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Justiciero de las Lomas

Erick García

La injusticia debe indignar a cualquier ser humano. Quien tiene brazos y los cruza sin reaccionar es un tirano igual o peor que el que comete la injusticia. ¿No lo creen? Yo crecí con las historias que me contaba mi abuelo sobre la Revolución, y de cómo la tierra regresó a quien la merecía. El viejo siempre me decía  cuando lo visitábamos en su hacienda: “Mi padre peleó por el país, las tierras son lo de menos si no hay justicia. Sin eso ni las tierras ni el dinero sirven”.

Así que hoy, cuando vi a ese albañil escupirle en la cara a un miserable indigente, no me pude contener. No tengo la certeza de por qué lo hizo, pero nadie en el mundo merece ser tratado así, y menos por alguien de la misma clase. Por eso los pobres no se superan. Se la pasan peleándose entre ellos como animales de la peor calaña. Les encanta revolcarse en su mierda. Aunque eso sí, al menos este idiota no lo volverá hacer. Después de que mi personal de seguridad le rompiera las piernas… ¡Quiero ver que vuelva a humillar a alguien!

También eran miserables

Erick García

Para Javier Duarte

Hoy sólo quedan unos cuantos restaurantes, pero son muy caros. Lamentablemente, la mejor comida la venden en esos cochinos lugares. Antes todo era más fácil. La Gran Guerra no tuvo piedad con nadie. Aunque si lo pienso bien, poco ha cambiado.

Continuaba con mis devaneos cuando un grito me distrajo: “¡Tráiganme más comida!, ¡hijos de la chingada!”. La brusquedad de esas palabras me hizo pensar que era un narco o un político. Lo miré. Su tremenda obesidad confirmaba mis sospechas (ya hay pocos gordos). Una protuberancia de pliegues de piel coronaba su nuca y sus hombros. Todo el cuerpo era desproporcionado, pero su cabeza ganaría un premio a lo deforme; la movía para hacer señales de aprobación a los meseros, así evitó usar sus manos ocupadas en acarrear pequeños bocados a la enorme boca.

En el momento que vi a su acompañante se desbordó mi envidia, pues era todo lo contrario a él: esbelta, hermosa y nunca despegó sus labios (polos opuestos se atraen. Así es de aberrante la naturaleza). No se puede luchar contra los caprichos del caos que gobiernan nuestra especie. ¡Quién fue el idiota que dijo eso de: “La naturaleza es sabia”!

Debo admitirlo, si bien él engullía sin parar, se esforzaba por no perder el estilo. No sería coherente en alguien que come como animal usar un traje tan costoso. Sus modales eran estudiados (lo noté en la manera sutil de frotar la servilleta contra sus labios). No obstante, para mí era de los que huelen a escondidas la ropa interior de su vecina.

Al término del atracón, brillaba en su rostro la satisfacción de ésos que han cogido o se los han cogido hasta el hastío. El gozo se le notaba en la quietud de su cuerpo, de por sí lento. Unos segundos después, quedó absorto, vacío y laxo, como yo. Algo lo llevó de un tirón a la amargura. Me contenté al suponer que también era miserable.

Después de unos minutos, despertó del sopor. Como un cerdo encabritado se

El canto de la sirena

Erick García

Todas las tardes la miraba hacer ejercicio en la arboleda. Sus piernas largas parecían moverse sin esfuerzo, libres de prejuicios. La banca, de donde ella bajaba y subía, debió sonreír al verla desde ese ángulo, desde donde todo se ve bien. Yo también sonreía, pero nada más al recordarla. Me comportaba solemne cuando pasaba frente a ella, como si estuviera viendo un desfile de héroes de guerra.

¡Sentía tanto respeto por su culo! Nunca me atreví a mirarlo con descaro. Miraba su rabo, sólo con el rabillo de mis ojos. Debí verme muy ridículo. Desorbitaba mis pupilas (contorsionadas por el imán de sus nalgas). Imaginaba el aroma de aquella posible fábrica de hemorroides: antojadizo, más que la moronga.

