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Más vale malo por conocido

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“La guerra sólo se acaba con la
vida, quizá sea mejor ir por una tregua”, dijo mientras se
columpiaba al filo de la azotea. A su manera estaba feliz con esa
resolución, aunque eso implicaba soportarse: cosa nada fácil, pues
estar consigo mismo era un suicidio constante, que consistía en
periodos de hasta doce horas sin hablar con alguien, y en ocasiones
sólo decía “buenas noches” a algún matadito que se quedaba en
la oficina hasta tarde.

Por las mañanas, no podía ocultar su
emoción cuando algún oficinista le daba como limosna un comentario
sobre el partido de la noche previa; por eso no se perdía ni un
juego. Qué absurdo le parecía su trabajo. La seguridad de su
inutilidad le era pavorosa. ¿Quién necesita a alguien en la entrada
de un edificio? Además, muchos ni volteaban a verlo, a pesar de que
siempre buscó el tono más amable para decir “buenos días”.
Cuando le respondían el saludo, recogía con sus ojos las palabras
como los perros recogen un hueso; pero al igual que éstos, engullía
todo de una dentellada, y esperaba a que pronto llegara alguien igual
de bondadoso.

Luchó contra los pensamientos que lo
mordían. Ni la tele, ni el radio, ni el periódico, ni el caudal de
mujeres hermosas desfilando por la acera en horas pico tenían tantos
tentáculos como su pasado; en lapsos éstos lo horadaban. Unos
minutos de tranquilidad seguían a horas de sufrimiento. Y es que
nunca se resignó a la soledad a pesar de estar acostumbrado a ella.
Solía hablarles a las plantas, los muebles, el edificio y hasta a
los anuncios espectaculares, que afortunadamente nunca le
contestaron.

Unas veces, perseguía a su sombra a
una triste cantina, donde el inútil vaivén de las meseras se
confundía con el de las reses colgadas en la carnicería, luego él
entraba a ese rancio vals de cadáveres hasta que el anís las volvía
mujeres otra vez. Ya para
entonces su voz era un flujo, y a cada palabra le nacían alas, pero
se achicharraban, y caían en el inmundo suelo de la cantina a causa
de los sordos y ardientes oídos de la mesera, que aprendió desde
joven a reír y embriagarse para dejar de aspirar el aullido etílico
de sus clientes; cuando el alcohol no empañaba la verdad, lamía de
sus labios la esperanza que escurría de sus ojos.

El anís también lo elevaba hasta el
último piso del edificio para empezar otra vez el ritual: igual que
las gárgolas, pendía de la orilla acariciando el precipicio aunque
sin saltar. Nunca pudo: ni cuando descubrió marcas en las nalgas de
su esposa, que también fue el primer día de su carrera de portero.
No le bastó conseguir un trabajo para detener las andanzas de
Pamela. Al contrario, después de quitarle el primer pago, ella lo
echó de su departamento. No tuvo más opción que mudarse al cuarto
del conserje, que servía como corona del viejo edificio que cuidaba.

Las edificaciones, al principio, se
construyeron para proteger a los hombres, ahora ellos son quienes
necesitan protegerlas. Al razonar lo anterior se convencía más de
lo estúpido de su empleo; Pamela también lo sabía. Además, cómo
un hombre tan diminuto podría cuidar a una mole de 14 pisos.
Prefería estar la mayor parte del tiempo en la azotea, pues era la
única forma de superioridad que conocía: desde ahí, todos allá
abajo eran diminutos. Al final, su obligación de cancerbero tísico
lo hacía bajar nuevamente a la entrada del edificio, y vigilar que
la gente entrara y saliera correctamente por la puerta.

Una vez abajo, su mirada melancólica
trepanaba el vidrio, parecía un niño que veía a su padre alejarse
para no volver. Salía a la acera para borrar su tristeza, pero desde
ahí veía hacia adentro con el mismo quebranto con el que antes miró
hacia afuera. Le daba igual estar de un lado que del otro, porque
siempre supo que el lugar donde se encuentre no basta para cambiar su
existencia.

