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Poeta

RC

Nombre es destino, ni hablar. Creo que nadie lo podrá negar una vez que me haya escuchado; es más ni siquiera necesita escuchar todo, le bastará con saber mi nombre. Debo advertir que mis pas me partieron la madre desde que me bautizaron en la Capilla del santo Malverde y me encomendaron a mi madrina la Santísima Muerte, mi niña blanca y sabia.

Mi padre era chingón entre los chingones, el problema es que yo ni quería seguir sus pasos y ni me preguntaron. No quiero exagerar, para qué, pero mi primer recuerdo es de mi apá y el Soldado quitándole la cabeza a unos cuerpos: lo hacían como quien prepara una torta o ayuda a hacer la tarea a su hijo. Por cierto, después me enteré de que Soldado pedía que le llamaran así en honor al santo Juan Soldado, injustamente fusilado hace un chingo de años para encubrir las cochinadas de militares de arriba, pero Diosito luego luego le dio permiso de andar cumpliendo milagros y peticiones… ¡pinche Soldado, a mí que chingaos me importan esas pendejadas! Pero me contó y no se me olvida esa historia.

Bueno, ver descabezados, amarrados, mutilados, secuestrados, y luego ayudar a descabezar, amarrar, mutilar, secuestrar, y luego andar escondiéndose de los balazos, aguantar los putazos, cobrar la lana, fajar cualquier vieja que a uno le guste, quemar el dinero a lo pendejo, todo eso era la vida. Buena vida, chingá. Además, no podía hacer otra cosa con este pinche nombre tan ojete, y pss ni modo de cambiar el nombre que es algo bien sagrado porque los jefes lo escogen y ni modo que ande uno por ai de culero negando y cambiando el primer regalo que nos dan… ah, pero mis jefes sí que me jodieron.

La verdad a mí me gusta un chingo pero un chingo eso de la rimada y la etspresión y la sentimentalera y andarle haciendo al chillón y decirle a las viejas cosas de esas bien mamonas que las hacen poner los ojos en blanco y hacerle al muy Sabines y al muy Quijote y decir que tu nombre me sabe a yerba y que puedo escribir los versos más tristes esta noche… ¡pinche Soldado, ese méndigo es el que tiene la culpa! Siempre me anda contando historias y en cualquier ratito lee libros y como que no es tan pendejo.

Pus a mí me da pena con mi pa, y me escondo para que no me vea leyendo o haciéndole al putito escribiendo puemas… ya me lo imagino: “ora, no sea joto y deje esas pendejadas, usté algún día va a tener que estar al frente del negocio, carajo, queme esas chingaderas o las quemo yo”. Pus ni modo que le explique… que le explique qué… ni sabría qué decirle… ¡pinche Soldado, nomás me anda embarcando en esto y ni me explica cómo explico!

Bueno, ya va a amanecer y, ustedes perdonen, todavía ni les digo mi nombre para que vean que por muchas ganas que tenga pus me tengo que aguantar, porque nombre es destino: me presento: soy Marco y mi vida es una tragedia, por eso el pinche Soldado me sugirió mi nombre artístico: Marcotrágico; qué mamón, por eso orita que está dormidito desnudo aquí conmigo lo voy a destapar para que le dé frío y vea que conmigo no se juega, chingá

Soledad de baño

Simón

Ahora que la recuerdo, me da mucha risa saber que estoy cagando aire, ¿y ella? Estoy intoxicado por el agua que tomé en un viaje que hice hace unas dos semanas, luego se complicó con mi gastritis y hoy por fin pude cagar duro de nuevo, después de unos veinte días de diarrea y dos litros de suero oral, además de varios tipos de aguas que mi santa madre me brindó, muy preocupada por mis dolencias de salud. ¡Ah, cagar aire! … por cada bollo de mierda que expulso, cago entre seis y ocho pedos, muy sonoros, que no logro acallar por más que apriete nalga.

Ese día habíamos caminado gran parte de la ciudad, siempre de centro a norte; es la mejor opción si tu casa está por la sesenta y ocho. La había visto ya varias veces, y ella a mí, en el ambiente algo se concebía. Alguna vez dormimos juntos, muy locos, en cucharita, pero no fue mayor cosa, ese día éramos unos ocho o nueve en una carpa para tres y afuera estaba lloviendo, diluviando dirían algunos.

