Cuatro etapas del sexo amoroso o el amoroso sexo

compilado por Escalot

La primera etapa

La mano de Onán se queja

Yo soy el sexo de los condenados.

No el juguete de alcoba que economiza vida.

Yo soy la amante de los que no amaron.

Yo soy la esposa de los miserables.

Soy el minuto antes del suicida.

Sola de amor, mas nunca solitaria,

limitada de piel, saco raíces…

Se me llenan de ángeles los dedos,

se me llenan de sexos no tocados.

Me parezco al silencio de los héroes. 

No trabajo con carne solamente…

Va más allá de digital mi oficio.

En mi labor hay un obrero alto…

Un Quijote se ahoga entre mis dedos,

una novia también que no se tuvo.

Yo apenas soy violenta intermediaria,

porque también hay verso en mis temblores,

sonrisas que se cuajan en mi tacto,

misas que se derriten sin iglesias,

discursos fracasados que resbalan,

besos que bajan desde el cráneo a un dedo,

toda la tierra suave en un instante.

Es mi carne que huye de mi carne;

horizontes que saco de una gota,

una gota que junta

todos los ríos en mi piel, borrachos;

un goterón que trae

todas las aguas de un ciclón oculto,

todas las venas que prisión dejaron

y suben con un viento de licores

a mojarse de abismo en cada uña,
a sacarme la vida de mi muerte.

Manuel del Cabral

La segunda etapa

Las Nalgas

La mujer también tiene el trasero dividido en dos,

pero es indudable que las nalgas de una mujer

son incomparablemente mejores que las de un hombre,

tienen más vida, más alegría, son pura imaginación;

son más importantes que el sol y dios juntos,

son un artículo de primera necesidad que no afecta la inflación,

un pastel de cumpleaños en tu cumpleaños,

una bendición de la naturaleza,

el origen de la poesía y el escándalo.

Roberto López Moreno

La tercera etapa

Lugares sin nombre
                                           donde

Lugares que llevan recuerdos, cardones de memoria supónenme oculto    no reine
                                               ¿dónde
                      habitas en silencio?
                                                            ¡Asómate otra vez de mis ojos!
Rezumas
del cuerpo, crecen hiedras de la esperanza. Mientras azuzo a l  olvido tú acechas.
Usurpas
deseos cuyas sombras te nombran,
las sigo y me asombro del adorno de sangre en los                                                                      ojos.
Te espero

sin que espere, camino hacia ti sin moverme.

Te beso y no te beso.

Te invento,

sólo eso dejaste, poder hacerte lo que quiera

desde mi tormento truculento, transgredir tu sonrisa en mueca, tu dolor en eternidad.

Te miro

cuando quiera,

desde donde quiera, aveces vives

aveces mueres. Pero prefiero verte con esa mirada perdida, ausente, triste, fijamente

apuntando a cualquier ventana mientras me recuerdas dormida.

Dolientes; rescindo llamándonos,
                                                                                           luego…

Te deshago

y te hago espejo de luces movimiento,

diamantina que fue polvo brillando en noche de entierros, Dionisio cavando en tu cuerpo de hierro, ángel de fuego en centro del cielo; tragando tus besos, moliendo tu cuerpo de espuma con lumbre y veneno.

Termino

en espejismos,

con un salto en la cama descubro en ensueño verdad o
mentira

confrontándose en otro                          

            anochecer
                                                        de
                                                              sempiternas
                                                                                    exequias.
Utherpendragón

Última etapa

Tal vez una mañana

caminando en un aire de vidrio

árido, volviéndome, veré cumplirse el milagro:

La nada a mis espaldas, el vacío

detrás de mí, con terror de borracho.
 
Luego, como en una pantalla, se detendrán de pronto

árboles, casa y colinas para el consabido engaño.

Pero será muy tarde y me iré silencioso,

entre los hombres que no se vuelven, con mi secreto.
Eugenio Montale

Hombre muerto

Emma Benes

Anoche, sobre la avenida principal, un hombre maduro de alrededor de cuarenta y ocho años, con desesperación y mirando hacia todos lados gritaba con voz grave. Me asomé por la ventana y, al ver la aglomeración frente a mi edificio, decidí bajar.