Al asomarse de la azotea imaginaba que
si su cuerpo quedara contra el pavimento alguien notaría su
existencia. Su pesadilla más recurrente consistía en que con el
paso de los días nadie recogía su cadáver. Solamente lo orillaban
al igual que a un perro muerto; los peatones y los automovilistas con
indiferencia lo veían de soslayo para después continuar su camino.
Él seguía consciente, sin embargo no podía moverse ni hablar: eso
nadie lo notaba; todo lo anterior contribuía a que no se tirara de
la azotea.

Una mañana al salir de su cuarto de
azotea, vio a Pamela en ropa interior frente a él. No podía estar
más hermosa  (ni siquiera el día que la conoció, cuando el vestido
de enfermera lo cautivó al instante. Él se enamoró tanto que pidió
un baile privado y ni siquiera le había visto la cara. Esa misma
noche, empeñó su cadena en el infame table con tal de
estar unas horas, en el hotel de enfrente, junto a la enfermera).
Y allí estaba ella otra vez frente a él. Con una piel de lona que
se extendía por varios metros en el anuncio espectacular que posaba
justo enfrente de la ventana de su cuartucho.

¿Cómo fue que de todos los miles de
espectaculares que crecían todos los días en lugar de árboles,
fueron a poner el de Pamela enfrente de él? Del interminable desfile
de anuncios gigantes, un mercadólogo infame y un destino socarrón
se confabularon para que su exesposa posara en ropa interior frente a
él. En realidad lo que más coraje le daba era enterarse que saltara
del table al estudio fotográfico.

Cómo iba a soportar todos los días
ese suplicio. Se lo preguntó, mas era un melancólico por
naturaleza; los de esa clase siempre se descubren por su ojos
lastimeros y ensimismados. Ven un mundo distinto, las diversas
tonalidades se marchitan al cruzar sus pupilas, las risas de los
niños se vuelven alaridos y las caricias lijan sus pieles
translúcidas. Así llegó a la conclusión de que Pamela no lo
trastornaría, sino todo lo contrario. Al fin y al cabo el verla
diario le daría la sensación de no haberla perdido del todo.  

Entonces, en un abrir y cerrar de ojos
su anterior desprecio hacia ella se tornó en devoción. Antes del
amanecer se le podía ver pegado a su ventana. El miedo se evaporó,
y después se acostumbró a recibir al día mirando a la vinílica
Pamela. Por las noches iba por las cervezas más caras del expendio,
y se emborrachaba, como cuando lo hacía con ella, con las mismas
canciones y el mismo sinsentido.

Movió su cama de lugar, y le dio más
altura con la ayuda de unos tabiques en cada pata, todo para mirar
directamente a Pamela sin tener que moverse de su lecho. Al fin tuvo
la luna de miel que siempre quiso: no aspiraba a más que dormir con
ella una noche completa, sin que ella tuviera que levantarse en las
madrugadas luego de una llamada. Gracias a la comunión de su mano
con sus recuerdos logró transfigurar su cuerpo por el de ella y así
traerla otra vez a su lado; se tocó su velludo pecho con la misma
lascivia contenida que él disfrazada de ternura, y que ella le reprochaba.

Como la estaba pasando tan bien con ella,
prefirió quedarse ahí tumbado todo el día, por lo que descuidó su
trabajo. Nadie lo miraba cuando estaba ahí, no obstante, su ausencia
era más notoria que su presencia, así que comenzaron a quejarse,
pues les era molesto que no hubiera nadie a quien ignorar, nadie que
les recuerde que ellos son menos miserables.

Luego de un par de días de quejas,
subió el jefe de los veladores. Iba dando golpecitos eventualmente
con su tolete en los peldaños que subía. De esta manera, advertía
cual cascabel su inminente mordida. Por otra parte, en su cuarto,
nuestro héroe seguía en su ardua y titánica labor. Moldeaba con su
mano los recuerdos, dándole vida otra vez al cuerpo de Pamela, que
cambiaba constantemente de materia: de carne a plástico y finalmente
a humo.  

El tolete asomó su nariz por la
puerta; rompió sin esfuerzo la madera podrida. Luego la puerta dio
un último estertor al ser partida de una patada. Para entonces,
estaba de pie a un costado de la cama, en la espera de que cruzara el
umbral aquel negro tolete que lo separó nuevamente de Pamela. Como
la vez que unos judiciales entraron en la madrugada para llevársela
a rastras sin que él pudiera evitarlo. Dicen que bajo situaciones
extremas la gente realiza acciones extremas; es mentira. No existen
brazos tan fuertes para pelear contra cinco cerdos con sus
respectivas .45. Y los brazos de él ni siquiera eran fuertes.

