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Lástima. Pudo haber sido una gran historia

Sara Monter

Un escritor, maravillado por las aventuras literarias, decidió crear un día dos personajes fascinantes: un famoso pirata de la gran mar, conocido por su valentía y crueldad, y un narco temido y avaricioso del norte del continente. Con ellos habría de hacerse una gran historia, llena de sangre, muerte, dolor y aventuras. Con tal empeño lo hizo que un día amaneció con el tiro de gracia dentro de su tina llena de agua.

Pascual Ramírez

Sara Monter

Había pedido a Satán los tres deseos que tanto soñó en su vida: poseer una enorme riqueza, ser un hombre afortunado en amores y tener una personalidad encantadora. Justo en el último segundo de pronunciar su último deseo, Pascual Ramírez se vio como el narcotraficante más rico del mundo. Su varonil figura se reflejaba en la pequeña ventana que tenía frente a él. Complacido, una sonrisa, que aún lo hacía más encantador, le iluminó el rostro. Esto desconcertó a los que estaban junto a él. No entendían cómo es que sonreía atado a la silla eléctrica.

El hombre de cristal

Mauricio Higareda

Las preguntas cayeron en cascada, una tras otra. Él no contestaba, los miraba en silencio, con un rostro que mostraba asombro y un poco de curiosidad. De cuando en cuando miraba el cielo raso y suspiraba. Parecía que no hablaría jamás. Las cámaras de televisión lo enfocaban en forma permanente y la luz sobre su rostro comenzaba a molestarlo, algunas gotas de sudor comenzaron a poblar su frente. Tras varios minutos, decidieron suspender el interrogatorio, se levantaron y dieron la orden de llevar al prisionero a la celda. Entonces, de la nada, comenzó a hablar, sin preguntas de por medio, sin que nadie lo esperara:

Me dicen el hombre de cristal. Vengo de Veracruz, de la zona de la huasteca, pegadito a Tamaulipas. Crecí en la playa. Mi padre era pescador, a mi madre no la conocí. Cursé hasta el tercero de primaria, sé leer y escribir. La que me cuidaba era mi abuela, me mandaba a la escuela, pero yo no iba, me iba a la playa o al río y siempre andaba solo, desde chico.

No sé cuántos maté, como ustedes dicen, no llevo la cuenta, pero no fueron tantos. Me acuerdo de los primeros, esos no se olvidan. Me acuerdo de otros que fueron como especiales. Pero no los mataba, eran meros accidentes. Mi trabajo no era matarlos, sino hacerlos cantar. Para eso yo era bueno. No soy tanto un asesino, sino más bien un músico, un buen músico, creo, sólo que mi música no le gusta a todos.

Comencé desde muy pequeño. Ya les dije que me gustaba ir a la playa, en especial por las noches, cuando estaba vacía. Mi abuela un día me enseñó a atrapar cangrejos. Salen de noche, cuando no hay luna. Una noche de esas, hace ya muchos años, perseguía un cangrejito azul y que se mete en un tronco que el mar había sacado a la playa y que meto la mano y, no lo van a creer, que saco un hada pequeñita, era de color plateado y tenía unas alitas transparentes, como de cristal, pero muy suaves al tacto, por eso me gustó. Se podía mirar a través de ellas. A veces yo me sentía así, vacío y transparente. Me quedé mucho rato observándola y haciéndole preguntas que jamás contestaba. Hasta que decidí qué hacer con ella.

Primero le arranqué las alas y gritó muy quedito y muy bonito, es el llanto más dulce que he escuchado. Ustedes no pueden ni imaginarse ese sonido, jamás lo conseguí de nuevo. Después, la clavé junto con el cangrejo a un árbol seco. Duró tres días con sus noches, yo la visitaba a cada rato para escuchar su canto hasta que se murió. Después seguí haciendo lo mismo con aves, con cangrejos azules, mariposas de colores… pero nada, nadie cantaba así, nadie cantaba como ella, como el hada de cristal. En fin, podría decirse que así comenzó todo. Yo no los mataba, eso es lo que deben entender, yo los hacía cantar en todos los tonos posibles. Estaba buscando una canción.