-¡Ayuda, necesito ayuda. No ven que lo matan, lo matan!­

Fue lo único que escuché decir, mientras subía las escaleras ya de regreso a mi departamento, a Doña Silvia, que imitaba el tono de aquel hombre y le platicaba a Lupita, la señora del cinco, que llegaba con sus bolsas del supermercado. De inmediato pensé “poniéndole de su cosecha como siempre”, y la saludé con una leve y fingida sonrisa. Sin contestar a mi saludo, Doña Silvia le dijo a Lupita:

-Es más, pregúntale al vecino, él viene de la calle, algo debió ver­. Hice caso omiso a sus palabras y continué subiendo, apresurado, de dos en dos escalones.

Era cierto que el tono había sido tal como lo imitaba doña Silvia, aunque la frase ya había sido tergiversada. He aquí mi versión de los hechos.

Atento, después de ese grito espantoso, miré desde la ventana de mi departamento pero no vi más allá de una gran masa de gente codeándose. Tras el intento fallido de mirar desde allí y, con la intención de no parecer chismoso, decidí bajar y acercarme sólo un poco, lo suficiente para no formar parte de la muchedumbre, pero con intenciones de enterarme sin perder detalle. Mientras intentaba cruzar la calle, noté la presencia de Doña Silvia, por lo que rodeé el lugar hasta estar seguro de que ella no me vería. Sucede que no soy un hombre muy sociable y por lo tanto, no muy respetado en mi edificio; quería evitarme las miradas y sentencias que mis vecinos harían por el simple encuentro en aquella escena. Crucé la calle, sigiloso me acerqué, no sin antes asegurarme que no hubiera vecinos cerca. De pronto, a un lado mío, escuché la misma voz de aquel grito ensordecedor y desesperado, la misma voz grave que me había conducido hasta ese lugar. Era un hombre enjuto, de mirada perdida y presencia descuidada. Sin pensarlo comencé a seguirlo, me introduje cada vez más en la muchedumbre y mi cabeza recreaba con rapidez una escena grotesca, violenta. En definitiva, ansiaba esos detalles.

Llegué al frente y no logré encontrar sangre, machetes, “bates” o cualquier indicio de esa violencia común en las calles de mi colonia. Seguí buscando con ansia alrededor pero de momento no encontré nada, pensé que había sido una mala broma y giré un poco para volver a mi departamento. En ese instante, vi un cuerpo en una posición extraña, no alcanzaba a entender la pose de ese cuerpo que yacía en el suelo porque el hombre que lo auxiliaba lo atajaba un poco. De un momento a otro lo entendí perfectamente: estaba pecho tierra y pataleaba con desesperación, eso sí, no encontré la cabeza.

Por el largo de las piernas y lo poco que alcancé a ver sobre los movimientos que tenía, imaginé a un hombre entre unos treinta y cuarenta años de edad. Por la fuerza en las piernas y según los golpes que propinaba al suelo, aún era consistente. Las extremidades eran largas, mediría un metro con ochenta centímetros aproximadamente, y el talle muy grueso. En una frase: el hombre era corpulento y vigoroso.

El no haber encontrado la totalidad de su cuerpo ahí y después ver que aún había movimiento en él, me hizo pensar en la forma en que mueren los puercos y las gallinas; ya saben, las cabezas ruedan por el suelo mientras los cuerpos siguen aún corriendo con tremenda euforia.Así imaginaba a aquel hombre.

Continué acercándome mientras pensaba cuanta cosa indicara un acto violento y sangriento, una catástrofe. Llegué a la escena, justo a un lado del hombre que intentaba desesperadamente ayudarlo; de pronto, me di cuenta que el hombre se había cansado de menear los pies y que tanto brazos como cabeza estaban dentro de una coladera. Sí, esa que nos ha dado tantos problemas en días lluviosos.

El hombre se había rendido y pronto vimos cómo el cuerpo colapsó, se extendió tan largo como era y descansó en el pavimento. Sonreí sin querer. La gente comenzó a propagarse por toda la calle y aprovechando la distracción de las personas, me acerqué con el hombre de la voz grave, aquel que desesperado pedía ayuda, lo persuadí a llevarlo conmigo y entonces comenzó a narrarme los hechos, y así comenzó:

-Salimos de la oficina, preocupados por una entrega de trabajo. Yo le decía a mi compañero que no habría problema; para ser honesto, a mí ni me interesa la entrega, y mi compañero, por el contrario, es muy preocupón… quiero decir, era muy preocupón. En fin, como le decía, íbamos caminando como si nada, cuidándonos de los autos, de los ladrones en bicicleta, de lo que siempre hay que cuidarse al pasar por aquí. Comencé a bromear con él, le decía que nos intentarían localizar para regresar al trabajo, pero ni bien terminé de decírselo cuando se escuchó el ring de su teléfono. Nervioso hurgó con desesperación las bolsas de su saco, su llavero y su teléfono se atoraron y éste último cayó en la coladera, así que de inmediato y sin pensarlo, se tiró sobre el suelo, metió ambos brazos y la cabeza para sacarlo y entonces quedó atorado. Se oían sus sollozos, sus quejidos y de pronto su boca dejó de emitir sonido. “¿Se acuerda que ayer llovió muy fuerte?” me preguntó. En ese momento volteamos al ver que los bomberos habían llegado y lo sacaban lleno de desechos, había muerto ahogado. Me despedí de mi compañero y le estreché la mano.