Tratamos de encontrar un lugar tranquilo donde sentarnos y fumar un porro, algo difícil en Bogotá, pero finalmente cerca a la Universidad Javeriana encontramos el sitio perfecto, uno sin policías y sin ladrones. Poca luz, no mucho frio, miradas cómplices, algún roce, pero nada, ni un beso siquiera. La sensación me gustó, saber que el deseo era mutuo me llenó de lujuria. Luego de un rato, agotados de caminar la ciudad sin un peso en el bolsillo y con un sólo porro para pasar el tiempo, bebimos agua de lluvia y continuamos la caminata hacia mi casa.

Mi padre aún estaba en la sala, medio dormido, con el televisor encendido y sintonizando algún canal nacional, tal vez algo de cine. Ya era la madrugada del sábado, comimos y nos arrunchamos un rato viendo una buena película ­Noviembre, para quien se interese­ ; no la terminamos y al fin yo tan cansado, pensaba dormir, descansar el cuerpo y prepararme para una mañana muy húmeda… pero esos no eran los planes de ella.

Al subir a la habitación nos sentamos en la cama, ella se quitó los zapatos y se metió bajo las cobijas. Yo lentamente me quité los zapatos y el pantalón, disfrutando la escena, mientras ella esperaba bajo las cobijas. Tomándome mi tiempo me dirigí hacia el suitch para apagar la luz, luego fui hacia la cama, me acomodé junto a ella, pasaron unos minutos mientras nuestros ojos se acostumbraron a la ausencia de luz y pudieron enfocar los ojos del otro, se acercó y nos fundimos en un beso largo, infinito, lúbrico, apasionado, carnal; mis planes de dormir habían cambiado completamente.

Se puso sobre mí y colocó las manos sobre mi pecho, yo posé las mías en sus nalgas que estaban en mi vientre y las apreté. Acomodados así, pude sentir su cálida vagina sobre mi erección (desde siempre su culo me ponía mucho; la primera vez que la oí cantar quise tomarlo entre mis manos ­soy de los que prefieren un culo grande a unas enormes tetas­, me alegra sobremanera este sueño realizado), le quité el pantalón mientras ella me quitaba la camisa, seguimos besándonos, su lengua y mi lengua se encontraban cada vez más húmedas, cada vez más saliva del otro rodeaba nuestras bocas, le quité el sostén y no la blusa, metí mis manos bajo ésta y apreté sus pequeños senos, ella me restregaba su vagina con nuestros interiores de por medio, ambos muy húmedos.

Me pidió que me pusiera encima, no aguanté mucho en juegos y le quite los calzones, ella bajó mi bóxer sólo lo suficiente. No me contuve más y la penetré hasta el fondo, estuvimos haciendo el mete saca un rato, y luego cambiamos de posición, de nuevo ella sobre mí pero ahora yo adentro. Comenzó a moverse… no había sentido tanta humedad en ninguna otra ocasión, sus fluidos corrieron desde su interior hasta mi pene, mis huevas y mi ano, esa sensación me puso tanto…

Ella partió muy pronto, a alguna parte del sur del continente, ya no alcanzó a verme intoxicado. Ahora seguro está entregándole sus placeres a otro, compartiéndole su sudor, expulsando un mar de fluidos. Yo, por lo pronto, seguiré riéndome aquí sentado en el trono1 por cagar aire.

Hombre muerto

Emma Benes

Anoche, sobre la avenida principal, un hombre maduro de alrededor de cuarenta y ocho años, con desesperación y mirando hacia todos lados gritaba con voz grave. Me asomé por la ventana y, al ver la aglomeración frente a mi edificio, decidí bajar.

-¡Ayuda, necesito ayuda. No ven que lo matan, lo matan!­

Fue lo único que escuché decir, mientras subía las escaleras ya de regreso a mi departamento, a Doña Silvia, que imitaba el tono de aquel hombre y le platicaba a Lupita, la señora del cinco, que llegaba con sus bolsas del supermercado. De inmediato pensé “poniéndole de su cosecha como siempre”, y la saludé con una leve y fingida sonrisa. Sin contestar a mi saludo, Doña Silvia le dijo a Lupita:

-Es más, pregúntale al vecino, él viene de la calle, algo debió ver­. Hice caso omiso a sus palabras y continué subiendo, apresurado, de dos en dos escalones.