Ya a lo lejos, me detenía a contemplarla. Siempre preferí disfrutar del espectáculo a la distancia para no incomodarla. Si ella pensara que soy un morboso, jamás me lo perdonaría. Luego me largaba esperando no volver a pasar desapercibido al otro día. Anhelaba verla con ropa todavía más entallada, tanto, que se plegara como si fuera su segunda piel, tan tensa que la tornara con una nueva forma. Después de fundirse la tela con su piel se convertiría en algo mágico: quizá, en una sirena con vagina.

Durante meses así fue nuestra relación: para ella yo no existía —hasta lo creí—, sólo afirmé mi existencia al sentir mis erecciones involuntarias. No podía controlarme sabiendo que, mientras yo caminaba, a unos metros ella subía y bajaba esa banca. Incesantemente. Parecía que se apareaba con el amasijo de piedra; el respaldo lo sujetaba con sus manos sudorosas y se empujaba cada vez con más fuerza hacia el pecho de la afortunada y sensible banca. Eso bastaba para que mi sangre se abultara entre mis piernas, los latidos retumbaban en mi pantalón, insistentes, como un gato tuerto que intenta salir de una mochila. Espero que ella nunca lo haya notado, porque sabría que soy un morboso.

En una de tantas noches —muy comunes para mí—, husmeaba a las parejas que se acarician en la oscuridad. Yo ya estaba cerca de la banca (también morbosa) que la miraba a ella hacer sentadillas y demás ejercicios vespertinos. Entonces –sólo por no dejar— fui allí a buscarla. Absurdamente la hallé en la penumbra y me miró por primera vez. Su lengua empujaba estertores por el umbral de sus labios –se deslizaban igual que gotas sus gemidos–. Ella se mecía con fuerza. Estaba colgaba de aquel afortunado, como el escapulario de un peregrino. Me sentí tan engañado. Por fin supe lo que sienten los héroes de guerra en los desfiles.

¡Se deformaba su rostro por el placer! ¡Se aventaba contra el pecho de eso que, con la poca luz de la luna, se miraba amorfo y gris, como una especie de pedrusco o un montículo en movimiento! —tal vez una banca—. Me paralicé unos segundos por el hechizo de sus gemidos. Después reaccioné, aunque seguía encantado.

No pude dejar de mirarla mientras huía de sus gemidos, se desataban conforme me alejaba, querían que regresara, tampoco me atreví a taparme los oídos. Así es el verdadero canto de las sirenas: un canto a la lujuria, un ulular venéreo y una lúbrica invocación. La piel se me erizaba. Logré huir porque fui acariciándome con mi única mano a través de la delgada tela de mi bolsillo. De otra manera me hubiera refugiado detrás un árbol para seguir disfrutando el concierto, hasta volverme loco.

He escuchado en esa arboleda a varias mujeres gemir, unas como gatas; con alaridos, otras como beatas; con murmullos, gemidos roncos, entrecortados, de todo tipo, pero nada digno de contarse. Conozco el sonido de las caricias, cuando se enredan en la piel, cuando aciertan, el suave embate de dos cuerpos pendulistas, el clamor hueco de dos pelvis machacándose, el chirriar de las bocas. Nada similar se oyó esa noche.

Regresé al amanecer con un mazo para destruir a esa maldita banca, por si las dudas. Vigilo todas las tardes el lugar donde estuvo la engañosa piedra. Pero ella nunca más se me ha vuelto a aparecer, la del canto de sirena. 

El Carajo

Erick García

La penumbra siempre protectora se vuelve meretriz dentro del Carajo. Hacía dos años que no visitaba ese bar a causa de sus botellas adulteradas,  de sus baños inundados de orines, y principalmente porque las pocas mujeres que lo frecuentaban  ya me las había tirado.

Había pocas mujeres, pero esas pocas eran para todos, nunca hubo peleas por ellas, todos lo sabíamos y aceptábamos estoicos las veleidades de sus antojos. Aunque esa noche todo cambió.

Después de muchas cervezas fui al baño otra vez. Al salir fui subiendo  el cierre de mi pantalón mientras caminaba hacia la barra. Escuché a la rocola cantar una canción suave (me recordó que es remunerable escuchar blues cuando te coges a alguien). Donde nacía la música estaba ella, inclinada para mirar los títulos de las canciones que se había tragado aquella máquina.

