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Hombre muerto

Emma Benes

Anoche, sobre la avenida principal, un hombre maduro de alrededor de cuarenta y ocho años, con desesperación y mirando hacia todos lados gritaba con voz grave. Me asomé por la ventana y, al ver la aglomeración frente a mi edificio, decidí bajar.

-¡Ayuda, necesito ayuda. No ven que lo matan, lo matan!­

Fue lo único que escuché decir, mientras subía las escaleras ya de regreso a mi departamento, a Doña Silvia, que imitaba el tono de aquel hombre y le platicaba a Lupita, la señora del cinco, que llegaba con sus bolsas del supermercado. De inmediato pensé “poniéndole de su cosecha como siempre”, y la saludé con una leve y fingida sonrisa. Sin contestar a mi saludo, Doña Silvia le dijo a Lupita:

-Es más, pregúntale al vecino, él viene de la calle, algo debió ver­. Hice caso omiso a sus palabras y continué subiendo, apresurado, de dos en dos escalones.

Era cierto que el tono había sido tal como lo imitaba doña Silvia, aunque la frase ya había sido tergiversada. He aquí mi versión de los hechos.

Atento, después de ese grito espantoso, miré desde la ventana de mi departamento pero no vi más allá de una gran masa de gente codeándose. Tras el intento fallido de mirar desde allí y, con la intención de no parecer chismoso, decidí bajar y acercarme sólo un poco, lo suficiente para no formar parte de la muchedumbre, pero con intenciones de enterarme sin perder detalle. Mientras intentaba cruzar la calle, noté la presencia de Doña Silvia, por lo que rodeé el lugar hasta estar seguro de que ella no me vería. Sucede que no soy un hombre muy sociable y por lo tanto, no muy respetado en mi edificio; quería evitarme las miradas y sentencias que mis vecinos harían por el simple encuentro en aquella escena. Crucé la calle, sigiloso me acerqué, no sin antes asegurarme que no hubiera vecinos cerca. De pronto, a un lado mío, escuché la misma voz de aquel grito ensordecedor y desesperado, la misma voz grave que me había conducido hasta ese lugar. Era un hombre enjuto, de mirada perdida y presencia descuidada. Sin pensarlo comencé a seguirlo, me introduje cada vez más en la muchedumbre y mi cabeza recreaba con rapidez una escena grotesca, violenta. En definitiva, ansiaba esos detalles.

Llegué al frente y no logré encontrar sangre, machetes, “bates” o cualquier indicio de esa violencia común en las calles de mi colonia. Seguí buscando con ansia alrededor pero de momento no encontré nada, pensé que había sido una mala broma y giré un poco para volver a mi departamento. En ese instante, vi un cuerpo en una posición extraña, no alcanzaba a entender la pose de ese cuerpo que yacía en el suelo porque el hombre que lo auxiliaba lo atajaba un poco. De un momento a otro lo entendí perfectamente: estaba pecho tierra y pataleaba con desesperación, eso sí, no encontré la cabeza.

Por el largo de las piernas y lo poco que alcancé a ver sobre los movimientos que tenía, imaginé a un hombre entre unos treinta y cuarenta años de edad. Por la fuerza en las piernas y según los golpes que propinaba al suelo, aún era consistente. Las extremidades eran largas, mediría un metro con ochenta centímetros aproximadamente, y el talle muy grueso. En una frase: el hombre era corpulento y vigoroso.

El no haber encontrado la totalidad de su cuerpo ahí y después ver que aún había movimiento en él, me hizo pensar en la forma en que mueren los puercos y las gallinas; ya saben, las cabezas ruedan por el suelo mientras los cuerpos siguen aún corriendo con tremenda euforia.Así imaginaba a aquel hombre.

Continué acercándome mientras pensaba cuanta cosa indicara un acto violento y sangriento, una catástrofe. Llegué a la escena, justo a un lado del hombre que intentaba desesperadamente ayudarlo; de pronto, me di cuenta que el hombre se había cansado de menear los pies y que tanto brazos como cabeza estaban dentro de una coladera. Sí, esa que nos ha dado tantos problemas en días lluviosos.

El hombre se había rendido y pronto vimos cómo el cuerpo colapsó, se extendió tan largo como era y descansó en el pavimento. Sonreí sin querer. La gente comenzó a propagarse por toda la calle y aprovechando la distracción de las personas, me acerqué con el hombre de la voz grave, aquel que desesperado pedía ayuda, lo persuadí a llevarlo conmigo y entonces comenzó a narrarme los hechos, y así comenzó:

-Salimos de la oficina, preocupados por una entrega de trabajo. Yo le decía a mi compañero que no habría problema; para ser honesto, a mí ni me interesa la entrega, y mi compañero, por el contrario, es muy preocupón… quiero decir, era muy preocupón. En fin, como le decía, íbamos caminando como si nada, cuidándonos de los autos, de los ladrones en bicicleta, de lo que siempre hay que cuidarse al pasar por aquí. Comencé a bromear con él, le decía que nos intentarían localizar para regresar al trabajo, pero ni bien terminé de decírselo cuando se escuchó el ring de su teléfono. Nervioso hurgó con desesperación las bolsas de su saco, su llavero y su teléfono se atoraron y éste último cayó en la coladera, así que de inmediato y sin pensarlo, se tiró sobre el suelo, metió ambos brazos y la cabeza para sacarlo y entonces quedó atorado. Se oían sus sollozos, sus quejidos y de pronto su boca dejó de emitir sonido. “¿Se acuerda que ayer llovió muy fuerte?” me preguntó. En ese momento volteamos al ver que los bomberos habían llegado y lo sacaban lleno de desechos, había muerto ahogado. Me despedí de mi compañero y le estreché la mano.

Entré a mi edificio y al aproximarme a las escaleras vi a mi vecina Doña Silvia quien ya platicaba con Lupita, la del cinco. Me miraron, les sonreí, y de dos en dos subí los escalones mientras el grito que emitió doña Silvia, tan parecido al que escuchamos a las siete de la noche frente al edificio, cobijó mi cuerpo.