 ¿Por qué te dicen el hombre de cristal?
 (silencio)

¿Por qué te dicen el hombre de cristal? –repitió la pregunta

(silencio)

(silencio)

(silencio)

¿Por qué te dicen el hombre de cristal? –repitió la pregunta

¿Y a estas alturas aún no lo saben? – contestó. Y volvió a guardar un silencio oscuro que no ha quebrado hasta el día de hoy.

Remigio Malverde

Escalot

Para Nellie

Remigio Malverde era alto,  flaco, de ojos pequeños  y cabello lacio.  Nunca dejó su chamarra negra ni sus botas de pico. Las patillas casi se  unían con su barba. Su caminar era lento.  Uno pensaría que era más  viejo. No parecía narco. Solía mirarse un destello de locura en sus  ojos.  Casi no hablaba, veía mucho, comía poco. 

Era de bajo rango.

Un  domingo le pregunté por qué se había escuchado tanta bala el día  anterior.  -Los federales entraron para el cerro de Cumpas, donde tenemos la siembra, y puesles enseñamos quién la tiene más  grande- dijo. No le contesté nada, sólo vi cuando sacaban a un vato de  su casa, estaba bañado de sangre, casi ya no se le  veían las letras de  su camisa, pero luego luego se le notaba que era puerco, por las botas y  el corte de sardo. 

Dijo que iban a tirar la basura. Se metió a su troca y se peló.

Ya pa’ la madrugada del lunes se volvió a escuchar mucha bala en casa de Remigio. Reconocí sus gritos, “me la pelan,  turistas”, unas luces azules y rojas caían desde arriba, otras desde abajo. Rodearon todo el pueblo. Mi madre atrancó la puerta con el  azadón. No le valió de mucho, el hacha pudo más. Mi hermana mayor,  Irene, tenía como quince años,  se metió al ropero. Los encapuchados  entraron con las metras de frente, uno tras otro, tras otro, tras otro.  Revolvieron la casa. Olían el miedo como perros, rápido las hallaron. Al  final, entre la penumbra miré a un federal,   sin capucha, fumando un  cigarrote  en la entrada, se recargó en la puerta unos segundos y se  acercó lentamente. Le preguntaron sus hombres que si se subían a las  morras, contestó que sí con la cabeza mientras aventaba el humo del  hocico. Ya nomás me dijo Yo te las cuido, güero. Ahí fue cuando me di cuenta que era el pinche Remigio.

Ya por la mañana salió en la televisión que dizque habían agarrado al dirigente del cártel del Golfo, un tal Remigio Malverde.

De mi familia…  ya mejor ni les cuento.

Domingo de Ramos

Arcano Don Rey

Los domingos como hoy, mi familia y yo nos hacemos los normales, pero  cuando veo las cabezas en el aceite o los tacos de moronga, me dan  ganas de vomitar. Si me aguanto es porque el Cachos me chinga. Como es  el mayor y aprendió a mutilar desde los diez, mi papá deja que haga lo  que quiera.

Es en estas reuniones  cuando uno se da cuenta de la   mierda que es; uno de mis primos cuenta cómo se aprovecha de los  borrachos pendejos que pagan sin saber  en el OXXO donde trabaja, otro  le da un sermón de que robar es robar y no sé qué mamadas acerca del  prójimo. Yo me río y como que me dan ganas de contarles lo que es ser de  verdad un cabrón, como mi papá. Él es el verdadero chingón de la  familia, todos le hacen la barba, nadie sabe que el dinero que tiene no  es de los puestos de ropa, qué pendejos. Y si alguno se lo imagina se  hace de la vista gorda para no meterse en pedos. Yo siento  alivio ser  hijo de alguien intocable. 

Hoy primero fuimos a misa, porque hace  muchos siglos, Jesús el hijo de Dios, entró a Jerusalén muy humilde, en  un pollino, y la gente lo recibió con palmas y con ramas para  demostrarle su aceptación. Eso me dijeron cuando hice mi Catecismo, lo  que no me explicaron es por qué esa misma gente lo mató después. Hasta  lo torturaron para que todos supieran quién mandaba en el pueblo, así  como cuando alguien de la banda nos traiciona o se nos sube a las barbas  y el Cachos lo destaza y deja sus pedazos en algún puente o lugar de  paso con un letrero amenazante, así nadie se vuelve a proclamar Rey de  Reyes. 