No hacía falta verla de frente después de verla de espaldas. Se asomaba  una mariposa de tinta entre su blusa y sus mallas negras. Su cabello perecía un velo negro perfectamente cortado que acariciaba sus hombros descubiertos. Su cintura era el puente perfecto entre su culo-cielo y su espalda-purgatorio. Todos en el bar miraban sus nalgas,  no los culpo. No se podían ignorar. Sabía que si no me dirigía a ella en ese momento  poco tardaría  en verla asediada.

Pene en ristre camine hacia ella, por supuesto sin dejar de ver su redondo culo tallado en alto relieve, moldeado por la lujuria. El abrazo traidor de su pantaleta no lo podían disimular sus mallas. Era exquisita, si fuera comida sería un banquete. Un instinto canino me dominó, el mismo que obliga a montar a las perras que se desean sin antes invitarles una cerveza, sentí envidia de los perros, quise ser uno de ellos.

Debí estar ya bastante ebrio porque me acerqué a ella con soltura y seguridad, primero busqué con mi boca su oído para vencer los decibeles que vomitaba la rocola. No recuerdo mucho de lo que conversamos, aunque dudo que habláramos de algo, supongo que habló el cuerpo, los ojos y nada más. Aparecen momentos en mis recuerdos como fotografías borrosas donde la estoy abrazando, en una foto aparecemos bailando y en otras está recargada contra la rocola, yo la beso con voracidad y le doy estocadas con mi pelvis mientras la sujeto de las nalgas.

También recuerdo a mis amigos, me pedían con necedad y euforia que le propusiera un colectivo, o sea una orgía, o sea todos contra uno. Inclusive me pidieron que por lo menos los dejara ver el acto. Me reía mucho pero naturalmente los mandé al diablo luego de muchas dudas y titubeos. Preferí invitar a un buen blues a ser testigo del apareamiento.

Ese blues debería narrar la parte del “apareamiento” ya que yo no recuerdo casi nada, sólo quedan sus gemidos estridentes, agudos, animalescos,  aún los puedo recrear en mi memoria. También recuerdo que todo fue cansado, la movía con dificultad, los cuerpos oponían resistencia, se repelían, con vehemencia los forzamos a copular, todo pareció un mal sueño que no llegó a pesadilla.

En la mañana me desperté como con espinas de maguey en los sesos, al moverme se enterraban más y más, la luz atacaba mis ojos que ardían. Le di un trago a una cerveza caliente  para inútilmente contrarrestar las cruda, tuve nauseas. Gire mi cabeza y vi lo que quedaba de ella. Estaba ya sólo su cabello mal recortado, seboso. Su culo se desparramaba por mi cama poseído por la celulitis, sus piernas parecían trompos de carne al pastor, con los surcos, las vetas y todo lo demás. Las náuseas de mi estómago se sumaron a las náuseas de mis ojos y vomité la más grande vasca que he visto (y vaya que he visto muchas), el olor más que el sonido que produje al vomitar despertó a aquel ente transformado por la sobriedad. Alcé la cabeza cuando sentí su mirada…

He pensado mucho en aquella mujer y creo que cualquiera en mi situación hubiera hecho lo mismo: La tomé del brazo y la saqué de mi casa,  ella aún no entendía  lo que pasaba, se frotaba con sus pezuñas los ojos (lo cual me intrigó) para comprobar si estaba dormida, pronunciaba sonidos incomprensibles, le aventé su ropa por la ventana junto con un billete para su taxi.

¡Quién se había creído para engañarme de esa forma!

Viaje al centro del Torito

Escalot

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Pareciera que después de ir a un bar, sólo quedan tres caminos; seguir emborrachándose, ir a dormir, o ir con alguien a no dormir, mas el gobierno no satisfecho con el hedonismo y aparentemente preocupado por sus ciudadanos, hizo un cuarto camino: encerrar a todo aquél que tome alcohol y conduzca. El lugar de encierro se ha convertido en el némesis del borracho, ya sea del que toma coñac o del que tome cañac. Se rumoran infinidad de mitos urbanos alrededor de aquel siniestro lugar llamado “el Torito”, eufemísticamente, ya que en realidad, lleva el nombre de “Centro de Readaptación Contra Las Adicciones”.  Al final del reportaje sabremos si hace honor a su nombre.

