojos de mi copiloto. Recuerdo que afuera ya no estoy tan solo. Me hago fuerte y cruzamos ya sin miedo. Es sencillo sobrevivir adentro del Torito, afuera, ya no lo es tanto.

Por fin ya estoy rehabilitado y prevenido para no volver a caer, Pulque cayó tres veces, pero a sus sesenta y cinco años dudo que utilizara el Twiter.

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La segunda venida

Sergio Miraflor

Ana se ajustó dulcemente los tirantes del brasiér y repartió de la forma más estilizada su cuerpo tibio en el sofá. En la espera activa de que por fin, su visión habitual atravesara la entrada del departamento, sus largos dedos con uñas decoradas a la francesa, brillaban como las chispas de un cuchillo afilándose, al resbalar por su clítoris. Una irrigación rosácea le correspondió, además del calor desesperado que le advertía bajar el ritmo para no traspasar el umbral antes de que llegara Ella.

Ella la encontró al punto, como quien mantiene el equilibrio con un solo pie, sostenida en el límite para no dejarse caer al cielo con autonomía. Le despegó los muslos como gajos de naranja y justo en el vértice, recogió con elegancia cada gota de zumo que pudo asir con la punta de su lengua, mientras sus dedos descubrían texturas internas.

Ana nunca abrió los ojos con tal de que todo fuera a su manera, y tan puntual lo logró, que cuando él quizo penetrarla, ya había salido de aquella alucinación. Entonces gimió fuerte con el fin de acelerar la eyaculación de su marido. Pensó que los niños pronto vendrían del colegio y no era obligación de la niñera presenciar semejante escena.

Se abrió de nuevo la puerta: naturalmente era Ella.

Querido Ángel:

Erandy Crovel

El abuelo no ha parado de hacer preguntas
insensatas; me parece que sospecha de las vocales
retorcidas y de las lúbricas violetas. Ya veré yo la
manera de aderezar su tetera.

La buena noticia es que Adelina ya mudó los
dientes y el ratón le ha dejado regalitos bajo la
almohada: un par de monedas de chocolate, un libro de
Oliver Jeffers y un dildo entrenador.

Mi madre no se acostumbra a tu ausencia y come
todo el tiempo las cuencas de sus ojos (no las de
mamá, bobazo, me refiero a las de él). Yo la
compadezco y la miro con todo lo que tengo para
mirarla sin vergüenza: mis reojos. Ha cambiado las
colchas de tu cama pensando que se lo agradecerás no
cogiendo ahí conmigo. Como si un día fueras a volver
con tu túnica de sal, con tus pasos de carnero.

Ayer la descubrí mirando tu fotografía al lado
del rostro del abuelo. Él dormía, por supuesto, pero
la comparación no le pareció agradable y lo
desenchufó del oxígeno. Hice que no miraba para que
no insistiera en que soy una impertinente, pero otra
vez me delataron mis reojos. “No te precipites a
darle sus mariposas al abuelo, ésa es tu mejor virtud,
Erandy (si así se le puede llamar a tu constante
manía de hacer estambres con lo prohibido). Él te lo
agradecerá saboreando la desdicha de extrañarlas”,
dijo nuestra madre.

“Erandy”, ¿no suena estúpido? ¿Nunca has
sentido vergüenza al presentarme por mi nombre?
Todo el mundo me ha llamado así desde hace 27 años y
no había reparado en lo cruel de esa situación. Es
irremediable, Ángel, en mi tumba estará este nombre
con el que yo no me identifico.

Recuerdos de arena

Escalot

“Hay que seguir el camino de la sangre”

García Lorca
Me cuesta esfuerzo admitir que aún la recuerdo a escondidas de mí. Me molesto conmigo al darme cuenta que lo he vuelto a hacer, entonces agito mi cabeza para disolver su recuerdo formado de arena. Alguien vuelve a esculpir la arena de su imagen una y otra vez, no sé quién sea, y temo al sospechar que pueda ser yo. Vigilo que no allane mi cabeza, aunque en ocasiones  el sueño me vence y al despertar ya está otra vez en mi memoria, desde ahí me mira fijamente, como esas tétricas estatuas de iglesia con lágrimas de sangre en los ojos.

Abro los parpados con la pesadez de cualquiera que no se reconoce en el espejo.  Me desplomo por dentro mientras me alimento con humo de cigarro. Debe ser peor no tener  siquiera humo: Lo supongo.  

Lo verdaderamente despreciable en mí, es que continúo buscándola. En ocasiones de reojo veo algo o alguien pasar, la arena de mi cabeza me hace pensar que pudo ser Ella, volteo asustado para descubrir sólo una sombra.