Era cierto que el tono había sido tal como lo imitaba doña Silvia, aunque la frase ya había sido tergiversada. He aquí mi versión de los hechos.

Atento, después de ese grito espantoso, miré desde la ventana de mi departamento pero no vi más allá de una gran masa de gente codeándose. Tras el intento fallido de mirar desde allí y, con la intención de no parecer chismoso, decidí bajar y acercarme sólo un poco, lo suficiente para no formar parte de la muchedumbre, pero con intenciones de enterarme sin perder detalle. Mientras intentaba cruzar la calle, noté la presencia de Doña Silvia, por lo que rodeé el lugar hasta estar seguro de que ella no me vería. Sucede que no soy un hombre muy sociable y por lo tanto, no muy respetado en mi edificio; quería evitarme las miradas y sentencias que mis vecinos harían por el simple encuentro en aquella escena. Crucé la calle, sigiloso me acerqué, no sin antes asegurarme que no hubiera vecinos cerca. De pronto, a un lado mío, escuché la misma voz de aquel grito ensordecedor y desesperado, la misma voz grave que me había conducido hasta ese lugar. Era un hombre enjuto, de mirada perdida y presencia descuidada. Sin pensarlo comencé a seguirlo, me introduje cada vez más en la muchedumbre y mi cabeza recreaba con rapidez una escena grotesca, violenta. En definitiva, ansiaba esos detalles.

Llegué al frente y no logré encontrar sangre, machetes, “bates” o cualquier indicio de esa violencia común en las calles de mi colonia. Seguí buscando con ansia alrededor pero de momento no encontré nada, pensé que había sido una mala broma y giré un poco para volver a mi departamento. En ese instante, vi un cuerpo en una posición extraña, no alcanzaba a entender la pose de ese cuerpo que yacía en el suelo porque el hombre que lo auxiliaba lo atajaba un poco. De un momento a otro lo entendí perfectamente: estaba pecho tierra y pataleaba con desesperación, eso sí, no encontré la cabeza.

Por el largo de las piernas y lo poco que alcancé a ver sobre los movimientos que tenía, imaginé a un hombre entre unos treinta y cuarenta años de edad. Por la fuerza en las piernas y según los golpes que propinaba al suelo, aún era consistente. Las extremidades eran largas, mediría un metro con ochenta centímetros aproximadamente, y el talle muy grueso. En una frase: el hombre era corpulento y vigoroso.

El no haber encontrado la totalidad de su cuerpo ahí y después ver que aún había movimiento en él, me hizo pensar en la forma en que mueren los puercos y las gallinas; ya saben, las cabezas ruedan por el suelo mientras los cuerpos siguen aún corriendo con tremenda euforia.Así imaginaba a aquel hombre.

Continué acercándome mientras pensaba cuanta cosa indicara un acto violento y sangriento, una catástrofe. Llegué a la escena, justo a un lado del hombre que intentaba desesperadamente ayudarlo; de pronto, me di cuenta que el hombre se había cansado de menear los pies y que tanto brazos como cabeza estaban dentro de una coladera. Sí, esa que nos ha dado tantos problemas en días lluviosos.

El hombre se había rendido y pronto vimos cómo el cuerpo colapsó, se extendió tan largo como era y descansó en el pavimento. Sonreí sin querer. La gente comenzó a propagarse por toda la calle y aprovechando la distracción de las personas, me acerqué con el hombre de la voz grave, aquel que desesperado pedía ayuda, lo persuadí a llevarlo conmigo y entonces comenzó a narrarme los hechos, y así comenzó:

-Salimos de la oficina, preocupados por una entrega de trabajo. Yo le decía a mi compañero que no habría problema; para ser honesto, a mí ni me interesa la entrega, y mi compañero, por el contrario, es muy preocupón… quiero decir, era muy preocupón. En fin, como le decía, íbamos caminando como si nada, cuidándonos de los autos, de los ladrones en bicicleta, de lo que siempre hay que cuidarse al pasar por aquí. Comencé a bromear con él, le decía que nos intentarían localizar para regresar al trabajo, pero ni bien terminé de decírselo cuando se escuchó el ring de su teléfono. Nervioso hurgó con desesperación las bolsas de su saco, su llavero y su teléfono se atoraron y éste último cayó en la coladera, así que de inmediato y sin pensarlo, se tiró sobre el suelo, metió ambos brazos y la cabeza para sacarlo y entonces quedó atorado. Se oían sus sollozos, sus quejidos y de pronto su boca dejó de emitir sonido. “¿Se acuerda que ayer llovió muy fuerte?” me preguntó. En ese momento volteamos al ver que los bomberos habían llegado y lo sacaban lleno de desechos, había muerto ahogado. Me despedí de mi compañero y le estreché la mano.

Entré a mi edificio y al aproximarme a las escaleras vi a mi vecina Doña Silvia quien ya platicaba con Lupita, la del cinco. Me miraron, les sonreí, y de dos en dos subí los escalones mientras el grito que emitió doña Silvia, tan parecido al que escuchamos a las siete de la noche frente al edificio, cobijó mi cuerpo.

Fantasmas

Escalot

“Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”

Cesare Pavese
Hoy volvió a pasar. Vi a una de ellas. Caminaba delante de mí, quince o veinte metros nos separaban -¡Esta vez no se escapará! Dio vuelta en la esquina, aceleré el paso, traté de luchar contra esa miopía que vuelve todo más borroso de lo que ya es. Nada. Lo mismo de la semana anterior. La calle estaba vacía.

La semana antepasada fue peor. Vino Ella, la que pocas veces aparece, tan furtiva y nocturna como siempre, pero hoy rutilantemente oscura. Con sus labios húmedos, con su piel pálida y su cabello noctambulo. Traía su lengua de fuego y sus ojos sin tiempo. Difícil negar el deliquio que provoca su imagen. Te dirige una mirada de soslayo y continúa su camino si no eres una posible victima (aunque temo decir que cualquiera es vulnerable). Preferiría que nunca se hubiese aparecido. Ahora es caro el precio a pagar.

La primera vez fue inefable. Por alguna razón cambié la ruta de mi negra caminata, si se le puede llamar así al deambular entre las sombras y edificios viejos, tomé el callejón de la Condesa, justo tras ese edificio neogótico que es custodiado por unas gárgolas marmoleas, sus rostros deformados con colmillos y garras me recuerdan a mí. Se oía nada más la voz del viento, bajé las escaleras que me unían con la penumbra (contigo), y así, ya dentro, protegerme en la ausencia (del albor insulso). En la intimidad del túnel no podía ver mis propias manos. Es caminar en la nada. Es otro tipo de existencia.

A la mitad del camino cayó en mí el golpe de una mirada. Nunca me había pasado algo parecido entre la enlutada neblina, ese día el beso de la noche no pudo protegerme. Aceleré el paso al sentirme acechado. Ya en la salida del túnel estaba Ella, parecía una silueta perdida, pero con alma, su mirada era distinta, era algo que no había visto. Quizá eso provocó mi obsesión.

Siendo sincero; su mirada era algo fantástica (como si tuviera a alguien encerrado en sus pupilas, pero alguien ya muerto), su cuerpo lo era todavía más. Cabello de obsidiana, palidez mortecina, aunada a sus extraños tatuajes, una combinación tan sensual que terminó siéndome fatal. Veíame fijamente mientras caminaba hacia Ella. Me acerqué para tratar de aspirar su hálito, su aroma, mas no percibía ninguna fragancia describible, sólo la aspiraba. Me dijo -… 

Después fue todo distinto. Hoy permanezco en un estado de zozobra, Ella se convirtió en el centro. En el fin. Es la oscuridad más densa. Se puede estar dentro de ella y sentirse sosegado. Mientras cumpla con mi parte Ella permanece. Siempre pide más y más, sólo me falta vender mi alma, porque mi sangre y lo demás ya lo vendí. Descarna con sus colmillos todo; empezando por mi cuello y terminando con mi vida. Aunque a veces pienso ¿Acaso no es un precio justo por tanto placer? Creo que me desvié un poco; Cuando sus labios se separaban de los míos, a escasos veinte centímetro me dijo – ¿Te quieres divertir? - Cobro seiscientos.

Sólo era una puta que no puedo olvidar