Es verdad que tomar alcohol en exceso puede causar accidentes fatales, al ebrio como a los no ebrios. Lamentablemente la medida con la que están calibrados aquellos aparatos es  polémica. Hay hombres que llegan tan ebrios que van despertando hacia el final de su condena, en cambio otros,  llegan tan sobrios que sufren cada minuto de encierro. Ya lo dijo Cerveza –Si apenas acababa de cumplir mi juramento y que me echo  una  chela, namás fui a dejar a mi vieja y que me agarran. Cabe mencionar que decía la verdad, estaba tan sobrio que daba tristeza. 

Sólo como nota práctica a los lectores;  no se debe soplar más de una vez el mismo popote porque aumenta en gran medida la probabilidad de detención. Obviamente nunca te lo dicen ¿acaso se beneficiarán en algo? A decir verdad sí, ya que sólo pueden ingresar un cierto número de detenidos,  el gobierno no les puede salvar la vida a todos los borrachos, tiene su límite (sólo los afortunados). Pero nada es gratis, porque tendrás que pagar el arrastre del  auto al corralón, los días de piso, por si fuera poco, si te falta alguna tenencia, deberás pagar más de doscientos pesos de mordida a nuestros salvadores. Aunque cómo reprocharles, ¡dicen que lo hacen por nuestro bien!

No hay por qué preocuparse por maltratos policiacos. No te ven como delincuente,  comprenden, y se identifican con tu alcoholismo o tu mala fortuna, que los aqueja por igual. Incluso te dan consejos durante el traslado –no ti conviene pagar amparo, güero, pss, de cualquier forma tienes que pagar tus horas de arresto, mejor aguántate, o de que vayamos por ti a tu chante, pus ta gacho… ¿Un cigarrito?  Posteriormente se confirma su buena voluntad, ya que antes de entrar acechan abogabuitres con promesas de libertad, sólo necesitas tres mil pesos (Cerveza pagó, y sólo salió tres horas antes de su cumplir su castigo, y tendrá que regresar a pagarlas).

Lamentablemente no todo es amabilidad en el recinto  de sobriedad, ya que es dominado y administrado extrañamente por una empresa de seguridad privada, parece que les pagan sólo por gritar y gruñir. Primero se da una plática de bienvenida donde te despojan de tus pertenencias, anotan cuáles eran, cuánto efectivo, tipo de celular, y demás,  para regresártelo al final. A Whisky al salir y reclamar sus pertenencias le faltaban doscientos pesos. Reclamó, pero,  ¿qué podía hacer?, ¿levantar una denuncia? Lo que uno quiere es largarse, solamente.

–¡Pinches rateros!

–Cállate, cabrón, o te metemos de nuevo y a la chingada.

El siguiente paso del proceso es la visita al médico jurista.

–¿Te pegaron?

–No. 

–¿Seguro? ¿Padeces alguna enfermedad?

–No.

–¡El que sigue!              

Después te pasan a lo que crees  será tu habitación “¡Apúrale!”…Cuando te grita un hombrecito de un metro y medio, es difícil saber qué hacer, o te sonríes  o te carcajeas. Mis compañeros de celda al igual que yo fueron  interceptados en Reforma y Eje Uno Norte, cada uno contó su historia, al principio éramos  ocho, para cuatro literas de cemento, después siguieron los lamentos –Vale madres, mi vieja debe estar que se la carga la chingada. Otro decía –Pero quién me manda a votar por el PRD, pinche Ebrad hijo de su puta madre. –Ya sálgansen, por allá, pásenle… por la puerta–, interrumpe la voz del chaparrito que ordena.

Por fin entramos al afamado patio del Torito. Diversidad total: Señores, ancianos, adolescentes, teporochos, fresas,  rastafaris, chacas. Todos diferentes, pero unidos por los mismos gustos, a todos nos atrae el Leteo enfrascado.

En la hora de la comida muchos evitaron acercarse al comedor, el hambre pudo más que mi decoro,  comí. La comida no tiene sabor, parece que  el chef olvida los condimentos; la sal, el epazote, el perejil, etcétera. Aparentemente es gratis, pero no es así, con lo que se paga de arrastre y derecho de piso…  deberían comprar un costal de sal. Había sólo dos tiempos, la sopa y el plato fuerte (albóndigas). Completaban la charola unas cuantas tortillas y de postre un Bocadín.  Dijeron que el lavaplatos había faltado, por lo que cada quien debía lavar su cada cuál (su charola y su vaso).