La abuela nos avisa que ya está la comida y después de  todo no vomito, la carne de humano sabe igual a la de cerdo; desangras  el cuerpo, le quitas las vísceras, lo metes al cazo y te lo comes. Nada  de resucitar al tercer día. 

Entrevista con el Capo Marcola

Fabián Ríos

Desde los delirios de los hombres salidos de los rincones más inhumanos que el bienestar de la nación deja como residuos o deshechos. Desde los olvidados que históricamente han heredado condiciones de clase humanas que rebasan el estatus de explotados e inauguran, con la llegada del más brutal analfabetismo el desarrollo de mentes desgarradas por la lógica del capitalismo bárbaro que alguna vez, ingenuo, prometió la igualdad de oportunidades para adueñarse del mundo, pero que dicha promesa tenía como aval el alma de los desposeídos. La furia de los desposeídos, del pobre al que sólo le queda el odio demente del humillado histórico, de los de abajo, del muerto de hambre que de pronto se ha apropiado del sistema en la medida en la que el sistema mismo ha creado al agente que usará su maquinaria –el consumidor­ bajo la misma lógica que estuvo impuesta desde el momento en el que el capital se develó como totalidad barriendo las sobras sociales al margen de toda dignidad humana. Y al heredarse como totalidad en su momento más contradictorio que es el momento en el que el capital mismo se engrandece con la miseria criminal y que es el mismo momento en el que todo (absolutamente todo) es abstraído bajo un precio siempre negociable; en ese momento se reencuentra con sus deshechos para, desde ahí, hacer del proletario y el campesino muerto en vida, un ser “Alterado” con sustancias que apaciguan su derrota y que agudizan sus sentidos como el más fiero depredador, un humano carnívoro despojado de toda racionalidad que no sea la que le procure el buen negocio.

Desde estos impulsos de violencia de un ser aprisionado que busca explotar lo antes posible se construye el cuento de un Capo que nos enseña como buen guía turístico el camino que la humanidad, en su pacto suicida con el sistema, ha trazado.

Lo importante es el discurso, inventado o no, que señala el síntoma de una infección lista para invadir los órganos vitales de la conciencia optimista de las buenas consciencias. Escuchemos pues las malas noticias para luego pensar en las posibilidades.

-Vos sos del PCC (Primero Comando Capital)?

-Más que eso, yo soy una señal de nuevos tiempos. Yo era pobre e invisible… ustedes nunca me miraron durante décadas… Y antiguamente era blando resolver el problema de la miseria… El diagnóstico era obvio: migración rural, desnivel de renta, pocas favelas, periferias ralas.

La solución que nunca venía… ¿Qué hicieron? Nada. ¿El gobierno federal alguna vez destinó presupuesto para nosotros? Nosotros sólo aparecimos en los desmoronamientos en el morro, o en las canciones románticas sobre la “belleza de los morros al amanecer”, esas cosas… Ahora estamos ricos con la multinacional del polvo. Y ustedes están muriendo de miedo… Nosotros somos el inicio tardío de vuestra conciencia social…

¿Viste? Soy culto… leo a Dante en la prisión.

-Pero la solución sería…

-¿Solución? No hay más solución, chabón… La propia idea de “solución” ya es un error. ¿Ya viste el tamaño de las 560 favelas de Río? ¿Ya anduviste en helicóptero sobre la periferia de São Paulo? ¿Solución cómo?

Sólo vendría con muchos billones de dólares gastados organizadamente, con un gobernante de alto nivel, una inmensa voluntad política, crecimiento económico, revolución en la educación, urbanización general; y todo tendría que ser bajo la batuta casi que de una “tiranía esclarecida”, que salte por encima de la parálisis burocrática secular, que pasase por encima del Legislativo cómplice (¿o vos creés que las 287 sanguijuelas van a actuar? Si bobean, van a robar hasta al PCC…) y del Judicial, que impide puniciones.

Tendría que haber una reforma radical del proceso penal del país, tendría que haber comunicación e inteligencia entre policías municipales, estaduales y federales (nosotros hacemos hasta tele­conferencias entre presidios…) Y todo esto costaría billones de dólares e implicaría un cambio psico­social profundo en la estructura política del país.

O sea: es imposible. No hay solución.

-¿Vos no tenés miedo de morir?