Esta vez no bastaron cinco judiciales,
sólo un gordo simiesco pudo llevarlo a rastras, nuestro héroe con
su pantalón a los tobillos no logró defenderse. No le fue posible
sacar sus pertenencias. Ahora estaba en la calle otra vez, como
cuando Pamela lo dejó. Pensó una vez más en suicidarse, pero
recordó que ya estaba muerto. Si esta clase de infierno es terrible,
no quiso arriesgarse a otro peor. Un “más vale malo por
conocido…” hacía eco en su cabeza mientras caminaba hacia un
letrero que decía “Se solicita velador”.

El verdadero amor

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¿Mariposas en el
estómago?, así le llaman los ingenuos a esa sensación en el
cuerpo, que se siente cuando crees enamorarte a primera vista. Sin
duda eso es solamente un enamoramiento menor. El verdadero amor a
primera vista va más allá: retortijones, soportados únicamente al
presionar con las manos el abdomen o pellizcando tu piel para
distraer al dolor con otro dolor; se equilibran como el sexo y la
asfixia.

Sudas frío, respiras
despacio, cierras los ojos y declinas la cabeza para aguantar.
Incluso, también pasa lo contrario: volteas al cielo en busca del
recurso divino. Así, llega un lapso de tranquilidad, como sucede con
los moribundos que se fortalecen instantes antes de su final, pero en
este caso el dolor sí resucita. Y empieza lo peor…

Ni un trabajo de parto es
comparado con esto: aprietas la quijada con toda la fuerza que te
queda, cierras los puños hasta enterrarte en la palma las uñas. A
pesar de que lleves zapatos, tratas de agarrar el piso con los dedos
de los pies en un inútil esfuerzo para que no te lleve el diablo, te
contraes, llegan los espasmos. Al final: bummm. Los intestinos
enmarañados se ahorcan por tanta tensión y tu ano se repliega para
contenerla, pero, nadie puede contra el verdadero amor.

Anunciará el amor su
escatológico triunfo, querubines repugnantes se estamparán como
kamikazes contra tu ropa interior, caerán desmembrados, y sus restos
menos densos escurrirán por tus piernas hasta humedecer tus zapatos.
A manera de orgasmo, sentirás el amor. Ya nada te preocupará pues
ahora eres libre. Caerás desfallecido.

Epílogo

Es posible
que los síntomas anteriores también se confundan con una infección
intestinal.

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La voz

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Por Erick García

Un recuerdo se
desplomó como una estalactita entre sus ojos mientras dormía.
También pudo ser una uva madura que nació al morir, porque tuvo voz
sólo el instante que cayó. O un pedazo de nube se descolgó de su
andamio; posiblemente fueron las tres anteriores. Algo sí es seguro:
le partió la cabeza.

Al despertar no
notó la herida. Pero cuando entró al baño gritó al mirarse en el
espejo. Su cara tenía sangre seca. Pensó que seguía dormido,
aunque la rugosidad de la costra que lo cubría hizo que aceptara la
realidad. Sus uñas resquebrajaron su nueva piel, y la imagen que se
proyectó en el espejo era la de alguien que salió de los escombros.
Recordó una idea que le zumbó como mosca antes de dormirse: “La
ventisca del mundo ha cruzado el umbral y ha volcado el orden del
alma”.

Además, había
una voz que le susurraba algo mansamente, como las ondas en el agua
que produjo la uva que lo partió. Era un eco profundo; nacía de sus
entrañas. Un sonido al que él prefería llamarle voz. Nunca
encontró la boca desde donde nacía. Aunque decía: “No
regresarás”; las palabras no necesitaban aire para llegar a los
oídos de Rodrigo. Florecían de repente como las ideas.

Caminó hacia la
puerta, mas no pudo hallarla. Alguien la escondió. Buscó salir por
la ventana, pero ya no estaba ahí. Al permanecer en un cuarto sin
ventanas no se explicó porque aún había luz en él. Supo que algo
andaba mal. Y quiso cerrar los ojos, pero ya los tenía cerrados.
Sólo entonces llegó la oscuridad. “El naufragio ya no se puede
detener”, lo sabía antes de que se lo susurraran. Siguió sin
moverse y ya jamás intentó abrir los ojos.