–Pinche gobierno no va a controlar mi forma de chupar. Pa la otra me voy a fijar en el Twiter donde están los retenes. Alguien más decía –pus namás vete por avenidas que tengan salidas continuas, y si tomas avenidas grandes agarra la lateral paque no te puedas salir o echar en reversa.  Después cayó la lluvia de ideas de cómo evitar volver  a caer, ¡claro que se aprende! Esas medidas preventivas, las dejaremos para otra ocasión.  

Nos comienzan a formar para ingresar a las celdas, después de pasarnos lista, abren los dos largos pasillos donde están las celdas, (aproximadamente unas quince o veinte celdas por pasillo). Comienza el corredero, todos empujándose para agarrar un pedazo donde sentarse o recargarse, mis compañeros con los que ingresé y yo, tomamos una celda, éramos ocho, luego diez, quince, veinte, muchos de pie, otros recargados, algunos sentados en un rincón, otros debajo de las literas inferiores, los demás, como yo, sentados sobre las literas.

El calor es más  que intenso, el techo es de lámina (obviamente resguardado por protecciones de hierro dulce),  el sudor sofoca, no deja dormir a los que podríamos hacerlo por la posición privilegiada. Las caras son de tedio, de resignación, de hastió. Un huésped anterior altruistamente dejó su periódico para los venideros, lo descuartizamos y lo vamos cambiando hasta terminarlo colectivamente

–¿Qué hora será?

–Yo metí un reloj sin que se dieran cuenta–, contesta Brandy.
 Desde ese momento el tiempo se estiró, no faltó quien  lo asediara cada quince minutos para preguntarle la hora.

La celda, de por sí pequeña, con tantos habitantes se volvió diminuta, más calurosa e insoportable. Las caras de los demás reflejaban la mía, en silencio ellos se reprochaban al igual que yo –Vale madres, por qué me fui por el Eje Central, pudiendo agarrar Cuba y salir derechito, todo por ver cómo destruyeron Garibaldi con esos vitrales tan espantosos. Me arrepiento de no haberle ofrecido más dinero al policía que me mandó a la línea

–Tengo cien pesos oficial.

–¡Pus qué pasó!, mínimo es una Sor Juana, pásele joven.

Confiado estaba de pasar la prueba ¡Por dos bolas!, sería el colmo. En la celda reina el silencio. 

De repente en otra celda se escucha "Pepe el toro es inocente". Sólo faltaba una chispa para revivir a la multitud, comienzan las bromas, los albures, y la plática que aligera el tiempo, contando chistes y anécdotas (obviamente de borrachos), divirtiéndote un poco donde no deberías, es la forma más eficaz de burlarte del gobierno y de sus normas. Es la subversión.  El aire se aligera un poco.   

Algunos comienzan a salir, porque es la hora de visita, familiares y amigos vienen a dejarles comida decente a los recluidos. Por fin me puedo mover con más libertad sin chocar con el hombro de alguien. Pasa la hora y se vuelven a llenar las celdas.

Grita el chaparro "Sálgansen, cabrones". Llegó la hora de la cena. No me atreví a comer para no atreverme a usar el baño, que no es necesario describir por dejárselo  a la imaginación del lector.  Abrieron la sala de juegos de mesa, pero sólo hay cupo para veinte personas. Existe una biblioteca. Aunque no estaba de humor para leer, decidí  que era lo mejor que podía hacer, además ya me quedaban pocos cigarros. Intente girar la manija, mas nada.

Cerrada. Seguramente era el lugar menos visitado, probablemente encontraría sólo libros de Alcohólicos Anónimos.

Se repite el tiempo, como si fuera en círculos. Pasan lista. Corren todos. El bochorno,  el tedio, el reproche,  el bochorno, el tedio, el reproche, el bochorno, el tedio, el reproche,  el bochorno, el tedio, el reproche. Así hasta que Ron rompe el silencio.

–¿Tú a qué hora sales, carnalito? 

– A las once treinta y cinco se cumplen las veinte horas que me echó el juez en el MP, le digo. 

–Cómo son ojetes, deberían contar desde que te agarran, no desde que pasas con el puto juez, yo me pasé una hora y media esperando turno… Estaba hasta la madre.