La busco también en mi camino,  en las ventanas,  en los libros, en mis ojos, en los silencios y las estridencias, en las iglesias y los puteros, en todas partes. Al terminar el día siempre la encuentro, aparece un remedo de su recuerdo que me inunda de espanto en medio de mis pesadillas, entonces me levanto perturbado, enfermo, como si enterraran una navaja en mi vientre mientras duermo. Es insoportable, sucede todas las noches. Estoy cerca de perder mi cordura. No puedo continuar así. No tengo el valor de acabar con esto.    

Una noche la vi del otro lado de la calle, no pude contenerme y corrí tras Ella. Juro que su cabello era idéntico, la alcancé, la miré, me miró, se escurrieron mis ilusiones en esas pupilas desconocidas.  Después la miré otra vez, pero con rabia (por no ser quién deseaba que fuera). Me señaló luego de acercarse a un policía. Preferí  escabullirme entre la gente.

Rememoro las conversaciones que tuvimos, pero no acaban ahí, sino que continuamos el diálogo, como si Ella se metiera en mi cabeza para responderle a mis recuerdos, argumenta desde  su ausencia, luego yo le respondo, ni su silencio evita que me hable. También Intento escuchar su voz, me imagino cortando las costuras de sus labios para buscar su grito, es en vano.

En verdad que la extraño, mas lo que miro ya no es Ella,  ahora sólo habita un ser malformado por el tiempo, por la obsesión y la soledad, por las culpas y las disculpas que nunca llegarán. Es algo terrible, como un recuerdo  creando a  otro recuerdo y ése a otro, y así hasta que  un día terminas por añorar algo que nunca existió. He intentado destruir a ese ente pero está construido por  mis recuerdos y también por los del otro sujeto que se esconde en el espejo.

He pedido ayuda y salvación a muchas personas y lugares: poetas, cantinas, mujeres, hoteles, borrachos, psicólogos, clínicas. Todo ha sido inútil. Ya sólo confío en unos cuantos. Entre ellos  están los párrocos. Siento fe hacia ellos, todos han coincidido al decirme “Si sigues recordándola no la vas a dejar descansar en paz”.    

Esta locura empezó en una poca concurrida biblioteca conventual. La estuve esperando cerca de los libros de su autor preferido. No era la primera vez que buscaba su encuentro. Fue un ritual el acudir todos los sábados, desde que abrían hasta que cerraban. Ella solía visitar aquel antiguo y remoto lugar. Lo sabía con certeza: alguna vez aparecería arrastrando su condena de belleza e ingenuidad. Horas, días y meses dediqué a la espera de esa posibilidad.  Era cuestión de esperar (fui experto en ello, siempre había vivido esperando). Ansiaba poder verla, por lo menos a lo lejos,  penetrarla,  tan sólo con la mirada, una vez más. Eso me bastaba, eso creía.

Aquel día las miradas de dos visitantes que iban de salida me atravesaron, vieron confundidos mi avidez desmesurada, pude imaginar mi rostro deformado por el trastorno placentero de concretar mi hazaña.

Decidí no causar más sospechas y me refugié  entre  los empolvados libreros, a pesar de no haber más personas en el lugar (me refiero a personas vivas). Intentaba con torpeza entender las letras de un poeta que no han dejado morir. Aquel libro que sintió escurrir el sudor de mis manos en su piel muerta, se estremecía, quizá porque algo vislumbró.

Apareció Ella. Cayó en la trampa de la casualidad, igual que un célibe en frente de un clítoris: no se pudo resistir. Acariciaba la portada de un libro ¡Lo miraba tanto! Así como se mira la desnudez. Esperé eternos minutos el momento ideal, hasta que se alejó para leer en un apartado rincón. Soporté los deseos de correr. Me deslicé agazapado, lentamente, acechante, fui tan cauteloso,  me parecía a las almas que me miraban casi sin existir. Me detuve detrás de Ella, donde el alcance de mis brazos no la pudiera extraviar, todavía pude leer dos versos de aquel libro que nunca cambiará de página “y mis ojos, tributo a la eterna guadaña/ por ti osan mirar de frente el ataúd” Supe que era el momento preciso.

Unas gotas de sangre se derramaron sobre aquellos versos, después todo el poema se tiñó, y al final el libro  escurría de su roja vida, ahora estaba escrito con el lenguaje de la sangre. La vida está escrita con sangre. Sustancia profética. Oráculo que habla si logras comprender su lenguaje.

-No importa perder la sangre cuando ella marca esa ruta-, creo me dije a mí mismo al ver su vientre vomitando  vino caliente (lo dije en voz alta sin darme cuenta). De todos modos esa sangre debió quemarle las entrañas.    