Afuera la ciudad
se hacía pedazos. Los atlantes se desmoronaban por su danza
destructora. Olía a sangre y polvo. Los mausoleos se multiplicaron;
alcanzó un pedazo de losa para cada uno. Los gigantes yacían
acostados sobre la tierra, aún tenían espasmos de rocas sueltas,
los gusanos quedaron atrapados debajo de ellas, entre ellos Rockdrigo
González y su vieja guitarra.

La criatura

Erick García

Fue saliendo poco a poco,
como nacen los niños. Su nuca, idéntica al resto de su cuerpo,
rompió el silencio mientras partía ese pequeño mar; tal cual le
debió pasar a Moises. La angustia me invadió un segundo, pero, por
suerte, salió a flote. La imaginé sonriendo por su hazaña, pero en
realidad seguía idéntica: monolítica y morena. Yo (quisiera no
admitirlo) me sentí orgulloso de mi creación al verla tan lozana,
tan luciditos sus colores; supongo que lo mismo les pasa a todos los
padres.

Medité unos segundos
sobre qué hacer con mi criatura. No me la podía llevar en la bolsa,
y no estaba preparado para transportarla, así que me conformé con
tomarle unas fotos para presumirlas en Facebook e Instagram (nadie
les dio like).
Después, llegó un murmullo a mi mente
que me decía: “mátala”. Mas qué clase de dios sería si
sacrificara a mi creación. No tuve el valor de jalar la palanca.
Lamentablemente, otro dios más cruel llenó la vejiga de Pamela, la
más buena de la oficina, por lo cual estaba esperando que se
desocupara el baño, cuando me vio salir de éste me sonrió, pero
nunca más lo volvió a hacer. Y de mi hijo
sólo me quedó la foto.

(Clic
para ver imagen de la criatura “Imagen 1”)

(Clic
para ver imagen de la criatura “Imagen 2”)

(Clic
para ver imagen de la criatura “Imagen 3”)

(Clic
para que me deje de burlar de ti)

Justiciero de las Lomas

Erick García

La injusticia debe indignar a cualquier ser humano. Quien tiene brazos y los cruza sin reaccionar es un tirano igual o peor que el que comete la injusticia. ¿No lo creen? Yo crecí con las historias que me contaba mi abuelo sobre la Revolución, y de cómo la tierra regresó a quien la merecía. El viejo siempre me decía  cuando lo visitábamos en su hacienda: “Mi padre peleó por el país, las tierras son lo de menos si no hay justicia. Sin eso ni las tierras ni el dinero sirven”.

Así que hoy, cuando vi a ese albañil escupirle en la cara a un miserable indigente, no me pude contener. No tengo la certeza de por qué lo hizo, pero nadie en el mundo merece ser tratado así, y menos por alguien de la misma clase. Por eso los pobres no se superan. Se la pasan peleándose entre ellos como animales de la peor calaña. Les encanta revolcarse en su mierda. Aunque eso sí, al menos este idiota no lo volverá hacer. Después de que mi personal de seguridad le rompiera las piernas… ¡Quiero ver que vuelva a humillar a alguien!

Ser­-ahí

Fabián Ríos

Si los primeros recuerdos en la vida transcurren en una
guardería del gobierno, son grandes las posibilidades
de que el seno familiar tenga un olor burocrático que
hunde la memoria en una mezcla de aceleración en
picada y asqueroso betabel.

La caída se traduce en un malestar silencioso marca
Fobaproa, con el que la neurosis retoñó en la clase
media mucho antes de la agitación social presente, en
el tiempo crudo del 94 en México, año que tantos lomos
endureció en miras de un futuro sin el peso de la deuda
externa repartida en el espíritu de una nación.

¿Será que ya desde niño se presiente la crisis o por qué
el apuro de recoger catarinas de colores atrás de los
salones de maternal I, II y III?

Si la devaluación no fue profética, ¿Por qué el joven
Emilio de la guardería me mordió la nariz en un ataque
infantil de ansiedad? Arrebato que electrificó mis
neuronas y provocó lo que sería mi primer recuerdo.