Interrumpe la conversación un grito de tedio, una brisa de bochorno, y un reproche envejecido, que se metamorfosea durante el hastío en resignación.  El tiempo avanza en círculos. Algunas palabras triviales seguidas de un silencio, un silencio seguido de palabras. Grita el guardia  los apellidos de Vodka, que  era uno de mis compañeros de celda, cortésmente se despidió de mano de cada uno de sus acompañantes que al principio le causaron empatía, al final quizá simpatía. La rechifla en otras celdas comienza al ver su acción. –Órale wey, luego les pides el teléfono, ya llégale…

Con el tiempo atrofiado se van vaciando poco a poco las celdas, grita el pigmeo –Ramírez Ortega, Preciado Luna,  etc. Sálgansen ya.  Los que salimos en horas cercanas (con diferencia de cinco a diez minutos) sabemos que tenemos que cruzar el parque de Tacuba para llegar al metro, preocupándonos más por lo que hay afuera, decidimos esperarnos en la salida para cruzar aquel peligroso trecho  juntos.

–Aquí están sus cosas -mi poco efectivo estaba intacto-, namás váyase con cuidado porque roban, no pase por el parque, camínele rápido. Al ver el umbral me alegro de estar a punto de salir, al salir y ver el parque habitado con lejanas siluetas, ya no me alegro tanto, pienso que quizá sea más seguro el interior. Me cruzo con los ojos de mi copiloto. Recuerdo que afuera ya no estoy tan solo. Me hago fuerte y cruzamos ya sin miedo. Es sencillo sobrevivir adentro del Torito, afuera, ya no lo es tanto.

Por fin ya estoy rehabilitado y prevenido para no volver a caer, Pulque cayó tres veces, pero a sus sesenta y cinco años dudo que utilizara el Twiter.

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Recuerdos de arena

Escalot

“Hay que seguir el camino de la sangre”

García Lorca
Me cuesta esfuerzo admitir que aún la recuerdo a escondidas de mí. Me molesto conmigo al darme cuenta que lo he vuelto a hacer, entonces agito mi cabeza para disolver su recuerdo formado de arena. Alguien vuelve a esculpir la arena de su imagen una y otra vez, no sé quién sea, y temo al sospechar que pueda ser yo. Vigilo que no allane mi cabeza, aunque en ocasiones  el sueño me vence y al despertar ya está otra vez en mi memoria, desde ahí me mira fijamente, como esas tétricas estatuas de iglesia con lágrimas de sangre en los ojos.

Abro los parpados con la pesadez de cualquiera que no se reconoce en el espejo.  Me desplomo por dentro mientras me alimento con humo de cigarro. Debe ser peor no tener  siquiera humo: Lo supongo.  

Lo verdaderamente despreciable en mí, es que continúo buscándola. En ocasiones de reojo veo algo o alguien pasar, la arena de mi cabeza me hace pensar que pudo ser Ella, volteo asustado para descubrir sólo una sombra.

La busco también en mi camino,  en las ventanas,  en los libros, en mis ojos, en los silencios y las estridencias, en las iglesias y los puteros, en todas partes. Al terminar el día siempre la encuentro, aparece un remedo de su recuerdo que me inunda de espanto en medio de mis pesadillas, entonces me levanto perturbado, enfermo, como si enterraran una navaja en mi vientre mientras duermo. Es insoportable, sucede todas las noches. Estoy cerca de perder mi cordura. No puedo continuar así. No tengo el valor de acabar con esto.    

Una noche la vi del otro lado de la calle, no pude contenerme y corrí tras Ella. Juro que su cabello era idéntico, la alcancé, la miré, me miró, se escurrieron mis ilusiones en esas pupilas desconocidas.  Después la miré otra vez, pero con rabia (por no ser quién deseaba que fuera). Me señaló luego de acercarse a un policía. Preferí  escabullirme entre la gente.

Rememoro las conversaciones que tuvimos, pero no acaban ahí, sino que continuamos el diálogo, como si Ella se metiera en mi cabeza para responderle a mis recuerdos, argumenta desde  su ausencia, luego yo le respondo, ni su silencio evita que me hable. También Intento escuchar su voz, me imagino cortando las costuras de sus labios para buscar su grito, es en vano.