-Ustedes son los que tienen miedo de morir, yo no. Además, acá en la cárcel ustedes no pueden entrar y matarme… pero yo puedo mandar a matarlos a ustedes afuera… Nosotros somos hombres­bomba. En la favela hay cien mil hombres­bomba… Estamos en el centro de lo indisoluble, exactamente… Ustedes en el bien y yo en el mal, en el medio, la frontera de la muerte, la única frontera.

Ya somos otra especie, ya somos otros bichos, diferentes a ustedes. La muerte para ustedes es un drama cristiano en una cama, en el ataque al corazón… La muerte para nosotros es la presunción diaria, tirados en una zanja… ¿ustedes intelectuales no hablan de lucha de clases, de “sea marginal, sea héroe”? Bueno, es eso: llegamos, ¡somos nosotros! Ja, ja… ustedes nunca esperaron a estos guerreros del polvo, ¿no? Yo soy inteligente. Yo leo, leí 3000 libros y leo a Dante… pero mis soldados son todos extrañas anomalías del desarrollo rengo de este país. No hay más proletarios, o infelices, o explotados. Hay una tercera cosa creciendo ahí afuera, cultivándose en la llama, educándose en el absoluto analfabetismo, diplomándose en las cárceles, como un monstruo alienígena escondido en las márgenes de la ciudad.

Ya surgió un lenguaje nuevo. ¿Ustedes no escuchan las grabaciones hechas “con autorización de la Justicia”? Bueno, es eso. Es otro lenguaje. Estamos delante de una especie de post­miseria. Eso. La post­miseria genera una nueva cultura asesina, ayudada por la tecnología, satélites, celulares, Internet, armas modernas. Es la mierda con chips, con megabytes. Mis comandos son una mutación de la especie social, son hongos de un gran error sucio.

-¿Qué cambió en las periferias?

­Dinero. La gente hoy tiene. ¿Ustedes creen que quien tiene 40 millones de dólares como el Beira­Mar no manda? Con 40 millones la prisión es un hotel, un escritorio… ¿Cuál es la policía que va a quemar esta mina de oro, entendés? Nosotros somos una empresa moderna, rica. Si un funcionario vacila, es despedido y tirado al microondas… ja, ja.

Ustedes son el Estado quebrado, dominado por incompetentes. Nosotros tenemos métodos ágiles de gestión. Ustedes son lentos y burocráticos. Nosotros luchamos en terreno propio. Ustedes en tierra extraña. Nosotros no tememos la muerte. Ustedes mueren de miedo. Nosotros estamos bien armados. Ustedes van de tres octavos. Nosotros estamos en el ataque. Ustedes en la defensa. Ustedes tienen la manía del humanismo. Nosotros somos crueles, sin piedad. Ustedes nos transforman en superstars de cine. Nosotros los hacemos a ustedes payazos.

Nosotros somos ayudados por la población de las favelas, por miedo o por amor. Ustedes son odiados. Ustedes son regionales, provincianos. Nuestras armas y productos vienen de afuera, somos globales. Nosotros no nos olvidamos de ustedes, son nuestros clientes. Ustedes nos olvidan así como pasa la violencia.

-¿Pero qué es lo que tenemos que hacer?

-Voy a dar una avispada, aún contra mí. ¡Agarren a los barones del polvo! Hay diputado, senador, hay generales, hay hasta ex presidentes en los cárteles de cocaína y armas.

¿Pero quién va a hacer eso? ¿El Ejército? ¿Con qué plata? No hay dinero ni para el rancho de los reclutas.

¿El Ejército va a luchar contra el PCC y el CV (Comando p. 45 Vermelho)?

Estoy leyendo a Klausewitz, “Sobre la guerra”. No hay perspectiva de éxito… Nosotros somos hormigas devoradoras, escondidas en las márgenes… La gente ya tiene hasta armas antitanques… Si pelotudean, van a rolar unos Stingers ahí… Para acabar con nosotros, sólo tirando bomba atómica en las favelas… Además, nosotros terminamos tirando también “unita”, de esas bombas sucias precisamente… ¿Ya pensaste? ¿Ipanema radioactiva?

-Pero… ¿no habría solución? 