Entré a mi edificio y al aproximarme a las escaleras vi a mi vecina Doña Silvia quien ya platicaba con Lupita, la del cinco. Me miraron, les sonreí, y de dos en dos subí los escalones mientras el grito que emitió doña Silvia, tan parecido al que escuchamos a las siete de la noche frente al edificio, cobijó mi cuerpo.

Champagne: Nostalgia y Cansancio

Fabián Ríos

Nostalgia es lo que caracteriza aquel diálogo entre dos artistas norteamericanos en sus minutos de ocio dedicados a la degustación de un terrible café en lo que parece ser algún rincón blanco y negro de una armería (¿Por qué una armería?). Por su puesto que Taylor Mead, aquel fantástico artista de los 60 ́s, actor propiedad de las elites de la fábrica Pop y símbolo de un pasado eufórico que aún tenía el beat en sus genes, no está bien, su café es malo y sabe que pronto tendrá que regresar al trabajo, pero sobre todo él se siente apartado de la realidad, sin contacto alguno con el mundo, lo único que le llega de contrabando es el fragmento de una melodía que por sí misma expresa el cansancio de envejecer en una época como esta. Pronto la melodía de Mahler se desvanece.

William “Bill” Rice, el hombre estoico que fuma frente a Taylor, artista por excelencia del underground neoyorquino, fanático de Gertrude Stein y reinterprete de Picasso, es quien repite sin sentido alguno el recurrente pensamiento de Nikola Tesla, Nikola Tesla perceived the earth as a conductor of acoustical resonance, sin poder explicarlo, tan sólo nombra estas palabras para salir aunque sea un poco de su ensimismamiento, mostrando que, con su poco entusiasta manera de hacerlo notar, siente esa nostalgia que lo hace imaginar, junto con su compañero, que el café, el terrible café que tienen frente a ellos es Champagne.

El brindis que propone Taylor Mead es ya la confesión de su nostalgia por el categórico Paris de los 20 ́s (Joséphine Baker, Mouline Rouge), mientras que “Bill” Rice prefiere recordar el pasado vivido del final de los 70 ́s, que fueron, en sus palabras, el principio de muy buenos tiempos: “The 1970s were a misery… There was nothing there at all — except disco. So I can’t really say that nothing happened in the 1970s to me. That was the beginning of a very good time.”

De cualquier manera ambos chocan sus vasos por un pasado irrecuperable que los lleva a pensar que el café que al principio tomaban era de alguna manera insoportable.

De esto habla precisamente una mente nostálgica, de la negación de un presente insoportable y de la afirmación ilusoria, por lo tanto fugaz, de un pasado idealizado. El sabor de un trago imaginario de champagne es una delicia en comparación con el café del presente real. Pero pronto se termina, sólo quedan unos cuantos minutos de descanso (coffee break) y Taylor y Rice tendrán que regresar a lo que sea que estaban haciendo, esa es la verdad que Taylor quiere negar y la que lo lleva a aprovechar ese pequeñísimo tiempo para descansar profundamente pues el presente no sólo es nostálgico, también es cansado. Taylor se divorcia de nuevo del mundo y el mundo vuelve a captar esa melodía de Mahler “Ich bin der Welt abhanden gekommen.”
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Taylor: Let’s pretend this coffee is champagne.

Bill: Why would we do that?

Taylor: Well, to celebrate life, like the rich, elegant people do

 

¡Qué hermosa es la revolución, aún en su misma barbarie! Una aporía

Fabián Ríos

Las palabras del personaje revolucionario Solís de Mariano Azuela en Los de abajo son los sentimientos de un saqueador y asesino entregado por completo a ese momento sagrado llamado revolución (sagrado por mitificante, sagrado por originario); visto de esta manera, los caudillos que se encuentran encerrados en las páginas del escritor son poco menos que mártires, muchos de ellos santos soñadores de la causa justa (ellos inmersos en las cauces de la novela revolucionaria no lo saben, por supuesto), de los únicos buenos que ya muertos no tuvieron tiempo de corromperse; aunque aquEllos malos ya corrompidos tengan en su derrota la forma de lavar sus robos, asesinatos y violaciones. La revolución es su confesionario y su derrota, la forma de embellecer la barbarie de sus actos: que hermosa es pues la revolución, aún en su misma barbarie.