La fuente de mis pensamientos está entonces marcada
por un desconsuelo carnívoro.

Aunque Emilio mordiera mi nariz en medio de un diálogo
democrático, en cuanto que balbuceante, en el Cendi
ninguna masacre priista me podía tocar, y lo único a lo
Ser­ahí
Fabián Ríos
que había que temer es al Quijote del
costal del otro lado de la barda.

El mugroso y viejo vagabundo causante de
una sensación de desconcierto aplastante
que años después conocería como “la
náusea”.

Lo que el futuro es para un niño se le olvida
en tres parpadeos, ésta es también la
razón de que el ejército zapatista se alce
en armas todos los fines de milenio desde
hace incontables milenios.

Pero ahora hablemos del betabel, ese
sucio tubérculo incrustado en mi memoria
como una espinilla; un desagradable
detalle que me dice que no soy un cerebro
programado en una cubeta.

La conclusión es que el futuro está
plagado de señales tan diversas como
colores de catarinas; es decir que en la
inconsciencia no vemos más allá de
nuestras propias narices, razón para
agradecer el desvarío del salvaje de Emilio
(que como Morfeo en The Matrix me arrojó
a la realidad).

También eran miserables

Erick García

Para Javier Duarte

Hoy sólo quedan unos cuantos restaurantes, pero son muy caros. Lamentablemente, la mejor comida la venden en esos cochinos lugares. Antes todo era más fácil. La Gran Guerra no tuvo piedad con nadie. Aunque si lo pienso bien, poco ha cambiado.

Continuaba con mis devaneos cuando un grito me distrajo: “¡Tráiganme más comida!, ¡hijos de la chingada!”. La brusquedad de esas palabras me hizo pensar que era un narco o un político. Lo miré. Su tremenda obesidad confirmaba mis sospechas (ya hay pocos gordos). Una protuberancia de pliegues de piel coronaba su nuca y sus hombros. Todo el cuerpo era desproporcionado, pero su cabeza ganaría un premio a lo deforme; la movía para hacer señales de aprobación a los meseros, así evitó usar sus manos ocupadas en acarrear pequeños bocados a la enorme boca.

En el momento que vi a su acompañante se desbordó mi envidia, pues era todo lo contrario a él: esbelta, hermosa y nunca despegó sus labios (polos opuestos se atraen. Así es de aberrante la naturaleza). No se puede luchar contra los caprichos del caos que gobiernan nuestra especie. ¡Quién fue el idiota que dijo eso de: “La naturaleza es sabia”!

Debo admitirlo, si bien él engullía sin parar, se esforzaba por no perder el estilo. No sería coherente en alguien que come como animal usar un traje tan costoso. Sus modales eran estudiados (lo noté en la manera sutil de frotar la servilleta contra sus labios). No obstante, para mí era de los que huelen a escondidas la ropa interior de su vecina.

Al término del atracón, brillaba en su rostro la satisfacción de ésos que han cogido o se los han cogido hasta el hastío. El gozo se le notaba en la quietud de su cuerpo, de por sí lento. Unos segundos después, quedó absorto, vacío y laxo, como yo. Algo lo llevó de un tirón a la amargura. Me contenté al suponer que también era miserable.

Después de unos minutos, despertó del sopor. Como un cerdo encabritado se

El canto de la sirena

Erick García

Todas las tardes la miraba hacer ejercicio en la arboleda. Sus piernas largas parecían moverse sin esfuerzo, libres de prejuicios. La banca, de donde ella bajaba y subía, debió sonreír al verla desde ese ángulo, desde donde todo se ve bien. Yo también sonreía, pero nada más al recordarla. Me comportaba solemne cuando pasaba frente a ella, como si estuviera viendo un desfile de héroes de guerra.

¡Sentía tanto respeto por su culo! Nunca me atreví a mirarlo con descaro. Miraba su rabo, sólo con el rabillo de mis ojos. Debí verme muy ridículo. Desorbitaba mis pupilas (contorsionadas por el imán de sus nalgas). Imaginaba el aroma de aquella posible fábrica de hemorroides: antojadizo, más que la moronga.