En verdad que la extraño, mas lo que miro ya no es Ella,  ahora sólo habita un ser malformado por el tiempo, por la obsesión y la soledad, por las culpas y las disculpas que nunca llegarán. Es algo terrible, como un recuerdo  creando a  otro recuerdo y ése a otro, y así hasta que  un día terminas por añorar algo que nunca existió. He intentado destruir a ese ente pero está construido por  mis recuerdos y también por los del otro sujeto que se esconde en el espejo.

He pedido ayuda y salvación a muchas personas y lugares: poetas, cantinas, mujeres, hoteles, borrachos, psicólogos, clínicas. Todo ha sido inútil. Ya sólo confío en unos cuantos. Entre ellos  están los párrocos. Siento fe hacia ellos, todos han coincidido al decirme “Si sigues recordándola no la vas a dejar descansar en paz”.    

Esta locura empezó en una poca concurrida biblioteca conventual. La estuve esperando cerca de los libros de su autor preferido. No era la primera vez que buscaba su encuentro. Fue un ritual el acudir todos los sábados, desde que abrían hasta que cerraban. Ella solía visitar aquel antiguo y remoto lugar. Lo sabía con certeza: alguna vez aparecería arrastrando su condena de belleza e ingenuidad. Horas, días y meses dediqué a la espera de esa posibilidad.  Era cuestión de esperar (fui experto en ello, siempre había vivido esperando). Ansiaba poder verla, por lo menos a lo lejos,  penetrarla,  tan sólo con la mirada, una vez más. Eso me bastaba, eso creía.

Aquel día las miradas de dos visitantes que iban de salida me atravesaron, vieron confundidos mi avidez desmesurada, pude imaginar mi rostro deformado por el trastorno placentero de concretar mi hazaña.

Decidí no causar más sospechas y me refugié  entre  los empolvados libreros, a pesar de no haber más personas en el lugar (me refiero a personas vivas). Intentaba con torpeza entender las letras de un poeta que no han dejado morir. Aquel libro que sintió escurrir el sudor de mis manos en su piel muerta, se estremecía, quizá porque algo vislumbró.

Apareció Ella. Cayó en la trampa de la casualidad, igual que un célibe en frente de un clítoris: no se pudo resistir. Acariciaba la portada de un libro ¡Lo miraba tanto! Así como se mira la desnudez. Esperé eternos minutos el momento ideal, hasta que se alejó para leer en un apartado rincón. Soporté los deseos de correr. Me deslicé agazapado, lentamente, acechante, fui tan cauteloso,  me parecía a las almas que me miraban casi sin existir. Me detuve detrás de Ella, donde el alcance de mis brazos no la pudiera extraviar, todavía pude leer dos versos de aquel libro que nunca cambiará de página “y mis ojos, tributo a la eterna guadaña/ por ti osan mirar de frente el ataúd” Supe que era el momento preciso.

Unas gotas de sangre se derramaron sobre aquellos versos, después todo el poema se tiñó, y al final el libro  escurría de su roja vida, ahora estaba escrito con el lenguaje de la sangre. La vida está escrita con sangre. Sustancia profética. Oráculo que habla si logras comprender su lenguaje.

-No importa perder la sangre cuando ella marca esa ruta-, creo me dije a mí mismo al ver su vientre vomitando  vino caliente (lo dije en voz alta sin darme cuenta). De todos modos esa sangre debió quemarle las entrañas.    

Se aferró del libro cual si fuera la vida, aun así dejé caer otras veces la navaja en Ella, se fueron disecando sus ojos ya perpetuos. Se apagó su dolor. La deuda estaba pagada, sólo entonces saqué la navaja para liberarla, fue cayendo el libro junto con Ella, se fundieron en el lago de lava que Ella fue inventando con su diluida vida, hasta volverse piedra, casi mítica, casi tiernamente.  

Me mojé las manos de sangre y me las lamí. Porque era mía. Tú no sabes lo que es eso.

Ahora ando en busca de  una navaja que mate a su recuerdo. Y así por fin dejarla descansar en paz.

Remigio Malverde

Escalot

Para Nellie

Remigio Malverde era alto,  flaco, de ojos pequeños  y cabello lacio.  Nunca dejó su chamarra negra ni sus botas de pico. Las patillas casi se  unían con su barba. Su caminar era lento.  Uno pensaría que era más  viejo. No parecía narco. Solía mirarse un destello de locura en sus  ojos.  Casi no hablaba, veía mucho, comía poco. 