-Ustedes sólo pueden llegar a algún logro si desisten de defender la “normalidad”. No hay más ninguna normalidad. Ustedes precisan hacer una autocrítica de la propia incompetencia. Pero voy a ser franco… en la buena… en la moral… Estamos todos en el centro de lo indisoluble. Sólo que nosotros vivimos de él y ustedes… no tienen salida. Sólo la mierda. Y nosotros ya trabajamos dentro de ella. Mirá acá, hermano, no hay solución. ¿Saben por qué? Porque ustedes no entienden ni la extensión el problema. Como escribió el divino Dante: “lasciate ogni speranza voi che entrate!” Perezcan todas las esperanzas ¡estamos todos en el infierno!

Marcola

Autofagia

Testaverde

Escucha… ¿puedes oírlo?… es el vacío que llena el cuarto zumbando en tus orejas, metiendo en tus oídos sus dedos como dos gusanos que escarban hasta llegar a tu cerebro; es tan violento el rechinar de tus dientes que desde aquí puedo escucharlo. Esa agitación que sientes no es frío bajando por tu espina, es tu mano trémula; detente, no dejes de respirar, abre los ojos. La luz de la lámpara carcome tu retina, sólo necesitas estirar tu brazo y apagarla; aun así el cielo nocturno resplandece, la luz llueve por las ventanas, las paredes mismas escupen esquinas brillantes; cierra los ojos, no dejes de respirar.

Bien te lo dijo el médico: pasar en vela tres noches a la semana puede matarte, sobre todo si sólo duermes cuatro horas de las otras cuatro noches. Querías vivir del rock pero tu soberbia y el mundo jodido al que te tocó llegar hundieron tu barco miserablemente hasta este cuartucho; trasnochando los fines de semana en fiestas y eventos, malgastando las seis cuerdas de tu orgulloso bajo en malas imitaciones de la Banda Limón para poder darles de comer a tu mujer y a tu hijo, trabajando el resto de la semana hasta entrada la noche en componer y grabar canciones que nadie ha escuchado nunca. ¿A quién le interesa ver a un carcamal tocando música de carcamales? Sólo los locos escuchan rock progresivo. Abre los ojos.

Ahora que la noche es la noche otra vez, puedes andar a tientas por el cuarto. El arrastrar de tus pies descalzos alivia el silencio asfixiante, mas no la ansiedad; falta el ladrido del perro, la sirena ocasional, el tráiler cimbrando el pavimento.

Sales a la banqueta, arriba ves el cielo negro ausente de luna, abajo las casitas con sus ventanas oscuras formando un cuadro alrededor de algunos coches viejos, caminas lentamente hasta una de las esquinas para adentrarte en el andador estrecho; no hay ningún gato pardo, oculto entre los arbustillos apretados a las paredes, que salte con el rechinar de la pesada puerta de aluminio cuando la abres para salir a la calle. Tu sombra aparece y desaparece bajo tus pies con cada parpadeo del farol; quieres saber la hora pero tu reloj ha perdido las manecillas, así que das vuelta a la calle y llegas a la avenida. No hay un alma en la calle, sólo los autos parados en la vía como si sus choferes se hubieran evaporado y no quedara nadie para conducirlos; caminas entre ellos, te asomas por sus ventanillas, están vacíos, con las llaves pegadas. Entras en uno para sintonizar la radio pero estación tras estación tras estación es todo estática y cacofonía; sigues andando. Las paradas del metro también están abandonadas, no hay palomas que vuelen y se acurruquen en sus techos, los trenes están con las puertas abiertas de par en par o detenidos en mitad de su trayecto. Y sigues vagando bajo la noche negra.

Tus pisadas hacen eco en las ventanas de las casas vacías, son pasos de gigante resonando primero en esta calle, después en la otra; como si tus pasos ya no fuera el sonido de tus pasos si no de los de alguien más caminando por la calle perpendicular; y volteas en cada esquina esperando encontrarte con el dueño de esos pasos pero no hay nadie, solo tú, yendo a ciegas por la calle, siguiendo tu propio eco. En una de esas esquinas, al fondo de una calle angosta y oscura, ves una silueta dar la vuelta en la esquina, por un segundo pareció mirarte fijamente, justo antes de perderse tras el muro; corres con frenesí hacia aquel hombre (seguro era un hombre, piensas) dando alaridos, pero al dar la vuelta a la esquina lo ves alejarse indiferente a tus llamados.