Ya a lo lejos, me detenía a contemplarla. Siempre preferí disfrutar del espectáculo a la distancia para no incomodarla. Si ella pensara que soy un morboso, jamás me lo perdonaría. Luego me largaba esperando no volver a pasar desapercibido al otro día. Anhelaba verla con ropa todavía más entallada, tanto, que se plegara como si fuera su segunda piel, tan tensa que la tornara con una nueva forma. Después de fundirse la tela con su piel se convertiría en algo mágico: quizá, en una sirena con vagina.

Durante meses así fue nuestra relación: para ella yo no existía —hasta lo creí—, sólo afirmé mi existencia al sentir mis erecciones involuntarias. No podía controlarme sabiendo que, mientras yo caminaba, a unos metros ella subía y bajaba esa banca. Incesantemente. Parecía que se apareaba con el amasijo de piedra; el respaldo lo sujetaba con sus manos sudorosas y se empujaba cada vez con más fuerza hacia el pecho de la afortunada y sensible banca. Eso bastaba para que mi sangre se abultara entre mis piernas, los latidos retumbaban en mi pantalón, insistentes, como un gato tuerto que intenta salir de una mochila. Espero que ella nunca lo haya notado, porque sabría que soy un morboso.

En una de tantas noches —muy comunes para mí—, husmeaba a las parejas que se acarician en la oscuridad. Yo ya estaba cerca de la banca (también morbosa) que la miraba a ella hacer sentadillas y demás ejercicios vespertinos. Entonces –sólo por no dejar— fui allí a buscarla. Absurdamente la hallé en la penumbra y me miró por primera vez. Su lengua empujaba estertores por el umbral de sus labios –se deslizaban igual que gotas sus gemidos–. Ella se mecía con fuerza. Estaba colgaba de aquel afortunado, como el escapulario de un peregrino. Me sentí tan engañado. Por fin supe lo que sienten los héroes de guerra en los desfiles.

¡Se deformaba su rostro por el placer! ¡Se aventaba contra el pecho de eso que, con la poca luz de la luna, se miraba amorfo y gris, como una especie de pedrusco o un montículo en movimiento! —tal vez una banca—. Me paralicé unos segundos por el hechizo de sus gemidos. Después reaccioné, aunque seguía encantado.

No pude dejar de mirarla mientras huía de sus gemidos, se desataban conforme me alejaba, querían que regresara, tampoco me atreví a taparme los oídos. Así es el verdadero canto de las sirenas: un canto a la lujuria, un ulular venéreo y una lúbrica invocación. La piel se me erizaba. Logré huir porque fui acariciándome con mi única mano a través de la delgada tela de mi bolsillo. De otra manera me hubiera refugiado detrás un árbol para seguir disfrutando el concierto, hasta volverme loco.

He escuchado en esa arboleda a varias mujeres gemir, unas como gatas; con alaridos, otras como beatas; con murmullos, gemidos roncos, entrecortados, de todo tipo, pero nada digno de contarse. Conozco el sonido de las caricias, cuando se enredan en la piel, cuando aciertan, el suave embate de dos cuerpos pendulistas, el clamor hueco de dos pelvis machacándose, el chirriar de las bocas. Nada similar se oyó esa noche.

Regresé al amanecer con un mazo para destruir a esa maldita banca, por si las dudas. Vigilo todas las tardes el lugar donde estuvo la engañosa piedra. Pero ella nunca más se me ha vuelto a aparecer, la del canto de sirena. 

Días de duelo

Erandy Corvel

Conocer a Juan coincidió con la muerte de mi
abuelo (el que me contaba cuentos de hadas y
me hacía el desayuno más delicioso. El que me
llevaba diario a Chapultepec luego de que mi
perro muriera). Pobre Juan, hacía todo por
sacarme del trance, sólo un esfuerzo sobre
humano pudo hacer amigable nuestra estancia
en esos días de duelo.
Collage: ODE-PRJM

Las feas

Erandy Corvel

Te invito a que me ames con una imaginación desmesurada y febril.

Tengamos un encuentro de palabras cómodas y tentaciones estoicas, que sin embargo lleve al clímax tu ambiciosa sed de conversaciones trascendentales.

No te arruinaré la cena con un rostro apetecible, ahórrate la energía del tartamudeo y las mariposas efímeras.

Nunca olvidarás el consuelo de besarme con los ojos cerrados y de amarme sin intermediarios.
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Collage: ODE-PRJM