Recordemos aquella imagen en donde la revolución es personificada cual Venus: un tanto salvaje, un tanto provocadora, pero también un tanto maligna (metafísicamente hablando); detrás de esta mujer siempre está el miserable, el pobre hombre harapiento que la necesita más que nadie, que puede pasar por sobre todo derecho humano si la finalidad es la redención armada de su misma humanidad. El derecho mismo a su existencia es lo que lo impulsa a destruir toda materialidad que le presente un obstáculo para su feroz ingreso al mundo de la dignidad, esto es arrebatando lo digno del otro, asesinando al frágil “curro” afeminado ya por la ilustración, violando la pureza virginal de la hija del burgués o expropiando y hurtando hasta las cenizas la casa de la La mamma morta en donde se impartían la moralidad del señor en donde el siervo servía. Aquel miserable desea la revolución por un sentir que tiene que ver más con la lujuria que con la justicia; cualquiera pensaría que antes de tomar La Bastilla aquellos hombres preferirían arrojarse sobre los perfectos pechos de la libertad iluminados por las pinceladas de Delacroix. Para el caudillo revolucionario la lucha es su fetiche, su sola imagen, para ponerlo en palabras del Dr. Azuela, irrumpe como volcán en erupción, amantes de la revolución como amantes del volcán que irrumpe, al volcán porque es volcán y a la revolución porque es revolución.

Por supuesto siempre está el idealista encaminando el desenfreno revolucionario o el artista pintando y escribiendo versos sobre la barbarie de la guerra; la libertad iluminada y encabezando el claroscuro barroco, los miserables siempre en las sombras y los de abajo dolientes y rabiosos.Aunque detrás del ideal y el maquillaje con el que tanto añora el artista, está la violencia en su estado más prosaico. Con lo que se encuentra el médico letrado de Los de abajo no es con la idea del oprimido, tan panfletaria como el Marx de los intelectuales de las plazas ocupadas por la “prole”; con lo que se encuentra es con la brutalidad, con la forma más concreta de la revuelta, con el hedor mismo de la revolución del que la propaganda ilustrada se encarga de embellecer. Luis Cervantes, médico y periodista, hombre de letras, es puesto junto al estiércol húmedo y pestilente de los cerdos una noche antes de poder unirse a la tropa de Demetrio Macías.

Y es que la infantería de la revolución es ajena a una modernidad que no los favorece, la visión cosmopolita y progresista de los míticos ilustrados es de poca importancia para el caudillo, él está indignado, pero su indignación es más elemental, es por supuesto más una cuestión de vida o muerte que de justicia y progreso, y aunque para consolidarse sean necesarias ambas fuerzas, el hombre armado está aquí por la violencia, ése es su fetiche, violencia entendida como una ruptura en toda su brutalidad, la violencia que ejerce casi instintivamente en contra de su opresor, del cual apenas conoce su nombre, que ya luego el intelectual se encargara de legitimar por sobre sus tumbas. ¿Qué desea el revolucionario miserable? Él sufriente desearía el fin de su sufrimiento, pero no conoce las promesas teóricas por las que se ve luchando, ni las mieles de la victoria que la historia contará, ni la utopía que la revolución ilustrada le da, por lo que su lucha se devela como un instinto de muerte en donde para él no hay más que regocijo.

La visión de los de abajo está lejos de legitimarse por medio del siervo hegeliano, si bien confirma su existencia dejando atrás todo miedo a la muerte, este instinto metafísico de la nada no está consolidando su identidad, ellos fungen más en su imagen fantasmagórica, en la transparencia de su sola existencia con la que pueden reencarnar una y otra vez en las mentes de los intelectuales y locos artistas, y poetas que los cubren con las vestimentas de la gloria y la justicia social, ellos, como muertos incógnitos representan en realidad la angustia existencial del momento nihilista, la nada. Su verdadera existencia es indescriptible pero su vestimenta literaria, como función real del arte, nos acerca a lo inefable e inaprensible de su total libertad. Contradicción es que este momento desbordante se hace perdurar en las narraciones de los desertores que vivieron para contarla.