Era de bajo rango.

Un  domingo le pregunté por qué se había escuchado tanta bala el día  anterior.  -Los federales entraron para el cerro de Cumpas, donde tenemos la siembra, y puesles enseñamos quién la tiene más  grande- dijo. No le contesté nada, sólo vi cuando sacaban a un vato de  su casa, estaba bañado de sangre, casi ya no se le  veían las letras de  su camisa, pero luego luego se le notaba que era puerco, por las botas y  el corte de sardo. 

Dijo que iban a tirar la basura. Se metió a su troca y se peló.

Ya pa’ la madrugada del lunes se volvió a escuchar mucha bala en casa de Remigio. Reconocí sus gritos, “me la pelan,  turistas”, unas luces azules y rojas caían desde arriba, otras desde abajo. Rodearon todo el pueblo. Mi madre atrancó la puerta con el  azadón. No le valió de mucho, el hacha pudo más. Mi hermana mayor,  Irene, tenía como quince años,  se metió al ropero. Los encapuchados  entraron con las metras de frente, uno tras otro, tras otro, tras otro.  Revolvieron la casa. Olían el miedo como perros, rápido las hallaron. Al  final, entre la penumbra miré a un federal,   sin capucha, fumando un  cigarrote  en la entrada, se recargó en la puerta unos segundos y se  acercó lentamente. Le preguntaron sus hombres que si se subían a las  morras, contestó que sí con la cabeza mientras aventaba el humo del  hocico. Ya nomás me dijo Yo te las cuido, güero. Ahí fue cuando me di cuenta que era el pinche Remigio.

Ya por la mañana salió en la televisión que dizque habían agarrado al dirigente del cártel del Golfo, un tal Remigio Malverde.

De mi familia…  ya mejor ni les cuento.

Home sweet home

Escalot

Ríos de asfalto partían las casas, los ríos eran partidos por camellones, árboles crecidos a capricho, sin cadenas estéticas. Bebedores protegidos por el foco de la tienda. Cuervos y buitres, éstos últimos uniformados, agazapados entre las sombras a la espera de alguien más vulnerable; en borrachos o niñas suelen eyacular su instinto carroñero. Los chacales habitan una oscuridad más densa, profunda, donde las aves de rapiña no se atreven a entrar.

Una cruz de solera y lámina en el final del callejón. La gota de parafina cayó en la mano vieja, las comisuras de sus arrugas fueron los ríos que llevaron el ardor hasta sus entrañas. Vio un hilo de sangre que terminaba en un hoyo  rojo, ahora parte de la cabeza de su hijo. Ése también fue el final de Marcos, Fabián y Juan.

Veladoras moribundas alumbran cruces de solera en cada una de las cuadras, como tétricos faroles de la  muerte omnipresente, tienen nombres e historias incrustadas entre un fierro oxidado que reta al olvido y siempre pierde, porque con los años y las penas las madres mueren: ya nadie retoca el nombre del finado. Se extingue.

Murmuran advertencias para algunos, para otros sólo silencios, pero normalmente indiferencias.
 
En la esquina de la capilla unos capullos de cruces florecen apretujados, con sus hojas aún brillosas por la pintura, homenajean el inevitable destino, pero sin dejar de rememorar la masacre de los Galanes, ejecutada por órdenes federales.

Aquí solemos comprar nuestra cruz desde crecidos, así podemos escoger a nuestro gusto, además, en mi caso “estoy muy flaco para estar vivo, pero muy gordo para estar muerto” y me confundo pensando si esto es en realidad vivir, porque la verdad no es agradable, muchas cruces, mucho gris, el mundo no es un buen lugar para vivir. Sobre todo los últimos días, todavía dicen “¡la cosa se pondrá peor!”.

Los viejos también dicen: “ya vendrán tiempos mejores” aunque ya ostentan la cruz casi en el pecho.

Viven de la ilusión hasta el último día. Y siguen bebiendo esperanzas en forma de tiempo.

Yo dudo que esto se componga.

Mejor me voy de una vez por mi cruz.

¡Chula que se va a ver!