Se aferró del libro cual si fuera la vida, aun así dejé caer otras veces la navaja en Ella, se fueron disecando sus ojos ya perpetuos. Se apagó su dolor. La deuda estaba pagada, sólo entonces saqué la navaja para liberarla, fue cayendo el libro junto con Ella, se fundieron en el lago de lava que Ella fue inventando con su diluida vida, hasta volverse piedra, casi mítica, casi tiernamente.  

Me mojé las manos de sangre y me las lamí. Porque era mía. Tú no sabes lo que es eso.

Ahora ando en busca de  una navaja que mate a su recuerdo. Y así por fin dejarla descansar en paz.

Amplificador de Emociones 3

Omar Rueda (Sorent)

Ahora  que lo pienso bien, mi vida se ha encaminado en el rumbo que está por  decisiones raras que he tomado, una de ellas fue el convertirme en  "manager" de una banda de rap-metal cuando ni siquiera conocía el  género, no tenía conocidos en el medio, no tenía ni la más puta idea de  lo que tenía que hacer para hacer que un grupo se diera a conocer. La  experiencia que tenía -y por la que creo que se fijaron en mi estos  tipos- era la de ser un incipiente y poco constante locutor de una novel  estación de radio por internet (www.bytesradio.com  aún en funciones), hablar de metal... más bien, de nü-metal en esa  estación y verme "rudito" por la gran barba que en esos tiempos me  gustaba dejarme.
Como ya me había echado el paquete, empecé a preguntarle a mis tres  conocidos qué es lo que debía hacer para tener éxito, sus respuestas  siempre fueron muy escuetas: promocionarlos en radio, conseguirles  tocadas y lograr que no se separen. Las primeras dos medianamente lo  conseguí por al rededor de dos años; en la tercera fracasé rotundamente.

Recuerdo que lo primero que hice fue diseñar un logo poderoso para la  banda, algo que dijera que eran de barrio (de uno especialmente bravo),  que la música que se escucharía tenía contenido y poder y además de  todo, usar las referencias que ellos me habían pedido que pusiera. 

El nombre de la banda era Chango macho.  Ese nombre no era idea original de ellos pero habían pedido permiso a  uno de sus amigos, el que lo creó, para usarlo. El nombre hacía  referencia a uno de los grandes santos de la santería: Shangó... un  problema más, no tenía idea -y aún sigo sin tenerla bien a bien- de lo  que es la santería y lo que representa este santo.

El logo quedó a tres colores: negro como base y detalles en blanco y  rojo. Usé una fuente llamada "Punk" como grafía y entre los símbolos de  esa fuente tomé las comillas francesas simples como detalles del mismo.  La primer palabra quedó en minúsculas por la informalidad de la  misma-hacía referencia a "los chavos, la banda, los morros, los changos  esos". La segunda palabra, totalmente en mayúsculas, era la que tenía la  fuerza, representaba sí, la masculinidad pero también el valor de la  raza, el no rajarse ante la adversidad. Arriba de la palabra "chango"  coloqué una imagen del santo en dibujo a pluma y detrás de todo, un par  de manchas de tinta roja simulando un cuerpo decapitado.  Al paso de un  mes, logré convencerlos de quitar la efigie del santo y dejar sólo lo  demás para que no se confundiera con un grupo de música religiosa.

El logo les encantó a todos, incluso al "Henrru" que era el más  "mamoncito" de todos porque ya había estado en otras banditas de garage  antes del "chango". A partir de ese momento, tuve control total de la  imagen de la banda, cualquier cosa que se tuviera que diseñar, dibujar o  hacer para publicidad, tenía que aprobarla yo.

Siendo poco modesto, debo decir que quedó un gran logo, varios grupos y  bandas lo alabaron, incluso gente de renombre en el medio del rock como  Pako Gruexxxo (RIP). Les gustó y decían que sí representaba lo que era  el grupo. Fue mi primer diseño para el mundo del rock y llegó a  latitudes que jamás sospeché. Más adelante hablaré de eso.

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Ojo, señores de CONAGUA

Arcano

La regulación es un ajuste metódico que mi madre sí tiende a recordar. Ustedes pueden echar ojo por la rendija que hay entre el buzón y el diablito del medidor de luz. La verán regar las plantas con una regularidad distinta para cada maceta: hortensia, riego diario; ciclamen y lilium, dos veces por semana; cardón rara vez. Ella siempre da a cada cosa lo que merece, aunque ya no lo haga por consciencia, como en esos raros días que la visito y me abraza, confesándome que no sabe quién soy, y yo le susurro que no se preocupe, que soy un cactáceo.