En efecto, puedo escucharte, pero no me detengo, no todavía. Me deleito escuchando tu corazón desbocado, retumbando más afanoso y con más fuerza que tus pies sobre la banqueta acercándose a mí.

Jadeas y te apoyas sobre tus rodillas, yo paro, acorralado en un rincón oscuro del callejón, volteo y camino hacia la luz miserable que alumbra la entrada de una casucha, revelándome. Palideces cual cadáver, tus ojos se quiebran de angustia al ver que este rostro que tienes enfrente es el tuyo; la misma estatura, la tuya; el mismo cabello cano, el tuyo; la misma nariz ancha, la misma frente pronunciada. Buscas en mis ojos y encuentras tus ojos derramando cólera, pelando los dientes y echando espuma por la boca; te das cuenta entonces que el zumbido en tu cerebro se ha vuelto insoportable. Trastornado, consumido por el vértigo, hecho un animal furioso te lanzas de cabeza contra el espejo; pero no me quiebro, te recibo disparando mis puños en tu rostro, mi rostro. Nos trenzamos en voraz combate arrancando cabellos, tumbando dientes, quebrando huesos, mutilando. ¿Crees acaso que habrá algún vencedor al final de esta lucha? ¿Crees que podrás erguirte airoso tras desgarrar con la punta del pie tus entrañas y vomitar tanta sangre? ¿O será que podré ufanarme de sentir mi cabeza estrujada bajo el peso de mi pie? Atrapado en este remolino, condenado a morir por la propia mano.

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Venancio

Sergio Miraflor

Él era mi amigo y les aseguro que yo lo quería, aunque fuera bobo, aunque fuera gallego, aunque fuera un lugar común. No comprendía los chistes que se hacían en su nombre, estaba complacido con la popularidad, era el hombre más feliz. Un día me decidí a explicarle que todos lo tomaban de tonto y que era el arquetipo de estupidez. Me llevó tiempo que comprendiera, pero al final lo logré y él se suicidó en pro de lo sublime.

Home sweet home

Escalot

Ríos de asfalto partían las casas, los ríos eran partidos por camellones, árboles crecidos a capricho, sin cadenas estéticas. Bebedores protegidos por el foco de la tienda. Cuervos y buitres, éstos últimos uniformados, agazapados entre las sombras a la espera de alguien más vulnerable; en borrachos o niñas suelen eyacular su instinto carroñero. Los chacales habitan una oscuridad más densa, profunda, donde las aves de rapiña no se atreven a entrar.

Una cruz de solera y lámina en el final del callejón. La gota de parafina cayó en la mano vieja, las comisuras de sus arrugas fueron los ríos que llevaron el ardor hasta sus entrañas. Vio un hilo de sangre que terminaba en un hoyo  rojo, ahora parte de la cabeza de su hijo. Ése también fue el final de Marcos, Fabián y Juan.

Veladoras moribundas alumbran cruces de solera en cada una de las cuadras, como tétricos faroles de la  muerte omnipresente, tienen nombres e historias incrustadas entre un fierro oxidado que reta al olvido y siempre pierde, porque con los años y las penas las madres mueren: ya nadie retoca el nombre del finado. Se extingue.

Murmuran advertencias para algunos, para otros sólo silencios, pero normalmente indiferencias.
 
En la esquina de la capilla unos capullos de cruces florecen apretujados, con sus hojas aún brillosas por la pintura, homenajean el inevitable destino, pero sin dejar de rememorar la masacre de los Galanes, ejecutada por órdenes federales.

Aquí solemos comprar nuestra cruz desde crecidos, así podemos escoger a nuestro gusto, además, en mi caso “estoy muy flaco para estar vivo, pero muy gordo para estar muerto” y me confundo pensando si esto es en realidad vivir, porque la verdad no es agradable, muchas cruces, mucho gris, el mundo no es un buen lugar para vivir. Sobre todo los últimos días, todavía dicen “¡la cosa se pondrá peor!”.

Los viejos también dicen: “ya vendrán tiempos mejores” aunque ya ostentan la cruz casi en el pecho.

Viven de la ilusión hasta el último día. Y siguen bebiendo esperanzas en forma de tiempo.

Yo dudo que esto se componga.

Mejor me voy de una vez por mi cruz.

¡Chula que se va a ver!